Árbol
No ha antecedentes
ni de vida
ni de obras
ni de atardeceres vistos
en un bosque de sombras.
Y no caminará,
no buscará respuestas
ni tendrá un nombre.
Inerte en la tierra por siempre serás.
Así dice la literatura
que debe ser.
Árbol serás.
Arturo Flores, 16 de Mayo del 2003.
Alzó sus quinientas ramas y abrió la boca en el tronco. Gritó que se hicieran a un lado, que debía alcanzarlo. Los cuervos, naturalmente, no hicieron caso y volaron a un lado de él, gritándole su locura. ¡Era imposible que estuviera caminando de nuevo! ¡Era inútil, tan siquiera, pensar que podría rescatarlo! Y a su lado, caminaba un anciano de boina que se acariciaba el rostro del sudor. Llevaban mucho tiempo caminando y a él, nunca le agradó caminar. Prefería estar sentado, despertar tarde y perderse las puestas de sol. Prefería desayunar con las cortinas cerradas y prendía el radio para que hiciera ruido ambiental.
—¡El cabrón lo engatusó! ¿Puedes creerlo? ¡Y ahora no sé donde encontrarlo! —gritó el Árbol. El anciano le miró de reojo.
—Detente un momentito, vamos a descansar… espérate tantito.
—¿Descansar, Simón? ¿Descansar? ¡Te hizo daño estar dormido! ¡Despierta ya y mira lo que está sucediendo! O no me dirás que tú…
El Árbol se detuvo y se plantó. Miró a Simón, su piel estaba pálida, tan pálida que había perdido su bronceado natural. Jadeaba fuertemente y las arrugas se le notaban más en el rostro. Cuando miró que el Árbol se detuvo, se recargó en él y se dejó caer en el pasto. Sacó un cigarrillo del bolso de la camisa y un encendedor. Lo prendió y sonrió.
—¿Qué quieres conseguir, Árbol? ¿Qué quieres conseguir, si no lo dejas vivir su propio infierno? ¿Qué quieres conseguir, si todo lo hemos hecho nosotros y él no ha movido un sólo dedo? ¿Qué quieres conseguir, al detener la conjunción de la persona?
Simón toció, se veía enfermo de muerte.
—Tú eres el más listo de todos nosotros, siempre lo has sido… —dijo Simón, jadeó un poco—. Tú eres el más listo porque eres el que siempre camina y nos jala a los demás. Me acompañaste en un viaje de cuarenta días y cuarenta noches, donde fue lamentable, pero tuviste que morir para enseñarnos. ¿Cómo hiciste para renacer? ¿Acaso te llevé un invierno? —Simón toció y se quitó la boina y el chaleco, hacía tanto calor—. Te debía el acompañarte hasta acá. ¿Dónde estamos ya? Me has hecho caminar, pero ni tiempo de disfrutar el paisaje.
—No lo sé, no sé donde estamos. Sólo sé que estamos cerca. Simón, estás muy raro.
—Eres bueno, llevas en ti el conocimiento de todos nosotros y como eres un árbol, sólo sabes enseñar. No descomponer lo hecho. Haces bien —Simón dejó caer un poco de ceniza y sonrió—. La puta vida la que me ha descompuesto, nada más y me dediqué a descomponérsela a los demás. Lo he hecho tantas veces, soy un experto. Mira a tú alrededor, Árbol de los Mil Nombres. ¿Está tu hijo por aquí? ¿Está el cielo azul o gris? ¿Hay viento?
—Mira por ti mismo, Simón.
—No, yo ya no puedo. Mis ojos se cierran.
—¿Me dirás que he estado arrastrando a un sonámbulo todo el viaje? ¡Y qué hay de Jaramillo!
—En Jaramillo, sólo está mi sombra. Y no soy un sonámbulo, soy un muerto.
El silencio se acrecentó con esa frase. El árbol se plantó bien y entendió lo que sucedía, con las ramas ahuyentó a los cuervos… pero estos no se fueron, tomaron su lugar en las ramas de árboles vecinos y con ojos, cuales brillaban intensamente, observaron al anciano y al árbol.
—Te diré —Simón toció—, que una vez recorrí un laberinto. Los laberintos me encantaban de niño, porque podía tomar sus líneas y armar el mío propio. Te diré que me encantaba abrir muchas salidas y quitar todas las entradas. Los laberintos me fascinaban, porque me podía auto-hipnotizar con ellos a todas horas. ¿Sabes qué es parecido a los laberintos? Las posibilidades. Los universos paralelos.
