El antropólogo aventurero

Un filósofo ateo atormentado por si mismo, caminó en eje central y unos cuántos espectadores, confundidos por sus conclusiones, le siguieron a distancia. Esperaban que hubiera más show de su parte. Él caminó tambaleándose, lentamente, agarrándose la frente y sudando un poco. Es que estaba dejando la vida anterior y la dejaba como las serpientes mudan de piel: poco a poco, arrastrándose. Con esas actitudes que se olvidaban, también se olvidaba la memoria.

Fue cuando encontró una tienda de disfraces, vio en el escaparate el vestuario perfecto para su siguiente vida. Pantalones caqui, camisa beige, un látigo, un cinturón de piel, botas de siete leguas y un sombrero café. Admiró el conjunto completo y se imaginó en él. Siempre quiso ser un antropólogo aventurero. Los espectadores que le seguían, observaron como se metió a la tienda y tardó horas en salir. Cada vez eran menos y los pocos que quedaron, se hicieron más dispersos y finalmente se fueron.

Excepto uno, aquel que le había estado buscando desde hacía tiempo.

:T:

Era el mismo que le atendió cuando le vendió el traje de torero y es que el maestro de los disfraces ya sabía lo que era él. Su padre, y el padre de su padre, le habían mencionado y cada uno decían —generaciones atrás yendo hasta el tatarabuelo—, que eventualmente llegaría. Cada uno había esperado ese momento pacientemente… el día en que conocieran al “Cien vidas”.

El cien vidas no le reconoció. Esa era la marca, pensó el maestro de los disfraces, porque el cien vidas cambiaba desde adentro. No sólo su cuerpo, su oficio, sus modismos o su arte, también cambiaba su alma. Le pareció desconsertante, no lo habían previsto las generaciones de historias que decían de aquel. Le miró pasearse por la tienda y admirar los disfraces, inclusive le dio las buenas tardes, pero nunca hizo el menor ademán de reconocimiento. ¿Por qué?

¿Era verdad que la memoria de aquel hombre se borraba con tal facilidad? El maestro de los disfraces le observó un rato más, antes de que le preguntara por el disfraz de aventurero que había en el escaparate.

El maestro sonrió decepcionado y le dijo el precio. Un precio relativamente bajo, ya que su misión era servirle.


Cuando salió de la tienda de disfraces, era otro hombre. Era el antropólogo aventurero más audaz jamás visto. Blandió su látigo para empezar a practicar, no tardó en hacerlo sonar a la perfección y también formaba figuritas en el aire con él. Se ajustó los pantalones y le arrancó una varita a un arbusto, para ponérsela en la boca. Ahora si se veía profesional, cualquiera le hubiera confundido con Indiana Jones.

Dentro de las cosas que le dio el maestro de los disfraces se encontraba un mapa antiguo. Lo desenrolló: mapa del Distrito Federal. Tendría que caminar mucho para llegar a las Minas de Cristo, donde se encontraría con aventuras y una reliquia importantísima para la humanidad. Un plato que al ponerlo en el sol de mediodía, de un veintitrés de octubre, mostraría la ubicación exacta de la antigua Atlantida y su avanzada tecnología hecha por extraterrestres. La segunda mitad del mapa, se descubriría una luna llena después.

Era el llamado a la aventura y por supuesto, no podía negarse.

El maestro de los disfraces, sin embargo, le había prevenido. El Doctor Oscuridad Profunda (ese fue el único nombre que se le ocurrió, se los juro por esta)… también buscaba el plato y estaba muy adelantado en su búsqueda. Así que no podía perder ni un segundo más, al contrario, debía tratar de ganarlos.

El antropólogo observó que un hombre se le acercaba corriendo…

—¡Espere por favor! —le escuchó decir, antes de apuntar su látigo con suma maestría a la agarradera metálica de un microbus. Sintió el jalón y tomó impulso para brincar al techo del camión. Se arrodilló y miró atrás al hombre que le había gritado.

