[Heber Dor - Cuento] ¡Bienvenidos a Jaramillo! (I)

Entonces el Gobernador Burgos bajó del podio, con el permiso de su mujer y la sonrisa de su hijo, y caminó entre la gente sin ningún temor. Y no había nada que temer, pues la gente le quería, como pronto aprendería Servina. Daba la mano y los miraba a los ojos, les sonreía con dientes blanquísimos. ¿Cómo era posible? ¿Era verdaderamente posible, qué existiese alguien cómo él? El gobernador Burgos anunciaba que pronto saldría de viaje a buscar una nueva oportunidad, que había escuchado de algo que garantizaría la felicidad duradera. Servina alzó una ceja, pero dejó sus dudas cuando no vio ni sombra de esceptisismo en los ojos de la gente. Y ella, sin querer, aprendió a tenerle fé. Toda la gente no podía estar equivocada, ¿quién era ella, más que una simple extraña a la que habían acogido amablemente?

Y se murió toda duda, cuando Burgos se acercó directamente a ella. Primero le dio la bienvenida, porque el gobernador sabía que ella era nueva. Fue así que Servina se enteró que el hombre conocía a su gente, ya que nadie había avisado a Burgos de su llegada. Ella se portó timidamente, el hombre cargaba con él una seguridad que no supo describir. No quería hablar, pero el hombre hacía las preguntas correctas para que ella contara toda su historia, desde el primer día en que vio la luz del sol hasta su llegada a Jaramillo. Burgos escuchó con una paciencia extraordinaria, con una sonrisa que era difícil de borrar y con las manos tan extendidas, que Servina creyó que en cualquier momento le abrazaría.

Fue una charla entre viejos amigos, atinaría a decir Servina cuando le agregaron el Doña a su nombre, una charla inolvidable.

Burgos al terminar de escucharle, pidió a voluntarios para que le alzaran su casa en ese mismo instante. Entre ellos estaba el hombre del matrimonio Jiménez y varios de los que habían salido a recibirla. Despachó a los hombres, se acercó a Servina y esto fue lo que le dijo—:Usted es la viva representación de que se cumplan las esperanzas que presentan, los que dirigimos esta humilde ciudad. La ciudad de todos. Es por eso que me hará un favor Servina y así, usted trabajará para que otros tengan el mismo recibimiento que usted mereció. Ha de abrir un localito en su misma casa, un refugio para los recién llegados que estén cansados, si le parece. Tal vez le parezca mejor una tienda donde la gente pueda distribuir sus productos y sean comprados, que los recién llegados admiren nuestra riqueza. O puede ser un restaurante, donde la primera comida sea para el nuevo y aprenda de usted, lo que aprendió de Jaramillo hoy.

—Mi querido señor Burgos —dijo Servina, con los ojos bien abiertos y las manos frotándose nerviosamente—. ¡Por usted, abriré las tres cosas! ¡Ya lo verá! ¡Hoy mismo trabajo en ello!

Burgos se rió calurosamente.

—Recuerde que el que mucho abarca, poco aprieta.

—Por usted es poco, mi señor —dijo Servina, con las palabras atorándosele en la boca—. ¡Le prometo que así se hará! Usted deme tiempo y ya verá, no quiero que se vaya sin antes visitarme.

—¡Pero es poco tiempo! Yo me voy en unas semanas. De veras no se preocupe doña Servina.

—Téngame fé —dijo Servina desesperada—. Téngame fé y verá, esos días serán suficientes y si el lugar no es de su agrado para cuando usted llegue, ¡me iré de Jaramillo a la salida del siguiente día!

Burgos sonrió y prometió que sería a la última en visitar el día que se fuera, preguntó si podría llevar a su esposa y a su hijo. Servina respondió, asintiendo furiosamente. Burgos volvió a reírse, puso la mano en sus hombros, le dio un beso en la mejilla y se mezcló con la gente, antes pidiéndole permiso a Servina y avisándole que mandaría un arquitecto y un asistente, uno para que se encargara de las modificaciones de la casa, al gusto de ella, que los hombres le construían provisionalmente y el otro para hacer el presupuesto para que ella pudiera arrancar el negocio de su preferencia, le advirtió que únicamente podría apoyar en el inicio pero que lo demás se construiría con su trabajo. Ella sonrió agradecida y sintió que las mejillas le enrojecían. Cuando vio que Burgos estaba ya hablando con alguien más, corrió de regreso al pueblo de Jaramillo donde los hombres ya estaban erigiendo su casa.


