Me puse a pensar en ello cuando abrió una tiendita a un lado de un Matador (Cadena De Tiendas De Autoservicio). Y es que, no se comparan. En las tiendas de auto-servicio, el vigilante y el que atiende, cambian constantemente. No puedes entablar un diálogo, no puedes sentirte familiar.
Sin embargo, desde que somos chiquitos, conocemos al señor o señora de la tiendita. Se vuelve alguien familiar, porque de alguna manera, es nuestro vecino, es la persona que pregunta por nuestra familia o cómo va el trabajo, es quien nos presta lo de los cigarros un día o dos. No se comparan. No importa cuantas tiendas de autoservicio abran. No logran la misma sonrisa, el mismo apretón de manos o los mismos consejos.
Hace chistes cuando nos ve de malas y aprovecha para ofrecernos la nueva promoción. Quien tiene a su esposa y a su hijo detrás de la barra y nos dice así, silenciosamente, le presento a mi familia. Tengo una familia como usted y este es nuestro sustento. Se vuelven en sabios y también en analistas políticos, sociológicos y económicos. Puedes discutir con ellos lo que gustes y por la sangre de vendedor, tenderán a darte la razón.
Si necesitas hacer una decisión, el señor o la señora de la tienda sabrán automáticamente que deseas. Te apoyarán de tal manera, que la decisión será para lo que realmente quieres en el momento y no hay marcha atrás… si no necesitas mejor consejo, bastarán unas papitas o una coca cola. Hasta unos chicles.
El señor o señora de la tiendita, siempre estarán ahí.
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No hay nada como el trato personalizado de la tiendita de la esquina; yo tengo muy clara la imagen esa de la ventana desde donde se despachaba y yo (y el resto de los niños de la cuadra también) subiéndome en una piedra para alcanzarla, para encontrar del otro lado siempre al alegre tendero.
En la colonia donde vivía antes era “Doña Carmen”. Aun que era tan carera, coda, aprovechada y amargada ¡Oh si, la extraño!
Supongo que ese es el valor de las pequeñas cosas.
En este mundo hecho de plástico y neón, donde el estrés se vuelve un compañero, y en el cual las pequeñas partes de la vida se esconden tras fachadas enormes repletas de vidrieras y carteles de ofertas. Algo tan encantador como puede llegar a ser comprar unos alimentos o algunos enseres básicos pierde toda la importancia y se convierte en simple rutina domestica.
Es una lastima que las grandes superficies devoren a estos pequeños establecimientos donde aun existe el contacto humano. Y es que el día en que la economía evolucionó y los papeles sociales tomaron forma, alguien olvido incluir en el paquete la relación entre las personas…
Cuando escucho a mi abuelo hablar del pasado, estas pequeñas tareas domesticas, cobran vida por si mismas; Antes comprar el pan era pasar el rato discutiendo de política. El cartero además de cartas siempre traía historias y rumores. Ir al bar o a la taberna a tomar unos tragos implicaba comunicación con los demás, risas, comentarios y charlas…
En definitiva una gran cantidad de pequeñas experiencias que día a día, hacían que la vida se presentase un poco más amable.
Cosas de la evolución, veremos como acaba esta historia…
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