Entradas escritas en Enero, 2004 ↓

El simón dor de sevilla

¡Ahora lo entendía, siempre quiso ser un simón dor! Porque bueno… poeta mediocre ya no rendía y definitivamente, no le gustaban las letras tanto como presumía. Así que fue a una tienda de ropa, donde atendía una viejita y abrió su abrigo, como vil exhibicionista. La viejita profirió un grito y después se desmayó, Doña Lucha por ese día los ojos ya no abriría. Habiendo arreglado ese asunto, escogió un chaleco, pantalones de corte inglés, una camisa y una boina. Los zapatos y las calcetas también, zapatos suaves y calcetas de rombos.

Se miró al espejo, sólo faltaban unos cuantos ajustes a su cuerpo.

El cabello se hizo gris y se alació, le creció la barba. Al verse ya completo, acomodó una vez más la boina y ya se sentía todo un guerrero. No se sonrió, pero frunció el entrecejo, al espejo se acercó y murmuró—: ¡Siempre quise ser simón dor!

Le tomó prestado algún dinero a la pobre viejita. A Doña Lucha quien luchaba entre la vida, la muerte y la imagen terrible de un hombre desnudo contrario totalmente a sus preceptos católicos y cristianos, porque Doña Lucha era ambos, y también un poco budista, pero neeeeh, ¿a quién le importa la religión hoy en día?.

La religión es tan ambigua.

En fin, salió de la tienda de ropa y caminó a la esquina. Practicó el caminadito de Simón, arqueando ligeramente la espalda hacia atrás y mostrando a quien le hablara, su pérfil o pérfil tres cuartos, nunca de frente. Sacaba un poco las nachas y movía los hombros hacia atrás, alzaba el rostro con seguridad y miraba feo a los niños que le señalaran. ¿No me creen? Es cierto, el cabrón hizo toda esa pasarela únicamente para llegar a la tienda. Ya ahí, pidió unos cigarros sin filtros y unos cerillos.

Luego, notó lo que le faltaba. Fue a la papelería, pidió un cuaderno y una pluma que le costaron quince pesos con cincuenta centavos. Pagó con un billete de veinte y se negó a que le dieran cambio. Caminó, haciendo la pasarela obligatoria, lentamente hacia el parque más cercano. Suerte para él, era hora de la salida y las chicas de la preparatoria más cercana, ahí se encontraban vagando. Se lamió los labios, abrió su cuaderno recién adquirido y anotó lo siguiente que yo les comparto.

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El poeta mediocre

De las cosas buenas que le dejó su vida de argentino, pudo decidir ser poeta con facilidad.

Sin embargo, el cambio entre vida y vida
—entre vida y vida, los cambios—,
había sucedido tan rápido,
nació en el mundo un poeta mediocre.
—¡Otro más de tantos!—

Y lo peor, se consideraba excelente.
—¡Patearé la luna, hasta sangrar luz de día!—
Salió del hotel desnudo,
placer y mirada de los curiosos,
No sospechaban su renacimiento.

¿Qué entienden ellos de Fénix?
¿De Mandrágora y de Quimera?
¿De jade y del valiente onyx?
¿De Rosseau, y de Xavier Peró?

Caminaba en la calle, ligero…
—Ligero, ligero.
La lluvia nació en el cielo,
suave y dulce primero.
Humedeció su ancha espalda,
y compuso su primera balada.

—Llueve, ahora escampa.
(Línea más ridícula, más socorrida…
voz profunda, mente ágil…
pero palabras torpes y mal medidas).

La lluvia ridiculizada, ¿quién es este?
Caso le hizo, detuvo su flujo.
El poeta se sintió satisfecho…
amo y señor del universo.

Cien vidas son las que tenemos,
o tal vez más, si nos creemos.
Buscamos en casa y casa,
en escuela y del perro carnasa.
Pasamos a una y otra, sin gloria,
sin pena, sin sentirnos escoria,
ni los triunfos en la memoria.

Sencillamente andamos, cambiamos
nos transformamos y cuando vemos
somos el padrote o el ermitaño.

