Oscuridad y vacío.
Un olor a viejo y podrido.
Heber buscó la puerta para salir y ya no la encontró. Estaba destinado, tan definitivamente-condenado.
Apretó el Diario contra su pecho y suspiró. Había escrito un cuento, el de Levanta-Muertos. Si, ese cuento él lo escribió. Pero nunca había detallado el armario. Nunca se lo imaginó.
Y le dolió que fuese tan oscuro. ¿A esto se tuvo que enfrentar todos los días Levanta-Muertos, al bajar con su carreta y las almas en pena? El rostro de su padre salió de las sombras, materializado por un recuerdo inventado. ¿Qué diría el viejo Simón?
—Lo que tenga que pasar, pasará.
Eso diría. Casi pudo escucharlo. El problema aquí… pensó Heber, es que no quería morir. No le gustaba ser tan definitivamente-condenado. Tan enfermo y tan perdido. Tan estúpido.
La oscuridad le hacía pensar demasiado. El vacío le drenaba la vida. Decidió caminar a ningún lugar y escuchó el eco de sus pasos. El tip-tap se convirtió en una melodía regular y ya no se sintió tan desolado. Siguió caminando. Un paso después de otro. ¿Cómo sabía Levanta-Muertos el camino de ida? ¿Cómo había logrado aprender el regreso? ¿Por qué con el fantasma de su hija, carcomiéndole el alma, había decidido sobrevivir a la oscuridad?
Oscuridad y vacío. Preguntas demasiado.
Un olor a viejo y podrido. Y nunca encontrarás las respuestas.
Heber ya no buscó la salida. Aferrándose al Diario, continuó caminando. No las que quieres. Sólo las que yo te dé.
En algún momento, terminó la oscuridad y se encontró en una especie de cueva iluminada tenuemente. Un olor a húmedad se agregó a los olores anteriores y Heber, se alegró de poder oler algo diferente. La cueva era una especie de túnel que únicamente tenía una salida. Debía caminar en línea recta.
Sus pies se hundieron en algo similar a arena. O tal vez tierra suave. De color gris. Era difícil decir de qué material estaba compuesto en el que estaba caminando. Lo hizo cautelosamente, porque creyó que podría resbalar en cualquier momento.
El silencio era total. Ya no se escuchaba ningún eco.
—Señor… —escuchó Heber. Un susurro muy débil, volteó hacia aquella dirección y miró algo muy extraño. Era un carrito de plomo oxidado, lleno de tierra. En él estaba plantado un pequeño árbol, cuyas ramas estaban rotas o caídas. Se acercó a él y descubrió sorprendido que tenía ojos y tenía boca. En uno de los ojos, nacía una cicatriz en forma de cruz.
—Silencio señor… acabo de matarlos a todos, pero temo que estoy muy cansado —dijo el pequeño árbol—. Y no tardan en nacer de nuevo. No podría con otra más. Necesito que me ayude.
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó Heber extrañado. Estaba platicando con un Árbol y la vida parecía estar bien.
—Jale el carrito, lo más rápido que pueda… no podemos perder mucho tiempo. Tiene que correr como nunca ha corrido. Tome la cuerda y jale el carrito. Por mi no se preocupe, yo me las arreglaré con el equilibrio. Si llegará a nacer uno, no se preocupe… yo podré con él también. Pero no se tarde mucho, que más de uno ya es un riesgo para mi y para usted.
—¿Qué es lo que hay aquí?
—Demonios pequeños, que nacen como espigas de trigo. Crecen rápidamente. ¿Mira mis ramas? las han acabado casi todas. Y también he perdido muchos amigos, tantos amigos… estoy tan cansado. Pero no he terminado. Todavía no. De haber sabido, no hubiera nacido nunca —dijo el Árbol y cerró los ojos—. Suficiente, tenemos que correr.
Se escuchó un sonido bajo el suelo. Heber notó preocupado que empezaban a brotar tallos pequeños.
—¡Vamos, no nos queda mucho tiempo! —gritó el pequeño Árbol.
