El niño de Fafjel - Máquinas oscuras

Este post es parte de una serie, llamada “Entropía”. Anotación 10 de 5


En el mundo gris, la mariposa ya había desaparecido y el niño la perdió como fragmentos de hojas secas en el viento ruín. Sus ojos miel entonaron el reflejo de la dispersión… no había forma de recuperar el cuadro completo, _the big picture_, una fotografía destruida por una lluvia, en un barco antiguo viajando durante cuarenta días y cuarenta noches.

Un pie tras otro, el niño vestido en harapos, delgado y con ojeras. ¿Sus manos, por qué parecía que hacían una estela en el aire cada vez que la movía? ¿Por qué se sentía tan sólido el piso, si él apenas flotaba para seguir avanzando? ¿Era cierta la gravedad, era cierto lo que decían los biólogos de como se sostenían las mariposas en el aire?

La ciencia.

En el campo abierto, los ojos del niño pudieron grandes ver estructuras de metal movidas por una fuerza desconocida (No supo si aparecieron de repente, o fue porque él estaba ocupado mirando su reflejo a través de sus ojos). _Science, kiddo_. Hechas de acero y pintadas de negro por los antiguos, seguían aún moviéndose y hacían un ruido rítmico que imitaba cuando el corazón se sale de la garganta y regresa rápidamente a su sitio, en un espacio lento… lento…

Se acercó y miró grandes taladros industriales hacer agujeros aleatorios en los espacios de tierra, observó gruas soltando vigas encima de otras vigas, brazos cibernéticos que soldaban grandes parches de acero, sobre la base de las estructuras. El niño observó que dentro de ese caos industrial, había un orden universal. O eso quiso creer, ya tan acostumbrado a medir el caos y el orden de las cosas.

Seguían siendo la invención humana, hubo una mente que creó a las máquinas a su imagen y semejanza, de manera rudimentaria. _Y se hizo la luz…_. ¿Entonces, Dios había creado al hombre como el hombre había creado a las máquinas? ¿Éramos, nosotros, los hombres imperfectos, las máquinas rudimentarias de Dios? El niño observó a las máquinas, haciendo cosas sin ningún propósito ya que no tenían quien les controlara, quien les ordenara.

Maldito libre albedrío.

Maldito el hombre.

Maldito él.

Y quedaba un espacio para los sueños, dentro de todas las maldiciones. En la imaginación, el niño pensó en aquel mundo de hadas con alas de mariposa y se le ocurrió, que podría haber un mago. Un mago viejo y sabiondo. Un mago divertido y excéntrico. Sart Drosmon. Se sonrió ante la fantasía inútil, la olvidó pronto y dejó a las máquinas, otro maldito presente que entregar, que olvidar, que enterrar.

Y alla en Fafjel, Sart Drosmon despertó un buen día. Descubrió la piedra filosofal e inventó la primera máquina que viajaba en el aire.

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