—¡Disculpe! —gritó el doctor antropólogo aventurero—. ¡Hoy no estoy para entrevistas! —Como de costumbre, se inventó un pasado donde había dado conferencias de sus descubrimientos y nunca conoció otro destino, ni otro pasado, mas que el de su vida como antropólogo aventurero.

El hombre observó al microbus desaparecer con su polizonte a toda velocidad y pataleó en el suelo.

—¡Ya te encontraré otra vez! ¡Nunca estás demasiado lejos!

El maestro de disfraces observó desde la ventana al que había gritado. ¿Era posible que hubiera dos de ellos? Las historias no decían de una raza, de una tribu, o de un grupo de esa clase. Lo miró bien…

Descubrió, con sólo mirarle, que le quedaba su última vida y ya no había por qué servirle. Cerró su tienda, antes de que tuviera que negarle algún disfraz. Eso si lo había escuchado en las historias de antiguas generaciones: La última vida de un cien vidas.


Después de dos microbuses, una limosina, de robarle la moto a un policía y de saltar en paracaidas del Hotel de México (siempre quiso hacer eso ¡y aprovechó su vida actual para hacerlo!), llegó a su destino. Eran las famosas Minas de Cristo, de donde hubo producción de plata hacía unos cuantos siglos y el gobierno nunca se ocupó de sellarlas. Encontró una entrada y descubrió sorprendido, que había gente viviendo adentro. Trató de preguntarles pero descubrió que no eran muy amigables, más que gente, parecían bandoleros y bandidos que habían ocupado las minas para algún negocio turbio.

Una multitud de ellos, por lo menos unos veinte, sacaron armas y amenazaron con descuartizarlo, machetearlo, acribillarlo, martillarlo, nunchakearlo, desmembrarlo, y todos los “arlo” posible. Tal vez un “erlo” de cojerlo (en el sentido de FORNICARLO, para los que no entendieron), pero eso lo dejaremos como una opción para los lectores más imaginativos.

El antropólogo utilizó su velocidad y una pistola (de agua, inoportunamente, el de los disfraces no le avisó), para cegarlos. Se movió con agilidad y maestría para desarmarlos con su látigo y les metía unos buenos patadones con sus siete leguas. Nadie impediría que llegara a su destino. Escuchó el grito de uno de ellos y tardó demasiado en dejarlo inconsciente, escuchó el eco de las pisadas. Pronto llegarían los refuerzos. Moviendose rápidamente, evitando las balas y los destellos de las navajas, se adentró en el túnel.

Con ello, penetró profundamente a la oscuridad.


Como en un laberinto, caminó de tunel en tunel. Había logrado perder a los bandidos y con ello, lamentablemente también se perdió él. Prendió una lámpara que venía con el disfraz. No tenía un mapa de las ruinas y aunque estaba en una carrera contra el tiempo, decidió recorrerlos pacientemente. Olían a humedad y a viejo, y descubrió que tan viejos eran cuando pisó el cráneo de un soldado huertista, lo reconoció por el uniforme (y es que era antropólogo y por lo tanto, un poco historiador. Una chingonería).

Se deshizo de telarañas y caminó durante quien sabe cuánto tiempo. Pisó una piedra floja y se escuchó un sonido muy leve.

Siguió caminando y el sonido se seguía acercando.

Eso no se lo habían enseñado en la escuela de antropología.

Se quedó quieto, el sonido estaba cada vez más cerca y algo de polvo le cayó en el hombro de su camisa.

Tenía un presentimiento del origen del sonido. Volteó y la débil luz de la lampara le dio una pista.

Una pinchi-super-duper-¡A huevo!-piedrota.

No sólo era la piedra, no… ¡Era la madresota de todas las pierdas!

El antropólogo miró aterrado y decidió correr para ganarle. De haber sido cineasta lo hubiera intuido (más correctamente Spielberg), pero como no lo era, siguió corriendo como alma que se la lleva el diablo. El sonido de la catástrofe se acercaba y no podía más que abrir los ojos. Se metía de túnel en túnel, pero la piedrota parecía seguirle porque volteaba un poco y seguía pisándole los talones.