La casa estuvo construida en poco tiempo. Un humilde cuartito con una mesa, una silla y una cama con lo suficiente para hacerla cómoda. Hecha de madera y con un techo de paja. Servina dijo que sería suficiente. Los hombres se sintieron mal, querían realmente hacer algo más. Ella se rió y dijo que no se preocuparan, que era el primer día y realmente, no necesitaba más. Para el baño, ya tenía permiso de usar el comunitario y que para bañarse, podría hacerlo en las mañanas de cinco a seis, como hacían todas las mujeres en una laguna cercana. La esposa de Jiménez prometió que iría por ella temprano, después de todo, vivían a un lado.

Entonces ella entró a su casita, prendió una vela que le dejaron y se sentó en la silla de madera. Miró la llama durante minutos que parecieron horas, se metió en un trance que le confesó que su vida ya no sería la misma. ¿Qué sería ahora de ella? Parpadeó y lentamente lágrimas se le fueron formando en sus ojos. Hubiera querido que su marido estuviera allí, con ella. Que pudiera disfrutar de la misma felicidad que ella sentía y la única manera para recordarlo, era el rifle que ya había vendido. ¿A quién? Trataba de recordarlo. Sacó el dinero y lo puso en la mesa, para asegurarse que si había sucedido. Recordaba una manzana verde, que hacía ruido de mucho jugo al ser mordida.

Sopló la vela y fue a su cama, se acostó y entonces recordó a su marido toda la noche, entre caricias vergonzosas y suspiros cortados, el muy maldito la había dejado sola y solo se tenía así misma para recordar como le quería. Y en el recuerdo de su marido, también estaba Artesano mirando, en silencio. Estaba de pie, recargado en una casa y con una pierna alzada, mordiendo su manzana verde, con su sonrisa cínica que Servina creía era buena, con su sombrero de bruja y sus lentes oscuros que escondían esos ojos, que ella hubiera deseado ver.


Al despertar, Servina fue llevada a bañarse en la laguna. La laguna estaba a diez minutos en coche del pueblo y se llegaba a ella a través de un camino mal pavimentado que Burgos prometió, pronto estaría mejor. Las mujeres iban caminando y hacían cuarenta minutos en llegar, entre el camino difícil y la buena plática. Cuando llegaron, Servina se maravilló, una laguna de agua cristalina y vegetación abundante, había animalillos por ahí volando, haciendo ruidos desconocidos para ella y algunos conocidos también.

La esposa de Jiménez, que se llamaba Berta, le prestó una toalla y jabón. Servina no quería que se tomara la molestia, pero Berta insistió tanto que no le quedó remedio más que aceptar a regañadientes.

Tranquilamente se bañó y escuchó a las mujeres del pueblo, hablando de los trabajos de sus maridos, de sus hijos, de la comida que prepararían para cuando ellos llegaran, de las nuevas cosas que prometía Burgos para el mañana y también hablaron del clima. Servina les escuchó atenta, como desconocida, no sabía de que platicar con ellas. Berta intentó incorporarla a la plática un par de veces, sin embargo, Servina la cortaba con frases que no permitían extender la charla.

Descubrió Servina que la vida que llevaban esas mujeres, no le agradaba y también supo que era la vida que le esperaba con su esposo (si no es que una peor). Se sintió contrariada, no sabía como responder a su descubrimiento y se echó a llorar. Las mujeres la vieron y la consolaron, creyendo que lloraba por el abandono de su marido del cual se habían enterado. No sospechaban, siquiera, que lloraba por la vida de ellas, que lloraba por la ingenuidad e ignorancia de su marido y que lloraba por el maldito mundo que había dejado y que en cualquier momento, podía ser igual en el nuevo al que había llegado.

