En el séptimo sueño, se quiebra una gran espada…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 7 de 16


—Le prometiste a tu abuelo que llegarías aquí —dijo una dama de piel pálida, casi azul y un vestido naranja transparente—. Y aquí has llegado Dom. Eres la número cuatroscientos, una diversión nuestra: cada cincuenta años damos nacimiento a una niña como tú, para que regrese aquí y prometa proteger la torre por un lazo fuerte de espíritu. El sueño de tu abuelo se ha cumplido y el tuyo, se frenará aquí… porque no hay manera de proteger esta torre, no hay manera de eliminar todos los sueños del mundo y tampoco… puedes detener el caudal de pesadillas que se crean en la mente y nos alimenta a nosotras.

Dom empuñó con fuerza su espada, una espada más grande que ella, manchada de sangre y carne seca. En sus ojos veía todavía el desierto de arena y huellas que se perdían, una tras otra, en dirección a la casi demolida Torre de los Sueños de su visión. Un joven Rasnick caminaba con ella en los brazos, tapada por una frazada pero no era el único, también, había más huellas que venían de otras direcciones. Guerreros, magos, amazonas, amazonas, trovadores, bailarines, cazadores de jugolares blancos, hombres-demonio, súcubos y antropo-golems, entre otras razas y clases, cargaban una niña como ella en brazos.

—Eres un sacrificio, mi querida Dom —dijo la dama de piel pálida—, eres un sueño puro hecho carne. Y los sueños como tú, deben ser sacrificados para sostenerlo todo. En la Torre, mi querida, viven todos los sueños y por cada sueño, hay un número indefinido de pesadillas. Es tu sangre la que permitirá que sigan encerrados en este lugar y exista el control sobre los sueños. No es cruel, ni es injusto, mi querida, sencillamente así debe ser. Desenvaina tu espada, Domenich… y que tu sangre limpie los pecados de nosotras las diosas lunares. Una espada grande y ahora, quebrada.

Dom, no en sueños, sino en cuerpo… gritó—: ¡Chocolate! ¡Chocolate! ¡Mi gigante, ven!

En el sueño, sin embargo, la niña desenvainó la espada. De pronto la sentía tan pesada… como los sueños falsos que siempre cargó en la espalda.

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