Artesano regresó unos días después, mientras Servina dormía y se acariciaba recordándolo, esforzándose por mirarle la sonrisa en sus recuerdos difusos. Ella no sabría si fue un sueño o fue la realidad, pero lo vio abriendo la puerta. Afuera llovía y un rayo, iluminó la silueta de su largo abrigo y su sombrero de bruja; hizo resplandecer sus lentes como los ojos de un demonio que avisa que ha llegado a casa. La sonrisa estaba ahí y en uno de sus hombros, estaba recargada la escopeta de Filemón. Servina se levantó y se pegó contra la pared.
Por primera vez, notó que la sonrisa no era tan buena.
—¡Te necesito! ¡El rifle no estará terminado a menos que se deshaga de ti!
Artesano pasó y cerró la puerta, como en su casa. Servina intentó buscar luz, pero se quedó petrificada del miedo al escuchar sus pasos calmados, dirigidos a ella. Creyó mirar el reflejo de los lentes, que avanzaban con el hombre, hasta mirarlos directamente frente a ella. Escuchó la respiración calmada de Artesano, contra la suya que iba rapidamente. Tenía ganas de gritar, pero no había aire que le alcanzara para aventarlo por la garganta.
Sintió que la mano fría y suave de Artesano tapó su boca. Pudo distinguir su rostro salir de la oscuridad, mirando primero la sonrisa que se transformó en una mueca seria. Recargó a Servina con fuerza contra la pared y después, puso su rostro a un lado del suyo.
—Por nada del mundo, abras la boca… ¿me entiendes? Por nada. Si no, la escopeta sabrá que todavía le necesitas. Estamos ambos en juego aquí, ambos podemos morir.
Servina asintió espantada y apretó los dientes, presentía que el hombre hablaba en serio. Artesano recargó la boca de la escopeta contra la mano que detenía con firmeza el rostro de Servina. Ella temblaba de miedo, no sabía que haría el hombre, o más bien no quería aceptarlo. La escopeta a esa altura la mataría a ella y dejaría la mano de Artesano como los jirones de tela de algún indigente. Pero ella había prometido no abrir la boca.
Se escuchó la primera detonación.
El rostro de Servina rebotó contra la pared, creyó sentir que se le rompió un diente de la fuerza y la luz del fogonazo la dejó ciega por unos instantes, cerró fuertemente sus ojos. Sin embargo, estaba intacta y aún de pie. La mano de Artesano podía sostenerla con su fuerza, escuchó los jadeos del hombre, quien volvió a acercar su rostro al de ella. Sintió que quería golpearlo, que debía gritarle, que necesitaba besarlo.
—No la abras, te digo… no abras esa maldita boca. La bala aún sigue buscándote. Vas muy bien, te digo que vas muy bien, ya solo restan dos. Esto es muy cansado, si supieras, muy cansado.
La mueca de Artesano, se transformó en una plegaria. Se quedaron así un momento, ella trataba de completar su rostro en las sombras y los jadeos fueron tranquilizándose poco a poco. Servina sintió como el corazón se le relajó y las piernas estaban adquiriendo de nuevo fuerza. No sabía si podía soportar un segundo tiro.
—Necesito que estés consciente, no quiero que esto dure toda la noche —dijo Artesano, como adivinándole los pensamientos. Volvió a acomodar la boca del rifle en reverso de su mano, Servina cerró fuertemente los ojos y se mordió los labios.
Estalló el segundo impacto.
Servina sintió la sangre que hizo un camino entre los dedos de Artesano. Él pareció notar la calidez y acercó nuevamente su rostro, le besó la mejilla y luego pegó la suya contra la de ella. Servina pudo sentir el sudor del hombre y lo olió de cerca, pronto se combinó con el de la pólvora. Un olor que jamás olvidaría. Estaba sufriendo, de veras estaba sufriendo y ella solo pensaba en consolarlo. Y pensaba lo idiota que era por querer consolarlo, a pesar de lo que estaba sucediendo.
Aunque no sabía a ciencia cierta que estaba sucediendo.
—Vas muy bien, vas muy bien —dijo Artesano—. Pronto seguirá la tercera, descansa… no quiero que te me desmayes, si no, habrá que repetirlo otra vez y tú marido tan sólo te dio tres balas y eso sería imposible… que me las de, digo, porque ya está muerto.