Cien vidas son las que nos quedan.
Cien vidas latentes, en la oscuridad.
Cien vidas constantes y pendientes.
Cien vidas, somos todos en la muerte.

El poeta y su gabardina, se cansaron
de hacer poesía. Mediocre, solo y
desnudo por dentro, decidió ser un viejo.
El viejo amargado de siempre…

Su siguiente vida,
sería como aquel del que había escuchado.
En la siguiente vida, sería Simón Dor de Sevilla.

Simón Dor escuchó en su tumba,
—¡Este cabrón que dormir no deja!
—¡Imitador de segunda!

El argentino

Leyó confundido la carta que había dejado la argentina y si hubiera recordado su vida de tina la hubiera extrañado. Sin embargo, como argentino que era, tuvo el impulso de mirarse al espejo y decir las siguientes palabras inmortales—:

SENCILLITO Y CARISMÁTICO.

Se le quitaron las ganas de ser argentino, porque ni la misma Argentina lo merecía. Pero podría ser poeta… si, poeta es lo que siempre quiso ser.

La tina turca

Debía escapar, la policía le estaba buscando y ya no podía seguir siendo padrote… así que se encerró en uno de los cuartos del hotel, se desnudó rápidamente y pensó en como evitarlos. Descubrió en sus genes una suerte camaleónica, porque pensó tina y BANG, en una tina se convirtió. Aparte, era una tina turca: gigantesca y con la capacidad de mantener el agua caliente durante horas. Afortunadamente el baño donde estaba era lo suficientemente grande y logró acomodarse a tiempo para ocupar la mitad del baño.

Después, el cuerpo se le hizo rígido y ya no pensaba en ser nada más que una tina. Cuando la policía entró al baño, ni siquiera los reconoció, puesto su cerebro estaba hecho de marmol y cerámica de la más costosa. Sus piernas, sus brazos, y su vientre, estaban tallados en piedra y no sentía más que el frío que representaba serlo. Había perdido la noción de la humanidad y sus ojos, estaban repartidos por todo el espacio que ocupaba. En verdad, siempre había querido ser una tina, y turca además.

Los policías inspeccionaron las ropas que aún quedaban, notaron el Armani, alzaron los zapatos, se anotaron unos Gucci, no podían dejar el reloj —evidencia— uno se guardó el Rolex, y cómo no, se llevaron la joyería. De haber sido humano, les hubiera dicho: “Hijos de puta…”, pero como eso ya no era, suspiró con un poco de vapor y se preguntó si alguno de ellos se tomaría algún baño en su espacio. Al ver la respuesta negativa e indeferente, se quedó triste y cuando le apagaron la luz, durmió.

Pasaron horas, días, meses, años. Quien sabe… las tinas no miden el tiempo como nosotros y ese cuarto de hotel, no fue utilizado en mucho tiempo; ni de tina, ni de humano.

Fue cuando llegó una dama, quien hablaba raro el español, al menos no como la tina estaba acostumbrado a escucharlo. La escuchó abrir la puerta con las llaves y hablaba ruidosamente, musicalmente. “¿Vos sabés?”, “¡¡No sabés!! ¡¡Ya llegué a Méjico querida!!”, “Tenés que mirar el cielo, tan gris como en fotos y ya ¡dejame colgar que me accidento!”. Fue cuando ella abrió la puerta del baño y la luz entró, la tina la miró como una sombra. Era una persona alta y muy bella, muy distinta a aquellos que había visto hacía tiempo. ¿Policías? ¿Qué es eso? Ahora sólo existía el presente, en la memoria de aquella tina, tan fugaz y tan olvidadiza. Recordaba que fue un humano en alguna ocasión y por eso podía entenderlos, podía captar sus palabras y trataba de pensar en su mismo idioma. Era difícil, pero no imposible.

