¿O quieres acabar como ellos? ¡Claro que no, Esteban! Desde el día que naciste has estado luchando, ¿no es así? Pobrecito Esteban, pobrecito. ¡Asco! ¡Asco es lo que me das! Si bien naciste para pelear y es lo único que quieres hacer en esta vida. No importa cuantas veces quieras detenerte, no importa cuantas veces hayas escapado. ¡Siempre regresarás al círculo de tiza a escuchar los vitores! ¡Sentirás el sudor caliente, derritiendo tu cuerpo! ¡Gustarás de la sangre seca en tu cuerpo, de aquel que has vencido! ¿A quién quieres engañar, Esteban? ¡Levántate y alza los puños, qué esta será la siguiente pelea! ¿Qué esperas encontrar? ¿Esperas encontrarlo a él? ¡Pero si sabes que es inútil! ¡Sabes que ninguno de los dos podrá ganar, jamás!
Esteban se recargó en el poste que brindaba la única luz posible en medio de la noche. Se ciñó el abrigo y prendió un cigarrillo, se acomodó el sombrero de fieltro y se acarició su rostro bien afeitado. ¿Hacía cuánto había llegado a Jaramillo? Tan sólo unos días y ya había encontrado un círcuito de peleas. Esperaba encontrarlo a él.
Se había prometido ya no pelear, se había prometido un nuevo comienzo. Sin embargo era imposible, después de todo lo sucedido.
Debía seguir peleando.
La vieja le había dicho que al vencer diez mil contrincantes, podría finalmente morir. Y por cada batalla perdida, debería vencer a otros diez más. Era inútil decir que ya había perdido la cuenta. Él no había pedido ser inmortal, a diferencia de muchos otros.
—Quiero morir vieja, eso es lo que pasa —dijo Esteban aquella vez.
La vieja ciega abrió la boca en señal de sorpresa, no estaba acostumbrada a recibir gente que quisiera morir. Fue así que le dijo las condiciones para rechazar la inmortalidad y tuvo que aceptarlas. Debía seguir peleando, aunque se había prometido ya no hacerlo.
Simplemente, tenía miedo.
Es inaudito. ¡Esteban se ha levantado otra vez! Con la mirada de un lobo furioso mira a su contrincante y le reta. ¡Señores! ¡Esteban ha regresado! Su oponente, el Rivalita, se acerca con la rapidez de una bestia, jab izquierdo y jab derecho. ¡Esteban lo evita! ¡Esteban regresa con un uppercut que casi le truena la quijada al Rivalita! Pero el Rivalita sigue en pie, mete una patada en los costados de Esteban quien salta y escupe sangre. ¡Dos colosos, señores! ¡La batalla de dos titanes! Rivalita somete a Esteban, lo tira en el piso y le da una, dos, tres patadas. Esteban reacciona y detiene la cuarta. Tira al coloso de Rivalita y se le avienta encima como un puma. ¡Le ha roto una pierna, señores! ¡Se la ha doblado como papel! ¡Desde aquí se escuchan los gritos de dolor del Rivalita! ¿Lo escuchan señores? ¡La sinfónica maestra! Es… es… es hermoso…
Esteban al principio no deseaba morir. Le gustaba la idea de ser inmortal, porque le gustaba observar, le gustaba ser un espectador. Le gustaba pelear por el simple gusto de hacerlo, no para sobrevivir. Nunca quiso ideales, ni creencias. Sabía que de tenerlas, entonces tendría que morir por ellas y sería absurdo, ya que la muerte ni siquiera volteaba a mirarle. También se reservaba el derecho a tener amigos: en sus inicios, hacía unos cuantos siglos, había tenido pocos y murieron de viejos, de enfermos o de violentos ante sus ojos. Le había dolido, pero también era un hombre práctico y sabía que para evitarse dolores y disfrutar su inmortalidad, habría de romper lazos de cualquier tipo. No se enamoró, o tal vez sí, una vez. Pero Esteban no habrá de contarles y yo tampoco.
Solo basta decir que después de la mujer, Esteban decidió morirse y no pudo. Buscó alguien quien pudiera decirle como rechazar la inmortalidad hasta que llegó con aquella anciana ciega y ella le dijo las condiciones: Diez mil peleas.
Empezó como un callejero sin disciplina, agarrando a quien pudiera para batirle a golpes. Se hizo boxeador y también, estudió artes marciales. Se hizo impaciente, aprendió rápido y venció a sus propios maestros, con la premisa que entre más hombres y mujeres venciera, podría descansar más rápido.
Y así, se hizo notar por los demonios. Pronto Esteban ya no sólo peleaba contra humanos, sino con cosas que no imaginaba que existieran. Nunca perdió una batalla, no contra ellos… porque sabía que así perdería todo derecho sobre su alma. Así pasaron los meses, los años, los decenios. Entre circuitos de peleas callejeras y demonios que le buscaban en sus momentos de soledad y supuesto descanso.
En algún momento, ya no peleaba para morir, peleaba para matar.
