Entradas escritas en Enero, 2004 ↓

No debiera ser así.

En México, la ciudad más grande del mundo según escuché por ahí (o sobrepoblada, sería más correcto), la vialidad es un caos. Ya lo venía pensando desde hace mucho, que me iba a suceder un día de estos y que realmente estaría preparado. Obvio, mis transportes son el taxi y los camiones de ruta, son los que más me acomodan para llegar a mi casa. Dependiendo que tan tarde salga, o cuanto tráfico haya, elijo uno u otro.

Hoy un camión de ruta chocó mi taxi. Je, bonita combinación… ¿se nota la ironía?

No fue grave (o no estaría escribiendo esto), fue un madrazo leve porque el camión a huevo quería ganarle al siga en cuanto se pusiera y total, aceleró antes. No nos vio, porque había otro camión a su lado y quería ganar tiempo. La pinche prisa de todo mundo. Cuando voltée, ya teníamos al camión enfrente y sólo escuché el madrazo. Se me entumió la rodilla derecha, porque la apreté demasiado… el taxista medio perdió el control del volante y casi nos estrellamos contra el túnel.

El taxista alcanzó al camión, el conductor salió y empezaron a discutir. Teníamos el verde, pero no se puede contra un camión de pasajeros… pasajeros cansados y que ya quieren llegar a su casa. Igual que yo, señores… ¿pero quién puede contra sesenta pasajeros, sentados y de pie? Con tal de no demorar más de diez minutos, todos dirían que ellos tenían el verde. Fue un madrazo leve, y tan sólo se me acalambró la rodilla porque sentí que el camión se venía encima. Nada más. Nada más.

Hacía tiempo, venía pensando en que así iba a morir y hoy me lo recordaron… no sería raro. Hay tantos accidentes en el Distrito que es posible. Hay tanta gente inconsciente en su forma de manejar que es posible. Tal vez por eso sea una idea recurrente cuando tomo el transporte público: Así me puedo morir… por la imprudencia de uno u otro. Just like that, snap it up buddy… as easy as that. Do you like that happy crappy?

Y todo lo que dije o no dije ese día, no importaría. Con que hubiera acelerado un poco más ese camión, con que el taxista hubiera estado en la total pendeja, si nos estampábamos en el túnel del puente de periférico.

No traía cinturón y es que los taxis, sencillamente no los tienen. Por alguna misteriosa razón los quitan.

Hoy no quería que me lo recordaran, nada más. Hoy no estaba pensando en ello. Así que me tomó por sorpresa y me asustó. Me tomó en un punto vulnerable. Un sustito y se suscita un escrito como este, hay gente que ha tenido accidentes o sustos más graves que el mío. “Vuarnet”:http://isopixel.net relató de “ello”:http://www.isopixel.net/archives/001605.html tuvo uno hace poco.

Gabo hizo una crítica de lo bonito que es tener un coche y no saber conducirlo, en Big Blogger.

Me espantó, todavía tengo las piernas temblorosas y el puto camión a mi izquierda. Hoy no pedí que me lo recordaran, pero de todas maneras, gracias a quien lo haya hecho.

El filósofo ateo atormentado por sí mismo

“Dios está muerto” — Nietzsche.

“Nietzsche está muerto”, — Dios.

“Pues fue el asombro el que empujó a los hombres a filosofar, tanto en el principio como ahora. Al principio los asombraron las dificultades más apurantes. Después, avanzando poco a poco, trataron de resolver los problemas más importantes, como los movimientos de la luna, del sol y de las estrellas, y por último la génesis del universo. Ver una dificultad y asombrarse es reconocer la propia ignorancia” — Aristóteles.

“Mi gran dificultad, mi gran asombro, la ignorancia máxima… ¿quién demonios soy?” — El 100 Vidas


Se escucha a lo lejos, el sonido de la música. ¿Qué es la música? ¿Qué es el viento? Dios y Nietzsche están muertos, ¿qué pueden ellos saber? Uno como el filósofo y el otro, el antifilósofo convertido en filósofo por el clamor popular. En medio de ellos dos, y ante la mesa de corrientes filosóficas, estoy yo. El criminal de criminales, un filósofo perfecto. Me miro al espejo: No sé quien soy. Estoy compuesto de átomos, es cierto, de piel y de sangrita, también lo es, de químicos, de micro-organismos, de todo ellos. ¿Pero qué hay adentro? ¿Qué hay realmente adentro? ¿Qué es lo que me mueve a caminar todos los días? Es tan extraño, ¡OHHHHhhhhhh… tan atormentador!

