Ayer, hace seis años, recibí una llamada telefónica que decidiría la persona en la que me he convertido el día de hoy.
Ayer, hace seis años, le rompieron el corazón a un niño y no fue su culpa. No fue la culpa de nadie. No había a quien culpar.
Así que decidió culparse así mismo, decidió cargar con ello durante seis años.
No olvido la fecha, la traigo conmigo. Ayer se me heló la sangre cuando llenaba una poliza de garantía y anoté el número. Curiosamente, estaba llenando la poliza de garantía de un teléfono.
¿En quién o qué me convertí? ¿Quién era antes del día cero? ¿Quién fuí después? Simplemente, quien yo decidí ser. Aún habiendo algo tan abstracto y real como la muerte en sí, aún cuando la muerte es un evento de caos o un hecho premeditado, es uno quien decide como tomar las cosas.
¿Existirá la muerte, si no sabes de ella?
Durante seis años, decidí lo siguiente:
- No cerrar la herida.
- Después exhibirla y reírme de ella.
- Jugar con el amor. A que te quieran.
- Olvidar. No volveré a perder.
- Coquetear a la vida con la muerte.
- Sueños.
- Al final estaré sólo… y nadie más.
Durante seis años, se unieron esos siete puntos para conjuntar al hombre imperfecto. El siete de la perfección, es mi imperfección. En siete días, Yahvé o Jehová o Dios, creó el universo. Siete cigarrillos de siete minutos, y siete fueron los hijos de Caín. Como sea.
Sean siete o sean veinte mil, lo importante es que hay uno quien decide. Y ese fui yo.
Hace seis años, fueron los cinco días más largos y más horribles de mi vida. ¿Qué le regalaré para su cumpleaños? ¿Cómo habremos de festejarlo? ¿A dónde iremos? ¿Qué nos diremos? ¿Qué pa-sa-rá?
Cinco días largos y horribles, para asimilar que no habría festejo en esa navidad, ni en las siguientes. Cinco días para asimilar que el futuro inmediato estaba hecho trizas, lo que seguía se hacía pedazos y beberme el pasado a tragos salados.
Gota tras gota.
Así me convertí en el Inventor. Hice a la Muerte y perdí mi Inmortalidad. La culpa la tenía La Muerte, y está claro, que yo la tenía. Porque yo era La Muerte. Yo había decidido tomar a la muerte como mi Muerte.
Estaba muerta y necesitaba a quien culpar. ¿Quién mejor que a mi mismo?
Oliverio,
- “Muerte puta, muerte cruel, muerte al pedo, muerte implacable, muerte inexorable, misteriosa muerte, muerte súbita, muerte accidental, muerte en cumplimiento del deber.”
Muerte,
- “¿qué sería de vos sin mi?”
(Eliseo Subiela usando un texto de Oliverio Girondo, en la película de “El Lado Oscuro del Corazón”)
Que mejor…
Durante seis años, decidí coquetearle a la muerte con mi vida y tomar la panacea de todo ser humano, ante ese hecho inexorable, ante esa realidad firme y contundente. La esperanza de un mundo mejor, donde yo pudiese descansar y ella me estuviera esperando. Convertir la realidad en sueño.
Y también, en ese tiempo… he visto luces de colores. Tengo un don, se llama escribir. O tal vez no sea un don. Tal vez sea una enfermedad o una maldición.
Buscaré una botella de vodka y seré un poeta maldito. Seré un Bukowski, no estaría mal. O un Joyce y me proclamaré artista. Tal vez un Benedetti, hablando siempre de la vida como oficinista. La vida tan suave del Uruguay. ¿Cortázar con un saxofón, un puro y enderezando clavos para distraer el tiempo? Un Onetti y diré que la literatura es mi amante. Faulkner e inventaré historias de cuando era piloto en la primera guerra. ¿O era la segunda?
En si, ellos escriben por sus distintos motivos y apelaron al gusto popular de la gente, que los ha hecho maestros del arte.
No me comparo a ellos, no quiero hacerlo. Mi arte es para sanar, comunicar mi dolor y mi redención. Escribo para no condenarme a mi mismo en vida. Escribo para olvidar quien soy, para agarrar lo bueno que me queda del pasado, para pintar imágenes que nunca existieron, para conocer gente sincera.
Y gracias a ello… después de seis años, no he perdido fé. Cada día la herida es menos. Cada día, me convenzo que la culpa no la tiene nadie. Cada día, puedo elegir que recuerdos conservar y cuales desechar.
Escribo, porque necesito hacerlo o moriré mañana.
El cinco es mi número preferido, ¿a qué eso no lo sabían? Mi número preferido es el cinco. Si quieren saber otro secreto, de todo lo dicho anteriormente, esta confesión es la más personal que les he hecho. Hasta se siente extraño. Espero puedan comprenderlo, porque yo lo comprendo perfectamente y me da gusto.