Y cuando escuchó eso, Servina obligó al cuerpo a resistir un susto de muerte más y no quiso pensar con detalle lo que le dijo Artesano. Trató de mantenerse consciente, aunque ya el cuerpo le fallaba y lo único que le sostenía era la fortaleza de aquel hombre.
—Déjame descansar, ya pronto es el último —dijo Artesano, parecía que hablaba para él—. Te dije que haría el arma, y aquí estoy. No me pidas más.
Si. Hablaba para él, o para alguien más, no para ella. Y Servina no tuvo tiempo para pensar más, cuando sintió que Artesano se preparaba para el tercero. Sentía que se le formaban calambres en las piernas y podía casi jurar que ese sería el definitivo. Maldijo a la Muerte, quien seguramente le habría mentido en su visita y se verían más pronto que lo que cantaba un gallo.
Tercera explosión.
Y Servina no abrió la boca, se dejó caer al piso de rodillas y sollozó fuertemente, abrazó las piernas de artesanos y le susurró todas las groserías posibles, mezcladas con cariño. Había muchas preguntas sin respuesta en su mente, pero de algo estaba segura, de que tenía una libertad que jamás podrían arrebatarle. Podía sentirlo y llegó un momento que dudó si lloraba por el temor a morir o por una dicha oscura.
—Gracias, es todo —dijo Artesano con la voz quebrada, jaló sus piernas y Servina se soltó de ellas. Le dio la espalda y caminó a la salida de la humilde casa.
—¡Espera! ¿Tú mataste a Filemón? ¿Por qué dices que está muerto?.
Artesano volvió la mirada, escondida tras los lentes oscuros. Un rayo permitió ver a Servina que había un camino de agua en una de sus mejillas, ¿eran lágrimas? ¿sabía llorar? No, debía ser el sudor, debía ser el deseo de ella de querer abrazarlo y consentirle.
—No, yo no lo maté —dijo Artesano y sonrió—. Pero así debía ser. Si no lo mataba él, lo tenía que matar yo.
Artesano se fué y Servina se quedó en silencio, mirando hacia la puerta, preguntándose si había sido un sueño o la aparición de algún demonio de ojos brillantes y redondoa.
Un demonio que prometía regresar.
Un demonio que ella deseaba que regresara pronto.
Al irse Burgos, quien se alzó al poder fue su esposa. Servina se atrevería a decir que era igual de eficaz que el mismo Burgos, aunque la diferencia estaba marcada: A ella no le tenían la misma fé, la misma ilusión. Eso hizo la gran diferencia y “¡Bienvenidos a Jaramillo!”, empezó a recibir gente a la que no podía regresársele la fé y que también llegaba sin ella. Cuando se enteraron que era una mujer en el gobierno, muchos se iban por donde vinieron y otros, eran criminales, planeando un nuevo futuro en la Ciudad de Esperanza.
Servina cuando salía de su casa y miraba los grandes edificios que le habían impresionado en la llegada por su majestuosidad, notaba que se estaban volviendo grises. El aire que contaminaba las fábricas, se negaba a dispersarlo y poco a poco, el cielo olvidó el azul y se vistió de gris, más a menudo. Un gris de corrupción.
La pobre Servina se sentía decepcionada, pero no dejó su trabajo. A cada uno que llegaba, pintaba las hermosuras de Jaramillo y contaba la historia de cuando ella había llegado. Con algunos surtió efecto, muy pocos realmente. Los demás la tomaban de mentirosa y se iban riendo o maldiciendo. De cualquier manera, no negó a nadie la entrada a “¡Bienvenidos a Jaramillo!” y cuando alguien quería abusar de su bondad, Servina rápidamente se daba a respetar. Aunque pensó que llegaría el día en que no fueran suficientes sus palabras, así que se prometió comprar una escopeta.
La gente del pueblo de Servina, también estaba perdiendo la fé y ella no se rindió en tratar de recuperárselas, aunque no fuera su lucha. Le había prometido a Burgos y ese era su trabajo, su hogar. Así sucedieron los años, día tras día. Dejó de ser una jovencita para convertirse en una mujer madura. Entre más degeneraba Jaramillo, más crecía la mujer.