Pausa dramática. El filósofo se arrodilla en plena banqueta de Eje Central, a las cuatro de la tarde, para sorpresa de unos curiosos (no sería exagerado decir cientos) que escuchan su grito ¡tan atormentador! La gente le observa, y por temor a su salud física (y algunos, hasta mental) le evitan. Un transeunte que le viene mirando desde hace rato le grita: “¡Ah, pinche mamón!”.

El filósofo se pone de pie y continua con sus profundas disertaciones.

¿Pero que más necesito, que la observación a la naturaleza para decidir que es lo que impulsa las fibras más íntimas de mi ser? Dios no existe, él no lo responderá (Dios enarcó la ceja allá en el cielo, ahhh, pero si el cabrón había causado unos desastres mayúsculos. Nomás porque tenía prohibidas más de tres apariciones al año, que si no bajaba y le pateaba el…). Es mi arjé, la naturaleza ecóica vibrando. La creación del mundo y yo estamos íntimamente relacionados. Porque mi alma es agua diría Mileto; o el APEIRON diría Anaximandro; Anaxímenes y el viento, ahí está la respuesta; ¿y si es el fuego, qué diría Heráclito? ¿Y dónde quedó el Logos?; ¿Es tú número naturaleza, Pitágoras?

Pero si yo soy naturaleza… Ohhh, yo igual a naturaleza… entonces, ¿dónde queda mi individualidad? ¿dónde quepo yo en todo esto? ¡Gran duda! ¡Terribilísima cuestión!

Reverencia del filósofo. La gente ya se estaba acostumbrado. El espectador conocedor le volvió a gritar: ¡Che mamón!

Te seo fiel, mi querido Sócrates, trato de encontrarme a mi mismo. Tú, ante la cicuta. Yo, ante la gente. El veneno de la vida diaria, ¡Pero es que yo soy parte de ellos! ¡Por que aunque soy más bonito, distinguido, filosófico, culto, inteligente y terriblemente sexy… compartimos los mismos miembros del cuerpo, los mismos ojos, las mismas actitudes o modismos! Tenemos ropa de las mismas marcas, tenemos gustos de los mismos restaurantes, compramos nuestro vodka en la misma vinata. Y lo peor, ¡nos engañamos diciendo que no somos iguales! ¡Qué no somos distintos! La perfecta máquina de estado, con tu perdón Marx, nunca fue matar la individualidad… al contrario, mi querido amigo, fue impulsarla. ¿Y dónde quedó el yo? ¿Es qué… quién soy yo? Si pudiera dejar mi cuerpo y dejar que mis ideas hablaran, Platón estaría muy orgulloso de mi. Es que en las sombras yace la verdad de la persona… ¿no es así?

La gente siguió el espectáculo gratuito, más de cuarenta personas apendejadas tratando de seguir el hilo de aquel, que se decía filósofo. Este se paró ante la pared y tocó con sus dedos, los dedos de su sombra. El espectador de hace un rato, empieza a musitar: De veras que lo madreo por mamón, deténganme que lo mato…

Aristóteles, padre de la Lógica, tú no tienes las respuestas que yo busco. Ni en tú Lógica, ni en tú Ética, ni en tú Metafísica. Pero no por eso, seré de la escuela de los escépticos, confiaré en que mi alma existe y que los ríos metafísicos me llevarán a ella. No, no seré San Agustín tampoco… Dios y el alma no son mi estudio, porque Dios está muerto.

Dios aventó un rayo del cielo y el filósofo, se movió tantito a la derecha para evitarlo. La gente dijo Wooooooowwwwww… y aplaudió. Hasta efectos especiales tenía la cosa.

¿Y es qué soy acaso? ¿No estaré muerto cómo Dios? ¿Acaso soy, en primer lugar? Debe ser, porque las letras del destino me han dado esta piel y esta voz, que no es escuchada, que es mancillada y ultrajada. ¿Pero si quiero no ser? ¿Si decido, sencillamente, pretender que no existo? Habrá una voz en el fondo, que me diga lo contrario y si al contrario de ello, me digo que existo… no seré yo, tan sólo seré el sueño de una mariposa. (¡A HUEVO!) ¡Oh, tan atormentado no soy y soy! ¡La discursiva no me alcanza, ni me adora!

El Imperialismo será nuestra ruina, y me ampare mi alma, pero el comunismo es tan sólo una utopía. Tal vez pueda ser escolástico, la filosofía trata de fé. No la fé de Dios, mi gran diferencia con los escolásticos… sencilla fé en mi mismo; ¿No es así? ¿No es creer en la respuesta que nos damos, a nuestras preguntas pragmáticas? Así será resuelta mi gran dificultad, mi gran asombro, la ignorancia máxima… ¿Quién demonios soy?

La gente estaba ya cachándole el rollo al monigote ese y estaba sonriendo contenta, porque veían que pronto tendría una respuesta… hasta el espectador “mamón” suspiró tranquilo… pero… siempre hay un pero, ¿verdad?