Aunque el idioma de ella, le intrigaba. La musicalidad de las palabras. La voz de ella tenía mucho que ver y la silueta perfecta que miraba en aquella habitación, de contornos suaves y curvas mágicas. La tina jamás había visto algo más bello. Ella prendió la luz y jamás debió hacerlo, porque la tina se enamoró. Miró sus ojos azules y el cabello castaño claro, casi rubio, perfectamente lacio. La nariz ligeramente respingada y el rostro, no debía tener más de veintidós años, era la voz que le delataba los otros cinco. Se quitó una falda y la tina siguió el rastro de las piernas largas. Le observó sentarse en su vecina, la taza de baño quien nunca le platicaba como ninguno de los otros.

La tina sintió celos, hubiera gustado ser quien le diera la bienvenida y la mujer le respondió con la mirada y una sonrisa.

—En este hotel, la cerámica no vale nada, mirá la poceta tan fea ¿quién habrá sido el responsable?… pero la tina. Tengo que probar esa tina.

No sólo fue enamorarse, fue amor rendido e incondicional. La tina sonrió triunfal y le sacó la lengua a la “poceta”, quien no comprendió un carajo lo que estaba pasando. Para la tina, sin embargo, fue delicioso observarla desnudarse y que le sonriera, con los ojos azules y un poquito grises. Ella le permitió sentir el agua de nuevo y fue renacer, fue cumplir para lo que había nacido siempre. La tina se apresuró a entibiarle el agua, para que ella se metiera lo más pronto posible. Primero los pies, calando la temperatura del agua y después ella entera se rindió, pudo tocarle toda la piel.

—¿Sabés a qué vine? Sos una tarada —la tina se espantó de que le estuvieran hablando, pero no tardó en descubrir que era un monólogo y se tranquilizó. Después se decepcionó un poco—. Sos una verdadera tarada, pero desde que vi al pendejo, ¿sabés? me enamoré de él. Como una luz, sus palabras y sus manos me trajeron desde Argentina a este país tan gris, tan oscuro siempre. No te hagas la sota nena, lo querés. Es más, lo necesitás. Bien que te gustaria obviarlo. Por él vine, como una luz sus ojos y sus dientes, que aún tengo grabados en mis labios, en mi vientre cuando estábamos jugando. Vos dejá de hablar.

Ya no hablaba y sus manos hicieron el resto, la tina escuchó el nombre de Raúl, tantas veces le fue entregado y el nombre de Raúl, le enturbió el agua y la calentó más de lo debido. El agua, una extensión de sus ojos y sus sentidos, penetró profundo en el cuerpo de la mujer. Ya no sólo era amor, era servitud entera y siempre tendría el agua tibia para ella. La tina quería decirle tantas cosas, tocarle las piernas y la espalda, la cual estaba ligeramente alzada. La mujer hizo burbujas con sus labios, a veces hundidos en el agua y la tina sintió que estaban jugando al amor, a besarse aguas. Escondió en sus paredes de piedra los sonidos ahogados y se los guardó en la cerámica, ahí donde entraban un poco el agua por los poros microscópicos. Amó a la mujer y le pidió a gritos, entre vapor y humedad, que siempre que estuvieran juntos ella pensara en Raúl.

Después, ella salió del agua. Quitó el tapon y la tina pudo al fin, gritar las confesiones que quería hacerle. Ella le sonrió amorosamente, tomó la toalla y se secó el cabello. La tina le observó durante horas, ya la deseaba de nuevo, desde mirarla secarse el cabello hasta las muecas en el espejo. Al final, la mujer apagó la luz y le abandonó, otra vez, a la oscuridad. La tina entonces durmió y soñó con tenerla de nuevo en sus brazos.

La argentina repitió el rito lo que serían días, semanas, meses… la tina sólo contaba el tiempo del baño al siguiente y le escuchaba hablarse a ella. Le escuchaba hablar de Raúl y de la Argentina, la cual extrañaba al siguiente día.

