Entradas escritas en Diciembre, 2003 ↓

En las sombras mira el lobo

Cuando abrió los ojos y pudo levantarse, miró entre las sombras el hocico del lobo. Los ojos brillaban intensamente en la oscuridad y no necesitó verle la sonrisa estrechándole los labios, pudo adivinarla. Corrió torpemente, escuchó los jadeos, el humo de la respiración cálida del lobo le estaba alcanzando. Odiaba la capa, no le permitía moverse libremente, sin embargo con el miedo no se le ocurrió quitársela. Su mochila hacía el escándalo de tres ejércitos cuando marchaban y a medida que alcanzaba un ritmo, sentía que podía correr más rápido y huír de él.

En la oscuridad, el lobo aulló y aplastó las hojas secas con una velocidad furiosa. Se perdió el ritmo y volvió a tropezar.

Volteó en el instante que el lobo se abalanzaba encima, en un salto preciso y ella miró toda su vida cruzar con la trayectoría del lobo. Directo al cuello. La sangre salió a borbotones, coloreando la capa y el grito agudo arrasó con el bosque. Perdió la mirada a gotas de sangre.

En la noche, se escuchó como el lobo se alimentaba con la carne de aquella llamada Caperucita Roja.

Cuando te busco y no te encuentro… (Lista 4)

Este post es parte de una serie, llamada “Listas”. Anotación 4 de 13


  • Camino sin saber a donde.
  • Le falta intensidad al sentimiento.
  • Ni ganas de fumar me dan, me desespero.
  • La comida se vuelve insípida.
  • La televisión me hace ojitos, ya la deseo.
  • Escucho música y así te recuerdo.
  • Trabajo y trabajo, me distraigo un segundo.
  • El siguiente, ya te tengo en mis ojos.
  • Imagen difusa se disuelve. Mal, mal, mal. Siguey leyendo →

Cuento de hadas para un oso de felpa

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a luz anna andreani ruiz… quien le gustó este pequeño texto.

Erase una vez que se era, allá en el jardín donde vive el Árbol del Bien y el Mal, un oso de felpa escuchaba a la Niña de Todas las Preguntas hablar con el Señor de Todas las Respuestas. No comprendía nada y se desesperaba, tan sólo miraba los signos de interrogación volar de la boca de aquella que todo pregunta y el que todo lo responde, negaba respuestas con el humo de su cigarrillo y pensaba continuamente tres puntos. El oso pensaba que él no tenía ganas de responder y muy probablemente, tenía razón.

Después apareció un cuervo, quien graznó infinito y en el cielo, se vieron las estrellas como se ven en Marte.

El oso se sentó y trató de mirar las estrellas, pero era imposible hacerlo, porque el infinito seguía graznando, los tres puntos seguían humeando y las interrogaciones ocupaban todo el sonido. El oso tiró sus manos en sus rodillas, negó tristemente y suspiró, ¿qué podía hacer para mirar las estrellas?

—Tan sólo soy un oso de felpa —dijo casi en silencio, como un susurro.

Hay susurros más fuertes que un grito de muerte.

Sus palabras, con todas las letras implicadas, volaron e hicieron un espacio entre el sonido de las interrogaciones (La niña preguntona se calló la boca), se apagó el cigarrillo del silencio eterno (El señor sabiondo no pudo pensar más) y el infinito calló el pequeño graznido (el cuervo echó a volar, a la oscuridad inmensa).

Y el cielo después brilló intensamente, solamente para aquel oso de felpa.

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Getas

[Jorge Carrillo] (bah)
[Jorge Carrillo] jojojojoj
[Agustin Fest] ;d
[Jorge Carrillo] chale se quitaron mis iconos
[Agustin Fest] por qué?
[Jorge Carrillo] por lo que te conté
[Jorge Carrillo] por cierto, no que hoy era tu mudanza?
[Agustin Fest] cierto
[Agustin Fest] tu usuario
[Agustin Fest] que extraña situación

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Problemas lácteos

Julia miraba la leche y le daba asco, sencillamente no la soportaba. No soportaba el espesor del líquido, no soportaba el blanco insípido, no quería probar un poco de ello en sus labios y que nadie se atreviera a ponerle un poco en su café. Sin embargo, como un reto personal quería intentarlo. Intentó recordar donde nació el repudo hacia la leche y sus vagos recuerdos, la llevaron a las manos de su abuela quien ordeñaba una vaca en aquel viejo rancho que pronto se convertiría en una serie de condominios. Recordaba las manos de su abuela, apretando las ubres de la vaca y apuntando directamente a la cubeta. El sonido de la leche al caer en el recipiente metálico no le agradó y pensó que su aversión podría venir de ahí.

Julia, sin embargo, ya era una señorita independiente y para vencer su problema lácteo, no podría recurrir a una vaca en la esquina de su casa. Vivía en una ciudad donde se duerme poco y ella era contribuyente a ello, trabajando sus reglamentadas ocho horas diarias. ¿Por qué quería vencerlo, ha de preguntar el léctor extrañado? Muy sencillo, porque Julia es una de esas personas necias que tienen obsesiones a ratos y el turno le había tocado a la leche. Tan simple como eso y la humanidad se puede ir por el caño.