¿Y SI NO?

Pienso… si, si pienso… y luego existo.

Los incultos dirían que esa frase sería del filósofo ateo atormentado por sí mismo de Eje Central, no del chingón de René Descartes. ¡Y los cultos también! Es más… cuando les digan—: No… esa fue de Descartes, ustedes sencillamente respondan—: ¡No güey, Descartes no existe! ¿No ves que está pensando? JO jO JO JO, okay, mal chiste.

Porque es así que… que mal chiste de veras, AJEM, porque es así que… muy, muy mal chiste. Es más, el espectador debiera madrearme a mi.

¿¡TE CALLAS CABRÓN?!

Discúlpame.

No, no hay cuidado… ¿puedo continuar?

Claro, pera… deja te pongo luces estraboscópicas para que la gente te vea y se malviaje.

Es usted un encanto.

Por supuesto que lo soy.

Esto se está saliendo de mi control. Bien, decía…

ESTORNUDO

Salud.

Gracias.

¿Te puedes ir tantito para allá? Distraes mi discurso…

Lo siento.

No hay cuidado. En fin, decía que…

Silencio arrollador…

En fin, decía que…

El silencio es terriblemente, silencioso.

AJEM

Silencio, swoooosh… silencio, sólo se escucha el viento… lalalala. Anda, anda, sigue… estabas en lo tuyo. Eres atormentado por ti mismo, ¿no? Yo sólo estoy poniendo los efectos especiales. Tú síguele cuate.

El espectador grita: ¡PINCHE PAR DE MAMONES!

¡RENUNCIO! ¡NUNCA QUISE SER UN PINCHE FILÓSOFO! ¡A LA CHINGADA CON LA FILOSOFíA! Pero eso sí, siempre quise ser un antropólogo aventurero. Con tu permiso, yo me largo.

andele, swooooosh… sonido del viento, silencio… y el espectador se queda con cara de ¿qué pedo? ¿no qué muy chingón?

El Dios

Ser un indigente enturbiado por un sueño y decepcionado de la maldad del hombre por su amor al dinero, le enseñó el camino de su siguiente vida. Y es que Dios, ¿quién no quiere ser Dios por un día? ¿quién no ha querido quitarle el mando al Santo Padre y mandarlo a descansar, de preferencia, a las Bahamas para que aprenda lo buenito de la vida y así nos tenga a todos viviendo, a su imagen y semejanza? Nah, nah, nah. Nada de que la vida sería menos interesante, no… seamos honestos: todos queremos vivir en un continuo paraíso y dejar de sufrir en esta vida de lágrimas. Quien diga que le gusta sufrir y llorar en sus días, con una sonrisa amplia y enorme, por favor… deje de ser masoquista y leer mails cadenas, hacen daño mortal a la psique.

Así fue que Dios, el de a de veras, con todas y sus múltiples personalidades (Padre, Hijo y Espíritu Santo)… preguntó al Arcangel Gabriel—: Hijo, ¿quién viene? Siento una paz interior inmensa, siento la cúspide de la espiritualidad y el ascetismo personificados.

—Otro Cienvidis antropomurfus, mi Señor —respondió Gabriel.

—Hace muchos años que no viene uno, ¡me voy volando de vacaciones a las Bahamas! Y por favor Gabriel —Dios alzó su ceja celestial y se movieron los vientos (bendito Dios que escuchó estas mortales letras)—, esta vez si lo vigilas, no dejes que cause muchos estragos.

—Si, mi Señor —respondió Gabriel, con la frente un poco sudorosa. Así Dios se desapareció y subiendo por la escalera al cielo, llegó nuestro Dios protagonista.

El Arcángel Gabriel extendió sus alas, para que no le temblaran mucho, además quería verse imponente y celestial. Así, tal vez, evitaría que este hiciera su Santa Voluntad como los anteriores que habían venido y se redujera a escuchar instrucciones. El trabajo de Dios debía ser preciso y perfecto, así estaba puesto en la Biblia (manual de instrucciones por el cual el Padre había puesto varias quejas, sin embargo nunca le resolvían).

Este llegó igual que los otros —notó Gabriel y bajó sus alas cansinamente—: admirando la estructura celestial con las ajas alzadas y asintiendo despacito, diciendo en voz baja: “Ajá, qué interesante… necesita remodelación”.

Dios tomó el trono y Gabriel se arrodilló ante Él.

—¿En qué puedo servirle, mi Señor?

—¿Cómo te llamas, muchachito?