—Buenos Aires es hermoso, más pequeño que Méjico pero más hermoso. Nunca había encontrado una tina tan hermosa como vos, sin embargo —y la tina se sintió orgullosa—, parecés mi gran amiga, mi confesora. Sos la que me escucha y guarda lo más preciado. Me hacés sentir que el mundo afuera no existe. Si Raúl estuviera aquí, le diría que te dedicara un poema. ¿Sabés que Raúl es poeta? Me escribió tantas veces, me amó otras tantas. Allá en Mar de Plata. Lo único malo es que Raúl es uruguayo, a mis padres no les gusta. Ese yarugua, mi piconino mío… si sabe cómo moverme el piso. En cuanto lo encuentre, lo traigo hasta acá, y listo. Un lugar perfecto para nosotros, para que nos confundamos dentro de este misma tina. Será como en Mardel, será como sus poemas y mis gemidos todo junto. Sé que será hermoso otra vez. ¡Si pudiera, también te llevo conmigo a Buenos Aires…!

La tina sintió desolación y tristeza. Ya no quería ser tina, quería ser argentino o uruguayo, al fin para la tina las dos cosas eran lo mismo. Al dormir, soñó con ello y sabía que lo lograría al siguiente día. Sería lo que ella quisiera que fuera y lo sería demasiado tarde. Sólo quedaría un recuerdo confuso, de aquellos ojos claros y aquel cabello rubio. Recuerdo que no tendría manera de ser comprobado y quedaría en todas sus vidas como un sueño difuso.

Como el argentino, leería una carta vaga, que no entendería y se sonreiría desnudo, al espejo, admirándose y diciéndose que siempre quiso ser argentino.


Raúl:

Te miré con ella y miré en tus ojos el brillo del poeta que alguna vez me dedicó sus escritos. Fuiste como luz y te convertiste en una oscuridad insultante. No sabés todo lo que pasé para llegar aquí, vine a buscarte a vos nada más, sólo a vos. Tenía tantas ganas de discutir contigo y escucharte decir que hiciéramos una nueva vida en este país tan extraño al mío. Te hubiera obedecido de inmediato, hubiera caído rendida a tus ojos y tus palabras se hubieran vuelto el aire.

Nunca leerás estas palabras, Raúl, nunca leerás los insultos que quiero decirte. Resultaste ser la cosa más nimia de mi vida. No valés nada. Ni siquiera gastarme en palabras obscenas con vos. No te merecés ni mi recuerdo.. Y yo, siempre achicándome a tus deseos, siempre deseando ser sólo tuya. Verte con ella me hizo sentir todo revuelto. Me enfermé de celos, de bronca, de ganas de matarte, de gritarte “¡¡Morite, Infeliz!!” como si eso pudiese de verdad enterrarte. Aún asi, me quedará solamente tu recuerdo, para recordarme y perseguirme por ser tan tarada de quererte y buscarte hasta el otro extremo del mundo. ¿Y es qué… qué no me sabe a vos? El café, el cielo de esta ciudad, el belmont que fumo gracias a vos, el espejo donde existe esa persona: esta que era sólo para vos

¿Recordás cuándo me decías palabras tiernas, allá en Mar de Plata? ¿Recordás cuándo bailábamos en el mirador? ¿Recordás la polera que me diste, ese día que te había ido tan mal tan sólo por conseguirla? Aún conservo todo eso Raúl, y es lo único que me puedo llevar después de haberte visto con ella, de mirar que tus ojos podían ser de otra, de llorarte en silencio y querer apuñalarte con el aire que compartíamos, tan cercano y tan lejano, en ese instante.

Y estabas feliz.

Sonriendole a esa, con tus ojos dorados, y felices, riendo…

Te dejo esta carta Raúl, esta carta que nunca leerás, esta carta que hace a Méjico el país más infeliz sobre la tierra en mis recuerdos, esta carta dónde termina Mar de Plata y mi desgracia. Se feliz Raúl, piconino mío, pendejo bello, amor… “.

Gracias a Sikanda, quien mejoró el argentino en este texto.

Su pinche sonrisita…

Siempre me la aplica. Se le forma en la cara cuando yo me pongo serio a explicarle algo o cuando estoy consultándole un asunto que creo puede ser serio. Es mi empleado, ¿por qué permito qué me haga eso? Bueno, fuimos amigos mucho tiempo y es una de mis personas de confianza. Cuando estoy a punto de tomar una decisión difícil, le consulto por la manera en que sabe organizar sus ideas y porque su punto de vista es distinto al mío. Me ayuda a tomar decisiones, de vez en vez, o me dice lo que quiero escuchar, con pleno conocimiento de esto.

