Entradas escritas en Enero, 2004 ↓

La hija del orador.

El orador enfrentó la siguiente pregunta de un adolescente de lentes, flacucho. Le miró atento y se dijo para si: Este es el listillo, que nunca lo tiene pero quiere estar bien informado. Se anotó un diez por su juicio y al terminar la pregunta, respondió automáticamente: El coitus interruptus es sacar el pene de la vagina con anterioridad a la eyaculación. En la teoría, este método es probablemente tan efectivo como algunos de los métodos más convencionales. Sin embargo, en la práctica, frecuentemente se escapa algo de semen. Esto puede ser suficiente para iniciar un embarazo. Por ello, éste no es un método seguro.

El adolescente respondió afirmativamente a cada una de las palabras y después tomó su lugar. Si, el orador se anotó un diez y puso la mirada que decía: “Estoy listo para la siguiente pregunta”.

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El torero

Cuando abandonó la idea de ser ermitaño, se le ocurrió que debía ser torero. ¿Cómo? No lo sabía, pero a huevo que iba a ser torero. Hasta se consiguió el trajecito que le vendieron baratísimo en una tienda de disfraces. Se escondió en un callejón y se puso el traje, al salir, la gente le miró y le tiró flores. ¡Ya era un torero, un torero de verdad! Y así se fue, contoneando las nalgas como torero, poniendo la cara de mamón como un torero, con los pantalones rositas de torero y olé, nomás le faltaban las castañuelas. Pero no, esas son para el flamenco.

Se miraba en los espejos de los establecimientos y practicaba sus poses, sus verónicas y sus marielas. Y también sus Marías y sus reverencias. Fue así que la gente le regaló la capa y la espada, y no saben, era el torero más hermoso del mundo. Aparte el más versado y el más fino en el arte. Practicó con los perros callejeros y no le mordieron los tobillos, ni una sóla vez. Caminando por Televisa San Angel, lo descubrieron los medios y dijeron: “Este es el torero más hermoso y fregón que hemos visto”.

Su debut en la Plaza México sucedió al siguiente día. Ahora si iba con toros de a de veritas, ¡Cómo no! Paró bien sus nalguitas, sacó el pecho y salió a la arena. Le tiraron flores y ovaciones, y él, con su rostro hermoso y chupado por el oficio, los aceptó con una sonrisa de los dientes más blancos. Le avisaron que le tenían un castrado, directo desde Nuevo León y él, chistoreando, preguntó que para qué quería un Farinelli. Se rieron educadamente de su chiste y se burlaron del novato. No fue hasta que salió el toro, que entendió lo de castrado.

Ajá, el castrado sería él. Le temblaron las piernas nomás de ver al animalote y sus cuernos, que brillaban a la luz del sol. Se sintió una caricatura y los espectadores rieron igual, al verlo correr en la Plaza México de un lado para otro. Se perseguían como en Scooby Doo y se le fue toda la elegancia de Bugs. Pero eso sí, las nalgas bien paradas, nada de perder el porte ni aún corriendo. ¿Y pues cómo no las iba a tener así, con los pantalones apretados y qué estiraba en proporciones guturales pa poder correr?

Ya cuando tenía al toro a dos pasitos y sin oportunidad de escapar, puesto sólo quedaba la pared. Sacó su espada y se encomendó a la virgencita, y con una agilidad que no sabía que tenía hizo un corte perfecto en el toro, el cual cayó muerto. La gente hizo una gran exclamación y se quedaron en silencio. Aprovechando la situación, caminó al centro de la plaza, miró todo a su alrededor para que vieran bien sus ojos y terminó con una reverencia—. Soy todo suyo nenas.

Así supo lo que sería en su siguiente vida. Iba a ser ninja.

Esquirla

Lo escuché, puedo jurar, desde dos calles atrás. Llegó riendo y no paraba de reír. No paraba de abrir los ojos que en cualquier momento, podrían saltar de su lugar. Estaba pálido y tenía la boca seca, sacaba tanto la lengua al reír. Cuando llegó, azotó su mochila al piso y se sentó en el sillón, a seguir riendo. Estaba pálido y el brillo de la mirada tan perdido, me acerqué a él. Estaba tan asustada y le tomé el rostro con las manos, me asustó más cuando no me respondía y repetí su nombre tantas veces la voz me permitió. Moví su cabeza, de un lado a otro y él sólo atinaba a reír más, con la voz a trompicones me pidió un café y yo obedecí dudosa.

