¡Lo único que quiero es un nombre, carajo, un nombre!
Un Wunden sonrió.
Lo tendrás hermanito… lo tendrás.
Un Wunden rió.
Para ello, uno tiene que morir.
Un Wunden alzó su espada y mató a su hermano Wunden, la gloriosa sangre salpicó su rostro y así, hubo un bautizo prófano.
Y otro más…
La Torre de los Sueños se sintió satisfecha al observar a los seis nuevos que se atrevían a retarle. Y se sintió contenta, al observar que uno de ellas era la niña que le había entregado a Resnick, hacía cincuenta años. Después, su ojo omnipotente se movió al mago oscuro y le analizó un momento, la mente de los magos siempre era difícil por los candados mágicos a los que se sometían así mismos. Pero ella tenía todas las llaves, porque en ella nacían los sueños de todos y residía el poder más importante: Cumplirlos. El mago llevaba en sus manos un trío de guerreros —facilmente manipulables, pensó la torre—. Primero habría de encargarse de ellos, ya que le auguraban el éxito físico al mago.
Había un quinto, un hombre de gran tamaño y la Torre se habría encogido de hombros de haber podido, ya que cuando pensaba en él sólo pensaba en chocolate y ni siquiera, era un sueño que el gigante deseara profundamente. Era el único peligro verdadero para la Torre. Sin embargo, tenía ventaja sobre él ya que obedecía a la niña.
La Torre acomodó sus piezas, primero utilizaría pesadillas que había guardado durante años antes de divertirse de verdad.
—Es un sólo piso Miriod —dijo uno de los Wunden.
—Lo sé, tengo ojos Vort —respondió el mago oscuro pacientemente.
La niña se agachó y tocó el marmol azul del que estaba hecho el piso, observó a su alrededor y miró toda clase de pilares en diversos puntos, cuartos con tres puertas, estructuras que parecían sólidas sin embargo eran líquidas, arena que se acumulaba para construir laberintos en el techo y había ventanas, donde se miraba el día, la noche, un amanecer rojo o la aurora boreal de un desierto polar. Dom abrió la boca y los ojos muy grandes, cuando en una de las ventanas encontró el cielo de un sueño que le había platicado su abuelo.
—Sorprendente —dijo Miriod, él también había encontrado algo, sus ojos se le encendieron de magia negra—. Es mejor de lo que dicen los libros, mucho mejor.
Miriod hundió una mano en el portal dimensional de su capa, sacó un libro de encantamientos, el libro se abrió en sus manos en la página que buscaba, leyó en voz baja y después volvió a guardarlo. Un aura oscura le cubrió a él y al grupo. Chocolate intentó tocar el aura oscura y se frustró al ver que no podía hacerlo, ya que se dispersaba como el vapor de un cigarrillo de manzana.
—¡Mierda! —exclamó un Wunden, se arrodilló para sobarse el talón. Sus hermanos, aunque no habían sido picados, hicieron lo mismo—. ¡Algo me picó!
—¿Qué? —preguntó el mago oscuro.
—¡Allá va el hijo de puta! ¡Míralo! —exclamó el Wunden con el piquete, con su mano señaló una sombra que se perdía a toda velocidad en uno de los cuartos.
—Imposible… si el aura oscura debió de…
—¡La magia es inútil! —dijo el Wunden, sus ojos estaban rojos, no así como los de sus hermanos—. Tu magia es inútil…
Cayó vencido, su cuerpo estaba llenándose de protuberancias en la piel. El mago oscuro rápidamente se arrodilló ante el Wunden herido y susurró varios encantamientos. De reojo miró como los otros Wunden corrían hacia la dirección donde había escapado la sombra.
—¡Idiotas! ¡No hay que separarnos!
—Iré por ellos —dijo Dom—, quédate con el señor Miriod y protégelo. Chocolate, te prometo que no tardaré.
El gigante asintió resignado y miró como la niña también se perdía en sombras y cuartos. Dejó caer su cuerpo aun lado del mago y del Wunden herido, haciendo retumbar la torre. Puso su gran martillo de bronce en sus piernas, extendió sus brazos hacia atrás para soportar su enorme cuerpo y con ojos pequeños, miró al mago y al guerrero como si fueran un descubrimiento casual.
—¿Estará bien?
—No lo sé… —respondió el mago un poco confundido—. Es que el hombre no tiene nada que mi magia pueda encontrar. Pareciera más bien, que estuviera teniendo una pesadilla.
—¿Sabe, cómo se arreglan las pesadillas?
El mago observó de reojo al gigante y ni siquiera alcanzó a pedir la respuesta.
—Con chocolate caliente al despertar —sonrió el gigante y se acarició la barriga—. ¿Sabe, señor Miriod?
—¡¿Qué?! —preguntó Miriod, odiaba la interrupción. Seguía aplicando encantamientos al guerrero para buscar los motivos de su enfermedad y no los encontraba.
—Se ve muy chistoso el señor Wunden sin sombra —dijo el gigante, sin apenarse por la interrupicón.
El mago alzó una ceja y se dio cuenta, efectivamente, que la sombra de Vort Wunden había desaparecido.
Dom corrió hacia donde iban los dos trillizos restantes, persiguiéndolos por pasillos de marmol blanco y piel de elefante. Cuando se dio cuenta, se encontraba saltando al techo y atravesando un agujero en la luz. Perdió el equilibrio y estaba flotando en el oceano, nadó al fondo y jaló la tapa de un pequeño boquete que absorbió el aire. En un bulbo al vació, se encontraba flotando sosteniendo su espada, preparada para enfrentarlo todo. ¿Pero es qué cómo se puede distinguir lo real de lo verdadero cuándo sueñas? ¿Cómo sabes, qué estás soñando? Dom se hizo esas preguntas y se sintió absurda, se miraba así misma, como en un sueño… como una bebé en posición fetal, cubierta por una manta blanca. En el sueño había un desierto enorme y estaba en los brazos de un hombre, cuya herida en el pecho no cerraba. ¡Era Rasnick!