Cierto día, llegó vestida de gris y con un abrigo negro, una mujer muy elegante. De curvas acentuadas por su vestido gris plateado, de piel blanca y ojos grises, igual que su cabello corto. Tenía un cuello largo, de esos que gritan sensualidad al que lo mira. El busto bien proporcionado. Las piernas, eran largas también y bien marcadas. Su rostro estaba levemente maquillado, oscureciendo sus ojos y llevaba aretes y un collar discreto que hacían juego, ambos de plata. Caminó con una tranquilidad inusual y una sonrisa lejana. Servina, como siempre salió a recibir a la recién llegada y le invitó un café en su restaurante.
—Ya casi no tengo café y cada día me cuesta más caro conseguirlo —dijo Servina a la mujer, quien esperaba sentada con las piernas cruzadas y con las manos recargaba su mentón—. Se puso la cosa más dura aquí desde que se fue el señor Burgos.
—Me imagino —respondió la dama, mirando una ventana sin siquiera mirar. En la mesa estaba recargado un libro, Servina no sabía, pero no dejaba de mirarlo. Deseaba abrirlo y leerlo, aunque no supiera leer. Y también, le asaltó el deseo de escribir en él.
—Si, así son las cosas en Jaramillo. Usted, usted es la primera en muchos años que carga un libro y también, que me hace recordar el presentimiento. Usted viene de pasada y no regresará. No importa cuanto se quede, no regresará —dijo Servina, aprendió a ser directa con el pasar de los años. La juventud se había ido. Como en un intercambio—. ¿Me podría leer ese libro que usted carga?
La dama sonrío.
—Llámame Violeta.
Servina se sirvió un jarrito de café y se sentó con ella.
—Y tú llámame Servina.
—No te puedo leer el libro Servina, porque está en blanco.
Violeta abrió el libro y se lo enseñó a Servina, quien parpadeó perpleja.
—¿Quién querría leer un libro en blanco? —preguntó Servina y Violeta se rió.
—Quien no le quiera dar un final a su vida, quien no quiera saber lo que sucederá mañana, quien pueda todavía soñar y quiera construir su historia, querrá un libro en blanco. Y este, es el libro más hermoso de todos, porque es el primer libro en blanco que ha existido desde el inicio de los tiempos. Es por eso que lo quieres Servina, todo mundo lo quiere. Sin saber escribir o leer, en este libro tienes la posibilidad de saberlo todo, ya que tú serás la escritora y sólo necesitas tus propias palabras. ¿Lo ves?
—Creo que no comprendo…
—Claro que no —dijo Violeta, sonrío amablemente, recogió su abrigo y se disponía a irse cuando Servina le detuvo con un gesto.
—No regresarás, así que por favor anótame tu nombre en esta servilleta…
La esposa de Burgos murió de cáncer y el que tomó las riendas del poder, fue el hijo. Un jovencito apenas, pero en su mirada —o eso vio Servina cuando le conoció—, se veía el mismo espíritu triste que a veces cargaba Burgos y al mismo tiempo, se le notaba un odio que no pudo haber herdado de su padre. Aunque Servina entendió que era totalmente necesario, ya que la Ciudad de Jaramillo, en cierta forma había adquirido vida propia y la gente sin fé, se convirtió en gente desgraciada. Sólo un hombre con la determinación del odio podía domarla. Había ladrones por todas partes, un caos desmedido, robos y saqueos, el cielo que era azul desapareció y un gris seco le reemplazó en su lugar. La gente era mal pagada. Los niños empezaron a morir, a excepción de los que se quedaban huérfanos por los crímenes.
En esos tiempos, todos querían huir de Jaramillo como ratas, excepto Servina. Ella atendía “¡Bienvenidos a Jaramillo!” con la dignidad que le había prometido al primer señor Burgos, trataba de organizar a los vecinos para que comieran juntos una vez a la semana. Sin embargo, los intentos eran fallidos y hasta los pocos niños habían dejado de asistir. Se fueron unos cuantos y después, dejaron de irse. Se rumoraba que Jaramillo ya no tenía salida, Servina no creía eso posible, ya que ella miraba la entrada de Jaramillo como cuando había llegado el primer día.
—¿Cómo qué ya no tiene salidas?
—Se lo juro por esta. De repente aparecieron un desierto de hielo y uno de calor, un bosque, una selva, ¡No hay salida por ningún lado!
