No se volvió a saber más de la muñeca con el espíritu subversivo, escribió el escritor del cien vidas. Parpadeó un instante, revisó su oración final y cerró el cuaderno. Se recargó en su asiento y suspiró, ¿qué más faltaba por revisar? ¿Debía escribir más acerca de Doña Lucha? ¿Cómo podría resolver el enigma que significaba el cien vidas?
Contó las vidas que llevaba y no se le hacían suficientes, ¿serían cien vidas las necesarias para encontrar el camino de sus sueños? ¿Para expresar todo lo que ha deseado hacer/deshacer? ¿Era suficiente ese proceso creador, tan vulgarmente escrito y casi tan automático? Se sonrió, eso no importaba. Al menos se estaba divirtiendo… pero no podía definir el origen de lo que estaba escribiendo, se preguntaba a menudo de dónde había nacido ese impulso. Trataba de hurgar en su pasado, sin embargo, no lo tenía.
¿Cómo puede escribir un hombre sin pasado? Día a día, tal vez. Soñando con el mañana, puede ser. Pero… ¿cómo puedes definir, si no has tenido un pasado para comparar el presente y preparar el futuro? ¿Es cierto que los tres tiempos, pueden unirse en uno sólo, como una esfera poderosa donde se tiene la capacidad de ser … Dios?
Tantas preguntas, se dijo. Las anotó cada una en su cuaderno en un bloque aparte llamado: “Reflixintro”, como un proceso creativo necesario o como algo que le impulsaba a seguir escribiendo. Se puso de pie, revisó sus lecturas, anotó lo que le gustaba de cada una y se prometió investigar por qué. Se miró al espejo, era moreno y de cabello rapado, con una cicatriz en la ceja. Se la acarició, le gustaba y era una nota aparte que siempre podía poner en sus personajes para generar un símbolo en el subconsciente del autor.
Se creía muy listo… muy muy listo. Se sonrió nuevamente, algo soberbio, y fue a prepararse un café. En el camino, recogió los ceniceros de su padre y tiró la ceniza a la basura. Despreciaba el cigarrillo. Su padre, un jugador de ajedrez que se tomaba el oficio demasiado en serio, decía que el cigarrillo era malo para adoptar concentración en el juego. Y era cierto, porque no lo había mirado fumar mientras jugaba, pero fumaba demasiado en la casa… y había notado que el olor del cigarrillo le impedía seguir con su escrito experimental.
El cien vidas, se dijo meditabundo. Cada equis cantidad de tiempo, se sentaba a meditar al respecto y pensaba que vidas serían las siguientes, pensaba en un orden importante o lógico. Con una línea bastaba para saber el salto a la siguiente vida, cuidadosamente preparada en su mente para producir algo totalmente distinto al inicio. Es más, había pensado escribir un “Escritor de cien vidas”, y lo había contemplado como algo cómico —una perfecta burla así mismo—. Ya vería como lo escribiría. Mejor se dedicaba a observar y hacía anotaciones en su cuaderno, cada vez que podía, para detectar o desarrollar la vida siguiente.
Había aprendido a tenerle cariño, después de todo, aunque no respetara ninguna regla o ningún esquema que trataba de imponerle a su propio personaje. Parecía que había nacido para ello, para escribirlo a cómo él dijera, para obedecerle y crearle un mundo, dónde él pudiese existir, desde absurdo hasta cotidiano, desde fantástico hasta contundente.
La vida es así, momento tras momento. El cien vidas se componía a través de momentos y enseñanzas, pero había algo más. Había un origen escondido, un origen secreto… un origen de una palabra, una sóla palabra, que habría de descubrir como un arquéologo en una excavación profunda, o tal vez como un super-héroe. ¿Qué vida quería para la siguiente? ¿O más bien, qué vida quería él? El hombre moreno y rapado, se acarició el rostro, suspiró y se sirvió su café, el cual ya casi había olvidado por culpa de sus disertaciones. Se sentó frente a la computadora y se conectó a internet.
En su asiento, revisó algo llamado blogs. ¿Qué eran? ¿Qué función desempeñaban? Todo eso lo anotaba en su cuadernito y hacía disertaciones. Se le hacía un fenómeno muy interesante, evolutivo totalmente. Se atrevió a decir que estaba vivo, como Von Humboldt se atrevió a decir del lenguaje en sus escritos carente de técnica o desarrollo científico. Podía ser posible, pensó, atreverse a decir ello.
Siguió navegando en internet y una idea le saltó a la mente, una idea que desplazó al cien vidas totalmente. ¿Por qué no se convertía en bloggero? A él también le gustaba escribir, expresar sus ideas, podría —inclusive— convertirse en un ejercicio interesante de escritura diaria. ¡Claro que lo iba a hacer! ¡Por qué se había tardado tanto en decidirse?
Olvidó al cien vidas, nunca quiso escribirlo… las vidas escritas eran suficientes. En su siguiente vida, mejor sería bloggero.
2 comentarios ↓
Lo esperaremos entonces. Si es que todavia estamos en esta vida.
[Responder]
¿Será que para comenzar una historia, se empieza por el final?
[Responder]
Deja un comentario