Espero ser de los pocos… que han recibido spam en hebreo (o yiddish).
Caray, hasta recatado me siento.
Enero 27, 2004 — Consumidor de Entretenimiento.
Escrito por Agustin Fest.
Espero ser de los pocos… que han recibido spam en hebreo (o yiddish).
Caray, hasta recatado me siento.
Enero 27, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
Es que toda su vida lo había sido, lo supo desde el momento en que vio aquella silueta femenina —la hija del embajador: Vanessa Van Wright—, en la ventana y confundido miró un lienzo que le perteneció a un pintor vagabundo. ¿Él lo había pintado? ¡No, indiscutiblemente él pintaba mejor! Y sobre todo… pintaba turbias pasiones en los cuerpos femeninos, los cuáles conocía a la perfección. Se sabía los siete puntos erógenos-karmáticos y sabía torcer la lengua como el colibrí. Se le cayeron los bigotes y dejaron un rostro varonil, pulcramente afeitado; el cabello se acortó lo suficiente para decir que llevaba un casquillo corto a la vieja usanza y con un poco de copete por ahí; los ojos se le hicieron de un verde intenso y las cejas, espesas; los músculos se marcaron de gotitas de sudor seductoras, en una tez que se tornó bronceada; los labios se le engrosaron y hubo otra parte de su cuerpo que crecío un poquito, digamos que unos… ejem, veinticinco centímetros.
Veinticinco centímetros reposando. Ahí tá, imagínense, ¿a poco no es un burrito en potencia? ¡Es que no podía significar otra cosa! El sexo experto descubrió, finalmente, el sentido de su existencia: complacer a las mujeres y demostrar que era el chingón de los chingones.
Caminó como un Titán hacia la casa y la mujer presintió al sexo experto, desde que le escuchó subir las escaleras. Es que el hombre emanaba sexualidad, testosterona y quien sabe cuantas hormonas más. Perfumadito de azahares por naturaleza, el humor alcanzó las fosas nasales de Vanessa Van Wright. Esta sería una noche… una magnífica noche, ella podía intuirlo. Entre sábanas le esperó ansiosa, como un temblor sus pasos que se escuchaban en el pasillo, suspiró y al ver el vapor que emanaba de ella, apenas notó el calor que hacía en la habitación… lo bueno es que traía el baby doll que compró alguna vez en Alemania. Un baby doll rosa muy… adecuado para la situación. Juntó las piernas, nerviosa por la anticipación y entre-abrió los labios, exhaló deseo.
Y eso… que él no había entrado.
(a.h.u.e.v.o.)
La puerta se abrió sola para permitirle pasar, él jamás hubo de tocarla y así como no tocó a la puerta, no necesitó tocar a Vanessa para que esta exclamara en una mezcla de pasión y sorpresa. Él entró a la habitación y después la puerta se cerró, a las narices de nosotros espectadores que esperábamos ansiosos una escena cachonda.
Pero como no tengo ganas de escribir sexo del más puerco, indecente, pasional, gozoso, cabronsísimamente exilorargásmico que existe… y no es ad hoc a nuestro héroe, cuya dominio de la profesión intuimos es perfecto (así como hemos intuido el dominio de las profesiones anteriores)… únicamente he de transcribir los efectos de sonido, que en su mayoría es diálogo de nuestra querida hija de embajadores.
Aviso 1: tápele los ojos a su hijo o hija.
Aviso 2: Vanessa Van Wright, como era de esperarse en un escrito de esta clase (no me consta así en la realidad, puesto no conozco hijas de embajadores… sin embargo, si contamos que personas “distinguidas” como las Hilton hacen sus cochinadas turbias para que cualquier persona, como usted, como yo, como el México real y de hecho, internacionalmente, las comparta por la red… entonces, ¡figúrense nomás!)—: hija de embajador, boca de trailero.