Pero en ningún momento lloró por ella.

No señor, ya no más.


Llegando a casa, inmediatamente llegaron el asistente y el arquitecto que habían prometido Burgos. Con el arquitecto habló y dijo que su casa humilde sería suficiente, pero que si necesitaría tres cuartos adicionales y bastante amplios para ofrecer al pueblo el restaurante, la tienda y el refugio que ella tenía planeados. Los tres establecimientos debían estar conectados. El restaurante debía tener baños, dijo Servina. Y el refugio debía tener cinco habitaciones para los huéspedes. El arquitecto le miró con una ceja levantada y le preguntó si estaba segura de lo que pedía, ya que era poco a su manera de ver las cosas. Servina le sonrió y le dijo que no se preocupara más que por los establecimientos, que confiaba en él todo ello todo el dinerito, que su casa así como estaba, era más que suficiente. El arquitecto trató de insistir, pero Servina se negó rotundamente.

El señor arquitecto se encogió de hombros y fue el turno del asistente. Servina le dijo que necesitaría esto y aquello para los cuartos de los huéspedes: cinco camas, una mesita y una silla. Para el restaurante, si le podría hacer el favor de conseguir, por lo pronto, tres mesas con cuatro sillas cada una, ya que no esperaba atender mucha gente. Y para la tienda, pidió muebles de madera donde pudieran acomodar los productos. El asistente anotó y cuando Servina dejó de hablar, le miró extrañado. Preguntó que si eso sería todo y Servina asintió tranquilamente, ¿que para qué necesitaba más? El asistente parpadeó perplejo, preguntó si no necesitaría una estufa para el restaurante, si no necesitaría trastos, servilletas, manteles. Para el refugio preguntó por las sábanas, las lámparas y muebles como roperos. Y finalmente, de la tienda no quedó mucho que decir, en esa estuvieron de acuerdo que no necesitarían mucho.

Servina despidió a los dos hombres con una sonrisa tranquila y estos, correspondieron con una insegura. Dudaban realmente que Servina pudiera sacar todo sin la completa ayuda de Burgos.


Los trabajadores no tardaron más que una semana para construir los secos locales que Servina había pedido. Se dieron el lujo de poner un baño en cada habitación del refugio y de ponerle mosaico. Servina no pudo evitarlo. Con ella, pusieron también luz eléctrica, que apenas era una recién adquisición en Jaramillo y pocas casas la tenían, que no fueran empresas o de ricos. También las tuberías de agua eran completamente funcionales y con los filtros necesarios, para que saliera cristalina.

Demasiado lujo, pensó Servina.

Ella entendía muy bien que había pedido lo básico y después de la semana de la construcción, llegaron los enviados con los artículos que había pedido y un poco más. Servina esta vez tuvo control. Regresó las cosas con los enviados que ella no había pedido, por su orgullo y también porque quería ser ella quien adornara los locales al gusto de Burgos (y al de ella, sobre todo ella. Debía ser un fruto de su propio trabajo). Los enviados dejaron de llevar lo básico, pero tenían órdenes de regresar con las cosas que Burgos quería regalar a Servina y ella negaba religiosamente, todos los días a las dos, cuatro y seis de la tarde.

¿Qué impulsaba a aquel hombre? ¿Qué motivación tenía de ayudarla a ella? Servina había escuchado que era la primera que recibía tanta atención y suponían que era el ferviente deseo de Burgos de crear un lugar como el que había pedido, ella en un principio había pensado que era así. Pero no, ella no estaba todavía acostumbrada a Jaramillo y no tenía su visión nublada por la utopía, sabía que debía haber otra motivación que moviera a Burgos a ayudarle tan fervientemente como hacía.

En eso pensaba en las noches, antes de dormir. Ya que durante el día se mantenía ocupada con los Jiménez y otros vecinos, la llevaban a la ciudad de Jaramillo a locales donde compró comales y fuego para su restaurante, maíz y otros ingredientes para su cocina, sábanas y tapetes para su refugio. El dinero que le dio Artesano supo aprovecharlo y pronto se le terminó. Después aceptó varios trabajos de medio tiempo, como sirvienta, niñera y limpiadora de oficinas. No aceptaba trabajos de base porque sabía que así no le rendiría el tiempo y sería menos la paga. Entre trabajo y trabajo, juntó para completar sus locales. Comía estrictamente lo necesario y a veces menos, pero eso sí, dormía sus seis o cinco horas.

