Cuando abrió los ojos, todo era eterna oscuridad. Se tocó el cuerpo para descubrirse. Con la mano izquierda se tocó los pies, las rodillas, los muslos, el vientre y el sexo. Con la mano derecha se tocó el cabello, el rostro, el pecho, el estómago y después el sexo. Se puso de pie y miró la eterna oscuridad. Trató de recordar quien había sido en un pasado e imágenes de un inmenso campo de trigo, donde dos personas segaban y sembraban, le vinieron a la mente. Empujando más allá, recordó un inmenso árbol, cuyos frutos eran dulces y amargos.
Y después el pasillo. Un pasillo multidimensional, donde imágenes de historias que ya estaban escritas le hizo tener un escalofrío. Sin saber por qué, extrañó al pasillo.
—Levántate —dijo una voz femenina, ya vieja y raspada. Trató de buscarla con la mirada y encontró un punto rojo en algún lugar de la oscuridad. Como una estrella caprichosa, el punto rojo se movía arriba y abajo, en movimientos suaves y esporádicos. Olió el humo que despedía el punto rojo y se le hizo dulzón, le agradó y se le antojó. Otro recuerdo de su pasado.
—Estoy despierto. ¿Quién eres?
—No importa quien soy, sino cuándo.
—¿Cuándo eres?
—Desde siempre y para siempre. Soy Eterna.
—¿Y yo quién soy?
—Deja de preguntar. No te queda —respondió la voz femenina. Él observó como el punto rojo dejó de moverse, tal vez para siempre y se apagó poco a poco. De nuevo, quedó sumido en total oscuridad y se sintió sólo.
—Si supieras cuantas veces haz nacido. Mi única esperanza es que dejes de hacerlo —preguntó la voz, en un reproche travieso. Él se sintió contento, no se había ido como había asumido y seguía ahí, acompañándole.
—No lo sé. Perdóname —respondió él confundido, después de un silencio. Los recuerdos se hicieron más insistentes.
—No es justo. En el momento que puedes responder todas mis dudas, no sabes nada. Si supieras cuántas veces he hecho esto. Aunque con cada una, me caes mejor, vaca malparida.
—¿Haz hecho qué? ¿Cuántas veces?—preguntó él, la imagen del pasillo en su mente se hizo más insistente. Podía recordar como lo caminaba tranquilamente y podía ver una imagen durante días enteros. Podía recordar que reía y que lloraba. Podía recordar… tantas cosas.
—Muy bien. Así empiezas siempre, con los recuerdos —la voz se rió—. Es imposible. Esta es la número mil y todavía no me acostumbro a ser yo la que responda tus preguntas. Estoy empezando a creer que es mi destino.
—¿Si? ¿El número mil, dices? ¿Qué es lo que está sucediendo?
—Si, tal vez sea mi destino. Si, es la número mil y lo que está sucediendo es muy sencillo: Acabas de nacer.
—¿Quién soy?
—Nunca he tenido oportunidad de respondértelo. Tú logras descubrirlo antes y no dejaré que esta sea la excepción. Es más divertido cuando tú lo descubres.
Él se acarició el rostro y se puso de rodillas en la oscuridad, agachó su cabeza hasta que tocó algo parecido a un suelo, el cual desapareció y se encontró flotando. El arriba y abajo, perdieron importancia. Desesperadamente, se tocó el cuerpo para palpar su existencia y se aferró a los pocos recuerdos que tenía, que daban al menos la pista de que existía algún lugar donde todo tuviera un orden.
—¡Sálvame! ¡No me dejes caer!
—No caes… vuelas.
Y al escuchar eso, unas alas negras y hermosas salieron de su espalda. Pudo sentirlas brotar y profirió un espantoso grito de dolor, que atravesó la oscuridad como una ola y la obligó a quebrarse en millones de cuervos que volaron a su alrededor y le acompañaron.
Entonces nació la luz y él voló con los cuervos siguiéndole, en el espacio brillante y nuevo que había descubierto. Sus gritos cambiaron a éxtasis y a carcajadas ruidosas, que los cuervos imitaron con sus graznidos.
—¿Ya recuerdas tú nombre?
El hombre miró hacia la voz y descubrió a una anciana gorda y morena, sentada en una mecedora, en algún punto del espacio de luz. Sonreía amorosamente y se mecía con suavidad, como si no existiese nada a su alrededor que pudiera molestarla.
La veía feliz y, se le hizo raro. Tal vez algún otro recuerdo olvidado.
—Soy el Señor de los Cuervos. El Hombre de Todas las Respuestas. El Segador de Almas. La Muerte. Y estos son mis cuervos, quienes enviarán el mensaje de mi existencia a través del tiempo, hasta que la eternidad se rompa.
La anciana se rió y después dijo con solemnidad—: Ante tu grandeza estoy, mi Señor.
La Muerte se rió con ella y después, voló alrededor disfrutando de la luz.
Así fue como inició el Mito.
Sexto del Cuenta Cuentos de los Muertos. Heber Dor.







6 comentarios ↓
Había comenzado la lectura del relato al mismo tiempo que encendía un cigarro.
Ahora, leídas tus palabras, me descubro con el mismo cigarro en mi mano, pero totalmente consumido. Ni tan solo llegué a catarlo.
Me quedé tan sumido en la lectura, que me olvidé de lo demás. Declaro culpable a la indudable calidad de tu pluma de la perdida de mi tabaco.
Fantástico. La exactitud eficaz de los diálogos, la tranquilidad de la narración, los contoneos de la trama, la elegante manera de seducir el interés del lector a través de la ambigüedad… todo en total armonía. Una vez más, un placer leerte.
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bueno, muy bueno ,,besos. ah!! tus arboles son dicinos ,,, en serioo ,
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queria decir divinos …ejje
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Esta lectura me produjo sentimiento de tranquilidad. Como si al final todo estuviera donde debe de estar. Saludos Arbolito.
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Genial simplemente eso…:D un saludo y un beso
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Estem… siguiendo los consejos, allá en mi blog hay fotso en lugar de post, pa que las veas, ya que usted me ha enviado fotos de su felicidad, allá encontrará de la mia
Nos vemos
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