Siempre había dicho que mi número era el 13, o el 7, o el 17, o el 21. Con un dejo de sarcasmo, o como una distracción inconsciente. Sin ganas de responder. Respondiendo lo que no quería.
El cinco es el número de picos que tiene una estrella, también es el número de la comunión o de la comunidad. En el quinto día… Dios hizo a los peces y a las aves, y ambos, en cierta forma, son símbolos de Cristo. Son cinco dedos en los pies y en las manos. Un cinco de marzo, nació una tía a la que quiero mucho. Se oye padre: “Sin-Ko”, casi como marca de condón. La canción que escucho en este momento, dura cinco minutos. Son cinco días laborales, según la semana inglesa…
El cinco es mi número preferido, porque de niño era el canal donde podía ver caricaturas todo el día.
Supongo que para liberar a un fantasma y realmente dejarlo ir, hay que aceptarlo. No asimilarlo, simplemente aceptarlo. Ver dónde ha cambiado tu vida y asentir. Dejarlo ir, que deje las cosas que necesite dejar. Supongo que el sexto año, debiera liberar mi fantasma. Un año antes del siete. Olvidemos la perfección, seamos imperfectos y eso será cosa buena.
Listillo el muchacho, invirtiendo los papeles. Dando buenas cosas a lo malo y viceversa.
Supongo que debo escribir esto. Esta es la Lista Cinco. La lista de Cecilia. Y después, ella podrá descansar y yo descansaré de ella. Luego me iré a comprar una malteada de chocolate y si puedo, si mi trabajo me deja, veré caricaturas. Ya después, me ocuparé de mi vida, que es un desastre de por sí. Donde la culpa no la tiene nadie, ni siquiera yo… pero al menos, podré enfrentarlo como yo quiera.
Cecilia era una niña, como yo. Una niña silenciosa, muy callada. Siempre he dicho que era un premio arrancarle una carcajada. Así me hice ruidoso y exhuberante en ocasiones.
Así aprendí a hacer mis caras y payasear.
Con ella platicaba de libros que leíamos, libros catalogados como infantiles por Alfaguara. Yo le presté la Historia sin Fin, y ella me prestó uno que me encantó. No puedo recordar el nombre, de vez en vez, me voy a las librerías y lo busco como un loco. Lo único que recuerdo, es que hay un personaje (mi preferido de todos los tiempos). Era un chavo que envejecía si se quedaba sentado. ¿Alguno de ustedes conoce el libro? Si alguna vez quieren regalarme algo y yo me sienta en deuda de vida con ustedes, será por ese libro.
Así aprendí yo a conocer los libros que leo. A través de los personajes.
Cecilia y yo, alguna vez nos peleamos por el verdadero nombre de Dios. Ella decía que era Dios, así, sin más ni más. Y yo sostenía que era Yahvé porque lo había leído en la Biblia. Ella me sacó la lengua en aquella ocasión y se fué. Yo me sentía orgulloso, fue la única discusión que gané. Fue la única ocasión en que ella se desesperó. Después nuestros temas eran de lo más común, pero yo no podía ganarle. Yo no podía discutirle tan bien como ella lo hacía. Ella sostenía los argumentos y su postura hasta el final. Y la última palabra, en una discusión, la tenía ella.
Así aprendí yo a discutir. Sin embargo, no puedo sostenerlo hasta el final. No tengo la frialdad de ella.
Cecilia era muy silenciosa, era una persona fría. Una persona muy tranquila, muy pacífica. Aunque soy así en ocasiones, aunque he aprendido y conservado el silencio y la paciencia de ella, puedo explotar facilmente. Ella era una persona muy analítica, muy racional. Decía las cosas sin rodeos, no necesitaba de trucos, ni trampas. Recuerdo en ocasiones que le decía a la gente cuando era molesta y les miraba intensamente, hasta que estos se callaban y le dejaban de molestar. Con Cecilia, nunca necesité subir la guardia. Sabía que me esperaba, sabía que me lo diría, aunque me doliese.
Y eso es algo, que yo no sé hacer.
En algún momento murió su abuela. Yo no supe que decirle en ese entonces, pero ella estaba seria. Muy seria. Con sus ojos rojos, había llorado. Pero no lo dejaba ir, no lo soltaba. Para ella fue un triunfo haber llorado y luego, llorar un poquito conmigo.
Nunca me dijo un “Te amo”. Pero me quería mucho, todos los días.
Yo tampoco le dije “Te amo”. Siempre esperé a que ella lo dijera primero.
Esa era Cecilia.
Lo demás… Lo demás lo guardo para mi. Tal vez en otra vida se los cuente.
El canal cinco me espera y mi chocolate también.