Pronto llegaron los días antes de abrir los locales, que todos juntos se llamaban: “¡Bienvenidos a Jaramillo!”. Servina sintió que debía ser un lugar que diera una calurosa bienvenida, a diferencia del letrero tan impersonal que el gobierno había puesto alguna vez. Un letrero grande, hecho de madera pintada de blanco y letras rojas, que podían verse a lo lejos. Al verlo casi terminado, Servina sonrió y se limpió el sudor de la frente. Faltaban dos días para que Burgos se fuera de Jaramillo y estaría listo, sería su primer cliente.

Reclutó a la gente del pueblo, a las mujeres para la cocina y a los hombres para atender el refugio. A los Jiménez los hizo cargo exclusivamente de la tienda y estos se sintieron profundamente agradecidos. Ya todos tenían sus instrucciones. Servina quería ser la cocinera personal de Burgos, esa vez solo apoyarían con las salsas, con recoger y lavar platos, y de atender a los demás invitados que Burgos probablemente trajera consigo.

Se programó también una feria ese día para que el pueblo conociera a su representante inmediato y también, para despedir al Gobernador. Burgos estaba contento con lo que había logrado Servina en tan poco tiempo y estaba ancioso por conocer los locales.

La noche que faltaba, Servina durmió exhausta.


El primer cliente, no fue Burgos.

Llegó muy entrada la noche, tocando a la puerta de Servina y no permitiéndole descansar. Despertó amodorrada y un poco molesta, se asomó por la ventana y miró a un hombre, con pantalones de lana, un jorongo y una especie de capucha negra que le cubría un rostro que solo denotaba sombras. No usaba zapatos, y andaba con los pies desnudos, los cuales estaban extrañamente bien cuidados. Llevaba en sus hombros un cuervo al que pacientemente le daba de comer. Servina presentía que el hombre estaba sonriendo detrás de su oscuridad, un presentimiento de esos que solo las mujeres tienen y los hombres son demasiado necios para comprenderlos.

Servina abrió la puerta, otro presentimiento le dijo que no debía hacerle esperar.

—Buenas noches, soy un caminante cansado —dijo el hombre con una voz oscura, muy profunda—, y vi ese letrero cuando iba de pasada. Me enteré que este es un refugio. Me preguntaba si podría darme una habitación esta noche, prometo no quedarme mucho tiempo, no tengo dinero para pagar y no quisiera molestar la tranquilidad de este pueblo.

Servina sintió emoción, era la primera persona a la que podría mostrar la bondad de Jaramillo. Rápidamente se puso un chal, encima de su bata y lo dirigió al restaurante.

—Por el dinero no se preocupe, buen hombre, ya lo pagará. Aquí en Jaramillo, todo se paga con trabajo. ¿No gusta algo de comer? ¿Algo de beber?

—Un cafecito blanco, si tiene.

—Un cafecito negro será —dijo Servina y sonrió—. Aquí no tenemos ese del que pide.

—Entonces démelo bien negro.

—¿Cómo su cara? ¿No gusta quitarse la capucha?

—No —negó el hombre de buen humor—, uno debe cargar con la oscuridad que ha nacido y aceptarla, por el bien de la gente. Mi cuervo sabe más de eso que yo.

—¿Cómo se llama su cuervo?

—Gerardo.

—¿Y usted?

—La Muerte.


Servina se quedó en silencio, abrió las puertas del restaurante con las manos temblando y el rostro falto de color, prendió las luces y miró de reojo como la Muerte tomó asiento. Por sus movimientos que no eran de este mundo, por sus ademanes que parecían atravesar el mismo aire, por su su tranquilidad increíble, por como el tiempo parecía no existir a su alrededor y por como el espacio se deformaba, entendió que no mentía. Que su nombre era La Muerte.

