…les escuché hablar. Cuando cenábamos en un restaurante chino, a las 12 de la noche.
Les escuché decir esas mismas palabras, que han dicho antes. Sin embargo, ahora el que estaba en el patíbulo era yo.
Me sentí incómodo. El momento había llegado.
Era un momento que ya me esperaba. Que me había imaginado mil formas. Y en la imaginación, no imaginé las respuestas que daría, ni los argumentos que sostendría para decir que tenía razón.
Y como imaginé, no pude decir nada aún pudiendo haberlo dicho todo. Dejé que hablaran y deseché las respuestas que podía darles. No las escucharían. Me sonreí, se han invertido los papeles: ahora son ustedes los que no escuchan.
Permití que me aventaran como una pelota de ping-pong.
En el fondo estaba muy contento, había descubierto que ellos ya sabían. Ellos ya sabían que tan en serio iba.
Los dejé hablar.
Fue como si me quitaran el peso de todos sus fracasos, aún cuando me los estaban poniendo en el hombro. Querían hacerme entender a fuerza de palabras.
Los dejé hablar.
Cuando terminaron, nos fuimos a casa. Cuando caminábamos hacia el departamento, miré a mi madre y le puse una mano alrededor del hombro.
—¿Por qué se preocupa por mi, mamita? —le dije. La escuché y después le dije todo lo que ella debía saber al respecto.
Creo que por primera vez, me escuchó. Muy a su manera, pero lo hizo.
—Tienes razón —dijo ella y otra sarta de cosas a las que no presté atención.







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