Transcripción—: Mein Gott! ¿Pero quién es usted, al qué parece que he esperado toda mi vida? ¡Ay, pero qué es eso que tiene bajo los pantalones! Es el primero que conozco con tres piernas… ¿pero usted no ha visto a un pintor, con el qué me iba a casar mañana? No, no… pereme… ay, ay… pereme tantito, no se me acerque tanto que no me he prendido… la calefacción, digo. ¡Hace un calor terrible aquí! ¿No le parece? … yummm, para qué quiero un pintor con semejante… brocha gorda para mi solita… a ver, este, ¿cómo se llama? ¿Ummmm? ¿No tiene nombre? ¡Ay, debo estar en el cielo! ¡No habla, este es el hombre de mis sueños! ¿Pero abre la boquita para otras cosas? ¿Digo?
Sonido de alguien que se sienta en la cama.
Balbuceo de Vanessa—: A mi en un tiempo me dijeron la rompe-catres, ¡Ay no! ¡No! ¡No quise decir eso! Quise decir, que en un tiempo me dijeron la rompe-cartas, porque verá… yo era muy buena en el póker, eso es muy raro, ¡Ay mi Dios!, espéreme… no se me acerque tantito… no, bueno… si, acérquese tantito, creo que tiene una basurita en el ojo. Achtung! En realidad no sé aleman, no sé mucho quise decir, pero mi papá me mandó a escuelas, digo… no aprendí nada, sólo a apreciar la buena carne… ¡CLASE! ¡QUISE DECIR CLASE! Me pone usted muy nerviosa con esos ojos que tiene, no sabe.
Reiteración de la Advertencia 1 y preludio a la Advertencia 2.
Fourplay—: ¡Pero quién le ha dado permiso de que con sus labios jugositos y carnosos me esté humedeciendo el cuello… ay… dió… sígale, sígale, ¡no pare! En la escuela me decían que debía ser una damita fina y recatada, usted sabe…
Advertencia 3: Deja de leer, pinche puberto. ¡Anda a hacer tú tarea huevón, que ya empezaron las clases!
La gozosa de Vanessa Van Wright—: Pues yo pensaba: ¡No mamen! ¿Y sabe por qué yo pensaba eso? ¡POR QUE YO LES DIGO CON SU PERMISITO, YO SI MAMO EH? ¡Ahí le viene el pancito de mis labios a su choripan! Véngase papacito, que desde hace rato se la estoy mirando y nomás se me antoja.
Efectos de sonido imposibles de describir, a excepción de que se imaginen una aspiradora orgánica.
Caliente, caliente—: ¡Pero que si usted no se queda quieto! ¡Ay muévele la lengua a la puchurungunitarita corazoncito que se me está! ay, ay, ay… ¿Esas manitas? ¡Pero a dónde me vas a poner esas man… AYYYYyyyyyy…. ahí déjalas mi rey santo y adorado, que me muevo, me muevo… ¡eso! ¡Dómame tigre! ¡Castígame! ¡Qué me duela! AYyyyyyyy papito rico, chulito, ¡qué digo chulito si está bien chulote!, ¡qué no me hagaaaaaaaaaaa esooooooo! ¡Ay coño! ¡COÑO! ¡Que me la empuje más adentrito! ¡Uuuuuuufffffaaaaaaaaaaaa! ¡Por la sonrisa de Luis Miguel y todos sus imitadores, que esto me está gustando! Ay no papi… primero se toca, por ahí se toca antes de entrar, ¡AYHIJOESUPINCHEMADRI! ¡Ay por los veinticinco centímetros de mi profundo interior desconocido y no sé que coños estoy diciendo, pero muévete papi, muévete! ¡UNF! ¡UNF! ¡UNF! ¡UNF!
Así… transcurrieron las horas hasta el amanecer.
Conste—: yo les advertí.
En fin, nuestro querido y bien-amado sexo-experto salió de aquella habitación, dejando a una mujer medio enloquecida de lujuria, babeando la almohada y con una estúpida sonrisa de satisfacción desmedida. Un nuevo propósito se forjó en su alma y ¡es qué con tanto diálogo de ese estilo, cómo no se le iba a ocurrir!.
En su siguiente vida, sería el párroco de una iglesia. Pues le dijeron santo, padre, y tantas cosas, que se la creyó.
