Entradas escritas en Febrero, 2004 ↓

La dama que nació para enamorar a la Muerte

—Buenas noches —dijo la figura sombría, de jeans y chamarra negra. Encendió un cigarrillo y los presentes miraron la calcomanía que decía claramente su nombre: MUERTE—. ¿Hay cupo para uno más?

Alrededor de quince hombres, de distintas ropas, estaturas, pieles y peinados, le ofrecieron una silla de latón en el viejo auditorio rara vez usado de una escuela secundaria. Habían mirado la calcomanía y algunos se irritaron por la broma, sin embargo, al sentir la proximidad de aquel que se les unía esa noche hasta el más escéptico daba por sentado que no mentía. Era la Muerte quien les acompañaba en su reunión esa noche y estaba tomando de su café, y se sentó a acompañarles y parecía muy dedicado en escuchar la historia de cada uno. No pudieron sentirse cómodos con la Muerte alrededor y confundían los hechos o tartamudeaban, pero continuaban por temor de hacer cualquier cosa que pudiera ofenderle.

En el transcurso de la noche empezó a llover. La lluvia se hizo más fuerte y daba señales de no ceder, justo en el momento que la Muerte se puso de pie y se presentó así mismo.

—Hola, soy la Muerte —dijo, señaló su calcomanía y sonrió detrás de la oscuridad de su capucha. Algunos respondieron debilmente: “Hola Muerte”. Satisfecho, continuó—: y se preguntarán que hago aquí en una reunión de hombres que necesitan apoyo por el maltrato femenino. Pues yo sufrí el abuso de la mía. Todo empezó cuando buscaba a un fumador quien necesitaba un justo descanso. La conocí en el cuarto de un hospital, era la mujer más blanca y más hermosa, jamás registrada en mi libro de almas. Ingenua y a la vez, en su interior se escondía una fiera. Un misterio, un enigma. Una dama que me enamoró tan sólo de verla.

Algunos espectadores, ya más en confianza, asintieron. Parecía que escuchaban su propia historia. La Muerte suspiró antes de poder continuar.


Y es que me enamoré tan sólo de mirarla, esa noche no me resistí y le invité un café. Primero tuve que conseguirle unas ropas decentes, ya que estaba vestida con el camisón de un enfermo. Encontré la maleta de otro hospedado en el hotel, digo, hospital con unos jeans y una blusa roja… ¡Había robado algo por primera vez! ¿Y es qué, qué no hacemos por las mujeres a las cuales queremos?

Le pregunté muy preocupado si estaba enferma de muerte —Imagínenme, yo… preocupado por la muerte—, o qué hacía en ese cuarto, ella rió dulcemente y me respondió que no recordaba porque estaba ahí, pero que le daba mucho gusto ver a un caballero de mi altura, de mi porte, de mi quien sabe cuántas pavadas más dijo. Y le daba más gusto, así dijo, que yo estuviera ahí para auxiliarla. Me dieron ganas de llorar, porque no es muy común que yo ayude… y más, que me llamen a mi, ¡A mi! ¡Me sentí el más afortunado de la Tierra! Pero la vida, —ironía incluida—, habría de jugarme la broma y eso se los contaré en el transcurso de la noche.

Parecía muy confundida cuando hablaba con su pasado y yo, francamente, estaba igual. Porque es menester decirles que La Muerte tiene un registro con la vida de todos sus niños y de ella, sólo poseía ese momento: el momento en que nos conocimos. Eso es algo muy preciado, pocas almas pueden lograrlo… pocas almas pueden borrar su pasado de modo que el inicio de su vida, su verdadera vida, empiece con tocar el alma de otra.

Cayó un rayo muy cerca, para dar un efecto dramático a lo que la muerte decía. Se iluminó el auditorio y el escéptico mamón, dio un saltito en su asiento.

Sin embargo, esa es mor-ti-so-lo-gí-a(huevo (intrusión obligatoria de su maese escritor, orgulloso de haberse inventado una mamada)) y no me corresponde enseñárselo a ustedes, simples mortales.

Lo primero que hicimos, fue tomarnos un café en un restaurante de veinticuatro horas. Platicamos durante horas hasta que nos dio la madrugada, le brillaban los ojitos y se tomaba su café con una ternura que parecía inherente a su persona. Yo estaba francamente anonadado, había encontrado a la mujer con la que quería pasar el resto de mi eternidad. Se sentó a un lado de mi, y me dio de mimos, de cariñitos, pedimos el desayuno y me lo daba en mi boquita. Ella sonreía, hablaba poco de sí misma y de sus aspiraciones en la vida. Sin embargo, dijo esto que siempre recordaré: “Si pudiera pasar la vida contigo, no tendría ningún problema”.

