[Heber Dor - Cuento] ¡Bienvenidos a Jaramillo! (I)

A mi querida Doña Servina:

Éste cuento es largo y de hecho, engloba varias historias en sí. No sólo la tuya. Debo confesar que naciste como una idea pequeña, pero pedías más y más. Así que ahora te aguantas. Te he utilizado como el punto de partida para muchos personajes de “Padre Taxi”, nuevos y viejos personajes de Jaramillo y también como el punto convergente entre estos. De la misma manera, te utilicé para explicar la historia de Jaramillo desde otro punto de vista diferente al de “Padre Taxi”, que la novela en sí trata del punto de vista del personaje del mismo nombre y tal vez de otros más (Arlequín, Yasmín, Lurendberg, Ezequiel, Matías, etcétera, etcétera), quienes más bien, fueron recién llegados que vivieron otra etapa.

Por lo mismo, me las vi negras contigo, porque traté de conservar los enigmas que proporciona la novela intactos y no echarlos a perder en tu propia historia. De esa manera, quien lea “Padre Taxi”, descubrirá cosas en tí y quien te lea a ti, descubrirá cosas en “Padre Taxi”. Lo más divertido, es que ninguno delatará al otro (o eso espero). Quiero creer que tuve mucho cuidado en ello y si algún lector cauteloso descubre que no fue así… entonces, mi querida Servina, tú tienes la culpa.

De lo contrario, si los lectores se divierten leyendo esta historia sin necesidad de “Padre Taxi”, entonces habrás cumplido tu cometido y yo seré el responsable. Ahora, sonríe desgraciada, sonríe… ya que te di el lujo de vivir Jaramillo desde el mero principio, o tal vez la maldición.

Espero que me perdones.

Tuyo. El Cuenta-Cuentos.


Doña Servina recordaba algo amarga, algo triste, algo alegre y algo contenta, cuando había llegado a Jaramillo. Su marido y ella lo habían hecho cuando eran jovenes, habían escuchado que era una nueva ciudad que estaba progresando rápidamente. Que el gobernador Burgos estaba trayendo maravillas tecnológicas y que era un punto, donde la cultura y el progreso estaba concentrándose. Después de todo, Servina y su marido Filemón, no tenían de otra. Después de la Revolución que se les vino encima, su pueblo ya no era el mismo. Ya muchos de sus familiares habían hablado de Jaramillo y ellos les creían, empacaron sus tiliches una noche, las pusieron encima de su único burro que tenían y jalaron para allá. A la Ciudad de Esperanza, como le decían.

No tardaron en encontrarlo, en esos tiempos Jaramillo todavía se encontraba en México, aunque era difícil decir que parte. Unos decían que estaba en la zona Huasteca, otros decían que estaba en algún punto entre Taxco y Acapulco. Varios más, pensaban que estaba pegadito a Guadalajara. Había uno que otro viajero que juraba haberlo visto en un paseo a la ruta maya. Nadie sabía a ciencia cierta donde estaba Jaramillo, los mapas eran difíciles de encontrar aunque todo mundo hablaba de él. A Filemón no le importó, sin embargo, su esposa Servina odiaba ser arrastrada como una mula, igual que la mula que arrastraban. Ella decía que se debía vivir en un lugar y trabajar ese lugar, que el trabajo y una escopeta otorgaban respeto (lo segundo lo adaptó a su filosofía a raíz de ver que su marido Filemón a todas partes cargaba su escopeta y la manejaba bastante bien, había servido para protegerles).

Filemón no escuchaba muy a menudo a su mujer, siempre acababa haciendo lo que quería y él quería llegar a Jaramillo. Así que arrastró a sus dos mulas, hasta que finalmente dio con aquel lugar que siempre habían escuchado nombrar. El pueblo se veía bastante bien, se veía feliz, con pocas casas y gente sonriendo, trabajando rápidamente de allá para acá y viceversa. Y más allá, donde el pueblo terminaba, se alzaban los edificios más grandes que Servina y Filemón hubiesen visto jamás. A lado de los edificios, fueron construidas las fábricas, metal tras metal pegado con más metal que soltaban poco humo al aire. El humo se dispersaba como en un sueño, era cierto lo que decían de Jaramillo, que era una Ciudad de Esperanza.

Filemón asintió, apretó sus labios y echó para atrás.

—Yo me voy. No me gustó.

Servina le miró atolondrada, se negaba a caminar más.

—Pues yo me quedo.

Filemón le miró de reojo, suspiró y jaló la correa de su mula.

—No digas pendejadas mujer, nos vamos.

—Pues vete, pero yo me quedo.

Filemón entrecerró los ojos y frunció el ceño en enojo.

—¡Qué nos vamos te digo! No me obligues a ir por ti y darte una buena tunda.

—Un lugar donde quedarse y trabajar, Filemón. Eso es lo que merecemos, ya no quiero caminar más, por favor.