Pero la pinche sonrisita. Le he preguntado ¿por qué? ¿por qué sonríe así, señor? Y él me dice que no sabe, o él me dice que todavía no aprende a ser humilde. Es como la burla maestra, la sonrisa natural que tiene. ¿Qué se sentirá el cabrón cuándo sonríe así? ¿Qué sentirá realmente? Me dice que él mismo no lo sabe, es una sonrisa que a veces está a punto de explotar como una risa. En ocasiones presiento como intenta contenerla, pero es peor. Se le mueve la comisura de los labios y los ojos se le prenden, inusualmente, con una chispa.

Pero me vengué. Él entró un día a preguntarme si podía adelantarle un pago y le sonreí exáctamente de la misma manera.

—¿Por qué sonríe así? —me preguntó, un poco dudoso.

Mi sonrisa creció y él sacó su pinche sonrisita. Asintió lentamente.

—Muy bien. Ya está practicando y le salió muy bien —dijo él.

Y no me pidió el pago adelantado, hasta el día siguiente.

El padrote

Utilizó sus artes de “ninja”:http://arbol.milnombres.net/wp/index.php?p=367 para conseguir su nuevo vestuario. Un traje Armani, unos zapatos Gucci, un Rolex y cuanta joyería pesada se pudo conseguir. Se despidió de su espada con tristeza, pero al mirarse el espejo, comprendió que su nueva vida era la indicada. Lleno de collares, de amuletos, de pulseras y cadenitas de oro. Se puso unos anteojos oscuros, sacó un bastón de caoba y se miró al espejo: Era el Padrote, no cualquier padrote… no… SANTO PADROTE.

Inmediatamente se fue al dentista y pidió que le pusieran un diente de oro. Ahora si estaba completísimo, paseándose al ritmo de “Somewhere over the rainbow - What a wonderful world”, le sonrió a las nenas de Plaza Comercial Santa Fé y cómo no, todas se le acercaron como una jauría hambrienta. Practicó su discurso y las primeras tres veces fue errado, pero de tanto intentar encontró las palabras adecuadas y tenía a su disposición cien jovencitas —MAYORES DE EDAD, POR SUPUESTO—, conscientes del nuevo negocio, los beneficios y los riesgos.

Las empezó a vender entre familiares y amistades, sin ninguna consideración, puesto era el padrote más habilidoso del mundo. Hizo tratos con el dueño de una cadena de moteles y tuvo cinco taxistas a su disposición para traerlas de un lado a otro. Niñas ricas, eran las mejores, consideraban lo más pobre como lo exótico y así, fue armando su imperio de sexo y prostitución.

Después vinieron los videos, las fotografías. Con ello, extorsionaba a los hombres más ricos del mundo. Su imperio era tan famoso que todos los hombres querían a las niñas ricas y jovencitas que el padrote ofrecía. Ahh, pero al principio no extorsionaba, no… cuando se presentaba y sacaba su catálogo de cien mujeres, era el hombre más amable del mundo, le brillaba el diente de oro y tintineaban sus mil artilugios de joyería. A sus chicas las cuidaba y las mimaba, comprándoles vestidos y otorgándoles cualquier niñería que su Sindrome Pre-Menstrual exigiera. Claro, sin exagerar, cuando una le pedía las perlas de la virgen le regañaba como se le regaña a un niño chiquito y santo remedio.

Y el padrote se paseaba en las calles, blandiendo su bastón de un lado a otro, con lentes oscuros y amplia sonrisa. La gente le admiraba por empresario y conocedor, sus mujeres le querían por mimador y regañador, los hombres le hablaban bonito por sus favores y pro-te-ger-su-vi-da-es-con-di-da. ¡Salud por el padrote, en ninguna de sus vidas nunca le había ido mejor!