Me saltó el corazoncito.

La Muerte dejó escapar una lagrimita de hielo.

En cuanto le dije que me parecía lo más adecuado, ella sonrió y decidí enseñarle mis terrenos etéreos para que conociera su nueva casa. Le enseñé el pasillo multidimensional, el jardín donde nace el árbol del bien y el mal, el campo de las almas segadas y también, el cuarto de los espejos donde yo descanso. ¡Estaba encantada y totalmente enamorada! O eso me hizo creer. Platicamos largas horas, ya habíamos decidido el número de hijos que queríamos tener, le había platicado de mis horarios los cuales son muy pesados, que coche queríamos para Caronte, si queríamos una cocina minimal o funcional, cositas así, ya saben.

Pues… al final ella hizo lo que quiso, cambió de un día para otro.

Se quedaba durante horas sentada sin hacer nada, vistió de rosa a mis sirvientes esqueléticos, al árbol del bien y el mal le arrancaba los frutos. No saben, esa desgraciada me hizo la vida imposible y si intentaba yo decirle algo, ¡me aventaba sus chanclas! ¡Si llegaba yo tarde a casa, entonces con el rodillo de la cocina me perseguía y me pegaba! Hasta mis cuervos le tenían miedo, no saben… pero es que la amaba, no podía dejarla. Sencillamente, no debía. La amaba tanto. Y le pedía disculpas todas las noches, y le abrazaba las rodillas todas las noches, y mojaba con mis lágrimas sus piecitos hermosos. Realmente, estaba cegado por el amor.

Los hombres asintieron, tantas veces habían escuchado esa historia.

Fue que me enteré, que ella me engañaba con Caronte, con mis guerreros esqueléticos. ¡Se encerraba durante largas horas en mis aposentos y cuando ella quería, abría las puertas! Más tarde, aprendí no a culpar a Caronte, ni a mis vicarios, sino a esa pérfida mujer. Y cuando yo estaba dispuesto a meter mi queja, ella me miraba con ojos mosos y me decía que me quería. Se me derretía el corazón, ¿qué puedo decirles? Estaba, totalmente… pendejo. Así pasaron las eternidades, es increíble lo mucho que puede resistir uno estando enamorado, ¿verdad?

Al final, quien se fué y se aburrió fue ella. Me dijo así, con palabras textuales: “Me voy, soy demasiado hermosa como para ti y tengo tanto por delante… he descubrido mi verdadera vocación”. Le pregunté cuál era, qué quién era para matar al amor así como así… ¿saben qué me respondió? ¡Qué ella podría ser Miss Universo si quisiera y no perdería más el tiempo conmigo! ¡Después de haberle dado mis años de muerte más queridos, decidió terminarlo así como así! ¡No es justo!

La Muerte rompió a llorar y se acercaron los hombres a abrazarle.


Se quedaron con La Muerte un rato, porque sus berridos eran como los de un niño y pues, al Señor de los Muertos se le merece respeto. Lloraba y pataleaba. Cuando terminó de llorar, los quince hombres maltratados suspiraron de alivio y decidieron irse. La lluvia estaba escampando.

—Esperen, una cosita más —dijo La Muerte. Los hombres le miraron atentamente.

No supieron ni que los mató cuando les cayó todo el concreto del viejo auditorio encima.

—A eso venía, nomás quería desahogarme con alguien —sonrió La Muerte, quien estaba sentado todavía, alrededor de la construcción caída yacían quince cuerpos destrozados—. Muchas gracias.

El fumador

Un hombre enjuto, alrededor de cuarenta años, con un cigarrillo en los labios y una nube de nicotina alrededor, dejó una iglesia abandonada. Tenía unas ojeras grandes y los dígitos de los dedos, estaban manchados de color amarillo. Era calvo. Su piel estaba reseca, sin embargo, la noche húmeda era clemente con él a diferencia de los soles de mediodía. Quien lo hubiera visto, habría pensado que en una vida anterior fue sepulturero o tal vez, un párroco siniestro quien traía a la memoria los tiempos de la inquisición.

Caminó por un pueblo el cual no había visto nunca en su vida. No tenía claro a dónde debía llegar, sólo sabía que debía caminar. Revisó un bolsillo de su chamarra de piel y encontró una cajetilla de cigarrillos llena, a excepción del que se estaba fumando. Se sonrío, tenía para toda la noche, podría caminar y fumar tranquilamente, admirando la belleza humilde de aquel pueblito. Siguió por un camino de tierra y un par de perro callejeros le siguieron. No tenía reloj pero juzgó que era ya muy tarde.