—Me llamo Gabriel, mi señor. Si usted recuerda, yo fui el que…

—Si, si Gabriel. Espera, tengo que meditar. Estoy un poco desacostumbrado a mi omnipresencia y debo agarrar vuelo para observar a mis hijos terrenales. ¿Sabes lo mal que está la Tierra? ¡Es terrible allá abajo! Finalmente, he decidido tomar cartas sobre el asunto. ¿Sabes qué allá abajo aprecian al dinero, más que a mi? ¡A MI! Su Padre buenito y celestial… —se quedó callado.

Y después, —como con todas sus vidas— su memoria se dispersó y olvidó su discurso sobre el dinero. Tan sólo miraba a los hijos en la tierra, con su mirada que está en todas partes (y me refiero en todas, no saben a cuántos millones cachó haciendo cosas en el baño. Del uno, del dos, fumando marihuana o fumando a escondidas nomás, a otros con su pareja, ¡hasta tríos! Si, mariachis orinando todos en una misma tasa porque habían agarrado un santo pedo… pero ajem, esas cosas no son de Dios y no me corresponde a mi describírselas).

Entre ellos, había un hombre difuso. Un hombre que perseguía a otro que cambiaba de vida en vida, pero le prestó poca atención. Debía mirarlo todo.

Ya dominada la omnipresencia o la omnisupervista… alzó sus Manos. Debía practicar las otras cosas… la que más le interesaba, la omnipotencia.

Alzó un dedo…

y ¡YEEEEEPEEEEE! ¡UE UE UE UA! ¡ADIOS JAPÓN!

Gabriel observó, su rostro era el perfecto rictus de horror.

Dios rió un poquito avergonzado— Güey… quien iba a pensar que iba a tirar Japón. Esto está bien denso…

—Ese no es el Lenguaje para hablar, mi buen Señor —dijo Gabriel, todavía en un estado confuso. Ninguno había destrozado a Japón antes. Tal vez una isla desierta, pero ¿todo el pinche Japón enterito?

—Disculpa, mi querido vicario. ¿Quién iba a pensar que con mis dígitos celestiales, tendría un poder terrible sobre mi omnipotencia? —meditó Dios y alzó la mano izquierda, ¡YIPPY! ¡SO LONG, SO LONG USA!

No está por demás decir, que abajo era un caos, ¿cierto?

Y el pobre Gabriel miró como nada más se partían las aguas y se hundían los Estados Unidos de América completitos, con todo y estados. Ahora si sentía el Temor de Dios en carne propia. Las alas se le desplumaban y empezó a correr de un lado a otro, con las manos alzadas, como la gallina descabezada en que Dios lo transformó por culpa del cienvidis antropomorfus anterior. ¡Pero este era peor! ¡Este era muchísimo peor!

Mientras tanto, Dios se reía a carcajadas eternas en su trono celestial. Quien sabe por qué le parecía tan divertido destruir países enteros y que nadie pudiera detenerlo. En su estado eufórico, aplaudió y en la Tierra los cielos se hicieron rojos y empezaron a caer lenguas de fuego.

—¡Ay no! ¡No adelante el Apocalipsis! ¡No, no, no! ¡Mamá! —gritó Gabriel y se arrodilló.

Sin embargo, Dios en su vista que todo lo ve… encontró a un hombre desgarbado, sentado en un escritorio y escribiendo. No veía lo que Él estaba haciendo, ¿por qué? ¿Por qué ese hombre no le tenía miedo? Fue así, que bajó del cielo ignorando los palateos y chillidos de Gabriel en el suelo de nubes, y se presentó ante aquel hombre, tan terrible como era. Bajó como la luz de la Verdad y el Amor al temor. Pero aquel hombre no le-hi-zo-ca-so.

En la Tierra, seguían cayendo las lenguas de fuego y se abrían los mares, que portaban pescados muertos.

—¿Quién eres, hijo? —preguntó desafiante.

Sin embargo, el hombre, un hombre joven de no más de treintaitrés años y vestido con una gabardina, un chaleco y lentes de fondo de botella, alzó una mano para que no le interrumpieran y bebió vodka de una botella que tenía en su escritorio. En la Tierra, se alzaron los grupos religiosos y todos miraban al cielo, esperando que Dios bajara con efectos especiales.

—¿Quién puedes ser tú, para qué no me escuches a mi? —preguntó Dios, pero el hombre le ignoraba.

En la Tierra, se eligieron a 144,000 hombres que habrían de ir al cielo. Claro, lo hicieron entre ellos y empezaron a matarse entre pedradas. Dios aumentó el poder de su Belleza, pero el hombre no hizo caso, estaba muy ocupado con su cuaderno y lo que fuera, que estaba escribiendo.