Filemón miró a su mujer, extendió los dedos, alzó el brazo para pegarle y ésta no se inmutó. Al ver la decisión de su mujer clavada en los ojos y el rostro rígido, no soltó el golpe. Filemón se encogió de hombros, por primera y última vez en su vida comprendió a su mujer. Le dio el rifle y se fue caminando, jalando el mulo en el mismo camino por donde habían llegado a Jaramillo.

—Ahí te las arreglas tú sola. Nomás te puedo dar tres balas y recuerda usarlo como te enseñé. Me voy de regreso a mi pueblo, si preguntan por ti, diré que te nos moriste.

Así se fue Filemón y se perdió en el camino de tierra, Servina sintió deseos de correr tras de él, y cuando extendió la mano y abrió la boca para decirle que la esperara, algo se lo impidió. Sabía, de alguna manera extraña, como cuando se tiene una visión que dirige a la gente hacia un lugar que más tarde llamarán suyo, que ese era su hogar. Alzó la vista y observó un letrero que decía: “Bienvenidos a Jaramillo”. Gotitas de lluvia cayeron y le mojaron suavemente el rostro.


No me malinterpreten, ya que Doña Servina amó a su marido, lo amó más que a nadie y por lo mismo, nunca entendió porque se fue. Sabía el por qué o podía imaginarlo, pero nunca lo entendió. Y ella se puso en sus zapatos, él se estaría preguntando porque ella decidió plantarse como el poste de un colgado, en la entrada de ese pueblo. O tal vez no. Tal vez él llegó a comprender porque ella decidió quedarse, tal vez le bastaba con la filosofía de: “Un lugar donde quedarse y trabajar” o tal vez estaba preguntándose como ella, porque se habían separado.

¿Qué le hizo permanecer en aquel lugar? ¿Era realmente la esperanza de que fuera un buen lugar, alejado de las guerras? ¿Realmente Servina estaría cansada de caminar? Eso que importaba, no estaba su marido con ella. Tal vez no habían comprendido los sueños del uno y del otro. Posiblemente estaba destinado que lo hicieran en el último momento, cuando ya era demasiado tarde.

Algo era cierto, ella le había amado más que nadie. Y creció en ella un miedo, un miedo tan profundo que no lo reconocería hasta el día de su muerte: Bien podría quedarse a trabajar en Jaramillo, pero no permitiría que nadie se le acercara facilmente como había hecho Filemón. No quería que nadie se le fuera así de fácil.

La joven Servina se limpió el rostro, con la escopeta arrastrando y caminando con el mentón alzado, atravesó la entrada donde el letrero se alzaba orgulloso.


Lo primero que hizo fue vender la escopeta a un “Artesano de Armas”, o así se hacía llamar. Un hombre extraño, vestido de negro con un abrigo que jamás había visto, usaba lentes oscuros y un gran sombrero, como de bruja nórdica. Su rostro era blanco y sus manos también, sus manos delgadas y huesudas, igual que su rostro. El Artesano parecía ser amable, sonreía mucho y pagó buen dinero por la escopeta.

El encuentro fue igual de curioso, justo al entrar a Jaramillo, en la primera casa apareció ese hombre recargado y con una pierna alzada, como si todo ese tiempo le hubiera estado esperando. Comía sin preocupación una manzana y miraba el camino de tierra por donde Servina caminaba.

Servina notó que la gente que había visto antes de entrar, pareció desvanecerse en el aire. Lo único que parecía moverse era el hombre al masticar su manzana y luego sonreír cuando ella se le aproximó. La lluvia se movía a duras penas y el aire se sentía como un líquido viscoso. Servina pensó que era cosa de brujería.

—¡Jovencita! —exclamó el Artesano al verla llegar y sonrió—. Mucho gusto en conocerla y veo que trae un arma. En Jaramillo las armas no son bienvenidas, son adornos en las casas nada más. ¿No querrá vendermela?

Servina creyó que miraba una pesadilla o un sueño muy extraño. Tal vez era el juego de un duende, o un demonio. El abrigo del hombre estaba estático aún cuando el viento empezó a azotar los techos de paja de alguna de esas casitas. Miró el pueblo y descubrió que ya no había gente, tal vez se habían escondido por la lluvia, aunque era ligera y hacía calor. Miró de nuevo al Artesano, quien le dio otra mordida a su manzana.

—No lo sé, es de mi marido… él podría regresar y lo primero que hará es preguntar donde está su arma.

—No regresará —dijo el Artesano secamente y después sonrió—, y en Jaramillo se vienen buenos tiempos. Aún no nace el hombre al que está destinada esa arma y será una de las mejores que trabaje. Su escopeta tiene un pasado interesante, aunque no le parezca y ahorita carga con la amargura y tristeza de usted, mi señora. Eso le agrega un valor muy especial. Véndame el arma, deshágase de ese peso.

Servina dudó un momento, pero la necesidad apreciaba. Además que su marido se había ido con todas las cosas, lo justo era que vendiera el arma. Se acercó al Artesano y lo miró sonreír de nuevo. Cuando lo recordaba, en el tiempo que le agregaron el Doña a su nombre, le parecía una persona amable a pesar de la maldad en su sonrisa. Extendió el arma y el Artesano la tomó, la escrutó con su mirada y con sus manos, sin dejar de sonreír. Artesano asintió, metió una mano en su bolsillo y le dio unos cuantos billetes a Servina, quien los aceptó dudosa.

