El chofer de taxi

> En estas circunstancias el patrón me sugirió,
> prestarme aquel cacharro que en fondo apareció
> y cuando el Cadillac reparaban
> yo usaba aquel perol

> Pip, pip…
> ¡Esa cafetera era un perol!

> La red era albarada y el arranque era de mano,
> el freno frenaba un poco retrazado,
> temblaba como loco atacado del San Vito,
> Sí señor, bip, pip
> daba pena ver aquel perol.

Roberto Carlos.
La Carcahita.


Bien, bien, bien… seguramente se preguntaron ¿y ora quí hace el cienvidis de su vidita? Pus el hijazo de mi vidaza, después de vivir una vida plena de rectitud y “honestidad”:http://www.mexsa.com/arboltsef/cibernauta/archivos/el_100_vidas/003271.php decidió seguir el sueño de toda su vida y aplicó con un don para que le diera un taxi que manejar. Era cierto, toda su vida había soñado con ello desde que era un crío, pero al igual que un crío… no tenía ni la menor idea de como manejar un coche. Así que, bien autodidacta y perfeccionista como es, se subió a una carcacha que un viejo mecánico y amigo suyo tenía… y madres, poste, tras poste, tras poste de luz. Agradezcan que no vivía en Nueva York o el hubiera sido el motivo del Gran Apagón que alguna vez se dio. Entre los postes empezaron a circular noticias de un asesino en serie e inmóviles como eran, sólo rezaban para despertar al día siguiente. Igual, los electricistas ya soñaban al cabrón. Nomás que lo agarraran un día y su carcachita no funcionara…

Eventual y afortunadamente aprendió a manejar. Era el chofer de taxi más chingón jamás existente y como tal, el peor conductor jamás existente. Orate al volante y el tráfico no es un grupo de pendejos, el solito se daba abasto. ¿Qué existe un reglamento de transito? —¡Es qué no me dejan ser!— exclamaba el chofer de taxi y sonreía demencialmente… las reglas se hicieron para romperse. La libertad artística en los volantazos y rehiletes que se creyeron imposibles, sobre viaducto y periférico. ¡Y es qué era eficaz cómo el solo! Prendía el taxímetro, preguntaba a dónde le llevo y tan pronto recibía respuesta, acelerador a fondo. ¡Bienvenido al infierno!

Pero en la Avenida Cienvidis (también conocido como el Eje Central), no se diga… ahí el Chofer de Taxi hacía maravillas. Se conocía las calles como la palma de su mano y anotada en una relación de puntos decía lo siguiente: “Chamaco con diablito 200 puntos”, arriba de “Mujer con Carriola y Bebé baboso 450 puntos” y abajo de “Tragafuegos o Limpiavidrios 150 puntos” (Puntos extras por viejitos en silla de ruedas y parapléjicos. ¡Mal chico! ¡Mal, mal chico!). Como tenía un buen seguro de gastos médicos, el puntaje del chofer era excesivamente demoniaco. Les dije, señores y señoritas, damas y caballeros, que este era el taxista más chingón del mundo.

Oh… pero eso era, cuando no le ponían límite de tiempo… porque ustedes, como yo, alguna vez han tenido prisa y le han dicho al taxista: “Ejem, buenito señor, si es posible llegar en 15 minutos se lo agradecería”. La mayoría de ellos contestan amablemente: “Señor, pero es que mi bocho no tiene alas”. Este en particular, decía: “Si, señorrrrrrrrrr”. Y miren, les juro por esta que si le decías que en cinco minutos debías llegar de poniente a oriente de la ciudad, a las dos de la tarde cuando salen todos los chamacos de la escuela y los profesionistas a comer, parecía cosa de brujería y que su taxi debía tener algún transportador espacio-temporal portatil de iones reforzados con zinc y hierro, para las vitáminas y el buen descenso… porque güey… volaba, el cabrón volaba y se abrían los cielos y los infiernos, se partían los mares ante un Moisés confundido y no me he fumado nada, porque lo que digo es completamente cierto… tan cierto como que yo me subí a su taxi y en el periódico apareció: “Por culpa del chupacabras, o alguna otra manifestación sobrenatural, han explotado veinte coches y el viento se ve allá a lo lejos”.

Al final del día, se veía al taxista contento… terminando la jornada, mientras el sol caía y apaciguablemente, conducía a su hogar. Sudor en su frente y lágrima resbalando por su mejilla: Un trabajo muy bien hecho.

—Pues ya no quiero ser taxista —se dijo un día—. Quiero ser actor de teatro del absurdo.

Pus a huevo, nomás pa que conozcan la diferencia de lo aquí escrito y un absurdo de a de veras. Como el cien vidas es machine gun, no habrá absurdo mejor que el que a él se le ocurra.

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Un comentario hasta el momento ↓

#1 dalusk el 03.14.04 a las 11:58 pm

máre! se nos va a volver jodorowski?
buena fusión ficción-realidad(me acuerdo del otro relato)
yo quiero tener 100 vidaaaaas:chillon:

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