Son los gritos, el sudor me quema mi propia piel, enseño los dientes como un perro, tenso los músculos para espantar al contrario. Maña, en una pelea se necesita maña y confianza. Depende del tipo que tengo enfrente, puedo gritar o ser un glaciar. Solo se da el primer golpe, cuando se pelea con un estúpido. El centro de gravedad siempre en la cintura. Un píe, el derecho, adelante. El pie izquierdo atrás. Se alzan las manos, se extienden las palmas. Pequeños impulsos atrás y adelante. Ritmo y calentamiento. Cuando el tipo haga el primer movimiento, que seguro será torpe, aventaré mi rodilla contra sus costillas y después impulsaré el otro pie, para que mi talón le tire un par de dientes.
En cambio, si el otro espera a que yo haga el primero… promete al menos, ser una magnífica pelea. Y he dicho que únicamente promete. Pocas veces es cierto.
Un impulso oscuro se adueño de Esteban y se convirtió en un animal rabioso. Su sangre llamaba sangre. Si no desgarraba a consciencia la piel de otro, su propia piel se haría cargo de hacerlo. La mente se le nublaba y veía el mundo como líneas mal dibujadas, donde lo único a lo que le podía prestar atención era su oponente. Sus ojos perdían el iris y se hacían completamente blancos, sus uñas crecían y sus músculos adquirían otra proporción, intoxicado de adrenalina. Se decía que bastaba su respiración para secar las hojas de los árboles.
Cuando despertaba del sopor, solían haber uno o varios cadáveres alrededor de él.
Ni el mismo Esteban sabía que estaba sucediendo. Únicamente sabía que debía parar. ¿Pero cómo, si era inmortal? ¿Cómo podía detener lo que él había desencadenado en su interior? Eso se preguntaba todas las mañanas cuando se quitaba la sangre seca del rostro, se afeitaba y se cortaba cuidadosamente el cabello. Todo eso hacía, mientras evitaba mirarse directamente a los ojos en el espejo.
R…R….R….R…
Danos el dinero cabrón o te matamos aquí mismo.
Je…je…je.je.je.jejejeje….
¿De qué te ríes pinche loquito?
M…u…e…r….t…e…..
¿Qué dices?
¡BANG!, ¡BANG!, ¡BANG!
Je….je…je…
Hey… discúlpenos señor…
In..m…o…r…t.a…l…i.d..a.d….
Nos íremos… estos es cosa del diablo…
..T..e….ex…tr…añ…o
¿Qué dice?
MENTIRA. NUNCA TE HE EXTRAÑADO. ¡MENTIRA! ¡MENTIRA! ¡MENTIRA! MATAR. ¡MATAR PARA MORIR!
Gritos y bello carmesí, inundan la escena
No sólo los demonios se fijaron en Esteban. En un acto altruista y también porque extrañaba la vieja Soberbia, La Muerte decidió tomar cartas en el asunto. Así fue que visitó a Esteban cuando una ceguera de sangre había terminado y le retó a pelear. Fue en una noche de Abril, donde se sentía el calor de la primavera en un viejo callejón, en una calle de la ciudad de México. Los únicos espectadores eran los cuervos del Señor de Todas las Respuestas, quienes oscurecían la noche con sus alas negras.
Esteban recordaba a La Muerte. Tan paciente, con las manos en los bolsillos de sus jeans, su chamarra negra abrochada hasta el cuello y la capucha puesta. El rostro se ensombrecía y lo único que brindaba luz, era un cigarrillo que sobresalía de sus labios. Esteban sabía que era La Muerte, porque era lo primero que desconocía durante sus años de inmortalidad.
En el suelo, alrededor de Esteban, se hallaban los cuerpos de un grupo de muchachos que querían robarle lo poco que tenían. Pobres ellos, y pobres de sus almas. Los cuervos volaron alrededor de esos cuerpos y buscaron en ellos un hilo de plata que se llevaron. Esos cuervos, se fijó Esteban, no se quedaron a mirar la batalla y perdieron sus sombras cuales fueron tragadas por la luna.
—Así que peleas porque quieres morir muchacho y ve hasta donde has llegado —dijo La Muerte.
—No hay otro camino. No quería que las cosas llegaran a este extremo. ¿Puedes ayudarme? —preguntó Esteban, quien se miró las manos manchadas de sangre y en un acto reflejo, intentó limpiarse el sudor de las mejillas con ellas.
—No puedo ayudarte, al menos no como esperas. Esto estaba destinado a suceder si eso te consuela —dijo La Muerte y fumó su cigarrillo en silencio—. ¿Quieres pelear conmigo Esteban?
Esteban bufó.
—¿Y eso en qué me ayuda?
—Realmente en nada. Es un impulso egoísta que tengo y creeme que no los tengo muy a menudo. No puedo llevarte a menos que cumplas tu ciclo de inmortalidad, pero creo que puedo facilitarte las cosas.
—¿Y debo ganarte para qué hagas eso?
La Muerte sonrió bajo la capucha.
—Nadie me gana muchacho, si quieres que te sea franco. Pero puedes intentarlo y recuerda, no te prometo nada. La Muerte nunca promete.
Esteban lo meditó unos minutos. La Muerte le esperó paciente.
—Bien. Que así sea.