Me quedé en la cocina, escuchando su risa y me tardé en hacer el café, hasta que la risa se fue apagando. Esperaba eso, esperaba que callara pero al escuchar el silencio, tan seco y tan repentino, me puse nerviosa. Le llevé el café con las manos temblando y me senté junto a él. Estaba muy callado y con los ojos miraba su reflejo, en el café negro y con dos de azúcar. Miguel, le llamé despacito, Miguel… ¿qué pasó? ¿Miguel, dime qué pasó? Le tomé la mano y le apreté los dedos. Miguel no respondía, seguía mirando el reflejo del café negro.

—Una esquirla —respondió—. Estaba en la calle, cruzando una calle. Y adquirí algo que nunca antes había sentido Ursula. Pude verlo todo. Pude ver con otros ojos. Se me enchinó la piel del cuerpo, me temblaron los pies y las manos. Y seguí cruzando la calle Ursula. Ahí fue cuando escuché el derrapazo —Miguel sonrió de nuevo, pero más tranquilo—. Un taxista salió fuera de control y pegó a un Jetta blanco, nuevecito, ni placas tenía. Se escuchó terrible, yo sólo alcancé a ver el borrón blanco de ambos coches y había estado ahí tan sólo unos segundos atrás. Unos segunditos, ¿me entiendes? Lo sentí todo, desde antes que sucediera y lo único que pude decirme era: “Tienes que cruzar esa calle, tienes que cruzarla ahorita”. Y así lo hice, sabía lo que iba a suceder… y escuché los coches chocando. Lo sentí todo, sentí como se le cayó la cabeza al taxista y miré al conductor del jetta doblarse en tres. La sangre y la gasolina se mezclaron. La fórmula indicada. Pero pude sentirlo todo, pude sentirlo absolutamente todo. En el impacto, salió volando una esquirla de metal… fueron segundos Ursula, los segundos más largos que he vivido. La esquirla pasó a un lado de mi cabeza… pude escucharla silbar y miré como rompió la ventana de un departamento. FUUUUUUMMMM… rapidísimo, pero la vi tan lenta. Como la marcha de un caracol, la miré pasar a un lado de mi cabeza… a un lado de mi cabeza… de mi, cabeza…

Ursula se llevó las manos a la boca, asustada. Y lentamente se le fue dibujando una sonrisa…

…había captado el chiste.

El niño de Fafjel - Sacrificios

Cuando dijo que sí a Von Lurendberg, había soñado con un árbol de los mil nombres. En el “sueño”:http://www.mexsa.com/arboltsef/cibernauta/archivos/garabatos/002508.php era un niño, de carne y hueso. Estaba sentado al pie del árbol y éste le platicaba de Fafjel. ¿O había sucedido realmente? El árbol quería salvarlo, ¿de qué? Ya no recordaba, ahora estaba caminando entre las máquinas oscuras y los eclipses. El mundo maldito al que se había condenado. Sabía que las cosas no serían fáciles, ¿pero tenían que ser dolorosas? Extrañaba su felpa, extrañaba a su dueña.

Extrañaba ser nadie.

Y ahora era alguien, quien caminaba. En aquel mundo maldito, con el aire alzándose para tirarlo y el cielo oscuro para matar sus ojos. Un pie tras otro y se hundía en la tierra sin textura. Se miraba las manos y no creía que las tuviera todavía. Cinco dedos, mira… uno, dos, tres, cuatro y cinco. Cinco deditos dijo el cerdito. Pensó en los cerdos, pensó en como se revolcaban tan fácilmente en su lodo. Él no era diferente a los cerdos ahora, él también se estaba revolcando en la inmundicia de su decisión. La diferencia entre los cerdos y él…

Es que no lo estaba disfrutando.

