La entrada de Guadalupe Espártaco al orfanato de Burgos, fue usualmente, inusual. Gritando a todo volumen “Stairway to Heaven”, más como Zappa que como Zepellin. Caminó estrafalariamente, casi bailando y saltando. Los niños salieron a recibirlo y como siempre, Espártaco fingió espantarse… poniendo el cuerpo rígido y como una estatua, se quedó estático pretendiendo escapar.
Se escucharon las risas y los gritos de los niños, cuando Espártaco fingió ser un tiburón y les persiguió por todo el patio. Burgos le observaba desde la ventana con una sonrisa y Heber, no sabía que esperar de un viejo así. Tan lleno de vida. Le brillaban y se le apagaban los ojos como estrellas y sus dientes, blanquísimos y pequeños, contrastaban con su piel morena y arrugada. Espártaco tenía el cabello totalmente canoso, recogido en una cola de caballo que le caía hasta la mitad de la espalda. Era un hombre muy pequeño, no más de un metro con cuarenta, y de espalda muy ancha, aún siendo delgado. Tenía una nariz ancha y abultada. Sus ojos eran pequeños y alargados, dándole un cierto rasgo oriental.
Heber se tuvo que tragar impaciente los juegos de Espártaco con los niños. Miró a Burgos ancioso un par de veces, pero éste seguía sonriendo y a veces riendo de las ocurrencias de aquel hombre. Heber bufó sarcástico un par de veces al ver como Espártaco, de un tiburón se transformaba en un tigre y después, en un luchador enmascarado al cual vencían los niños entre todos. Pensó que era un viejo muy ruidoso.
Observó más allá del viejo y de los niños. Creyó ver la silueta de un hombre, vestido de abrigo y con un sombrero de bruja. Entreabrió los labios y miró hacia Burgos, le jaló el saco de religioso para que le hiciera caso cuando le señaló. Cuando los dos hombres miraron hacia allá… ese hombre ya no estaba ahí.
Espártaco se quedó muy serio y volvió la vista hacia donde miraban Heber y Burso. Asintió y se perdió el ruido de los niños gritones en la distancia. Les sonrío, con las estrellas apagadas, y les dijo que debía ver a Burgos. Luego jugarían.
A Heber casi le dio lástima mirar a Espártaco caminar serio y se arrepintió de su ansiedad. Sintió un repentino deseo de regresarle la alegría a Espártaco, quien en cuestión de segundos la había perdido. ¿Él también había mirado la silueta? ¿Era la razón del cambio? Heber Dor se acarició el rostro avergonzado y suspiró, deseó ya no pensar más en ello. Burgos carraspeó y se arregló el saco, miró a Heber con una sonrisa disculpatoria, le dio una palmada en la espalda, caminó a la puerta e invitó al viejo a pasar.
—¿Un tequilita, Guadalupe? —preguntó Padre Burgos. Heber le observó una sonrisa extraña, casi maliciosa.
Espártaco respondió con una sonrisa amplia. Se aventó a él y se aferró al pecho de Burgos, los hombre se abrazaron y rieron. Heber se limitó a observarlos, entrecerrando los ojos.
—¡Ese Padre Burgos! ¡Jamás dejarás el tequila!
—Lo siento, es el único vicio de este hombre en servicio.
—Aquí no existe Dios, Burgos —dijo Guadalupe sonriendo y soltando al Padre—. Debieras abandonar esa idea, nomás hace daño.
—Se dice: “Nada más”.
—Nomás-mes.
—Y tú no abandonas la pinta de tonto que no te hace justicia —dijo Burgos sonriendo—. Que bueno que has venido, aquí hay un muchachito con una historia muy seria que contarte. Dejaré que te cuente, yo debo ir a acostar a los niños.
Guadalupe miró a Heber de reojo. Le regaló una gran sonrisa y le extendió una mano para saludarle. Heber respondió timidamente y mano con mano, fue que Guadalupe sellaría su destino como el primer observador de la familia Dor. Burgos observó con una duda en sus ojos, antes de retirarse y llamar a los niños para acostarlos en las habitaciones.
Me llamo Heber y soy hijo de Dor. ¿Lo conoce? ¿No? Se me hace raro, porque sucede que a todo mundo que he preguntado, sabe algo de él, sin saber siempre cuál es la historia completa. Es como un gran rompecabezas donde las piezas están regadas en todas partes. La cosa es qué tengo este libro: su diario. Lo he leído de inicio a fin, y tampoco da muchas respuestas. Un hombre muy confuso, un enigma andante. Le gustaba ser así.
Lo que sé, señor Espártaco, es que en los últimos días escritos en su diario mi padre se decía muy enfermo de algo llamado Cuenta-Cuentos. Es muy difícil traducir lo último que está escrito, ya que en su mayoría son garabatos. Lo poco que pude captar es que estaba consciente que iría por el diario y que yo adquiriría también la enfermedad. Desde entonces, escribo también en este libro de tapas de cuero, que curiosamente nunca parece terminar y tiene una hoja blanca dispuesta para mi.