¿No me creen? ¡A mi qué me dicen! Puaffffffft.
Enero 26, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
De su vida desperdicidiada como payaso en el más allá, al menos, conservó el caminadito torpe y las ropas grises. Cuando llegó al mundo de los humanos, estas cambiaron de nuevo para ajustarse a algo más realista—: la camisa antes beige, era gris oscuro; el pantalón también se oscureció; las siete leguas se hicieron viejas, de tanto caminar (es mucho el camino que se debe recorrer del Limbo a nuestra realidad); el cabello se le hizo más corto y castaño oscuro, pero no menos artístico; y se le acentuaron los rasgos de un artista con las ojeras y el cuerpo enjuto de un hombre que camina y pinta por la vida su desgracia y su alegría.
No sabía en donde estaba, tenía algo de dinero en sus bolsillos y coincidentalmente (como siempre le sucede al pintor vagabundo), en vez de usarlo para comer se fue a la primera tienda donde vendían artículos de pintura. Se compró un lienzo y una paleta de colores. Le puso el ojo a un cabastro portatil, pero… se salía de su presupuesto.
Le preguntó a la viejecita su nombre, Doña Lucha le respondió ella. Aplicando un poco su encanto natural y sus artes verbales un poco dañadas por el oficio del pintor le dijo lo siguiente—: Usted, es como el oleo que yo siempre quise pintar, la soledad acompañada infundada por el claro-osucro de las pinturas maestras de Dios, es el hermoso paisaje de Macondo (¡Ay güey, me van a demandar!) a las cuatro de la tarde donde las olas rompen las grises piedras, en ese muelle caluroso de poca gente.
Pues Doña Lucha se encendió, se lo llevó a la bodeguita y como era budista agnóstica, pues se dijo: Más feliz el que tiene ahorita. ¡Y PUM SANG KATABLOWN! ¡Treinta años de espera y lujuria enlatada hicieron de la doña una fiera!.
Al finalizar, pues se llevó su cabastro, unas cuantas telas más, una mochilita para cargar todo, su art-master(tm) maletita y unas cuantas pinturitas de colores más monones. El arte de ser un pintor vagabundo, ¿verdá?
Le rugieron las tripas y se dijo lo pendejo que era por haber gastado el dinero. ¡Pero es que su arte! ¡Carajo, su arte! (huevos al que dija de su arte, a mi-arte…. entiendan el sufrimiento del pobre hombre) Caminó a un parquecito cercano que había por ahí y con los miembros entumidos que medio le reaccionaban por culpa de su estómago, acomodó sus instrumentos lo mejor que pudo.
Fue que miró en el parque a un niño, como se inspiró y pintó su primer cuadro que a continuación, les comparto a ustedes.
Título: “El Feliz”.
La madre del niño se acercó y suspiró, profundamente conmovida por la sensibilidad del artista.
—¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre?
El pintor se acarició el bigote grandísimo que tenía y calló el rugir del estómago, que ciertamente, hablaba más fuerte que él.
—Mi nombre es… Pintoriccelli.
—¡Maestro! ¡Es exáctamente el rostro de mi hijo! ¡Su cara rozagante, cuadrada y amarilla! ¡La felicidad incluida! ¿Cómo puedo agradecerle? ¿En cuánto vende la pintura?
—Mi arte (sin albur), ¡no se vende! —dijo tajantemente el pintor, moviendo su mano impulsivamente al cielo, con la brocha aún despepitando amarillos.
—¡Maestro! —dijo la madre desesperada—, permítame comprarle su pintura. ¡Jamás veré a mi hijo, tan hermoso como lo ha pintado!.