A lo lejos, un árbol de raíces fuertes y tronco petrificado, estaba caminando. Los cuervos lo habían abandonado desde que Simón había muerto. Podía ver al niño, quien portaba una extraña luz oscura y creaba un camino en el mundo este, en el que se habían perdido. Extendió sus ramas desesperadamente y gritó el nombre del niño contra el viento, pero le fue regresado.

El niño jamás escuchó y su próximo sueño, lo llevó a otro lugar. El Árbol de los Mil Nombres le gritó y no obtuvo respuesta. Ninguna respuesta… debía detenerlo, debía enseñarle antes que todo saliera de control. Debía buscarlo de nuevo, debía caminar mucho antes de encontrarlo y rezó que el próximo sueño, lo llevara ante él.

Sólo esperaba que Von Lurendberg no interviniera.

En Fafjel, nacieron unos hermosos cerdos con alas quienes volaban de un lado para otro. Les encantaba caer en picada en los charcos de lodo, después de una buena lluvia y formaron una gran comunidad en una de las montañas más altas. La montaña de los mil nombres, así le llamaban. Alzaban copas y comían deliciosa porquería. Cerdos con alas, rosas y azules… que se divertían espantando a los granjeros.

El ermitaño

No era ni citadino, ni pueblerino, ni provinciano, ni regiomontano. Sencillamente, siempre quiso ser ermitaño. Un ermitaño niño, o un viejo ermitaño, o sencillamente el ermitaño. Hace mucho tiempo que nació y no se sabe, siquiera, si vivió. Delgado hasta los huesos, con ropas que ya no eran ropas, sucio y manchado por el polvo… eligió las alcantarillas para hacer su morada. Ni ciudad, ni pueblo, simplemente alcantarillas de inmundicia. El olor era insoportable, y había otros seres viviendo allí abajo, pero él a todos los corrió. Alzando su bastón, que más bien era la pata de una silla, y poniendo sus ojos de loquito, así así bien abiertos, los ahuyentó. Corría de aquí para allá con sus piernas delgadas y aullaba en las noches como lobo, le gustaba vivir solo. Acondicionó su morada, a como él quería y en la entrada puso el letrero: “Solo, sólo yo”.

Ahhh, pero el día vino que el ermitaño no quería vivir solo y conoció a una princesita. Inmediatamente tachó las palabras del viejo letrero y las cambió por: “Vivienda para dos”. Ya muy féliz, a la princesa le fue ofrecer matrimonio y esta indiferente dijo que no. Que prefería al rey gnomo del no se qué del no se cuando, qué podía darle alas del no se qué, del no se cuando y ¿luego qué haría sin aire, sin sol, sin cielo y sin no se qué, del no sé cuándo? ¡Ay y qué quería vivir en un loft, con tina en medio y no sé qué, del no sé cuando!

Pues el ermitaño, alzando su bastón refunfuñando se fue y quitó su letrero, y aulló todo el día, y con las alcantarillas acabó. Cuando ya no hubo alcantarillas, parpadeó durante horas, ¿qué había hecho? ahora si, ahí nadie podría vivir. Se quedó horas, pensando que debía elegir: si ciudad o pueblo. ¡Con la gente volvería a convivir, qué destierro!

El Árbol de los Mil Nombres y la muerte.

Árbol

No ha antecedentes
ni de vida
ni de obras
ni de atardeceres vistos
en un bosque de sombras.

Y no caminará,
no buscará respuestas
ni tendrá un nombre.
Inerte en la tierra por siempre serás.

Así dice la literatura
que debe ser.

Árbol serás.

Arturo Flores, 16 de Mayo del 2003.

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Se está despidiendo

Sólo nos queda el café que tomamos juntos en las noches.

A veces me acompaña a ver televisión, a veces me escucha. Cuando lo veo, invariablemente encuentro los rasgos de mis tres hermanos: aquellos hombres que le dijeron que podría tener barba y para afeitarse, debiera hacerlo con agua caliente, si se llegaba a cortar simplemente necesitaría un poco de papel higiénico. Por eso nunca me preocupé de ser mamá soltera, habría quien le enseñara el lenguaje que nosotras no comprendemos. Mis hermanas, mi madre y yo, nos dedicamos a enseñarle de los juegos de nosotras, las mujeres. Las respuestas indicadas a las preguntas que hacemos. También le enseñamos que no hay amor más grande, y por lo mismo, exije sacrificios. Exije que estés dispuesto a jugar con todas las cartas, si no… pierdes tú tiempo.