—No puede ser posible, si la misma salida está ahí derecho.
—Vaya usted a cerciorarse por usted misma. El pueblo está embrujado.
Servina frunció el ceño y tronó los labios molesta. Caminó derecho a la entrada por la cual había caminado hacía unos quince o dieciséis años y al atravesarla, se dio cuenta que el pueblo estaba otra vez al frente. Parpadeó perpleja y volvió a intentarlo y como si nunca lo hubiera atravesado.
—Le dije. ¡Todo esto es culpa de los Burgos! ¡Ellos son los culpables!
—¡Se me calla! —gritó Servina molesta— ¡Los Burgos fueron buenos! ¡Si esto es culpa de alguien, es de la misma gente que vive aquí y espera que el gobierno lo haga todo!
No debió haber dicho eso, el comentario se extendió como agua entre los vecinos y dejaron de hablarle a Servina, inclusive los Jiménez la dejaron con su tienda. Con sangre de vaca y de bueyes, le pintaban cosas en las paredes de su “¡Bienvenidos a Jaramillo!” y de su casa también, cuando le veían afuera, le daban una mirada de repudio y se escondían en sus casas. Limpiaba con cal y agua sus paredes todas las mañanas. A Servina no le importaba y cada que podía, defendía al primer Burgos a gritos y al segundo le tenía respeto, pero nada de cariño.
Y el respeto se le fué cuando lo del hijo de Burgos se convirtió en una dictadura (oficialmente declarada por el gobierno, cuando Servina cumplió treintaiseis años), pero entendía al hombre. Solo así podía controlar a la gente y bajaron los crímenes, un poco la contaminación, en algo subieron los sueldos, pero no era suficiente. La gente seguía siendo infeliz.
—Esto parece el corazón de un hombre cuando una mujer lo ha dejado y es demasiado terco para comprenderlo —dijo Servina mirando el cielo un día. No sabía que tanta razón había en ello y la verdad, no deseaba saberlo. La gente seguía llegando a Jaramillo, ahora llegaban de todos los países y lugares posibles. A ella le tocaba dar la mala noticia, a los que español entendían, de que no podrían dejarlo y ofrecerles aunque fuera un cafesito para que no la pasaran tan mal y un refugio para la noche.
Les daba la bienvenida, como había prometido. Era su trabajo y Jaramillo su hogar. No le quedaba más que vivir con ello.
La segunda visita de Artesano, sucedió cuando caía el sol, si a esa mancha gris podía llamársele así. Servina lo esperaba, como todos los días. Aunque cuando le agregaron el Doña a su nombre, diría que ese día era diferente y que lo sabía con absoluta certeza. Probablemente así fue, los presentimientos de Doña Servina siempre fueron atinados.
Lo esperó con el cuerpo vibrándole de deseo y no pudo contenerse, cuando él entró por la puerta corrió a sus brazos y trató de besarle la sonrisa maldita. El impulso tiró el sombrero de bruja y descubrió que el hombre estaba calvo. Artesano se quitó lentamente el abrigo y descubrió un pecho desnudo, lleno de cicatrices.
—¿Me esperabas?
—Desde siempre —dijo Servina, y supo que esa no era su voz. Que algo andaba mal. De alguna manera, estaba haciendo lo que Artesano le requería y no quiso evitarlo, su cuerpo y su mente se rendían ante él.
—Perdóname por esto que estoy a punto de hacerte —dijo Artesano, mientras ponía el abrigo en el respaldo de la única silla de Servina. Ella saltó a su espalda y se agarró a él con las piernas, descubrió más cicatrices en la nuca y en los hombros, también en la calva. Cicatrices que formaban figuras que Servina no entendía.
—Son runas —respondió Artesano a la pregunta no dicha por Servina—. De veras, perdóname.
—Dime que me estás haciendo, dímelo por favor.
—El rifle necesita un dueño —dijo Artesano—. No quisiera hacerlo así, pero es la única manera. Solo alguien que lleve mi sangre podrá utilizarlo como se debe.
Servina comprendió.
—¿Quieres que yo te de el niño? —Servina miró horrorizada a Artesano, pero el cuerpo no podía responderle, ya estaba ella hincada ante él y quitándole el cinturón para bajar sus pantalones. Él acarició cariñosamente su rostro.