Después de tanto rogar y regatear, vendió la pintura lo suficientemente bien para comer y cenar bien ese día. Hasta le sobró para rentarse un cuarto de hotel barato y comprarse un mezcal igual de bueno que la habitación. Durmió mal ese día, su imaginación de pintor no le dejaba dormir… y es que tenía en mente todas las tonalidades de azules que pronto se transformaban en verdes y de nuevo le espantaban los amarillos. Imágenes surreales, de brocha gorda, de pintor de casas, impresionistas y verdaderamente reales, le asaltaron los sueños. Las pesadillas de Van Gogh, los alucines de Dalí, los cubos de Picasso. No diremos nada de Rembrand, ni de Monet, porque los franceses medianamente le agradaban. ¡Pero qué tal DaVinci! ¡Y Leonardo! ¡Y El Greco! ¡Y Velázquez! Quisiera ser un muralista, pensó, tan bueno como Rivera y Siqueiros.
Como sonámbulo se levantó y pintó el siguiente cuadro, que de nuevo, tengo a bien de compartir con ustedes, de este excelente artista:
Título: “Los globos surreales que mi madre me compró cuando tenía 8 años”.
Salió a vender su cuadro y de nuevo, se lo compraron. Pero antes de desayunar, decidió pasear más para ver que otros paisajes de la vida diaria podría pintar. La cotidianeidad era lo máximo, quería plasmarla en sus lienzos con la más fidelidad posible, utilizar la máxima del artista: comunicar su mirada a través del arte. Y lo logró, a través de otra pinturas que de nuevo, siento un gran honor en poder presentárselas…
Título: “Tepito, de día y de noche”
(Nota: nuestro artista es tan poca-madre, que sus pinturas parecían tener movimiento).
Un crítico de arte, llamado Román, no tardó en descubrirlo. Al mirar la pintura se sentó en la piedra a orillas del río y lloró. ¡Estaba ante un descubrimiento! ¡Ante el hombre que finalmente desafiaba las reglas establecidas de la pintura! Como era un crítico de arte muy chingón, igual de chingón que nuestro artista, le ofreció exposiciones para venderle en toda la república, y pronto, internacionalmente. Se convirtió en su agente, sin perder tiempo, y firmaron un contrato donde el crítico cobraba el 35% de todo lo que se vendiera. El pintor vagabundo, pues estuvo de acuerdo y estrecharon manos.
No se acomodaba a los departamentos que el hombre conseguía y por la costumbre, se dedicaba a vagabundear de hotel en hotel. Lienzos valiosos se perdían, aunque la mayoría se vendían. Sin embargo, el crítico quería venderlo todo y en todas partes lo ofrecía—: Es el artista que hemos esperado, el desafío total de las artes establecidas, es la nueva escuela: ¡La escuela amarillista!
Los periódicos intentaron entablar demanda por el mal e indigno uso de su nombre. Pero los callaron con unos cuantos pesos. En fin. (Nomás no le digan al cabrón que inventó los Simpsons, a ese si será difícil manejarlo)
Llevaban una relación moderada. Román y Pintoriccelli. Y es que no se los quería decir, pero el crítico de arte, era medio rarito pues… y no sólo se enamoró de las pinturas. Se enamoró de su libertad, de su desapego al material, de su arte tan atormentado y tan dichosamente, desdichado. Le miraba, suspiraba y la boquita se le hacía agua. ¡Lo que no haría por tener al artista entre sus brazos y exprimirle el…! (mejor me callo, porque el escritor no es gaycito, felicito, mariposón… okay, perdón, homosexual para no herir sensibilidades… pero me pueden decir cabroncito si eso les place).
Sin embargo, Pintoriccelli le regaló un retrato a su querido mecenas (un día que lo miró, mientras este se presentó a su departamento para invitarle a una de sus fiestecitas):
Título: “Román. Antes de salir a una fiesta de locas pasiones”
Y Román la guardaría para siempre, en el closet, con sus ahogados llantos de incomprensión. Llantos que se agudizaron cuando Pintoriccelli se hizo tan famoso, que las modelos tocaban a la puerta del hotel donde se hallara y se desnudaban ahí mismo. ¡Pero es que él no se vendía a la carne! ¡Cómo se atrevían, mujeres infames! Y les cerraba la puerta a las narices, sin hacerle caso a sus súplicas y se bebía furioso su mezcalito, escuchando sus ruegos y maldiciones.