—¿Simón? Álzate viejo y defiéndete. Anda. Levántate y anda.
—Yo soy el futuro alterno, de uno de estos universos. Por lo tanto, en cualquier momento puedo dejar de existir —Simón toció—. E iba a existir. Estaba predestinado para que así sucediera, estaba definitivamente-condenado. Mi vida era la pesadilla de la cuál nunca podría despertar. Necesito otro cigarrillo, ¿gustas?
—Tienes que acompañarme, anda. Ya lo decía Lázaro.
—Sólo queda la nostalgia, sólo queda el observar a ese otro yo. He vivido lo suficiente y no fui grato con ello. No lo seré ahorita tampoco. Después de todo, sigo siendo el mismo y en cualquier momento, me pondré de nuevo la boina y el chaleco. Encenderé un séptimo cigarrillo. Soy el futuro latente. Pero, entiéndeme esto que te digo, este no es mi presente y tampoco es mi universo. No es mi espacio, ni es mi tiempo.
—No entiendo…
—No estás destinado a comprenderme. ¿Quieres salvarlo? ¿Salvarlo de qué? El cayó solo, él se levantará solo. Ahora vive y recupera las historias que ha perdido, que ha escrito sin ningún inicio y sin ningún final. Es un universo separado, donde su felicidad depende únicamente de él y de sus decisiones. Está naciendo y yo estoy muriendo. El ciclo del eterno retorno, el ouruburo, el auryn, y tanta mamada de nombre le quieras poner. No es el mismo que conocimos y llévate esto grabado en tu corteza, no será el mismo que estuvo con nosotros. Aprende ahora y camina como él, no lo retrocedas. No lo hagas volver. Cuéntale lo que sabes, así podrá completar a uno. Necesita tu conocimiento y el mío. Dale mis saludos cuando lo veas y dáselo.
Se abrió el suelo y tres puertas. De una de ellas, salió un hombre de jeans y chamarra negra, con la capucha completándole el rostro totalmente. Los cuervos graznaron triunfales.
—¡No te permito que me lo quites! —gritó el Árbol—. ¡A todos menos a éste! ¡Escúchame, Simón! ¡Escúchame A…!
—Calla, ese nombre está prohibido. Ese nombre, no es mío. Hay otro que luchará para ganárselo.
Pero el nombre está completo y hubo quienes lo escucharon.
—¿No entiendes cuán cansado estoy? Sólo me iré a dar un paseo, haré lo que debí haber hecho en un principio. Sólo estoy cansado de mirar las cosas y retorcerlas, para protegerme. Este no es mi universo, no soy ningún futuro. Ya no soy nadie, y mis enseñanzas habrán valido para nada. Yo nunca caminé, nunca quise hacerlo. Y no me arrepiento. No me arrepiento de nada y nadie va a extrañarme. Erigirán una tumba sin nombre, aquí donde yazco —Simón cerró los ojos—. Aquí donde yazco y me fumo este último cigarrillo, ahora ándate Árbol, ándate que se te hace tarde… para mi es muy temprano y me he levantado el día que debí de hacerlo. Hice lo que debí hacer. Conocí a quien debí conocer. Todo fue… sin colores. Sin maldad, ni bien. No me arrepiento. Ándate, Árbol de los Mil nombres, quien caminará hasta encontrar el único y verdadero. ¿Tsef Thaed? No, no es Tsef Thaed. Pero ese era el nombre que necesitabas para el viaje y cumplió su función.
El hombre de jeans y chamarra negra, abrió las dos puertas restantes. Silencioso como era, tomó su guadaña y la alzó, con un corte certero partió a Simón Dor a la mitad. El Árbol, perplejo, observó el rito y no lo interrumpió.
El cuerpo de Simón se disolvió y quedó su espíritu. El Árbol observó al espíritu de Simón elegir una de las puertas.
—Es el acceso a otro universo —dijo el hombre de jeans—. Mirá.
El Árbol Tsef Thaed pudo ver, a través de la puerta, al espíritu de Beatriz que esperaba, con su vestido veraniego y su cabello amarrado en una cascada de cocoa. Miró al espíritu de Simón reunirse con el de ella. Se tomaron las manos y los miró bailar tango. Un tango viejo y olvidado, de aquel Uruguay.
—Así termina tu historia, Simón —sonrió La Muerte, miró de reojo al Árbol.
El Árbol no pudo contener las lágrimas.
Un comentario hasta el momento ↓
QUEEeee!! :aywey: sonrisa.. risa nerviosa, tristeza? :huh:.. jajaja (demasiadas emociones):chido: super!!!
Deja un comentario