Estan los tres sentados a la mesa, acompañándole y le miran.
Jonás está contento de tener a un viejo amigo. Padre Burgos no sabe que hacer. y Alicia, le odia… no le quiere ni mirar a los ojos y cuando lo hace, sostiene la mirada hasta que él la baja.
—¿A qué has regresado, Matías? —pregunta ella. Matías saca un paquete de cigarrillos, escoge uno y golpea un par de veces el filtro contra la mesa de Burgos.
—¿Dónde está Ezequiel?
—Nadie lo sabe, responde mi pregunta.
—A decirles la verdad para que estén preparados y mi nombre es Simón Dor… bueno, o solía ser mi nombre. Ahora ya no importa. Los nombres cambian con el tiempo y después, dejan de importar. En mi caso, así es.
—¿Qué verdad falta por descubrir? —preguntó Burgos—. En Jaramillo ya estamos en paz Matías… no necesitamos después del Día Negro.
—No habrá otro Día Negro —dijo Matías, fumó su cigarrillo y se recargó en su asiento. Fumó pensativo y se acomodó al silencio de los otros tres—. Porque así se ha decidido, al menos por el momento.
—¿Quién lo ha decidido? —preguntó Alicia.
—Me gustaría decir que yo —dijo Matías.
Jonás le observaba, en sus ojos había un brillo de comprensión.
—¿Les he contado de mi hijo? —preguntó Matías—. Viene para acá en este mismo instante, aquí a Puerto Octay. Nos conocerá a cada uno de nosotros y después, les utilizará. A mi no, porque yo llevo más tiempo con la enfermedad… si pudiera decirles todo…
No se ha resuelto ninguna pregunta.
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