Tal vez era el diablo y Artesano se rió, como si hubiese escuchado los pensamientos de Doña Servina.

—Regresaré cuando la escopeta lo necesite —dijo Artesano y sonrió—. Porque el arma extraña al antiguo dueño, en lo que se acostumbra al nuevo. Y el nuevo todavía no nace. Ahora ande, Servina, ande. Busque un lugar en Jaramillo, que se están acabando. Nos volveremos a ver en unos años.

Servina lo miró partir en el camino de tierra a la salida de Jaramillo, con la escopeta recargada en el hombro, parecía que el agua y el viento no le tocaban.

—Como si no existiera… —se dijo—, como si de veras no existiera.

Y al perderse, la lluvia escampó y el viento cesó de ulular. La gente volvió a salir de sus casas y todo volvió a la normalidad.

Servina se sentía bien y el Artesano se convirtió en un recuerdo difuso en su memoria.


La gente miró a Servina y la recibieron con los brazos abiertos. Primero querían llevarla a uno de los discursos del gobernador Burgos. Servina aceptó de inmediato y se sintió cómoda, como parte de una comunidad. El matrimonio Jiménez, el primero que se le presentó, le ofreció chocolate de agua y una concha. Se declararon guardianes de Servina a todo el pueblo. Servina no sabía muy bien que quería decir eso hasta que le explicaron que todos los nuevos que llegaban, debían tener guardianes en lo que se adaptaban y vivían por sus propios medios en la ciudad. A Servina le dio pena, no le gustaba ser una molestia, pero ellos le dijeron que no se preocupara, que todo se arreglaría. Después de platicar la historia de como había llegado a Jaramillo, los Jiménez le sonrieron y le dijeron que era hora de ir al discurso de Burgos, que vería como se avecinaban buenos tiempos.

Le prometieron que le alzarían una casa, justo a lado donde el Artesano la había esperado. A Servina le pareció bien, pues a caballo regalado no se le mira el diente y aún así, prefería mantenerse escéptica. El dinero que le había dado el Artesano sería suficiente para pagar por la construcción de una humilde casa de un cuartito muy pequeño. Se preguntó acerca de los derechos de la tierra y otras cosas que los del ayuntamiento en su anterior pueblo habían tenido a bien de recordar, pero prefirió esperar. Y también estaba muy cansada para pensar en ello.

Los Jiménez y los otros que se habían reunido para recibir a Servina, la llevaron con Burgos. Ella observó como el pueblo iba alegre, riendo y chachareando. Era mucha gente y toda caminaba junta, como en una procesión alegre. Los niños corrían ondeando banderas y se detenían a jugar de vez en cuando. Estaban caminando hacia la ciudad de edificios grandes y majestuosos, hacia la Ciudad de Jaramillo.


Cuando Servina escuchó a aquel hombre, los ojos se le hicieron agua. También se encontraban su mujer y su hijo, pero a Servina le pareció que eran sombras. La presencia del hombre lo ocupaba todo. Él le pintaba con palabras que entendía y que no entendía también, el futuro de una ciudad hermosa. La ciudad donde ella ya formaba parte. Lo miró en el podio, con un traje gris oscuro que se acentaba perfectamente a su piel clara y su espalda ancha. Su cabello negro impecablemente peinado, conservaba su personalidad intacta y su rostro poseía una belleza dura, con su quijada ancha, su nariz rara y sus pómulos pronunciados. Él era el famoso gobernador Burgos. Servina jamás olvidó su rostro, ni sus palabras, aún las palabras que no entendía. Hizo ovaciones ruidosas con la gente y alzó sus manos maltratadas por el trabajo de la tierra, a cada línea que construía un futuro mejor. La voz se le incrustó en el corazón y así supo que este hombre era diferente a los funcionarios públicos que había conocido. Un simple presentimiento, una simple esperanza, es lo que basta para llegar a personas como Servina y como todo el pueblo, como toda la Ciudad de Jaramillo.

La diferencia era que el hombre cumplía lo que prometía. Y creyó Servina, por lo que escuchaba, que el hombre debía de ser un santo o debía tener mucha suerte.

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4 comentarios ↓

#1 ruru el 10.07.03 a las 5:31 am

vaya , ME gusto el cuento , lolei todo ,,,, bravo !!

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#2 NuEz el 10.07.03 a las 7:35 am

Espera espera, que lo ando leyendo, espera ^___^

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#3 DuVeth el 10.07.03 a las 12:30 pm

De lo mejor que has escrito. Siempre me dá mucho gusto encontrarme con viejos amigos.

(y uno que otro desconocido)

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#4 fab el 10.07.03 a las 8:57 pm

valla que es largo y no acostumbro a leer.

Pero la manera en que escribes causo que me adentrara en el cuento.

Te felicito.

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