—Dios mío —dijo Dios, sin entender la ironía—, este hombre definitivamente me está ignorando. Tiene un poder mayor del que jamás tendré… porque sencillamente no me ve, no me escucha. Carajo, ¿es qué existo acaso? —Dios se sentó en el suelo, cruzando las rodillas, rascándose la cabeza—, ¿si no existo para todos los hombres, cómo puede ser que sea una autoridad omnipotente? —Dios movió una mano en el aire y murieron otros treinta cristianos. En los cielos se escuchó el grito de Gabriel. Dios cuando tenía una duda existencial, era muy cabrón—. Pero soy una autoridad omnipotente, ¿no es así? ¿cuándo fue la última vez que me miré al espejo y me dije: soy feliz, te quiero mucho y me di muchos abrazos? ¿Es más, por qué soy Dios? ¿Por qué no puedo ser un hombre como ese? —Dios señaló con su dedote a aquel hombre y fuuuuummmm, ráfaga de viento que tiró la casa. Pero aquel hombre, seguía sentado y escribiendo en su libro sin inmutarse—. ¿Cuándo pedí ser Dios? ¿Por qué tengo que escuchar los lloriqueos y los rezos de los padrecitos: “¡Ay, qué me gusta esa muchachita pueblerina de quince años! ¡Ojalá no fuera célibe! ¡Ay, qué me gusta Miguelito el monaguillo! ¡Pero es que le pusieron judías a mi sopa, joder tío! ¡PECADO, PECADO!”. ¡Por favor!

Entonces, dejó de ser Dios y desapareció, dejando el desastre para que Otro pudiera arreglarlo.

Mientras tanto, el Dios de a de veras, regresó a su trabajo. Miró a Gabriel berreando y con el maquillaje corrido, un poco decepcionado.

—Deja de llorar, tenemos el backup.

—¡Pero se darán cuenta que viven en la Matrix!

((tun tun tun, tun tun de misterio) Ake^ dixit)


Si, en su siguiente vida sería un filósofo ateo atormentado por sí mismo.

El indigente ciego quien soñó ser una mariposa

Le gustó ser mariposa, aún cuando sólo fue un sueño. ¿Realmente lo había sido? ¿Lo vivió o lo soñó? Era la primera vez en catorce años (¿catorce?) que se sentía tan ligero, como si las alas se le hubieran incrustado en la espalda y hubiera volado toda su vida. Es que él fue la mariposa, estaba casi seguro de ello. Los sueños distintos, fragmentados, llenos de colores que ya no veía porque era ciego. Y su imaginación estaba llena ahora de sonidos, de vidas dispersas. Vidas que le hicieron inventarse un pasado que nunca fué.

Él podía ver antes —No estaba seguro de ello. Pero era, correcto… hasta cierto punto. El problema era que creía tener un pasado… y eso era mentira, cada vida que ha vivido, sólo estuvo compuesta de un presente hasta su siguiente deseo.

Antes fue millonario —Eso probablemente era correcto, pero no cómo él cree. ¿Quién le dijo que sería fácil tener cien vidas distintas? ¿Algunas alegres y llenas de felicidad inmediata, otras tristes y llenas de nostalgia?

Catorce años de inventos y suposiciones, le llevaron a creer que era indigente por la maldad del hombre. Se juntó la malicia del padrote, con el resentimiento de un artista de una película de madrazos. La tristeza de una tina y la soberbia de su vida como argentino. La agilidad mental del poeta y la no aceptación del ermitaño. Todo eso se le confundió en la mente, en su imaginación de ciego, y creó escenarios compuestos de sonidos que nunca existieron.

Por ejemplo, un ninja que padroteó al sindicato de mujeres ninja.

O un ermitaño que hizo de torero en la plaza méxico, con un Rolex en la muñeca.

O la destrucción de Hollywood por un grupo terrorista musulmán: Alli-Queda.

O que era una tina que podía dar los madrazos más espectaculares del mundo. No sabía como, pero es que era LA TINA.

Recuerdos inventados y hasta cierto punto corrrectos, pero ciertamente incompletos.

En medio de sus disertaciones confusas, escuchó un ruido de un objeto al caer sobre una taza de metal. Metió dos dedos y sacó una moneda, la identificó al sentirla. De todas maneras, ya sabía que era dinero y es que hasta los ciegos pueden reconocer su sonido. ¿No era el dinero él que había ocasionado todo esto en un principio, su vida como indigente? ¿No era el dinero el culpable de que estuviera sentado, en medio de su propia mugre durante catorce años? (Debes entender muchachito, ¡qué no tienes pasado! ¿de dónde sacas catorce años?)

Se levantó decidido y extendió sus manos al cielo. Las cosas marchaban muy mal en el mundo y sólo había una forma de arreglarlas. Con sus labios, formuló lo que sería en su siguiente vida.

Iba a ser Dios.

Y sería Dios —para no perder la costumbre—: a huevo.