—¡Déjenme sólo! ¡No permitiré que mi arte se venda de otra manera más! —gritaba. Román se acostumbró a ese grito y se le hacía el corazoncito viento, pues tenía una oportunidad remota de tratar de sacarle lo contento a Pintoriccelli. Pero fue que perdió toda la esperanza, cuando Pintoriccelli, con los ojitos hechos corazón y los pies caminando sobre el aire, se presentó con el siguiente cuadro:
Título: “Buenota”
¡Y es qué era tan realista que de inmediato reconoció a la modelo! ¡Llorando se echó a los brazos de Pintoriccelli, sin este poder comprenderlo, y se despidió de él con un beso en la mejilla! Era la hija de un embajador con mucho dinero. Pronto Román ya no vendió una pintura más: la hija del embajador (Vanessa Van Wright) lo mandó a traer a su casa en las Lomas y ahí lo encerró. El pobre pintor, jamás volvió a vagabundear y pintaba, y pintaba, y pintaba las escenas más tristes que pudieran imaginar.
Título: “La profecía”.

Título: “Ayuda a este pobre desgraciado, encerrado sin posibilidad de libertad!”

Título: “El último escape del pintor desdichado”.
Estuvo a punto de ahorcarse. Vanessa le insistía que debieran casarse y todo el día, le miraba con ojos de borrega y le decía que debiera pintar algo más bonito. Como, no sé… pajaritos, la luna, las nubes, o a ella desnuda. Pero la mujer egoísta no entendía que le había cortado su libertad, y así también, le cortó su inspiración. Al pobre ya no se le paraba (bueno si, con un poquito de mimos y acababa bien firmes otra vez, pero no le digan a nadie), no por decisión propia, sino el stress tan duro que estaba viviendo. Sin embargo… fue su alma la que le dijo el camino. Si, ya lo sabía desde Doña Lucha… él sabía muy bien como escapársele a Vanessa Van Wright.
¡Y es que toda su vida quiso serlo! ¡Sería el experto en el sexo para cobrarle favores a las mujeres! (Pero no gigolo, qué palabra tan fea)
Enero 24, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
—Papá, papá, ¿cuántas estrellas hay en el cielo?
—Hay tantas, como cuando miraba brillar tus ojos.
—Papá, papá, ¿cuántos dedos tengo en pies y manos?
—Muchos hijita, muchos… ¡es que eres un pulpo grande y feo!
—Jajajajaja, ¡no soy un pulpo grande y feo papito! ¡Qué malo eres conmigo!
S I L E N C I O
—¿Papá, existen los fantasmas?
—No hija, no existen.
—Entonces, ¿cómo haces para hablar conmigo en las noches?
T.F. Hadied.
El Libro de los Infantes Muertos.
—Daddy, daddy, how many stars are up there, in the sky?
—Just so many, as many as when I saw your eyes shine.
—Daddy, daddy, how much fingers and toes do I have?
—Ohhh, you have so much of them… like a big, ugly octopus!
—Hahahahaha, lier! I ain’t no big, ugly octopus! you’re mean!
S I L E N C E.
—Do you believe in ghosts, daddy?
—I don’t.
—So, why do you speak to me every night?
T.F. Hadied.
The Book of the Dead Children.
Un antropólogo aventurero se perdió en el lugar misterioso que había encontrado, durante su importante aventura. Le habían indicado por donde encontrar la salida, sin embargo, como se le borraron todos sus recuerdos erró el camino en una vuelta mal dirigida y acabó en el inframundo. Caminaba y caminaba. De repente estaba en el más allá, donde se encuentra el Limbo de los Niños. Su cuerpo cambió, como siempre, y curiosamente también las ropas, puesto era un lugar metafísico.
Sus beiges, cafés y caquis, se hicieron de todos colores. Como si le hubieran estampado el arcoiris. Le creció el cabello en un afro que pronto se tornó naranja, y la nariz se le hizo, naturalmente, roja y gigantesca. Sus pies se hicieron gigantes, para acomodarse a los zapatos y el caminadito, se volvió torpe. Agarró ritmo, doblando ligeramente las rodillas y hacía ruidos con silbatos en sus zapatos. De veras se estaba divirtiendo.