¡Rasnick! ¡Rasnick!
Y Dom se encontraba de pie, soñando, con la espada alzada y los ojos nublados. No podía observar como un par de guerreros mellizos peleaban contra una sombra que crecía de tamaño y adquiría la forma del tercer hermano.
—Ustedes dos, son como una enfermedad en la piel… —dijo la sombra de Wunden—. ¡Lo único que quiero es un nombre, carajo, un nombre!
Los Wunden sonrieron.
—Lo tendrás hermanito… lo tendrás.
La sombra de Vort Wunden echó a reír y desenvainó su espada hecha de sombras.
—Para ello, uno tiene que morir —dijeron los hermanos.
La sombra se movió en una velocidad espantosa, atravesando por completo a uno de los hermanos y clavando su filo en el ojo derecho del guerrero. La sangre salpicó al Wunden restante, quien observó con ojos muy abiertos como caía el cuerpo de su hermano. Nunca tuvieron una oportunidad.
—Y otro más… —dijo la sombra.
Dom escuchó el alarido del Wunden restante y quiso despertar de su sueño… pero no podía. Caminaba en el desierto, siguiendo a Rasnick y al bebé que tenía en brazos. En el cielo había peces con cola de pavorreal, que volaban gracias a los hilos de un titiritero en el cielo. Alcanzó a apreciar a tres jugolares quienes bebían cerveza en una mesa, mientras jugaban dominó. Y allá, hacia donde Rasnick caminaba, yacía una Torre. La más vieja y desvencijada que hubiera visto. La Torre de los Sueños, ¿hacía cuántos años? Caminó hacia allá, arrastrando su gran espada en arena que llovía al cielo.
Wunden despertó dando un grito que espantaron al mago y al gigante por igual, las protuberancias en su piel habían desaparecido. Sin embargo, se tallaba un ojo y no podía mover las izquierda. Una cicatriz creció en su ojo derecho y el iris desapareció, blanqueándolo por completo. La mano que tenía dañada, sencillamente se le cayó y un muñón de piel la reemplazó.
—¡Lo maté! ¡Lo maté! —gritó Wunden—. ¡Maté a Vort Wunden! ¡Maté a la enfermedad!
Miriod alzó una de sus manos y Vort Wunden se tranquilizó, no tardó en perder el conocimiento.
—Cárgalo —dijo Miriod—. Debemos continuar.
—¿Y los señores Vort Wunden?
—Imposible, deben estar muertos —dijo el mago con una mueca.
—¿Qué le diremos a Alissa de sus maridos? ¿Y Dom?
Miriod sacó un cigarrillo de manzana y lo prendió con sus dedos.
—Son guerreros, era obvio que esto podía suceder y a Dom sólo la encontraremos si seguimos buscando, ¿no crees? Además, ella dijo que debías protegerme.
El gigante se rascó la cabeza confundido. Ciertamente, no le gustaría que Dom estuviera muerta, además tenía órdenes que cumplir. Se levantó, cargó su gran martillo de bronce en un hombro y levantó a Vort Wunden para llevarlo en el otro.
—Mejor busquemos a Dom —dijo el gigante—. ¿La encontraremos, verdad? ¿Señor Miriod?
—Mira… si no te callas haré que…
Miraron al frente, escucharon unos pasos agigantados que hacían retumbar las paredes. Chocolate puso en el suelo a Wunden, y preparó su martillo. El mago oscuro sacó su libro de encantamientos y entrecerró sus ojos, estaban listos para enfrentar lo que apareciera. El gigante olió y sonrió. Poco a poco, una forma humanoide oscura se apareció ante ellos.
—Esto debe ser una broma… —dijo Miriod.
Un gigante de chocolate, quien doblaba el tamaño de Chocolate el gigante, apareció ante ellos. En sus manos tenía un martillo de chocolate blanco y su armadura, debía ser chocolate amargo. Chocolate rió contento, sus ojos se le encendieron.
—¿Sabe cómo despertar de una pesadilla de chocolate, señor Miriod?
El mago miró de reojo a su protector.
—¡COMIÉNDOSELA! —exclamó Chocolate, rió estruendosamente y corrió hacia el monstruo con el martillo alzado, antes que Miriod pudiera detenerlo.

5 comentarios ↓
Hola mi querido Sr. Fest hace mucho que no pasaba por aqui a visitarlo, pero me da gusto leerlo de nuevo. Me sorprendiò mucho este nuevo cuento, la verdad es muy bueno y creo que tiene un talento enorme que debe seguir explotando. Le mando un beso cuidese y espero leerlo pronto
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Hola mi querido Sr. Fest hace mucho que no pasaba por aqui a visitarlo, pero me da gusto leerlo de nuevo. Me sorprendiò mucho este nuevo cuento, la verdad es muy bueno y creo que tiene un talento enorme que debe seguir explotando. Le mando un beso cuidese y espero leerlo pronto
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Hola Sr. Fest hace mucho que no pasaba por aqui , pero me da gusto leerlo de nuevo. la verdad es muy bueno y creo que tiene un talento enorme que debe seguir explotando.
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Muy buen cuento, saludos
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Muy buen cuento, saludos
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