La mariposa

Chuang-Tzu alguna vez soñó que era una mariposa. Cuando despertó, no sabía si él era la mariposa soñando ser hombre, o un hombre que soñó ser una mariposa.


Alas y viento, sus antenas debían decirle por dónde. Poco recordaba de aquella vida como monje budista, convertido al taoismo. Sólo sabía ser mariposa y nunca quiso ser nada más. Era una mariposa blanca en medio de flores, en medio de lluvia y viento. Común y corriente, volando entre las sonrisas de los niños y huyendo de aquellos que había escuchado les atrapaban y les coleccionaban. Aún a especímenes tan comunes como ellos.

¿Por qué el hombre quiere atrapar la belleza y clavarle las alas en un papel?
¿Por qué se dedica a arrancarle las patas y las antenas, aún siendo niños?

Esos no son cuestionamientos para las mariposas. Siguió planeando, durante días y siguió buscando flores, debía alimentarse. Embellecía jardines sin proponérselo y escapaba de los depredadores, las ratas con alas que llamaban palomas. Ser mariposa era un trabajo de veinticuatro horas, y había gastado mucho tiempo en el capullo, cuando era feo: tan sólo un gusano. (¿Pero es qué alguna vez había sido gusano? Así se preguntó la mariposa, y no recibió respuesta de sus pocas neuronas. Tan sólo la palabra hombre, que le venía a la mente).

Conoció a otra mariposa, una hembra, y voló con ella alrededor. Hacía mucho calor ese día y no había nada más refrescante que buscar la procreación de la especie. Voló e hizo círculos, en medio de las manos de un par de enamorados que les miraron y cruzaron caminos. Todavía no decidían a besarse, pensó la mariposa. La mariposa blanca persiguió a su igual, la que sería su amante y cumplió con el contrato de la naturaleza, confundiendo sus alas blancas con las de la otra, en las hojas secas de un jardín cercano.

Así sucedió la vida de la mariposa, sin medir el tiempo, sin desear nada más.

Fue volando, un buen día, que se posó en el brazo de un indigente ciego, quien estaba sentado en medio de la calle. Estaba lleno de cabello y barbas, de ropa vieja y mal-oliente. Sentado en sus propias heces, en su orina. Sonriendo, entristeciendo, en medio de su locura sin decidirse cuál de las dos. Murmuraba cosas en un lenguaje que no comprendía y los ojos, estaban perdidos hacía unos cuantos kilómetros, en el pasado. Ojos blancos, llenos de cataratas y nostalgia. La mariposa se posó en su brazo y desapareció.

Siempre había sido un indigente, soñando ser una mariposa.


Tung-kuo Tzu alguna vez le preguntó a Chuang Tzu: “¿Dónde está el Tao?”
—Está en todas partes —respondió Chuang Tzu.
Tung-kuo Tzu le dijo: “Debieras ser más específico”.
—Está en las hormigas —dijo Chuang Tzu.
“¿Por qué es tan insignificante?”
—Está en el pasto.
“¿Todavía más insignificante?”
—Está en el fragmento de una olla rota.
“¿Tan insignificante es?”
—Está en el excremento y en la orina —dijo Chuang Tzu.

No hay nada que sea tal y tal. No hay nada que no sea correcto.

El espacio bajo el cielo está ocupado por la unidad de todas las cosas.

El monje budista

Como actor principal de una película de madrazos nunca encontró la paz interior, así que se dedicó a la perfección de su espíritu y alzó sus manos candorosas para rogar por la estabilidad del alma. Llegar al estado de perfección, a la imagen y semejanza de Buda, el humano perfecto. Dispuso su cuerpo a una caminata larga, dónde llegaría de nuevo a México y conocería los contrastes de la vida. Repitió en voz baja, durante todo el viaje—: No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Y así, la sabiduría envolvió su mente y sobrevivía con mucha agua (el fluido vital) y poca comida (tentación de la carne).

Es que era el asceta perfecto. Siempre quiso ser un monje budista, jamás un consumidor de entretenimiento o un ángel caído a las profundidades del averno. Su mente se abrió al conocimiento y encontró el balance perfecto. A él, vinieron los mantras y encontró en su río metafísico del pensamiento, los sutras que habrían de acompañarle. Durante el viaje a México, se sintió elevado y poco a poco, alcanzaba el estado de iluminación que siempre deseo—: exclamó al verse frente a las cuatro nobles Verdades; lloró cuando encontró los tres kayas y los cuerpos de Buda; entonó la canción de la Visión Profunda; Yidam y el Mangala Sutra, eran el pan de cada día.

