En el tercer sueño, una voz angelical y manos letales…

Este post es parte de una serie, llamada “La Torre de los Sueños”. Anotación 3 de 16


pensó el viejo Rasnick, al mirar como la Torre se acercaba.

—La Torre, hacía años que no la miraba. Es la Torre de los Sueños y será tan grande como quieres que sea. Como tus sueños sean. Es una Torre amable por fuera, pero cruel por dentro —dijo Rasnick, acariciándose por encima de la camisa una cicatriz del pasado. Puso más tabaco en su pipa y las canas se le mancharon de azul cielo, por una lluvia que apenas empezaba—. ¿No te he contado, mi pequeña Dom?

—Me lo has contado tantas veces —dijo la niña, con los ojos brillando—. ¡Pero cuéntame una vez más, abuelito Ras! —Me estoy muriendo, Dom… me estoy muriendo justo cuando la hemos encontrado. Como hemos prometido. Supongo que mis sueños ya no son suficientes, mis sueños son más viejos que yo y que las estrellas, y que este bosque y que el primer jugolar en nuestro mundo. Pero los tuyos Dom… los tuyos… son tan jóvenes como ese pueblo, como tus ojos y como tus canciones —dijo Ras, se sentó en el pasto y la niña se sentó junto a él. Juntos se cobijaron con la copa de un gran árbol negriazul. A unos metros, se encontraba la entrada al pueblo—, ¿segura qué lo quieres escuchar una vez más? Tal vez sea lo último que esperas escuchar de este viejo guerrero y vendedor de sueños.

La niña se limpió una lágrima naciente y le dio un beso en la frente a Dom.

—La vida nos alcanza, para que me lo cuentes una última vez y podremos extenderla un poco, para que duermas tranquilo escuchando mi canción. ¿Y me podrás decir un te quiero, en tú último aliento? Yo sé que si, abuelito Ras… porque todo tú lo puedes.

El abuelo Rasnick rió, aún con el humo en los labios. Se quitó la pipa de la boca y señaló con ella a la Torre de los Sueños.

—Llegué aquí, a este mismo lugar hace cincuenta años, no existía este pueblo y no existía este bosque. Únicamente había un desierto, tan grande como de aquí al cielo. ¿Pero sabías que se puede llegar al cielo caminando? Así camino, de pasito en pasito al cielo. Y tú, prométeme que caminarás a la Torre. No te dejarás vencer por ella.

—No lo haré, abuelo.

—Incluso esa promesa es peligrosa… porque la Torre es tan grande como tus sueños lo sean. Está llena de monstruos que nacen de las pesadillas. Protectores de los sueños más hermosos. Así como la vida es cruel, mi querida Dom… para alcanzar los sueños, tienes que vivir pesadilla tras pesadilla —Rasnick escupió al suelo, una gota de sangre manchó el pasto y la lluvia, seguía cayendo suavemente—. Y ahora qué hay un pueblo ahí, no sé que tanto se ha alimentado. Porque la torre recoge las historias que emanan del viento y las sueña. Cuando llegué aquí, hace cincuenta años, éramos diecisiete guerreros y se alimentó de todos nosotros. Diecisiete sueños son muchas pesadillas. Únicamente yo sobreviví, la clemencia de los dioses estuvo conmigo en esa única ocasión. Esta cicatriz que tengo aquí es de una herida que pudo haberme matado. Es hora de sacar la daga y hacer las oraciones correspondientes…

—No es necesario abuelo…

—Lo es pequeña, sabes que lo es. Prepara todo, yo seguiré contándote. Diecisiete guerreros, entre ellos mis cuatro hermanos. Los vi morir a manos de sus más terribles pesadillas o de las pesadillas de otros, pesadillas que no merecían… en ese entonces, la torre era muy grande para mi. Entre más grande sea para ti, los monstruos son más terribles mi niña. Y también, el sueño más hermoso. Yo soñaba con una vida plena y una nieta hermosa como tú, desde aquel entonces, incluso sin saberlo, ese era mi sueño más anhelado y lo pagué con esta cicatriz que tengo en el pecho. Sueños mezquinos como poder y riquezas, se cobran con sueños oscuros, cariño. Sin embargo, mis pesadillas fueron benevolentes conmigo.

—Es que la torre es grandísima abuelo… —dijo Dom, mirando el pico de la torre perderse entre nubes grises. Luego miró hacia abajo y suspiró—. Y no fue benevolencia abuelo, pudiste dominarlas. Siempre has podido.

El viejo Rasnick rió—. Para mi ya no es tan grande, porque mis sueños son viejos… te lo he dicho. Continúa bendiciendo la daga, en honor a los dieciséis guerreros caídos. Se lo juré a la Torre y prométeme que no mirarás atrás. Le juré que te educaría para protegerla, y lo he hecho.

—Abuelo… no tiene que ser así.

—Fue hace cincuenta años, cuando cumplí todos mis sueños y ahora debo pagarlos. No te dejes vencer por la Torre, tienes que demostrarle lo que le prometí. Tienes que jurar que vas a protegerla de los sueños mezquinos y que nadie habrá de pervertirla. Tienes que jurarlo.

—Lo juro, Abuelo.

—Perdóname… perdóname por hacerte esto.

—No es necesario, gracias a ti, nací yo y le encontré un propósito a mi existencia.

—Cuando salí de la Torre, con mi mano en el pecho, la sangre salía a borbotones, una cascada marrón entre mis manos… sin embargo, ahí te encontrabas. Te encontrabas tan pequeña como ahora. Siento que hayas tenido que mirar como me marchito, mientras tú te conservas con sueños jóvenes. Siento haberte heredado todos mis sueños y también siento…

—Deja de disculparte abuelito Ras… deja de disculparte.

—Antes era papá Ras.

La niña se rió. El viejo fumó su pipa, miró con ojos nostálgicos a la Torre. La daga estaba ya bendecida y la niña empezó a tararear una canción, que parecía formar un camino en las gotas de lluvia.

—Toma mi espada, cuando sea el momento le darás un nuevo nombre.

—¿Cuál era el nombre anterior, abuelo? —preguntó la niña para hacer conversación y retrasar lo inevitable.

—No vale —sonrió Rasnick, le extendió la espada a Dom de una manera elegante, cariñosa. Como se entrega un hijo. Una espada grande, incluso más que la niña. Ella la podía cargar con facilidad, la tomó con una mano y dejó que el peso se arrastrara por el momento. Se había entrenado con espadas más grandes—. Ahora déjame la daga, aquí en mis piernas y empieza a caminar. Fumaré un poco y miraré la torre un ratito más. Camina al pueblo, mi niña. Que cuando yo muera, empezarás a envejecer, un poquito más cada día. El pacto estará cumplido. Camina cantando y recuerda, cariño, que siempre te querré…

La niña le dio un último abrazo al abuelo y le dio un breve beso en los labios. Dom le acarició las canas y Rasnick le regaló las arrugas, que suponían ser una sonrisa. Ella empezó a caminar, formando un camino de lodo en la tierra húmeda con la espada arrastrándose y en el camino, sin mirar atrás, tan sólo observó el humo azul de su abuelo. Su alma ascendiendo, un destino cumplido y la sangre a borbotones, como hacía cincuenta años.

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