—¿Y usted cómo se llama?

—Si ya lo sabes.

—Quiero ser educado, Servina —dijo La Muerte, en un tono travieso—. Y no se preocupe, no vengo por usted. No hoy. Ni vendré mañana, que es su gran día. Por mi, no se preocupe.

—¿Es cierto que te quedarás esta noche?

—No, pero si le decía quien era en realidad, no se hubiera atrevido a abrir la puerta.

Servina asintió, tenía razón. Esperó a que el agua hirviera y después le puso el café. Sirvió dos jarritos, los llevó a la mesa y se sentó a acompañarle. Después de lo que le dijo, ya no sentía tanto miedo.

—Es un gran día para todo Jaramillo. No nomás mío —dijo Servina después de pensarlo.

—Si, eso también. Mañana Burgos decidirá el nuevo destino de toda la ciudad y eventualmente, hará que me sea casi imposible regresar. Claro, todo eso sucederá sin querer.

—¿Qué quiere decir?

—Ya lo sabrá cuando lo viva —dijo la Muerte, y dio otro pedazo de pan a su cuervo—. ¿Tiene más pan? El camino es largo y el poco que tengo, no alcanzará para Gerardo.

Servina fue por tres hogazas de pan, bastante grandes y se las dio completas a la Muerte. El hombre de capucha negra, se rió y solo tomó una. Se tomó en silencio su café y Servina hizo lo mismo, mirándolo sin saber como mirarlo, entre la expectativa, la angustia, la tranquilidad que luego le daba y el misterio. La pobre Servina no sabía porque no se le habían caído los ojos.

—Gracias por su hospitalidad Servina —dijo la Muerte y sonrió después, acarició a su cuervo—. Me daba curiosidad saber de usted. Y del pueblo que dificilmente podré visitar. Al menos podré asomarme de vez en cuando. Le estaré esperando Servina, cuando sea su momento deje el pueblo por donde vino… pero cuando sea su momento.

Servina no entendió del todo, o prefería no entender.

—Antes de irse, ¿puede hacerme un favor? —preguntó Servina.

La Muerte esperó en silencio, hasta que ella se decidió a continuar. Se levantó por una servilleta y consiguió una pluma, se las extendió a aquel hombre.

—Escríbame su nombre, por favor.

La Muerte obedeció, divertido por la idea. Terminó de escribir y le dio la servilleta a Servina. Se quedaron en silencio otro rato más.

Ella miró como el hombre de capucha negra, repentinamente, se puso de pie. Se acercó a Servina y fue como si no estuviera ahí, a pesar de que lo mirara con los ojos, y aún cuando sintió el beso que le dio en la frente, fue como si el aire la hubiera tocado. La Muerte salió del establecimiento y se escucharon sus pisadas de pies desnudos, hasta que se alejó. Servina pasó la servilleta por la mancha de café que había dejado la muerte marcándola suavemente, entonces apagó luces, salió del restaurante y regresó a su humilde casa. Observó la servilleta, tratando de comprender los garabatos y asintió al ver la mancha de café, así recordaría. Luego la guardó bajo su cama y cayó dormida.

Le quedaban unas cuantas horas de sueño.


Servina se levantó inmediato, cuando salió, los hombres que preparaban la feria ya estaban alzando sus puestos provisionales y la banda ya estaba ensayando. Rápidamente, abrió los tres establecimientos, la gente que trabajaba ahí ya estaba esperando. Le miraron las ojeras y Servina atinó a responder que estaba demasiado emocionada y no pudo dormir hasta tarde. Se rieron y contentos, arreglaron todo implacablemente. Solo restaban detalles. Las cocineras, inmediatamente pusieron a hacer las salsas y los platillos, a órdenes de Servina. Ella se puso a hacer lo suyo: cochinita pibil y salsa de chile de árbol. Las cocineras prepararon y calentaron bastantes tortillas, porque Servina estaba calculando tres ollas.

