Día 11. El Diario de Simón Dor. Escrito por Heber Dor.
Querido Diario:
Hablé ayer con Padre Burgos. Es un hombre ya viejo y muy tranquilo. Tiene ademanes que ni yo he podido imaginar, siento que eso reafirma la idea de que no lo conozco del todo, a pesar de que haya escrito de él. Me invitó al orfanato, donde sus niños se la pasaban jugando, riendo, comiendo, haciendo sus obligaciones, en fin. Pasé un día entero con Padre Burgos y comprendí que es un hombre especial.
Primero me invitó a comer y me dio una habitación, me dijo que parecía un hombre cansado. Dije que no, pero supe lo mal mentiroso que era al mirarme en el espejo. Me quedé una noche en el orfanato, donde dormí y recapitulé mi vida hasta este momento. ¿Es necesario que te lo escriba todo, mi querido Diario? No lo creo. Tengo diecinueve años y me siento de cuarenta. Debe ser parte de la maldición de los Dor.
Al día siguiente, en el desayuno, Padre Burgos me invitó a platicar con él.
—Buenos días, señor…
—Heber, Heber Dor.
—Ah si, Heber. Ya me había dicho su nombre. ¿Buscaba usted a Ernesto? Lamento decirle que ha salido de viaje con su hija. No sabemos cuando regresará o si regresará del todo.
Asentí.
—En sí, vine buscando a mi padre.
—¿Y su padre es…?
—Simón. Simón Dor.
Burgos se quedó pensativo y se acarició la barbilla.
—Matías, usted se refiere a Matías Elizondo. Si, el regresó hace poco. Sin embargo, está perdido. No me pregunte donde está exáctamente. Él siempre ha sido así: viene y se va cuando le place. No digo que ha dejado Jaramillo, debe estar en algún lugar de la ciudad o tal vez en sus alrededores. Jaramillo parecerá pequeño, pero es grande y caprichoso. Sobre todo cuando uno busca a alguien que no desea ser encontrado —Padre Burgos sonrió—. Él nos advirtió que usted vendría. Es todo lo que le puedo decir, no sé como más puedo ayudarle.
Asentí de nuevo. Mi querido Diario, me dio gusto escuchar que mi padre estaba en Jaramillo. Mi búsqueda pronto estará terminada. ¿Qué haré cuando lo encuentre? No lo sé, vaya que no lo sé. Pero al menos, podremos buscar juntos una cura para la Enfermedad del Cuenta-Cuentos.
Entonces, le di a Burgos el diario y los cuentos que había escrito hasta el momento. Tal vez pudiera darme una pista más o resolver algún enigma. Le dije que era el diario de mi padre, que lo leyera y que tal vez podríamos discutir al respecto. Él me sonrió y dijo que lo haría en la noche, que era libre de quedarme una vez más en el refugio y que hablaríamos a la mañana siguiente.
A la mañana siguiente, Burgos me regresó el diario y se veía más serio de lo usual.
—Es un libro mágico —me explicó Burgos, cuando estuve a punto de hablar alzó una mano y me pidió silencio—. No es el mismo Libro que yo conocí, hace unos años. Este es distinto. Maldito Matías, todo por su afán de querer escribir las historias del mundo y ahora lo está arrastrando a usted. No sé que clase de Libro Mágico sea este, en el que está escribiendo. Aunque le puedo asegurar que está escribiendo hechos que ya sucedieron, al menos en dos de los cuentos donde yo participo. Hoy en la noche vendrá un amigo mío, su nombre es Guadalupe Espártaco. Es un viejo loco, pero sabe de estas cosas. ¿Por qué no me acompaña y le pregunta? Tal vez el pueda decir que clase de libro sea.
Así fue con Padre Burgos mi querido Diario, mañana te relataré de Guadalupe Espártaco.
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