La Muerte se carcajeó, de buen humor. Sacó las manos de sus bolsillos, se tronó los dedos y el cuello. Tiró su cigarrillo y lo aplastó con el zapato.
Los cuervos graznaron y clamaron sangre.
Los dos iniciaron la pelea, corriendo el uno contra el otro. Esteban dio un salto ladeado y con los puños entrelazados golpeó la espalda de La Muerte, quien apenas lo sintió. Al ser su turno, se volteó rápidamente y agarró a Esteban por el cuello, lo alzó y estrelló su cabeza contra el piso. Esteban nunca había sentido tanto dolor, pero respondió juntando ambos pies y aventándolos contra el tórax de la Muerte, alejándolo unos pasos. Se aventó para atrás para alejarse y se esperó a que su vista dejara de ver luces.
La Muerte se tambaleó un poco y se rió. Sin darle tiempo a Esteban, volvió a correr hacia él. Al estar a unos pasos, le enterró la mano en el pecho y lo alzó. Esteban podía sentir como sangraba y la inmortalidad no impedía que el dolor se extendiera y le quemara el cuerpo. Escupió sangre en la chamarra de Aquel que Responde Todo. Esteban, con sus puños golpeó esa mano que le sostenía del pecho y se le enterraba dedo a dedo, una y otra vez.
Fue entonces que no pudo contenerlo y de nuevo, el delirio de sangre entró en su sistema. Los ojos le cambiaron y aire caliente salía de sus narices sin control alguno. Una sonrisa torcida se apoderó de él y con una fuerza que no sabía que poseía, partió el brazo de la muerte en dos. Ya no sentía dolor.
La Muerte gritó e inmediatamente volvió a reírse. Como lo estaba disfrutando. Y en ese modo masoquista, también disfrutó cuando Esteban lo agarró rápidamente, lo alzó y lo estrelló contra su pierna. Un golpe que en un ser humano común y corriente hubiera partido en dos su columna. Después, Esteban lo alzó de nuevo y lo aventó.
—¡MORIR!
—No en este ciclo, muchacho —gritó la Muerte, alzándose entre los escombros.
Se levantó sin daño alguno y se limpió el polvo de la chamarra. Cuando alzó la vista, Esteban ya estaba a unos centímetros acercándole el puño al rostro. Rápidamente antepuso el antebrazo para detener el contacto y con su mano izquierda, apretó el rostro de Esteban.
—Acércate, a ti te estaba buscando —dijo La Muerte. Su mano adquirió un aura azul, la cual penetró en el rostro de Esteban. Se escuchó un grito espantoso que hizo volar a los cuervos y dejar en soledad la oscuridad del callejón. La Muerte undió su mano en el rostro de Esteban, atravesándole la cabeza como si fuese agua y haciendo un poco de esfuerzo… fue así que los separó.
Al terminar, un cuerpo inconsciente surgió de Esteban y cayó ante La Muerte.
El delirio de sangre, quien continuaba luchando. Habría de llamarse así mismo Nabetsé.
—Los he separado en dos —dijo La Muerte a Nabetsé—. Ahora, ven conmigo.
—¡NO! —gritó Nabetsé, tomó por sorpresa a La Muerte y alzó sus piernas para golpearle el rostro y debilitar sus manos. Se soltó y huyó corriendo, utilizando las cuatros extremidades.
—¡No lo dejen ir! —gritó La Muerte a los cuervos, y estos obedecieron, persiguiendo a Nabetsé. Sin embargo, Nabetsé era demasiado rápido y logró perderse en las alcantarillas.
Suspiró y miró el cuerpo inconsciente de Esteban. Y luego se sonrió. Al menos había cumplido lo prometido.
—¿Nos has separado en dos, dices?
—En dos. Ni más, ni menos.
—¿Y? ¿Qué puedo hacer?
—Te he facilitado las cosas, muchacho. ¿No querías eso? Ahora puedes intentar vivir, sin preocuparte. Será Nabetsé el que cumpla las diez mil batallas y después morirán. Lo único que tienes que hacer es sentarte y esperar.
—No puede ser posible… liberaste un monstruo. Tengo que detenerlo.
La Muerte suspiró.
—¿Te das cuenta de lo que significa eso? serán entonces nueve peleas más por cada una que tengan ustedes dos. No importa quien gane o quien pierda. ¿Estás seguro?
—Si… ¿por qué? ¿por qué me has hecho esto?
La Muerte se encogió de hombros.
—Lo siento, de vez en cuando disfruto una buena pelea —dijo y se sonrió. La Muerte, de vez en cuando, extrañaba su soberbia—. Pero te ayudaré un poco, de vez en cuando, si eso te consuela.
Esteban parpadeó perplejo y miró a La Muerte.
Así recordaba Esteban y tan sólo hacía unos días había llegado a Jaramillo. No tardó en buscar un circuito de pelea. Se metió con la esperanza de encontrar y detener a Nabetsé.
Heber Dor. Octavo del Cuenta Cuentos de los Muertos.
Un comentario hasta el momento ↓
La historia es grandiosa,tiene todo lo que una buena historia requiere me gustaria conocer mas
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