Así se fue la mañana y pronto llegó la tarde. Cuando escucharon que la banda dejó de afinar sus instrumentos, ensayar sus canciones y empezó a entonar la marcha de Jaramillo, supieron que Burgos ya estaba en camino. Servina fue la primera en gritar: “¡Ya viene! ¡Ya viene!”, se limpió el sudor de la frente, producto del calor de la cocina y el fuego, con su delantal. Se quitó el paliacate de la cabeza y salió a recibir a Burgos, no sin antes gritar más instrucciones. Abrió las puertas del restaurante, que se ubicaba entre el refugio y la tienda, se quitó el delantal y lo puso en el hombro, dibujó su mejor sonrisa y miró, como Burgos, con su esposa y su hijo, caminaba al frente de una gran comitiva de gente.

Estaba vestido con un traje blanco y llevaba una rosa amarilla en la solapa, entre sus dedos se consumía un puro y su cabello negro, estaba perfectamente peinado. Caminaba con los brazos extendidos y las palmas de la mano, mirando al frente. Servina pensó en la muerte, ¿qué quiso decir con que Burgos le prohibiría la entrada? ¿Por qué había hablado de sellar el destino de la ciudad? No creía que aquel hombre tan bueno fuera capaz de hacerlo. Burgos, a medida que se acercaba a Servina, esbozaba una gran sonrisa y una de las manos se dirigió a la rosa para quitarla. Al estar frente a ella, dio un paso más al frente y le regaló la flor.

—¿Está listo?

—Lo está, mi señor Burgos, espero sea de su agrado —dijo Servina y sonrió tímida.

Se escucharon los vitoreos de la gente quien aventó arroz, confeti y papeles. La banda tocó de una manera esplendorosa. Servina sonrió y abrió las puertas de "¡Bienvenidos a Jaramillo!” por primera vez al público.


Servina se dedicó a Burgos toda la tarde, en ver que estuviera bien atendido, en que tuviera suficiente de comer y sobre todo, ofreció las mismas atenciones a su mujer y a su hijo. Ambos eran adorables e igual de especiales que el propio Burgos. Servina, como siempre, se preguntaba si ellos habían hecho al hombre o el hombre los había hecho a ellos. De cualquier manera, dejó de preguntarse y continuó colmando a Burgos de atenciones, quien las recibía con una sonrisa. Se alegró cuando este elogió el local y le pidió que le enseñara el refugio y la tienda. Servina consintió emocionada y platicó su odisea, para asegurarse de tenerlo todo listo: desde como aprendió carpintería para ella hacer algunos muebles, ya que así todo salía más barato, hasta como los Jiménez habían hecho lo imposible por soportarle a la hora de comprar los comales y los tapetes indicados.

Burgos estuvo encantado con la historia de Servina. Para ese momento, el recorrido había tomado ya la tarde y se hacía noche. La feria seguía afuera, la banda continuaba tocando y el restaurante seguía lleno, con gente afuera esperando entrar en cualquier momento.

Burgos pidió un momento a su hijo y a su esposa, para despedirse de Doña Servina, ya que la hora de partir había llegado. Ellos consintieron y salieron a disfrutar de la feria, mientras Servina y Burgos buscaron una mesa para sentarse y tomar un café.

—Antes de que me diga cualquier cosa, mi señor —dijo Servina, consiguió una servilleta y una pluma—, anóteme su nombre.

Burgos consintió extrañado, obedeció y al terminar, extendió la servilleta a Servina. Ella puso el jarrito del café de Burgos sobre la servilleta y esperó un momento, cuando vio que la mancha de café estaba ya impresa, sonrío satisfecha y se guardó la servilleta en una de las bolsas del delantal que en algún momento, volvió a ponerse.

—¿Y eso? —preguntó Burgos.

—Las colecciono —dijo Servina, también extrañada. Fue cuando cayó en cuenta, que lo hacía porque otro de sus presentimientos le decía que Burgos no regresaría y solo quedaría esa servilleta. Lo mismo sucedió con La Muerte, cuando le dijo que no podría regresar a “¡Bienvenidos a Jaramillo!”. Eventualmente sabría que podía descubrir a las personas que no regresarían con solo mirarles. Se dedicaría a pedirles sus nombres en servilletas y manchas de café para recordarles—. Mi señor, ¿usted regresará, verdad?