Fue así que se compró sus tres litros de leche en envase Tetrapak(TM), se consiguió una copa de cristal cortado (si iba a intentarlo y fracasar, al menos sería con elegancia), puso los objetos en la mesa y les observó durante mucho tiempo, con una serie de emociones pasando desde el nerviosismo, hasta la ansiedad, la resignación y también, presente por ahí, el pudor. En su mente, pensaba a toda velocidad: “Amo la leche, amo la leche, amo la leche”.

Las cosas que la gente hace por si mismos, ¿verdad?

Amo la leche. Cuando decidió el momento, abrió uno de los envases y entrecerrando los ojos, sirvió en la copa de cristal hasta la mitad. Observó con atención el contenido, lo meneó un poco e hizo una mueca de disgusto, pronto convirtiéndose en asco. ¿Realmente debía hacerlo? Puso la copa en la mesa y la miró desafiante, su boca haciendo muecas sin control de vez en vez. Después, Julia decidió recargar sus brazos en la mesa y acostumbrarse a como se miraba el líquido.

Amo la leche. Tal vez hacía más drama del merecido… y sin embargo, extendió su mano a la copa y remojó uno de sus dedos. La consistencia no era como la imaginaba en aquel entonces, de niña se le hacía viscosa. ¿Sería culpa de la modernidad, que exigía la pasteurización y la eliminación de tantos componentes básicos en el líquido vital? No lo sabía, no profundizó mucho en ello. Inclusive coqueteó un rato con ella, meneando el dedo y sacudiéndolo un poco. Gotas mojaron las paredes de la copa y se deslizaron nuevamente al total del contenido. Julia se divirtió un poco y sonrió. Había pasado la frontera del tacto.

Amo la leche. Sacó el dedo de la copa y sintió una brisa de aire, fresca en su piel. Tal vez si había exagerado toda su vida, o tal vez no. Todavía no la había probado. Desde pequeña, desde aquel incidente donde observaba de donde venía, no le gustaba. (Y le era imposible recordar si antes le había gustado). Acercó su mano extrañada y bienvenida al mundo real, tu dedo está húmedo, con leche de la buena y tienes esos vestigios de gotas a sólo dos centímetros de tu cara. Se sintió ridícula al recriminarse a ella misma, se sintió rara al verse como una espectadora de la situación e hizo lo único que podía remediarlo en ese instante. Se llevó su dedo a la boca y lo probó con cuidado.

No sabía tan mal.

No sabía a nada.

No podía asegurarlo, tan sólo eran unas gotas.

Se echó a reír pero no con menos cuidado, recogió la copa. Se la llevó a los labios y con un suave impulso, bebió muy poco del contenido. Sintió como resbalaba por su boca y su garganta, en una rebeldía inconsciente quiso rechazarlo por momentos. Volvió a repetir su mantra y cerró los ojos, amo la leche, amo la leche, amo la leche. Con dificultades tragó, pero lo hizo y al finalizar se sintió muy orgullosa.

Tan sólo fue un triunfo, no piensen que fue una experiencia orgásmica como las de Herbal Essences. Aunque Julia tal vez lo pensó así, porque después fue otro trago y otro trago más… y así terminó un envase…

Entre risas terminó el segundo…

Y es justo decir que se sintió una cerda con el tercero, al salpicarse toda la ropa, la boca y el cuello. El tipo de publicidad que “Got Milk?” no quisiera tener.

Julia durmió tranquila esa noche y prometió comprarse, el siguiente fin de semana, tres tetrapaks de leche para ella solita.

Hojas de invierno

Los coches las empujan en el pavimento. Hojas secas, los árboles se están desvistiendo.

Necesitan descansar.

Eran tantas, alzadas por el aire, pensé estaban enseñándome algún camino. No fue así.

Tan sólo los árboles se están desvistiendo. Necesitan descansar.

Copiar

No he tenido muchas ganas de escribir ultimamente y para mi, eso es raro (si el cabrón se la pasa escribiendo, hace tarea, trabaja, nunca duerme, ¿cómo chingados le hace? No me pregunten. Ni yo tengo idea… (Tal vez Du tenga una idea)). Cuando eso sucede, recurro a mis introspecciones. Sin embargo, eso tampoco ha funcionado. Tengo de dos a cuatro pendientes, sin contar a Heber Dor, ni al Arbolito, ni otro par de proyectos serios que tengo por ahí. Diablos, ni siquiera me he rasurado. Tampoco tengo las valientes ganas de copiar una gran obra maestra o el post curado de algún bloggero el día de hoy. Nada.

Déjenme decirles, que el párrafo anterior es un método implacable, ruin y tramposo, para ponerse las pilas y escribir un poco. Lo verán plasmado en toda la famosa blogósfera.

Bue… pues ahí les va mi vida, de nuevo.

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