…y ese monstruo se encontraba en los hombros de aquel que le había soñado en la niñez. Miriod no lo reconoció —aunque se le hacía familiar y por ello le permitía estar en su hombro—, porque rara vez se reconocen los sueños, y las pesadillas. A menos que estos sean tan intensos, como para desgastar la vida en ellos poco a poco. Entonces… solo entonces… es posible recordarlos y con suerte, hacer el camino para cumplirlos.
Pero en la Torre se cumplían todos los sueños, inclusive el monstruo más feo del mundo: Sztamozs, quien estaba a los hombros de aquel quien le había soñado en su niñez.
Miriod recorrió los pasillos húmedos, de piedra gris oscura y verdosa por el moho. Las goteras hacían una sinfonía relajante para sus oídos. Estaba sangrando en el hombro izquierdo, pero un encantamiento azul se encontraba ya regenerando su piel, poco a poco, por culpa de los encantamientos que le resguardaban de las enfermedades. Las uñas de sus manos estaban, extrañamente, largas y filosas. Caminaba sigiliosamente, resguardándose con su capa y silencioso, se escondía entre sombra y sombra.
Y es que en el pasillo había una infinidad de monstruos y era imposible definir cuál era más raro: si este o el siguiente. Monstruos como no había visto antes. Había serpientes con manos de bebés, las cuales usaban para arrastrarse y había jugolares con rostros humanos y alas de galiponantes (alas negras, gigantescas, como de murciélago y plumas de cisne negro). Los monstruos paseaban, se peleaban entre ellos. Los pequeños lo hacían en grupo. Otros, los más grandes, lo hacían individualmente. Lo más curioso, notaba Miriod, es que estos monstruos no sangraban. Cuando uno mataba a otro, se esfumaban ambos, como en un mal sueño. Se sonrió, la frase simple había resuelto el enigma del origen de aquellos monstruos.
Estaba ante un espectáculo que jamás vería en otra vida: Los sueños de todo el mundo peleaban entre ellos. Sueños grandes, sueños pequeños, pesadillas horribles, pesadillas continuas, sueños imposibles, pesadillas venenosas.
Había llegado a los pasillos durante la pelea con Grat. En la entrada, colgado, permanecía un letrero gigantesco, grabado en piedras preciosas y letras rúnicas, que decía: “Tus sueños, son las pesadillas de otros”. Miriod se tomó la frase muy en serio y eso era bueno. Los mejores magos oscuros, no necesitan de polvos escondidos casi en el centro del mundo, ni los hechizos prófanos de Khan gor Math, ni un asistente demoniaco —súcubo o íncubo—… no, de lo que depende su vida entera es de la observación. Y Miriod observó muy bien el letrero y entonces había entendido muchas cosas. Entre ellas, la pelea con Grat y a Sztamozs, su monstruo particular.
Los sueños jamás cumplidos de los muertos, son los más peligrosos. Alrededor de estos sueños, se crean las más hermosas pesadillas.
Frente a Miriod, apareció un lagarto-hombre de saya negra y diez esquirlas de oro, sobresaliendo sobre la espalda. El primer maestro de magia oscura al que mató en un duelo y bien, era de esperarse que desde el mundo de los muertos deseara vengarse. Cerró su libro de encantamientos, los ojos de Miriod se volvieron purpuras, señal de que miraba con los ojos de la magia. Ese lagarto-hombre no era ningún encantamiento, ninguna ilusión, los ojos purpuras no mentían. Era el maestro Grat en persona.
Miriod sonrió.
—Te maté una vez —dijo decidido—. No tengo ningún inconveniente en volver a hacerlo.
Susurró un encantamiento el cual sabía de memoria y sus uñas crecieron, para volverse tan filosas como garras. Un dolor le recorrió la espalda, el hechizo empezaba a cobrarse el atrevimiento de ser despertado pero Miriod estaba más que acostumbrado. El hombre-lagarto, el mago oscuro de las diez esquirlas, permaneción inamovible. Una sonrisa que tardaba años, se vislumbraba en su piel escamosa. Dientes filosos se descubrieron y los ojos púrpuras, con cuatro párpados, parecieron brillar de contento.
Miriod, quien había observado y escuchado con atención los pensamientos del gigante, sabía que en cierta forma enfrentaba una pesadilla. Pero él nunca había visto a Grat en sueños, nunca antes, nunca después. El que Grat estuviera ahí, no era por vieja culpabilidad o un intenso deseo de triunfo. Tampoco se hizo un examen mental para descubrirlo. Era cosa de la Torre de los Sueños: así como se había deshecho de dos de los trillizos, planeaba hacerlo con él y con el gigante.