Se metió a otro túnel y corrió en línea recta hasta llegar al final. Por no mirar, casi se cae en un precipicio… rápidamente, agarró equilibrio y se movió a un lado.

La piedra parecía no ser tan inteligente, porque no se frenó y se cayó en el abismo. El aventurero suspirió aliviado, jadeando observó como la piedra se perdía en la oscuridad. Esperó un poco más, para escuchar cuando frenara su caída.

Pues nunca lo escuchó.

—Increíble… ¡este debe ser el abismo que me lleva al otro lado del mundo! O es eso, o santo madrazo que me voy a meter si me caigo —exclamó el antropólogo, pero como todavía no quería ser chino —ni pulpa sanguiñolenta—, decidió no investigarlo. Buscó con su mirada y encontró un puente viejo, hecho de cuerdas y tablones de madera.

En el otro extremo, parecía haber una luz pequeña, pero intensa—: debía ser el plato. Se decidió a recorrerlo y cuál sería su sorpresa al descubrir lo que había al final del puente.


A medida que recorrió el puente, la luz se fue haciendo más grande y más grande. Demasiado grande para ser un plato, pensó el antropólogo, pero todavía no estaba lo suficientemente cerca para reconocer el objeto al final del puente. Este debía medir más de quinientos metros, ya llevaba un buen recorrido y le era sumamente extraño observar como la puerta crecía. Lo recorrió con sumo cuidado, ya que algunos tablones estaban podridos. Estuvo a punto de caer varias veces.

No fue hasta que un sonido despertó a un grupo de murciélagos que se le abalanzaron. El antropólogo no estaba preparado para ello, alzó las manos para evitarlos y espantarlos. Un grupo de murciélagos ojetes mordieron las cuerdas que sostenían el puente cuando llegaron al otro extremo y al aventurero sintió que se le caían los huevos (literalmente). Se agarró de las cuerdas y sintió el inminente madrazo que le iba a pegar cuando tocara pared, desde cien metros de distancia y unos buenos decibeles de su grito que resonó en las paredes.


Utilizó el puente como escaleras y practicó sus artes de escalador, que no sabía que tenía. El recorrido tardó el doble de tiempo y se llevó casi todas sus energías. Quiso rendirse en un par de ocasiones, pero no había llegado tan lejos para nada. Así que agarró fuerzas, y aunque los últimos metros fueron un martirio, se repitió que no había llegado tan lejos para nada.

Cuando llegó, descubrió que no había ningún plato.

Sin embargo, miró boquiabierto una puerta gigantesca hecha de oro guardada por tres estatuas que le daban la espalda.

En la puerta de oro, estaba grabada una figura humanoide que tenía la extraña capacidad de mutar el rostro y el cuerpo. A veces, mutaba en cosas o animales, como en un zorro o un reloj de madera, o la estrella de Mahnael o el corazón de una mujer llamada Minerva, también mutaba en una ciudad entera o tomaba la forma de un Árbol de Mil Nombres.

Se le hizo extraña y caminó para admirarla más de cerca.

Las tres estatuas de piedra adquirieron vida y se pusieron en pie. Encararon al antropólogo para detenerle el paso.

Eran un hombre viejo colérico, una mujer joven seria y un infante que sonreía como un duende travieso.

—¡Eres uno! ¡Con sal sabrá mejor! —exclamó el viejo.

—Y eres cien, tan delicioso como los anteriores —dijo la mujer.

—¿Se puede ser todo eso al mismo tiempo, simple y exquisito? —preguntó el infante.

—Tan sólo soy un hombre —respondió el antropólogo confundido—. Estoy buscando algo, déjenme pasar y atravesar aquella puerta.

—¡Miente como los otros al reclamar su humanidad y quiere pasar! —exclamó el viejo.

—Pobrecito, se ve angustiado como los otros. Le dará mejor sabor —dijo la mujer.

—¿Cómo le diremos que no lo dejaremos y nos lo comeremos? —preguntó el infante.

—¿Por qué me quieren comer? —preguntó el antropólogo un poquito preocupado.

—¡Mira, qué irrespetuoso! —exclamó el viejo.