Burgos rió, sacó un puro y lo cortó a la mitad. Lo prendió y observó a Servina.

—Por supuesto que regresaré con mi gente. Si supiera todo lo que he sufrido alzando esta ciudad, todo lo que ha exigido de mi mantenerla. Le contaré un secreto, mi querida Servina, un buen secreto.

—¿Si?

—Jaramillo es mágico, no sé explicarlo —Burgos se quedó meditabundo—. Pero es mágico. Se sostiene con las ilusiones de la gente y me ha costado, me ha costado mucho, que sean buenas ilusiones. Jaramillo ha crecido en parte por mí, pero también todo es gracias por la fé que me tienen. Si alguna vez llegará a suceder que la gente pierda la fé, Jaramillo se caería en un santiamén. Se borrarían los caminos y no existiría ningún mapa. Jaramillo no debe caer en malas manos.

Servina escuchó paciente. Tomaron un sorbo del café y no supieron que más decir.

—¿Qué es eso que irá a buscar, mi buen señor?

—No puedo decírselo Servina —dijo Burgos y sonrío—. Porque ni yo mismo estoy seguro de lo que estoy buscando, pero tengo fé. La fé mueve montañas, es cierto. Recuérdelo. Al encontrar lo que busco, prometo que la felicidad no será únicamente de Jaramillo, será para todos o bien, para el que la quiera, porque hay personas que no gustan de la felicidad, ¿sabe? Y vaya, siempre existe el fracaso. Probablemente regrese con las manos vacías y lo único que podré hacer, es mantener a la gente de aquí feliz. Y aquellos que busquen Jaramillo para ser felices, llegarán, siempre llegarán y estaré yo para recibirlos.

Burgos frunció el ceño y puso la mano en su mentón. Servina lo vio triste por un instante, y adivinó (aunque nunca sabría que tenía la razón) que Burgos en su pasado era un hombre de intensas aventuras. Que no le gustaba la idea de estar en un lugar durante mucho tiempo.

—¿Por eso usted era tan insistente en mandarme cosas que yo no pedí?

—Si Servina. Por eso mismo. Aunque veo que usted ha hecho un buen trabajo y yo debo aprender a confiar más en mi gente. ¿Me ayudará a mantener la fé, mi querida Servina? ¿Está usted dispuesta?

—¡Por supuesto que si, mi señor!

Servina sonrío y sintió que le enrojecieron las mejillas. Tuvo deseos de romper la servilleta, pero el presentimiento le dijo que no lo hiciera. Sabía que escuchara lo que escuchara, Burgos no regresaría.

Llegó la madrugada y Burgos se despidió de Servina con un abrazo. La gente lo miró irse caminando. Su hijo y su esposa lo siguieron hasta el letrero, donde les dijo unas palabras. A su esposa la besó en los labios y a su hijo lo besó en la frente. Les abrazó durante mucho tiempo y la gente los miró con respeto.

Y cuando atravesó el letrero que había dado la bienvenida a Servina el día que llegó, dio la vuelta atrás, metió una mano en su bolsillo y alzó la otra para despedirse. Servina jamás olvidaría ese rostro, esa sonrisa que deseaba prometer su regreso y fracasaría rotundamente en cumplirlo.

Burgos dio la media vuelta y caminó hasta perderse, como si la ilusión no fuera Jaramillo, sino el hombre que lo dejaba.

La feria siguió otro par de días más, pero la gente no sonreía como antes.

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4 comentarios ↓

#1 ruru el 10.07.03 a las 5:31 am

vaya , ME gusto el cuento , lolei todo ,,,, bravo !!

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#2 NuEz el 10.07.03 a las 7:35 am

Espera espera, que lo ando leyendo, espera ^___^

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#3 DuVeth el 10.07.03 a las 12:30 pm

De lo mejor que has escrito. Siempre me dá mucho gusto encontrarme con viejos amigos.

(y uno que otro desconocido)

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#4 fab el 10.07.03 a las 8:57 pm

valla que es largo y no acostumbro a leer.

Pero la manera en que escribes causo que me adentrara en el cuento.

Te felicito.

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