Heber hizo caso, tomó la cuerda y empezó a correr. El carrito estaba pesado, hacía mucho ruido con las ruedas que se marcaban en el piso. Los tallos cada vez se hacían más grandes, ya le llegaban a la rodilla. Por curiosidad, miró lo más rápido uno de estos, descubrió que los tallos tenían dientes filosos y estaban desarrollando una boca.
—¡Siga corriendo, no se detenga! —exclamó el Árbol.
Heber obedeció, aún cuando los tallos empezaban a cubrir la salida, la cual aún estaba a más de la mitad. Los tallos empezaron a llegarle a la mitad del cuerpo y esperaba —en una mezcla de ansia y angustia—, el primer ataque. No recordaba a que altura los enfrentaba Levanta-Muertos o tal vez, fue otro de sus olvidos cuando lo escribió.
El primer ataque le rasgó le rasgó el brazo y aulló de dolor. Soltó el Diario por equivocación y tuvo que detenerse a recogerlo.
—¡No! —gritó el Árbol.
—No puedo irme sin él —dijo Heber desesperado. El tallo que hizo el primer ataque, mordió una de las manos de Heber y volvió a gritar. Sintió la vista pesada, fue cuando comprendió que el veneno de los demonios no era metafórico. Era muy real y ya se le estaba metiendo en el sistema. Con trabajos recogió el libro, agarró la cuerda y volvió a jalar, alejándose entre tropiezos.
Otro demonio rastrero que ya estaba completamente desarrollado, intentó atacarle y miró sorprendido como se consumía en llamas. Miró a sus espaldas y se dio cuenta que el pequeño árbol tenía los ojos cerrados y susurraba palabras sin comprender, en silencio.
Utilizaba la mano que sostenía el Diario para golpear a los demonios más desarrollados y de vez en vez, veía como uno se consumía en llamas. El veneno que había atacado su sistema, continuaba creciendo. Y con cada roce de los dientes de los demonios, crecía un poco más. El final del túnel parecía demasiado lejos, sin embargo, no se rindió. Continuó arrastrando con el peso del Árbol y con el suyo, sabía que sin él no podría llegar a la salida.
No supo cuando fué, que el tunel terminó y el brillo de un sol intenso le sorprendió. Cansado, Heber se arrodilló. Soltó la cuerda y soltó el Diario. Miró al pequeño Árbol, quien abrió los ojos y le sonrío.
—Gracias, ya podemos descansar —le escuchó decir—. Pronto llegará alguien por mi y habrá de curar tus heridas.
—¿Quién eres? —preguntó Heber, tratando de conservar su conciencia.
—Un maldito, como todos. Empecé buscando a mi padre y terminé aquí. Duerme, que te contaré mi historia. Te contaré mi historia hasta el día de hoy. Y cuando despiertes, habrás de escribirla y yo ya no estaré aquí. Estaré completando mi destino, como hizo mi padre.
—Que curioso —dijo Heber, medio sonriendo y con los ojos entrecerrados. Se acostó en lo que parecía un pavimento y una carretera que no llevaba a ningún lugar—. Yo también estoy buscando a mi padre.
Y Heber Dor cayó dormido.
—Lo sé, hijo de Dor. Ahora escúchame… Erase una vez, en una contaminada ciudad donde mucha gente caminaba mirando el reloj, que vivía un Árbol pequeño dentro de una pequeña maceta. Era tan pequeño como un bonsai, con sus pequeñas raíces apenas tocando el fondo de la maceta. Éste Árbol tenía dos pequñas cicatrices cruzadas en el ojo derecho, un recuerdo que le heredó su padre y un perro que le salvó al esconder su semilla para que no se perdiera en un mar antiguo…
3 comentarios ↓
Me cansé de correr junto con Heber Dor… ¡y por fin vi la luz!:chido:
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ayer me olvide de decirte , qvi todas tus fotos , todas, no sabes como me gusta mirar las fotos de los dema s!!!! ya llevo dias viendolas, pero ayer vi la de los altares y esas vcosas,,, gracias , son muy lindas , besos
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Genial la forma en que interconecta los cuentos, señor! (acabo de echarme este y el anterior de corrido)
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