—No sabe en la que se metió —dijo la mujer.

—¿No sabes qué yo hago las preguntas? —preguntó el infante, y la mueca traviesa se intensificó.

Las estatuas parecieron adquirir tamaño y se vieron mortalmente amenazadoras. No podría vencerles con el látigo, debía vencerles con el intelecto… de alguna manera, éste era un acertijo.

—Pido disculpas ante ustedes —dijo el antropólogo—. No había visto estatuas más bellas, más perfectas que ustedes. Deben ser un acto divino. No es común para ojos humanos como los míos y por eso, les pido perdón por mi irreverencia. Sólo que también, como humano que soy, no he llegado tan lejos para nada. Así que también pediré disculpas, pero debo llegar a esa puerta a como de lugar.

—¡Es tan osado e irreverente, como cien! —exclamó el viejo.

—Es tan galante y buen mozo, como cien —dijo la mujer.

—¿Será igual de idiota y condenado, como cien? —preguntó el infante.

El aventurero se disponía a responder, cuando las estatuas alzaron sus manos y le detuvieron.

—¡Debes escuchar la pregunta del más sabio y responderla con veracidad! —exclamó el anciano.

—Si no lo haces así, quedarás a nuestra merced y te comeremos, como hemos comido a otros de tu especie, antes de ti —dijo la mujer tiernamente.

—¿Escucharás? —preguntó el infante.

El aventurero asintió.

El infante caminó al frente de las dos estatuas y las tres hablaron al mismo tiempo.

Escucha mi pregunta
¡y escúchala bien!,
¿quién puede ser uno?
¿quién puede ser cien?

¡Debes decirnos ya!
¿cómo puedes cambiar?
No eres hombre,
no te engañes más.

De vida en vida, gozas.
De vida en vida, sufres.
¿No sabes lo que te digo?
Los otros jamás supieron.

Entonces dime, dime ya…
Sin buscar en la memoria,
sin buscar en tu corazón,
sin buscar en cien almas,

¿qué te impulsa a vivir?

Cien vidas parpadeó confundido. Ya no era un antropólogo, era un espíritu desnudo. Se sentó ante las tres estatuas y meditó sus respuestas. ¿Qué le impulsaba a vivir, realmente? De golpe, la memoria de sus vidas se presentaron al mismo tiempo y no encontró la solución en ninguna. Miró a las estatuas perplejo, ¿quién demonios era? o más bien: ¿quién demonios no era? Podía ser quien quisiese… pero, ¿qué le había hecho decidir mudar entre vida y vida? No había respuesta sencilla, tan sólo era un deseo, ¿pero en qué criterios se basaba para decidir?

—Imaginación —respondió Cien Vidas, sinceramente.

El infante hizo una mueca.

—¿La imaginación de quién?

—He respondido tu única pregunta, verazmente —dijo el Cien Vidas, no deseaba saber, no todavía—. Ahora dejame pasar.

Las tres estatuas se hicieron polvo. Entre gritos, suspiros y preguntas. El Cien Vidas se levantó y caminó ante la puerta, en ella grabada la imagen de un humanoide de cien rostros. Recuperó su vida de antropólogo aventurero en unos pasos, olvidó la respuesta más importante de todas y con ello, también lo que no respondió. Atravesó la puerta esperando encontrar un plato que al ponerlo en el sol de mediodía, de un veintitrés de octubre, mostraría la ubicación exacta de la antigua Atlantida y su avanzada tecnología hecha por extraterrestres.


Al atravesarla, una mujer de vestido largo y blanco, le estaba esperando sentada en un trono. Ella sonreía.

—¡Debe ser una diosa de la Atlántida! —exclamó el antropólogo—. ¡Para mantenerse tan fresca y joven!

—Y un antropólogo guapo y bello, es usted —dijo la mujer y rió—. Has llegado, no esperaba que lo hicieras. Son pocos los que llegan a este punto, so dime, ¿qué es lo que piensas que buscas?

—Mi ánimo aventurero pues —dijo el antropólogo y le guiñó un ojo. Ella le sonrió—. Y estoy buscando el plato antes de que lo encuentre el doctor Oscuridad Profunda.

