Escribió Miriod en su diario mientras observaba la torre desde su ventana. Había llegado a Garalla hacía unos días, arrastrando tras de si una nube de polvo por el encantamiento de velocidad. Era un brujo de artes oscuras y se había educado como tal, durante veintinueve años. No era el mejor, pero tenía el corazón duro y la ambición para lograrlo. Su saya negra portaba orgullosamente tres esquirlas de oro… tres maestros de magia negra a los que había matado a duelos. Podía tener más, y lo sabía, pero no quería arriesgar la suerte y quería mantener un bajo perfil, especialmente ahora que la había descubierto…
En su ventana, se alzaba la Torre de los Sueños. Miriod sonrío y acarició las esquirlas de oro. Ninguno en Garalla sabía del potencial de la torre y después de observar con atención a los habitantes, pocos eran capaz de ayudarle, o detenerle, tal fuera el caso. Sacó un cigarrillo de manzana, que expedía vapor en vez de humo, y alzó las botas oscuras a la mesa de madera. Como todo mago oscuro, poseía toda clase de artilugios dentro de su capa, el cual era un portal a una pequeña dimensión que le permitía cargar su equipaje. Sin embargo, entre más cosas, más pesada era la capa. Y la salud de los magos oscuros, siempre iba en descenso.
Miriod sabía que no le quedaban más de diez años de vida. Cargaba consigo cuatro maldiciones, tres enfermedades mágicas y un parásito demoniaco, resultado de los duelos y de la escuela de magia oscura. Buena parte de su energía mágica, se gustaba durante el día para contrarrestar los efectos. Desde la más pequeña enfermedad que degeneraba su piel hasta la maldición del Ladrón de Almas. Para todo tenía una solución y el costo era una vida de poca salud.
Pero en la Torre de los Sueños, se hallaba el poder más grande y si él pudiera conseguirlo, jamás habría de morir. No sólo eso, tan fácil como que todo le pertenecería. Miriod sonrió de pensarlo y fumó su cigarrillo de manzana, el humo dulce se le metió por los pulmones y el vapor refrescante, humectó su piel.
En las afueras, Miriod dejó la Torre en paz y observó por su ventana a todo el pueblo festejando. Los trillizos Wunden se casaban con Alissa Aren y la fiesta sería en la Taverna del Jugolar. Había pensado en platicar con ellos, en sí, desde que los conoció. Pero Alissa se le había adelantado, atándolos a una vida de matrimonio. Miriod alzó una ceja, era una pequeña piedra en el camino: probablemente todo se arreglaría. Solamente debía ser paciente… paciencia que terminaba lenta y segura, como su vida.
5 comentarios ↓
Gracias por la historia, me entretuviste y la gripe se me hizo más llevadera
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Eres mi libro de mesilla, para los fines de semana (hay q leerte sin prisa..), ya espero el siguiente..
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Carta para leerle al arbol:
Buenos dias, querido arbol,
-Cuentame como se ve el mundo desde tu copa -Dime si sientes cosquillas cuando las hormigas suben por tu tronco -¿a donde van tus hojas, querido arbol? -¿a donde van tus semillas? -¿y que hay de tus hermanos, cuantos tienes? -¿cuantos nidos han vivido en tu sombrero? -¿que quieres querido arbol? -ok, esta bien, jugemos a las escondidas -De don en dos hasta cien -¿donde estas querido arbol? - un dos tres por ti, querido arbol -estas escondido en el bosque
..el viento al mecer tus hojas te delato
:ajawey:
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Mmmmm, bastante entretenido debo decir, ya quiero el que sigue
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Tu historia me parecio muy entretenida, la depre que tenia fue mucho mas llevadera pues me encantan los cuentos de magos yo tambien he escrito algunos aunque no se si sean tan buenos como los tuyos.
heippa
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