Dormía y sabía que su espíritu volaría, vería a la humanidad en el mundo peleándose por tener las mejores cosas. ¿Pero es qué no sabían, que es más feliz el que menos necesita? ¿Era tan difícil que pudieran encontrar su paz interior? Fue así que decidió abrir un templo budista en Polanco, para enseñarle a sus hermanos judíos la tolerancia en este mundo. Adivinaron: el chiste podría cambiar en cualquier momento a “Mataron a un budista en Polanco”. Un modesto templo, que apenas estaba hecho de madera y unos cuantos clavos. Un pequeño cartel de cartón decía: “Templo budista de nuestro hermano”.

Pues algunos curiosos se acercaron y el monje les enseñó toda su sabiduría, y después pasó su botecito de limosnas, porque es que así el templo se mantenía en pie, ¿y qué tal si llovía? Pues adios templo y eso desolaría a muchos. Pues la gente, asombrada por esta innovadora religión que más bien, era el “estado perfecto de la mente” (un poquito retorcido nada más), empezó a dar dinero e invitar a más amigos a conocer la “buena nueva”. Pronto la madera se convirtió en concreto y el concreto se convirtió en muros plagados de oro. Se abrieron otras sucursales, digo, templos alrededor de México, donde hasta los japoneses y los hindús y los tibetanos, miraban asombrados su belleza y su justo derroche, ya que era la única manera de llamar a la gente a convertirse.

El monje se compró un Mercedes Benz, porque tenía que moverse rápido para enseñar a sus alumnos el modo correcto, nada tenía que ver con el materialismo… si era el más desapegado de todo eso, no me mal-interpreten. Y daba clases de Kama Sutra a Marianita, Georginita, Florecita y pues a Doña Lucha (¿a quién le dan pan qué llore, eh?), quien había decidido convertirse del cristianismo-catolicismo al budismo.

Controlaba la temperatura de su cuerpo, al calor intenso y a la meditación del viento.

El monje budista se repetía—: Es más feliz el que menos necesita. Y por supuesto estaba bien feliz, requetequetemoría de contento, porque tenía todo lo que necesitaba y en realidad, no necesitaba nada de esas cosas puesto… je, había vivido sin ellas, pero pues las tenía por mera casualidad del destino. ¿A poco no?

Levitaba de alegría y de contento. ¡Parecía que volaba! Yupiiiiiii

El Papa, había observado estos acontecimientos desde su IBM Papa-Vigilante 23X-33R(TM) y decidió mandar a sus vicarios, a cumplir la labor de investigar por qué había menos fieles en México. ¡Y pues qué raro que en México, si era donde más lo querían! A él y a la virgencita (madre, si me escuchas, bendice estos paréntesis con tu sana sabiduría y perdona las irreverencias escritas en cien vidas y esta). Pues los vicarios llegaron, con sus pistolas de agua bendita y sus cruces de plata y ajo, por si los vampiros… ¿me creerán que los Soldados de Nuestro Señor Jesucristo (amén) también acabaron convertidos?

Él y su tercer ojo, que todo lo miraban.

No fue hasta que el taoismo se apoderó del cien vidas y dilucidó un poco mientras tenía un picnic con Jullie —una joven inglesa que deseaba despegarse de su fortuna material— y empezó a murmurar lo siguiente, emulando a la vieja filosofía china—: Es que el verdadero tao está en todas partes.

—El verdadero tao es el susurro de los árboles.

—El verdadero tao es la belleza de la noche y sus estrellas.

—El verdadero tao es el aleteo de las alas de una mariposa.

—El verdadero tao es el verdadero tao.

Se iluminó. De pronto, tuvo un enorme deseo de ser una mariposa y se le cumpliría sin querer, al siguiente día.

El actor principal de una película de madrazos

Estar en los zapatos de Simón Dor, le hizo descubrir una nueva vida. Así que caminando, como parte de su entrenamiento de peleador, llegó a Hollywood. Tardó un poco en llegar, pero tenía el tiempo del mundo… tenía toda una vida. En el camino, su físico se compuso de nueva cuenta: se hizo más alto, perdió la barba y el cabello le decreció, hasta casi estar rapado. Se almendraron un poco los ojos y cambió el color de su piel. El rostro se le hizo más duro.

A unos pasos, le seguía una sombra. Una sombra que deseaba saber si era aquel que cambiaba de vida en vida y finalmente cobrar su venganza.

Llegó casi al amanecer y pudo apreciar las letras gigantescas, en aquel montecito, que decían H O L L Y W O O D. Wow, se dijo, ¡estaba a punto de convertirse en la estrella de una película de madrazos! Se inscribió a cuanto dojo hubiera por ahí y se consiguió un agente, una pelirroja llamada Molly, quien le cambió la vestimenta. Como no estaban bien seguros qué tipo de madrazos daba; si de karate, judo, kenpo, tae kwan do, kick boxing, a la mexicana o uñas y mordidas; le consiguió unos pantalones negros, zapatos de vestir, una playera negra pegadita y unos anteojos oscuros. Se veía bien cool en los castings.