La mujer suspiró, que nombre tan ridículo le había propuesto el maestro de los disfraces.

—Pobre de ti, aquí no hay platos… aunque aquí está escondido el secreto de tu origen. Sin embargo, no puedo descubrírtelo porque se perdería el encanto primor —dijo ella—. Puedes estar tranquilo, en cada una de tus vidas has estado a punto de hacerlo. Al menos, te comportas como lo que realmente eres.

—¿En cada una de mis vidas? —preguntó el antropólogo—. Si siempre he querido ser lo que soy ahora. Nada más.

La mujer rió.

—Elije una de las siguientes palabras, es la que te ayudará a descubrirte de vida en vida. Elije bien, porque puedes perderte como muchos otros antes que tú han hecho.

La mujer alzó sus manos y palabras doradas flotaron en el aire, el antropólogo las observó admirado.

Pato, Incertidumbre, Albedrío, Aspirina, Truco, Película, Árbol, Burro, Sueño, Agujero, Zanja, Humano, Eternidad, Misterio, Ser, Yunque, Huevo, Girasol, Payaso, Caracol, Elefante, Gumersinda, Giratorio, Niño, Asteroide, Espacio, Nube, Heráclito, Submarino, Amor, Imbécil, Truhán, Enigma, Rimbombante, Puerta, Pablo, Dios, Razón, Demonio, Muerte, Oso, Huerto, Luna, Director, Puños, Retrato, Meta, Final, Para, Putas, Tirabuzón

Entre otras.

El antropólogo tomó la indicada, sin chistar y se la guardó en el bolsillo de su camisa. La palabra traspasó y se le incrustó en cuerpo, mente y alma. Sin embargo, la palabra estaba incompleta.

—Has hecho una buena elección —dijo ella—. Has elegido la palabra más difícil, sin embargo, la más segura. Si lo haces correctamente, descubrirás tú última y única vida. Pero ten cuidado, que otros te buscan para quitarte la palabra que has elegido antes de que se les termine su última vida. Y es que nunca supieron elegir y así se les fueron.

—No sé de lo que me hablas —dijo el antropólogo—. Pero me gusta la palabra que tomé. ¿Me dices dónde está el plato?

La mujer se rió y le regaló al antropólogo un plato hecho de polvo. El lo tomó y lo admiró contentísimo. ¡Lo había alcanzado antes que el doctor! Ahora, podría dar una conferencia y descubrir al mundo la verdadera ubicación de la Atlántadia.

—¿Estás seguro que no necesitas esto? —preguntó la mujer y le extendió una varilla. El antropólogo tomó la varilla y observó ambos artefactos, uno en su mano derecha y el otro en su mano izquierda, los recorrió con afecto y se le ocurrió una idea.

Puso el plato en la punta de la varilla y empezó a girarlo torpemente, no tardó en dominarlo… aunque al final perdió el equilibrio, el plato cayó y se rompió. El antropólogo y la mujer estallaron en carcajadas.

—¿Verdad qué no quieres ser antropólogo? —preguntó la mujer encantada—. Ahora, ¡busca tu siguiente vida!

—Que bruto soy, ¡nunca quise ser antropólogo! —dijo riendo el aventurero—. ¡Siempre quise ser payaso! ¿Por dónde puedo salir de aquí?

—Aquí derechito, doblas la esquina y subes las escaleras. Encontrarás una puerta que dice: “Armario”, por ahí no, sino agarras a la derecha, después a la izquierda y todo derecho hasta que llegues a las ventanas del abismo, las cuales reconocerás por grandotas, vuelves a girar a tu izquierda y ¡tan tan! ¡Estarás en pleno metro La Merced a las cuatro de la tarde!

—¡Gracias! —dijo el antropólogo y se fue corriendo, había vidas que vivir y la palabra que eligió, le estaba llamando a terminárselas. En el camino, escuchó la risa de aquella mujer hasta que se volvió un recuerdo difuso, como todo en las vidas del cien vidas.

Pero conservó su palabra.

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