Él se bebió nuestras enseñanzas y no nos prestaba atención siquiera. Y nosotros nunca le pedimos atención tampoco. Fue natural, querer protegerlo, que se sintiera parte de nosotros. Que conociera la importancia de estar juntos.

Intentó aprenderlo, pero sus ojos lo rindieron. Lo llevaron a otra parte y nos traicionaron.

Él tiene otras enseñanzas, él tiene una mirada distinta. No fue culpa de ninguna de las cuatro, ni de mis hermanos. Esa mirada la tenía desde que nació, la mirada lejana del hombre que no pertenece a ningún lugar. Cuando salió del vientre y miré sus ojos por vez primera, sabía que lo tendría poco tiempo conmigo. ¿Pero es qué no es así todo el tiempo? ¿No es natural que los hijos se vayan algún día? ¿No lo enseñan en la televisión y en la vida? Desde que lo conozco, mi hijo es así. Nos dice que tiene miedo de caminar y cuando volteamos, ya está corriendo ¡Míralo, míralo correr! ¡Parece un juego! Y cuando lo descubrimos, lo jalamos con nosotros de nuevo y nos dice con una sonrisa, con esa mirada que esconde algo y sólo habla silencio, que tiene miedo de caminar. Como si se burlara de nosotros, como si él quisiera enseñarnos lo que nunca aprendimos.

Como si el miedo fuera sólo una palabra.

Yo quise tantas cosas para él, y le compré otras tantas. Todos los fines de semana me lo llevaba a sanborn’s y él aprendió a pedir sus hamburguesas, como él las quería. Le conseguí la mejor educación, la que me dijeron era la indicada. Quería borrarle esa mirada, y si no era posible borrársela, al menos que comprendiera las consecuencias que podría tener. Pero nació con ella y también con la necedad. Así sucedieron los años y observé a mi hijo crecer, él y yo juntos. Desconociéndolo un poco, ese completo extraño. Es mío y no lo es. Sólo basta mirarle los ojos y querrás preguntarle de dónde es.

Prende un cigarrillo y se pierde durante horas, trato de hablarle y las palabras se me atoran. Me doy cuenta que no digo las cosas como él las quiere escuchar, pero no las corrijo. Yo aprendí a aceptarlo, que él aprenda lo mismo. Está ahí, y con un movimiento de cabeza acepta mis sueños de señora grande. Los sueños que nunca cumplí de chiquilla y quiero cumplir ahora. ¿Quién es el egoísta? ¿Yo, por querer enseñarle mis sueños absurdos? ¿O él, por no dejarme entrar a mirar los suyos? No lo sé. A veces sé que tan sólo es prudente y me tolera. Nunca me ha dado motivos para no tolerarle yo a él y si le pido algo, lo cumple. Como si ya no le importara pelear conmigo. Hago el recuento de los años y así fue siempre, me pregunto en las noches: ¿Es qué alguna vez peleamos?.

Nunca estuvimos tanto tiempo, tan juntos y tan separados.

¡Qué cosas digo! Mi hijo siempre ha estado ausente y su mirada tiene la culpa. Una mirada que está a punto de explotar, si te mira intensamente. Una mirada apaciguada por voluntad propia, porque sabe que se puede ir en cualquier segundo. Mi hijo algo está esperando, es la mirada de aquel viejo que espera en el puerto a su pez espada. De aquel que observa en el espejo durante horas, preguntándose quien es realmente. Ojalá yo pudiera decirte, ojalá yo lo supiera. Y si fuera así, no te lo diría porque ¿sabes? Sería peor que matarte. Acompaña a esta señora nada más y descubre quien fui yo, tal vez te sirva de algo o tal vez no. No lo creo, desde que naciste sabías quien era yo.

Tómate otro café conmigo, antes de que te vayas.