Grat alzó sus manos y se abrió un vortice, en el cual ambos magos cayeron. Era un vortice de duelo: no había suelo, ni cielo, ni espacio, ni tiempo. Los sentidos de un mago oscuro van más allá de los cinco y por supuesto, debe aprender a dominarlos a la perfección para no perder la razón. Sintio una ráfaga de aire tan delgada que le cortó un pedazo de capa: cuchillos de aire, se dijo. Eso había sucedido en aquella batalla. Y recordando viejos tiempos, el alzó un escudo de tierra que se creó del vacío. La montaña vence al viento, siempre y cuando, se le detenga.
Miriod alzó su brazo izquierdo y una espada de agua nació del vórtice —una espada era más filosa de lo usual gracias al encantamiento en sus uñas— justo debajo donde Grat se encontraba. La espada falló por unos milímetros y Miriod se carcajeó, era exáctamente lo que había sucedido en aquella ocasión. El mago de las diez esquirlas se movió rapidamente para aparecer a la derecha de Miriod. Si su memoria no fallaba, era aquí donde se decidía el duelo. Grat creó una esfera con ambas manos y así, una esfera de vacío total envolvió a Miriod. En aquella ocasión, solo fue necesario abrir una esfere de vacío en contra de la primera para anularla. La esfera de vacío de Miriod había resultado ser más poderosa que la de Grat en el primer duelo y había tenido tiempo para incinerarlo, dejarlo ciego y después alzar una estaca de hielo bajo su cuerpo. Había sido una muerte espantosa, recordaba Miriod y había sido una suerte su victoria.
Sin embargo, algo en su instinto de mago y la observación en la batalla del gigante, le dijo que en esta ocasión debía perder la batalla. Debía perderla, aunque el cuerpo se le negara. Se arriesgaba a morir, le gritó cada una de las células en su cuerpo. Pero su mente tranquila pudo apaciguarle y esperó.
Grat achicó la esfera de vacío y Miriod sintió como el cuerpo se le estrujó por dentro, se sintió estúpido, realmente estúpido e iba a morir, apretó los dientes y abrió tanto los ojos, que sentía que salían por su cuenca. Después… silencio y oscuridad.
Cuando despertó, estaba ante la puerta del letrero. Una pequeña esfera de cristal, que brillaba por dentro, yacía tirada en el suelo frente a sus ojos. Extendió sus manos y delicadamente, con sus uñas grandes, la tomó. Se la acercó a los ojos y la analizó un momento. Comprendió que en esa esfera estaba encerrado el sueño. El sueño de su muerte. La pesadilla de Miriod, fue el sueño de Grat, el sueño de un muerto y las pesadillas no matan, a menos que tú les permitas que lo hagan. Se incorporó, un poco adolorido y miró hacia la puerta. Escuchó sonidos de batallas y gritos que no parecían humanos.
—No hay otro camino —se dijo Miriod, encendió un cigarrillo de manzana, aspiró el humo y exhaló vapor.
Avanzó al pasillo y lo primero que sintió, fue un dolor pulsando en su hombro. Giró su vista hacia ahí y lo descubrió. Era un pequeño monstruo, su cuerpo parecía ser un ojo y alrededor de él, eran varios ojos más. Sobresalían púas constantemente de la retina y los párpados. El monstruo se había incorporado a su piel, descubrió Miriod. Pensó arrancarlo pero se dio cuenta que sería una idiotez, por las puas que el monstruo sacaba. Además, le tenía un poco de lástima (y en cierta forma, le reconocía pero no le recordaba). Con ojos de magia pudo notar que el monstruo, en su yo interno, tenía un espejo que constantemente le perseguía y por lo mismo, se decía que era el más feo del mundo. Una pesadilla incompleta.
—Vamos pequeño, vamos —dijo Miriod—. No tengo ganas de lastimarte. Prometo no hacerte daño. Si te despegas por tu cuenta, prometo que no te mataré.
El ojo parpadeó sus múltiples ojos.
—¿Cómo te llamas?
—Sztamozs, señor Miriod
—¿Y me conoces?
—Soy tú, desde hace siglos
Miriod asintió, un poco burlándose, un poco aceptándolo.
—Pues, creo que podremos estar en paz tú y yo, si nos acompañamos mutuamente… ¿te parece? Anda a mi hombro pequeño, que necesito un guía.
El monstruo obedeció dudoso. Estaba fascinado, había encontrado por suerte a su soñador y no pensaba perderlo.
Igual Miriod, no estaba consciente de ello, pero estaba contento de encontrarse con una vieja pesadilla suya.
2 comentarios ↓
bueno dias …….
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En este capitulo, me quede simplemente impactado.
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