Así siguió caminando y cuando se dio cuenta, los gallos ya estaban cantando y le seguían diez filtros gastados a lo largo del camino.

Pensó si su existencia tenía algún propósito durante días enteros de caminata… en realidad, después de examinar su vida consideró que no tenía ninguna habilidad en especial. Todo ello lo pensaba mientras armaba figuras con el humo de su cigarrillo, desde un avión de guerra de 1941 hasta un dragón tibetano. Los miraba sin sorpresa, siempre había podido hacer maravillas con el humo como si fuera pintura y brocha en sus manos. También podía esconder el cilindro en su boca o fumar con la oreja. Era un hombre extraño y siniestro, parecía haber vivido con el fuego del alquitrán desde siempre.

En cada pueblo que pasaba, dejaba los filtros y le miraban feo. No mucha gente fumaba y les molestaba encontrarlo a él con un cigarrillo en los labios. Empezaron a hablar de él y le llamaban: “El fumador de las botas negras”, decían que en cada lugar donde pasaba se auguraba una desgracia dependiendo del número de colillas de cigarro. Él nunca escuchó los rumores, pero le hubieran divertido de haberlo hecho.

Se fumó cigarrillos del mundo entero, el cuál recorrió caminando. Llevaba su propia nube y el olor a donde fuese. Se convirtió una leyenda urbana y hasta le dedicaban un par de páginas de internet. En ella se podían encontrar sketches de como era “el fumador de las botas negras”, hasta como caminaba y qué personas juraban haberlo visto.

“Se lo juro por esta, señorita. ¡Tenía los ojos rojos rojos rojos, la piel negra, barba de chivo y no se marcaban sus pisadas en la tierra! Pero lo que no me va a creer: ¡tenía ¡veinte cigarrillos en la boca al mismo tiempo!”.

Otros tenían una concepto más romántico del fumador y se lo imaginaban recargado en un poste de luz gastado, con gabardina negra y un sombrero de fieltro. Las jovencitas suspiraban al pensar en él: “¡Seguramente espera a su amada!”.

Se fueron gastando los cigarrillos, sucedieron los años y la leyenda del fumador, estaba viva en algún lado. Incluso en Canadá preferían ignorarlo, porque quien le miraba pensaba que era desde un hombre común disfrutando el cigarrillo con una sonrisa siniestra hasta la mano derecha de Satanás quien anunciaba el Apocalipsis. Nadie tenía cierto quien era. Y al fumador no le importaba, pues él estaba muy ocupado paseándose y fumando, hasta donde los pulmones pudieran ofrecer.

Pero un día, los pulmones colapsaron.

La tos se hizo más que evidente.

Los dientes se ennegrecieron.

Y el cáncer creció en el pecho del fumador.

Lo descubrieron con un cigarrillo en los labios, tirado a diez pasos de un hospital. Unos paramédicos lo encontraron y lo llevaron a uno de los cuartos. Se hicieron estudios por caridad al hombre, nada más y descubrieron que no le quedaba ni siquiera un mes. Todo esto se lo dijeron seriamente mientras él pedía un cigarrillo y tocía y tocía y tocía. Su doctor le miró gravemente y le preguntó si tenía familiares porque consideraba prudente avisarles y preguntó sutilmente si tenía con qué pagar

Respondió una negativa a ambas.

Días en cama, sin un cigarrillo en los labios, se puso neurótico y miró por la ventana como la muerte, vestido de jeans y chamarra negra, estaba recargado en un poste esperando. La muerte le saludaba sonriendo agradablemente y el fumador solo respondía con una mueca. Esta vez no había salida. Suspiró resignado, finalmente se estaba terminando una guerra. Había considerado en dejarlo antes, como todos los fumadores y se había dado tantas excusas.

Pues el resultado le esperaba en la calle, saludándole con una sonrisa, cada noche hasta la última cuando le vio caminando hacia el hospital. Un escalofrío le enchinó el cuerpo, esta era la definitiva y estaba acorralado en un cuarto de hospital donde apenas podía mover el cuerpo. La muerte se acercaba, podía sentirlo. No tenía escapatoria, nunca tuvo ninguna habilidad especial y realmente, no había pensado si quería ser otra cosa en su vida. Tan sólo se dedicó a caminar y fumar.

Tal vez si fuera un hombre con la oportunidad de vivir cien vidas… tal vez… pero ahora estaba seguro que así terminaría su historia.


O tal vez no.

La Muerte subió tres pisos y caminó diez cuartos antes de llegar a la habitación donde estaba al fumador. Tocó la puerta, divertido, y escuchó de respuesta una voz aguda que le pedía que entrara. La Muerte alzó una ceja, ¿se había equivocado de cuarto?