—Lo siento, así debe de hacerse. Deja de luchar, siempre lo has querido. Si ya estás así, mejor disfrútalo.
Artesano volvió a sonreír.
Sexo en el sexo, saliendo y entrando, como cuando se carga un rifle. Martilleo, martilleo. Se escuchan los gritos de aquel que recibe los balazos, se mira el sudor del que acciona por primera vez un gatillo. Se mueven las caderas, con el golpe de un rifle disparado. Se agrandan los agujeros, con el grosor de las balas y los perdigones.
Amor en el amor, quiere un hijo de nuestra sangre. ¿De veras me quiere? ¿De veras lloró ese día por mi? ¿De veras me liberó? No importa, dedos entre dedos. Me mira diferente, no sonríe, sufre. Está sufriendo, el hombre está sufriendo. Necesita que lo amen, debo besar las cicatrices que con mis ojos entrecerrados cuento.
Abre, empuja, abre, empuja.
Hasta el centro mismo de mi ser.
No hay muerte lenta. Muerte lenta y dolorosa.
No hay sacrificio sin pago. Se lo doy todo, él lo ha pedido.
No debiera hacerlo. Si ella supiera la verdad. Tal vez si se lo doy, me diga la verdad entera.
Tan pobre, que nunca pensé en ella. Todas mis noches, sólo recordándo su rostro.
Y es que, aunque no quiera… …así debe ser.
Servina se embarazó y se mantuvo escondida a los ojos de Jaramillo, ya que se había enterado que las parejas no podían tener hijos y ya casi no existían niños. Como un sueño, se habían perdido sus risas y sus juegos. Por eso se escondió de la gente del pueblo. Dejó de lavar las paredes, pero pronto dejaron de pintárselas con sangre, creían que Servina se había vuelto loca y había decidido esconderse. No estaban tan lejos de la verdad.
Fueron malos meses para Servina. Tuvo que pedir a los recién egresados a Jaramillo encargos, ya que las provisiones de la tienda se acababan conforme pasaba el tiempo. Se lo pedía a los pocos que veía honestos y con buenas intenciones. Los encargos por lo general eran por comida y otras cosas, por lo general, básicas. Tuvo que aprovecharse de su ingenuidad y realmente, ninguno de ellos recordaría a la única mujer embarazada del Jaramillo de Burgos hijo.
Sabía que su hijo no podía ser natural, no sabía que demonios era Artesano, pero no podía ser natural. Recordaba con detalle aquella noche y se sentía como una ramera. Dejó de esperarlo y lo odió con fuerzas. Lloró silenciosamente en las noches, a solas, en uno de los cuartos del refugio de Jaramillo y de día, ponía su mejor rostro.
Ya que cada día, al menos llegaba uno nuevo a sus locales. No bastaban los niños, si diario llegaban de tres a cuatro gentes.
Esa temporada fue de muchas servilletas, ya que ninguno regresaba a verle. Aceptó resignada. A nadie le gustaba que le anunciaran que no podría dejar la Ciudad de Jaramillo. La Ciudad Maldita.
El niño nació un día que no llegó a nadie y Servina estuvo más sola que nunca. Tuvo que soportar el dolor y de alguna manera, sabía que el niño nacería bien, pero el dolor y la sangre, habría de recordarlos todavía muchos años después. Gritó el nombre de Artesano como tantas veces pudo y manchó de sangre la cama que había servido para el nacimiento. Y el niño, el maldito niño de todas maneras nació bien. Lloró al primer salto y despejó de inmediato sus pulmones. Servina, como pudo, se consiguió unas tijeras para cortar el cordón y se puso al niño en brazos. Revisó apenas que estuviera sano, le miró los ojos azules opacos y algo de cabello claro en la cabeza. Ya después, se dejó vencer y cayó dormida.







4 comentarios ↓
vaya , ME gusto el cuento , lolei todo ,,,, bravo !!
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Espera espera, que lo ando leyendo, espera ^___^
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De lo mejor que has escrito. Siempre me dá mucho gusto encontrarme con viejos amigos.
(y uno que otro desconocido)
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valla que es largo y no acostumbro a leer.
Pero la manera en que escribes causo que me adentrara en el cuento.
Te felicito.
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