¿Qué otra cosa podía ser, más que un payaso?
No sabía dónde estaba, pero le gustaba. Era un parque gris de niños fantasmas, cuyas formas eran humo y los juegos, estaban hechos de vacío. Se escuchaban risas y llantos, ¡era un lugar para la locura! Fue así que el payaso en el más allá, alzó sus brazos y cantó un tío vivo hasta reventar los tímpanos de los vivos. Pero él no sabía, que no estaba en un lugar para los de sangre caliente… tan sólo miraba sombras de almas infantiles y sabía que ahí podría practicar su oficio.
Los niños no se le acercaron, pues desconfiaban de aquel que estaba vivo. Éste trató de llamarles la atención, tomando el aire con sus manos y haciendo malabares de bolas invisibles. Hizo dos o tres piruetas en el viento y cayó en el cielo para aterrizar en el suelo. ¡Qué lugar tan raro! También aprendió que podía hablar con su propio eco y que ahí no se miraban las estrellas, pero el reflejo de estas en el mar muerto.
Los niños, sin embargo le ignoraban. Pero es que el payaso jamás se rendiría, trataría al menos de arrancarles una carcajada. Les contó un chiste a los niños fantasmas y descubrió que en el viento de humo y niebla, se armaban las figuras que él imaginaba. Observó admirado sus chistes animados. Así también contó historias de amor y de incertidumbre, con el tono de voz adecuado. Los niños, en algún momento prestaron atención al payaso solitario.
Él se sentó y miró en las ventanas del más allá, las historias que contaba. Se estaba haciendo gris, igual de gris que los niños. Y los niños se acercaron, se sentaron alrededor de él y le acariciaron la cabeza, estaba triste el payaso. Lloraba contando la historia del pollo que jamás pudo enamorarse de un elefante, y contó una fábula muy bonita, del caracol quien siempre protegió a su girasol. No había nada más bello que el payaso y los niños muertos a su alrededor, sentado con los pies gigantes haciendo sombras y su nariz roja mirando arriba, pidiendo ante Dios la redención de su amo.
Cien vidas se contaron.
Al terminar, alzó sus manos y como pinceles y acuarelas, se quitó los colores de su traje para pintar el más allá de los niños muertos. Regaló sus zapatos para llenarlo de sonidos y su nariz, para llenarlo de juegos verdaderos. Los niños observaron asombrados, sorprendidos y algunos, limpiándose los moquitos. Le dieron todos y cada uno, un beso y un abrazo. Le robaban el maquillaje del rostro y éste, triste pues había regalado toda su alegría, miraba con ojos brillantes como se alejaban y adquirían el color del mundo que les había regalado. Ahora si jugaban y reían, y brincaban y se aventaban agua, y hacían carreritas y mataban lagartijas a pedradas.
Era la primera vida que deseaba no dejar, pero lo había sacrificado todo en ella que ya no podía recuperarla. Se alzó de pie y caminó al mundo de los humanos—: no estaba lejos. Poco a poco, se le olvidó el más allá como se olvida un sueño y se transformó en lo que siempre quiso ser, con sus colores grises y sus pies siempre caminando.
Es que el sueño de toda su vida, fue ser un pintor vagabundo.
El niño observó a su madre, antes de terminar su oración.
—¿Debo tenerle miedo a la muerte, madre?
La madre le sonrió a su niño y le acarició el cabello.
—No corazón, porque en el más allá… existe un payaso que te divertirá, y te contará chistes todo el día y te regalará un algodón de azúcar. Después se montará contigo en un elefante y los dos admirarán la puesta de sol, de esas que ya no se ven en nuestros días.
El niño durmió muy bien esa noche. Ya no le tenía miedo a la muerte y tampoco, desde entonces, a los payasos.
The child glared at his mother, when he finished praying.
—Should I be afraid of dying, mom?
The mother smiled at her son and brushed his hair.