Abrió y ante sus ojos, miró a la mujer más hermosa que jamás hubiera visto.

—Disculpe, me equivoqué de cuarto —dijo educado La Muerte.

—No, a ti es al que he estado esperando —dijo la mujer sonriendo.

La Muerte admiró a la mujer. Las facciones y los gestos, eran de una dama. Le miró los ojos grises y supo que siempre estuvo enamorado de ella. ¡Seguramente esa mujer estaba destinada para amarle a él, amarle a él solamente! Sin embargo, en su alma quedaba una duda. ¿Dónde estaba el fumador al que estaba buscando? Se rascó la cabeza, miró brevemente todo el cuarto para ver si encontraba signos de su presencia y revisó el número de la habitación: indudablemente la dirección era la indicada. La mujer le observaba sonriendo, una sonrisa traviesa con la que había nacido seguramente. La Muerte hizo un chequeo de las almas en el universo y se dio cuenta, que la mujer era única. Era sospechosa, era misteriosa, era intrigante.

¿Quién demonios era?

—Pasa y cierra la puerta —dijo la dama.

La Muerte, a pesar de sus dudas cósmicas, obedeció y pronto olvidó al fumador.

El párroco

Ustedes pensarán que es raro que un hombre con tanta lujuria como el sexo-experto haya decidido convertirse en párroco de un día para otro. Pero vamos, no haremos preguntas… ni yo tengo idea de porque cambia y cambia el cabrón y se hace el héroe en todas las vidas que tiene.

Me controla, toma mis manos y él dicta su vida a como la quiere, a veces me permite maquillarle un poquito el paisaje, ponerle una que otra ropa, pero cuando yo quiero hacer las cosas a como se me antojan, hagan de cuenta que me agarra los testículos y me hace cantar como si fuese un Castrato. Y mientras me tiene sometido, el tipo, ja!, me pierde el respeto y hace como si yo no existiera. Bonito concierto de alaridos y demencia.

Hijo de puta.

En fin… oh, algo de lo que quería mencionar, antes que me perdiera otra vez por la psique de mi atormentado (OH, TAN ATORMENTADO!!!!) personaje… quería decirles que, se me hace raro que eligiera tantas profesiones que tuvieran algo que ver con la religión. Inclusive fue Dios (¡y como Dios hizo lo que quiso! ¡Yo que quería pintar paz en la tierra y buena voluntad!) ¿No les hace preguntarse algo? A mi si, no duermo tranquilo pensando que hay algún mensaje escondido en todo esto.

Hijo de puta.

En fin… (prosigamos a como el personaje quiere, ya que el escritor enfermo descargó su pequeña confusión emocional), ¿en qué iba? Si, se volvió párroco de una iglesia. Dejó su vida de pecador y se negó a la tentación a la carne. Alzó la vista al cielo y lágrimas surgieron al comprender su vocación verdadera. ¡Es que en el cielo estaban las más hermosas estrellas que hubiera visto y pensó: “¿cómo carajos voy a negar la existencia de Dios?”!

So, hizo la perenigración a un pueblito tan desnudo como lo trajeron al mundo. La gente se le quedaba mirando, un par llamaron a los policías pero él se las arreglaba para escapárseles. Tan sólo necesitaba la ropa adecuada… y así llegó a él un paquete que de remitente decía: “Maestro de los Disfraces. Calle Progreso Urbano #74. Col. Centro”. El párroco desnudo lo recibió una noche, de parte de un cartero que iba en moto y aventó el paquete directo a sus manos.

No se agradecieron, ambos sabían el paso a proceder. El párroco desnudo se metió a un callejón y al salir ¡sorpresa!: Ya no estaba desnudo.

¡Ahora si era un verdadero párroco! Con el uniforme negro, hasta las arrugas y el cabello cano venían incluidos. Descubrió que tenía problemas de espalda y de vesícula también. Quiso poner mueca de dolor, pero sus dientes inexistentes no se lo permitieron y puso más bien una sonrisa agradable que hace a los párrocos tan característicos. Tomó la rama seca de un árbol y decidió usarla como bastón.

En el camino venía gruñendo, para su sorpresa, que ojalá Dios lo librara de su sufrimiento.

Pero como Dios tenía cuentas pendientes con él, nada más se dedicó a observarlo con una sonrisita y ponerle una que otra piedrita en el camino pa que se tropezara. Le aventaba un rayito de luna, —y comía palomitas sabor “Celestial Azucarado”—, cuando el párroco alzaba su cara, movía la boca sin dientes y gritaba: “¡¡Cabón, poque me hachech echo dechpuéch de tantosh aiosh de chervichio!!”