En los dojos demostraba que era el mejor de todos y en los castings también. Aunque ganaba mil trofeos y reconocimientos de: “Bueno si, peleas bien chido y nos madreaste a todos los alumnos”, en los casting era distinto: los directores bien mamones —pues claro, es que el señor director, ES EL SEÑOR DIRECTOR—, ni oportunidad de hacer el casting le dejaban. Se estaba deprimiendo y Molly ya no sabía que hacer con él. El poco dinero que ganaba, lo hacía en exhibiciones y en concursos locales de artes marciales. No era suficiente, no descansaría hasta verse así mismo en la pantalla grande.

Creció un resentimiento en esta vida.

Es la suerte la que permite a uno quedarse en esas cosas, tan intrigosas y misteriosas, llamadas casting. A menos que seas una modelo aspirante a actriz, cocainómana, dispuesta a hacerlo todo, bien divertida y chichona, no hay de otra. Y la suerte le tocó al actor, cuando le dieron el guión unos tales hermanos Wamasky. Lo leyó y se emocionó cada vez que decía: —PELEA—, ¿qué importaba qué no existiera la pinche cuchara? ¿qué diablos querían decir con Mión? Ah, no… Zion. Lo importante, era la cantidad de veces que decía —PELEA—. Hizo el casting y pues, PELEÓ (es que así decía el guión), destrozando sin querer a cuanto stunt estuviera a su alcance. Los directores se quedaron con la boca abierta y Molly estaba orgulloso de su muchachito que pronto sería artista.

Se presentó tempranito al set, con el vestuario elegante que consiguió los primeros días. (Los directores dijeron que estaba per-fec-to). Le dieron el mejor camerino, con baño personal y un espejo muy grande para él. La maquillista lo seguía a todas partes, para ponerle polvo en la carita y no le brillara su nariz tan feo. Cuando salió del camerino, las fans ya estaban gritando cuánto le amaban y cuántos hijos querían para su familia. Y él nada más sonrió, esa sonrisa que había practicado tantos días de haber estado en Hollywood. Su sonrisa, quien siempre esperó este momento.

Salió en periódicos y revistas. Era la sensación de las calles, pero la vergüenza de los dojos que se tomaban el arte un poquito en serio. Eso no le importaba a él, naturalmente: pronto estaría en el cine. Hizo todas las tomas que le pidieron y unas cuántas extra, sin cobrarles nada porque era nuevo en esto de la artisteada. Se hizo adicto a la cocaína, porque es que casi todos se la metían. Al extasis, las pastas y el alcohol. Así salía en las noches, con tres o cuatro mujeres a su lado. Molly lo miraba decepcionada, es que él ya no era el mismo y se negó a seguir siendo su agente.

No importaba, ya había otros veinte en su puerta.

Cuando borracho y drogado, destrozaba cuánto bar, cuánto club y cuánto antro. Dejaba a un par en el piso y sangrando. Lo metían a la carcel. A los Wamasky no les importaba, pagaban fianza y lo sacaban —Necesitaban hacer otra toma, esta será publicidad… negativa, pero publicidad al fin y al cabo—. Su camerino estaba lleno de botellas de vodka vacías y se miraba al espejo, sonreía. Finalmente, se estaba haciendo una estrella y estos, eran pequeños sacrificios.

El día de la última toma, festejaron todos y al siguiente mes, estreno en cartelera. Un hitazo, la película recaudó casi treinta millones de dólares y el actor, ya estaba firmando para otras dos secuelas, mientras la nariz le sangraba y los ojos se le dilataban.

A empezar la rutina, al día siguiente, en el set a las siete de la mañana. Cinco líneas blancas, dos tragos absolutos. Vamos, estoy listo para la siguiente pelea. Y es que el actor no estaba consciente de sus poderes como artista marcial, ni del resentimiento adquirido, ni de la furia contenida. Ese mismo día, el desbalance del ying y del yang, acumuló toda la energía contenida en sus puños y fue peor que un Kamehame Ha de Neo y un Exploding Star a la Vegeta de Mr. Smith.

Acabó con medio Hollywood.

A huevo.

Medio Hollywood, derruído como si le hubieran tirado una bomba atómica. El actor despertó y miró el desastre, suspiró triste y miró el cielo. Al menos había una película de él en el cine. Se miró las manos, se dio cuenta del error de su camino y lentamente, en el alma, se le fue forjando el propósito de su siguiente existencia—: sería monje budista.

Regresó caminando a México, con una sombra siguiéndole los pasos y escuchando en los noticieros que la caída de Hollywood había sido culpa de Allí-Queda, un grupo terrorista musulmán.