Desde que acepté la enfermedad, he tenido sueños que parecen reales, he tenido realidades que parecen ficciones y he tenido ficciones que parecen sueños. Los cuentos que he escrito, de alguna manera me vinculan a esta ciudad. Y también, me vinculan al inicio de los tiempos. No sólo son cuentos, son hechos que seguramente sucedieron. Es difícil de creer, pero debe ser así.
La cuestión es que, ¿mira usted este libro donde escribo? Burgos me dijo que podría ser mágico y que podría darme información al respecto. ¿Gusta mirarlo, tocarlo? ¿Puede usted ayudarme a encontrar una cura a la enfermedad en la que me he sometido? Fue un sueño. En un sueño se me dijo que yo sería el Cuenta-Cuentos de los Muertos. Y si observa bien, cada cuento lleva una relación torcida a la Muerte. Eso no me agrada. No me agrada estar enfermo.
¿Me puede ayudar?
Guadalupe tomó el diario de Simón Dor y lo hojeó rápidamente. Se reía ruidosamente en una parte y otra. A Heber le molestó su risa y verlo serio pareció un recuerdo olvidado. El viejo parecía hacer una lectura superficial de los escritos, ya que lo hacía rápidamente y no parecía meditar mucho acerca de lo leído. A veces brincaba y se rascaba la cabeza. Cuando Burgos regresó, después de una hora o dos, tal vez más, le pidió un tequila.
Cuando llegó al Viaje de Simón Dor, guardó silencio. Como si le hubieran puesto mudo al control remoto y le hubieran tomado una foto en blanco y negro. Las hojas seguían siendo hojeadas rápidamente, pero los ojos cambiaron a una total atención. Heber lo miró extrañado, se fijó que los labios de Espártaco se abrían y se cerraban sin palabras, murmurando lo leído.
—Lilith y Yasmín… —alcanzó a decir en silencio. Miró a Heber de una manera distinta, tratando de arrancarle la verdad en el alma. Una verdad que él no poseía.
Siguió hojeando el diario rápidamente. Leyó los cuentos. Cuando terminó, lo volvió a iniciar una o dos veces más. Heber se quedó profundamente dormido en el sillón y Burgos, hacía mucho se había excusado, diciendo que debía despertarse mañana temprano.
Lo despertó jalándolo de las manos y lo arrastró medio dormido, en Puerto Octay. Heber intentó comprender que sucedía y trató de liberarse de la fuerza de aquel hombre, quien lo jalaba con fuerza. Espártaco susurraba muchas cosas, rápidamente. Le miraba con ojos muy abiertos y una sonrisa insegura. Heber no alcanzaba a comprender que estaba sucediendo.
Permitió dejarse arrastrar en todo Puerto Octay, ya que el anciano no le soltaba y tenía tanta fuerza, que no podía creerlo.
—El Libro que tú escribes —dijo Espártaco—. Es el del Cuenta-Cuentos más antiguo. ¿Ya lo sabías? ¡Claro qué no! ¿Sabes quién fue el primer Cuenta-Cuentos? ¡Claro qué no! ¡Y yo támpoco! No muy bien. Ven, debes venir. ¡Rápido! ¡Entre más pronto, mejor!
Heber escuchó eso y más. Trató de registrar algo con sentido en su mente, pero no pudo. Después de ser arrastrado a toda velocidad un buen trecho, miró que se dirigían a la casa de Ernesto Rodriguez, Levanta-Muertos. De día se veía diferente, más vieja que cuando la vio por primera vez. La carreta seguía ahí y pudo notar como la madera se estaba enmoheciendo.
—¡Tendrás que ganarte su confianza y preguntarle a él! No te puedo prometer nada, ya que él no responde hasta que te mueres. ¡Por algo cuentas de los muertos! ¡Pregúntale a él!
—¿A quién?
—¡A la Muerte! ¿Qué no es obvio, niño estúpido? —dijo Espártaco casi desesperado y con las manos agitó el Diario de Simón Dor—. ¡Es obvio que él sabe más de lo que yo podré saber jamás! Se buenito, sigue corriendo. ¡Ya pronto llegamos!
—Señor… —dijo Heber desesperado—. ¿Piensa matarme?
—¡No idiota! —gritó Guadalupe, empujó la puerta de la casa de Levanta-Muertos y entró a la fuerza. Heber observó rápidamente a sus alrededores y ni tiempo de comprobar que era tal como la había imaginado. Guadalupe le arrastró hasta la puerta del armario, la cual tenía una inscripción rúnica en la entrada, la abrió y le señaló a Heber el camino a la oscuridad—. ¡No te mueras y debes luchar por tus respuestas! No puedo acompañarte, o el cabrón me agarraría. ¡Échale ganas y diviértete!
Guadalupe le dio su libro a Heber, lo empujó a la oscuridad y cerró la puerta del armario.
—¡Regresaré en unos días por ti! ¡Asegúrate de sobrevivir!
Guadalupe se quedó ahí un momento, asintió solemnemente y después se fue silbando una canción. Salió de la casa de Levanta-Muertos y miró el mar un rato.
Luego, se fué.
Un comentario hasta el momento ↓
Esta pero bien jodido tu cuento de nunca acbar
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