Dios es medio Canijo a veces. Sobre todo cuando quiere que nosotros, sus corderitos lanudos, aprendamos a no decir groserías y levantar falso juramento.

Llegó a una parroquia abandonada donde había una tiendita. El párroco compró dos cigarros sueltos y le pidió al dependiente que le ayudara a abrir las puertas de la feligresía, que le habían mandado para atenderles. El dependiente le miró sorprendido—: ¡Es que somos el pueblito olvidado de …!

—¡Ni che atreva a dechir Chu nombe en vano! —gritó el párroco en respuesta—. ¡Ahora aiúdeme!

El de la tiendita estaba pensando: “Chale, nos tocó uno gruñón”, hasta que vio su sonrisa tierna y creyó que estaba bromeando. Una risita escapó de sus labios y creció la sonrisa del padrecito. “¡Ay que hombre tan amigable!”, pensó el de la tiendita y le ayudó como se le ayuda a un niño chiquito al que no se le entienden sus berridos.

Después del dependiente, la gente se acercó a abrir la pequeña parroquia. El carpintero y sus trabajadores se encargaron de restaurarla modestamente, los cuales consiguieron los materiales gracias al ricachón del pueblo. Los albañiles trabajaron el concreto, y los artesanos de orfebrería en hacer los materiales adecuados. No tengo la menor idea de dónde consiguieron las hostias… ¿el qué las hace se le llamará hostiero? ¿Y cómo se llama el de los hules?

Al padre le llevaron garrafones de agua para que la bendijera y este, mal humorado como era, se ocupó en bendecir garrafón tras garrafón y mandó a que lo pusieran en la bodega. Ahora si, tenía agua bendita como para treinta generaciones de bautismos, contando la explotación demográfica. (Harto previsor, el párroco sabe que cada catorce segundos nace un niño cristiano).

Le llevaron a los niños que serían los monaguillos y se hizo una feria en el pueblo para recaudar fondos. Finalmente, ya no tendrían que ir al pueblo vecino para casar a sus madres jovenes y a los muchachitos promiscuos. Al ritmo de la tambora, el padrecito miró a sus feligreses y anotó mentalmente el nombre de cada uno de ellos, porque ustedes saben: “Pueblo chico, infierno grande”.

Pero la edad es engañosa y esa noche, al dormir, se le olvidaron todos excepto los de las jovencitas de 15-18 años.

Y de sus mamaitas…

Y de sus abuelitas, las que no tuvieran problemas de cadera…

Puafffft, no me miren así. ¡Al menos se acordaba de un poco más de la mitad de los nombres!

Así se le iban los días al padrecito, entre mirar faldas, comprar sus dos cigarros sueltos, las confesiones donde siempre terminaba diciendo: “Chiete padrech nuechtroch, Chinco Ave Maríach, y anchele a…chi… che le recha a Dioch”. Dormía cuatro horas diarias y la primera y última oración del día: “Padrechito buenito y chelechtial… ¡Llévame ya!”, con su mueca de infante recién nacido, la sonrisa más bella del mundo.

Dios ponía el proyector para que los ángeles miraran y todos concordaban en que ese era su momento preferido del día.

La rutina cambiaba con el número de cigarrillos y las oraciones fueron menos. Después de cada confesión, miraba más atento las faldas y ya se sabía todos los chismes, ya más o menos podía saber quien vendría a casarse el siguiente fin de semana y quien estaba próximo a la muerte. En sus planes estaba escribir la novela más grandiosa del mundo, se la vendería a Televisa… si, eso haría.

Así se fue comprando más cigarritos, un cuadernito y una pluma, prestaba mucha atención a las confesiones y a las faldas… y wow… empezó a escribir. Se olvidó de las oraciones, para decepción de nuestros amigos allá arriba (y misteriosamente, le dolía más la cadera y la vesícula, brrrrr, no quieren que se los cuente). Ahora dormía dos horas diarias y se encerraba en la parroquia a seguir escribiendo. Cuaderno tras cuaderno y el descanso, que era la atención a los feligreses, no servía como tal. Más bien era trabajo de in-ves-ti-ga-ción y valioso material li-te-ra-rio.

Un cuaderno, dos cuadernos, tres cuadernos y veinte ceniceros llenos.

Los feligreses lo tacharon de loco, excéntrico y dejaron de ir a la iglesia… y es que, ellos no entendían la verdadera vocación. ¡Siempre había soñado con serlo!

Siempre quiso ser fumador.

¡A huevo!