Pero la policía se inventó algo para encerrarlo en la carcel, ¿ustedes qué creen? Específicamente un alto funcionario del gobierno que se había cansado de ser extorsionado y en esos momentos se divorciaba bien agusto de su esposa. Estaba juntando sus bien ganados pichicateos a uno que otro AFORE y a uno que otro BANCO DE INVERSIÓN y un poquito a la TESORERÍA NACIONAL para irse a Dinamarca. Lo mínimo que podía hacer, era encerrar al cabrón que lo había exprimido. Jo, la excusa fue por evasión de impuestos. Así que mandó una flota de patrullas, quien el Padrote detectó desde kilómetros a la redonda y corriendo, y sonando como la campana de una iglesia, y el destello dorado de su diente como una estrella… se metió a uno de los hoteles, con veinticinco policías pisándole los talones.

Se metió a uno de los cuartos y luego a uno de los baños, jadeando y respirando. Estaba preocupado porque no tardarían en entrar, encontrarlo y al bote encerrarlo. Pero la preocupación se le fue, al encontrar el verdadero propósito de su existencia confusa.

Miró el baño, se desnudó y sonriendo se miró al espejo.

Esta vez sería una “tina”:http://arbol.milnombres.net/wp/index.php?p=370, y bien turca.

Además.

El ninja

Haber sido torero le enseñó la vocación de su vida, todo gracias a la espada con la que mató al toro. Esta vez, iba a ser ninja. Lamentablemente, el que le vendió el primer disfraz ya no estaba en ningún lugar donde pudiera ser encontrado y suspiró triste. Estuvo a punto de abandonar su nueva vida hasta que vio la capa del torero y una sonrisa se le dibujó en el rostro. Se escondió en un callejón, con unas tijeras y un poco de hilo. Al nacer el sol, cubierto enteramente de pies a cabeza, con un traje rudimentario, salió a recibir la nueva vida que le preparaba.

No era cualquier ninja, era EL NINJA.

Practicó las artes requeridas, aquellas que le decían que debía andar en silencio y con la punta de las uñas. Amaestró a su espada para cortar el tronco de un poste de luz, de un sólo tajo y aprendió a esconderse en las sombras de mediodía. Para cuando llegó la policia a la escena del crimen no había nadie y pensaban que el poste había caído por un acto divino. Así, escondiéndose en el contraste de sol y sombra, fue que consiguió un paquete de cuchillos gin-zu para practicar su puntería. Ya después iría a Tepito, para conseguir sus estrellas y sus nunchakus.

Fue durante su entrenamiento que cayó la noche y se preparó un gancho con una cuerda. Su fuerza y su agilidad le ayudaron para aventarla y escalar el edificio más alto. Es que el ninja era una pinche maravilla. Corrió saltando como un gato de un edificio a otro, saltando con su traje rosa-amarillo y su espada desenvainada, para hacerla silbar en el aire. Sus pasos eran tan silenciosos, que a veces caía sobre el capote de los coches con tal gracia y lentitud, que corría en y con ellos cuando estos estaban en movimiento y sólo se veía el manchón rosa, confundiéndose con las luces citadinas.

Pero no contaba con el sindicato de mujeres ninja, cuya vestimenta era, precisamente rosa y amarilla. Fue así que lo sorprendieron en medio de un parque, cuando el ninja practicaba la pose de la grulla asesina, y siete mujeres letales se aparecieron con sus armas tan variadas como su piel y su cabello. Le pidieron la identificación del sindicato. Cuando respondió que no tenía con su voz varonil y llena de nicotina, las mujeres se abalanzaron, cuales borrones de rosa mexicano contra un sólo hombre.

Lo que no saben, es que el ninja, era EL NINJA, o tal vez sí porque lo escribí hace rato. En fin, se defendió con su espada y en cuestión de minutos, las tenía a todas rendidas y bien amarraditas para que no le tocaran ni con las uñas. Sin embargo, el código ninja exigía el sacrificio de la vida al ser capturados y así fue como terminó el sindicato, con los cuerpos hecho humos y un escrito haikú como borrón en el piso.

El ninja se sentó a meditar, logró tener a siete mujeres mortales a su merced. Fue cuando tronó los dedos y supo la verdad.

Él nunca quiso ser ninja, siempre quiso ser padrote.