—No sweetie, because in heaven… there is a clown, and both will have so much fun together, he will tell you jokes and amazing stories, he will give you candy and soda, like the clown we met at the circus last week. Then, you’ll both ride an elephant and quietly watch the sun go down. It will be the most wonderful setting you’ll ever see.
The child slept tight that night. He was not afraid of death and clowns, anymore.
Enero 22, 2004 — El 100 Vidas.
Escrito por Agustin Fest.
Un filósofo ateo atormentado por si mismo, caminó en eje central y unos cuántos espectadores, confundidos por sus conclusiones, le siguieron a distancia. Esperaban que hubiera más show de su parte. Él caminó tambaleándose, lentamente, agarrándose la frente y sudando un poco. Es que estaba dejando la vida anterior y la dejaba como las serpientes mudan de piel: poco a poco, arrastrándose. Con esas actitudes que se olvidaban, también se olvidaba la memoria.
Fue cuando encontró una tienda de disfraces, vio en el escaparate el vestuario perfecto para su siguiente vida. Pantalones caqui, camisa beige, un látigo, un cinturón de piel, botas de siete leguas y un sombrero café. Admiró el conjunto completo y se imaginó en él. Siempre quiso ser un antropólogo aventurero. Los espectadores que le seguían, observaron como se metió a la tienda y tardó horas en salir. Cada vez eran menos y los pocos que quedaron, se hicieron más dispersos y finalmente se fueron.
Excepto uno, aquel que le había estado buscando desde hacía tiempo.
Enero 21, 2004 — Casting.
Escrito por Agustin Fest.
He puesto una red pequeña, ahora casi todas las computadoras tienen internet de banda ancha.
Al principio parecía maravilloso: tres o cuatro canciones de Cowboy Bebop.
Y después: Error… terrible error.
Estoy encerrado con Mario todo el día… escuchando RADIO ANIME (Más de 8000 canciones de voces agudas y contentas).
Hemos llegado al punto, en que le he tenido que preguntar a Mario: ¿Cuándo me volví tan amargado?
Mario se ríe nada más de las getas que pongo cuando una canción está bien PINCHE feliz.
Enero 21, 2004 — Amigos.
Escrito por Agustin Fest.
Ayer antes de chocar, estaba pensando muchas cosas, estaba en uno de mis rollos neuróticos que tengo, donde hago mil suposiciones y sencillamente no puedo descansar. Es distinto imaginar, suponer, intuir la incertidumbre a que te digan que es factible. Es cuestión de aprender, todavía no aprendo y vivo mejor así, creo que nunca lo haré. Estoy acostumbrado a vivir así.
Dentro de ese rollo neurótico, me encontré con las palabras de una amiga que tengo desde hace años: “Zen, baby”.
Cris, diría que es el equivalente a Jorge, pero en mujer. Tienen actitudes similares, que me hace difícil separar al uno del otro. Tiene alrededor de cuarenta y tantos años, veinte años de casada, y ella no me lo ha dicho pero sé que está muy enferma. Por alguna razón no lo ha dicho… supongo que quiere estar tranquila.
Ella y Jorge, son personas que se me hacen sabias porque han vivido. Han vivido y bien, sin guardarse nada y son quienes me han enseñado a aprender a querer (no querer pendejada y media, si no… realmente querer algo). También me enseñaron a pedir lo que quiero, sin niguna duda y si no se me concede, just move on buddy. Son personas que a veces me sorprenden cuando me cuentan anécdotas de ellos: pueden dejar las cosas tan fácil, no necesitan pensarlo. ¿Por qué? ¿Cómo hacen ellos, para no pensar las cosas antes de hacerlas/pedirlas/negarlas? ¿Cómo hacen ellos, para desprenderse de tanto? ¿Zen, baby?
:T:
Soñé qué Cheques me dejaba conducir un coche. Y lo conduje, yo solito… ¡A 140 Km/h!. Soñé con Sol, soñé con Arturo. Curioso.
Y soñé muchas cosas que ya no recuerdo. Siguey leyendo →