[Heber Dor - Cuento] ¡Bienvenidos a Jaramillo! (II)


Y en la noche de ese día, Doña Servina se encontraba todavía llorando. Se detuvo en cuanto escuchó que tocaban la puerta al refugio, se limpió las lágrimas con el puño y abrió la puerta.

Artesano se encontraba mordiendo una manzana.

—Vengo por el niño.

Doña Servina iba a azotar la puerta en las narices de Artesano, cuando el niño se adelantó y detuvo la puerta antes de cerrarse con su mano.

—¡Muy bien! ¡Qué todo esto termine ya! ¡Lárguense los dos!

—Gracias y perdóname, de veras, perdóname —dijo Artesano y mordió su manzana, el niño caminó hacia él y se adelantó.

—¿A dónde te lo llevas?

—No es de tu incumbencia.

—¡Al menos dime eso!

—Lo llevaré con una familia y él será su hijo. Así debe suceder. Es un niño todavía y no puede usar el rifle que le he construido. Todavía no ha decidido.

Doña Servina tenía un terrible dolor de cabeza, lo único que quería hacer era dormir y no despertar ya.

—¿No me vas a pedir que te lo anote? —preguntó Artesano.

—Imposible, si nunca te fuiste y nunca te irás —dijo Doña Servina molesta. Miró a Artesano sonreír.

—Eso depende de ti, realmente —dijo Artesano, tiró los restos de la manzana, tomó la mano del niño y se lo llevó. Antes de irse, volteó a mirar a Doña Servina una vez más, quien estaba recargada en la puerta, quería asegurarse de que se fuera—. Mi nombre es Homero.

—Mucho gusto —dijo Doña Servina—. ¿Y el del niño? Siempre fue tuyo.

—Seré poco original —dijo el hombre, acomodó su sombrero de bruja y se ciño el abrigo negro—. Se llamará igual que su padre.

Y les miró partir. Esa noche, Doña Servina se enteró de que Von Lurendberg se alzaba oficialmente al poder. Cerró las puertas de “¡Bienvenidos a Jaramillo!”, se encerró en su casa y se hundió en un largo letargo que le duró veinte años. De veras no quería saber más y estaba ya muy cansada.


Y Doña Servina ya no contó los años durante la época de Lurendberg. Usualmente, algunos vecinos, quienes cambiaban con el tiempo, le visitaban y platicaban con ella, como se le compadece a una abuela que vive de recuerdos. Entonces Doña Servina sacaba su cajita de servilletas, sacaba varias y platicaba viejas historias. La gente le pedía que abriera de nuevo sus tiendas y ella se negaba, decía que ya no era necesario. Había sucumbido a la tristeza y la maldición de Jaramillo en su totalidad. Sabía que abrir sus tiendas no haría felices a los vecinos como ellos creían. Tan sólo les complacería un deseo egoísta de recordar el pasado.

La ciudad había vencido sus huesos de sesenta años.

Hubo nuevos llegados que tocaban las puertas, pero Doña Servina ya no respondía. Hacía mucho que había perdido la fé. Pero sus huesos tuvieron que levantarse, cuando escuchó música que no había escuchado antes. Se asomó desde su ventana y lo primero que vio, fue un elefante adornado con hermosas telas. Gente vestida de una manera extraña, colorida, arrastrando con ellos la felicidad que se había perdido. Le dio nuevos bríos y en cierta forma, ese día, le dio mucha esperanza.

“¡El Circo de los hermanos Arlequín!”, leyó Servina en un letrero. No pudo evitarlo, salió a recibirlos y abrió las puertas del restaurante para prepararles un café. Charló con ellos de Jaramillo y les advirtió lo que probablemente les esperaba, pero al ver que los hermanos: Joel y Rafael Arlequín, sintió que tal vez podrían cambiar el rumbo de las cosas. Con ellos iba una adivina ciega que se hacía llamar La Tía Yemita, tenía más o menos la edad de Servina. Y como todas las adivinas, callaba y bebía su café en silencio.

La adivina no le dio buena espina. Pero le dio gusto conocer a los hermanos Arlequín.

Y se fue el circo rumbo a la ciudad. Servina no volvió a saber de ellos, pero al menos durmió contenta esa noche y con tres servilletas nuevas para su cajita.


Poco después que el circo, llegaron una madre y su hijo. Servina abrió sus puertas porque la madre era necia y tocaba su puerta como si quisiera tirarla. Los miró, se miraban exhaustos, como si hubiesen caminado toda la noche. El niño en cierta manera le recordó la sensación sobrenatural que le dio el niño que alguna vez parió, sin embargo, era distinto. Este niño no estaba en ningún trance, más bien, era capaz de hipnotizar a quien quisiera.

Les ofreció el refugio, porque no eran horas de llegar y también porque le intrigó el niño.

—¿Y no nos puede ofrecer nada de cenar?

—Si promete no regresar… —dijo Servina y suspiró—. Olvídelo, es obvio que no regresará. ¿Y no gusta también un café?

—Si.

—¿Cómo se llaman?

—Mi nombre es Celia y este es mi hijo, Matías.

—Doña Servina a sus órdenes. ¿A qué viene, señora Celia?

—¡Vengo a qué mi hijo se haga escritor! Inventa unos cuentos maravillosos, si lo escuchara.

—¿Si?

—¡Si! Anda, invéntale un cuento a la señora, Matías. Y será mejor que lo hagas mi querido, porque no tenemos para pagar el refugio…

—Ah, no será necesario. Éste refugio ya no se cobra como antes —dijo Servina sonriendo con el rostro lleno de arrugas y miró a los ojos del niño. Parecía mágico—. Además su criatura se ve cansada, creo que necesita dormir.

—No es necesario, le contaré un cuento chiquito —dijo Matías sonriente, el niño tenía la piel tostada, tal vez de caminar tanto en el sol. A Doña Servina le gustó su sonrisa.


[Matías Elizondo - Cuento Corto] El niño que miraba su yo pasado.

Había una vez un niño chiquito que se cayó del columpio porque vio un brillo intenso y se raspó la rodilla. El niño lloró y lloró, hasta que vino su mamá, y le curó la rodilla. Le dijo que no se preocupara y le compró una paleta muy grande y muy roja, que brillaba con la baba y el sol. El niño muy contento, se prometió regresar el día de mañana y prometió que ya no se volvería a caer.

Y cuando regresó, entonces se miró a si mismo caer del columpio, así transparente como un fantasma. Miró como lloró y lloró por su rodilla, hasta que llegó su mamá, y le curó la rodilla. El niño se acercó a su fantasma y le dijo que no se preocupara, que disfrutara su paleta, que era muy grande y muy roja, y que brillaba con la baba y el sol. Le regaló una sonrisa a su fantasma que no lo podía ver y se puso contento cuando vio que su fantasma prometió que ya no se volvería caer. Entonces se hizo tarde y el fantasma y el niño regresaron a sus casa. Se prometió el niño que mañana si intentaría lo del columpio.

Al siguiente día, el niño regresó y miró a sus dos fantasmas. El fantasma-chillón y el fantasma-contento. No le importó y se subió al columpio, se había prometido que tenía que hacerlo. Estaba muy contento y rió, y dejó de prestar atención a los dos fantasmas de su pasado. Se agarró muy bien a las cuerdas del columpio y no se soltó, pero fue entonces que miró un destello muy intenso y cayó, volvió a rasparse la rodilla. Lloró y lloró y su mamá llegó con una paleta roja.

El muy tontote no se daba cuenta que era el brillo de su baba y de su paleta el que lo hacía caer todo el tiempo.

Y es por eso ya no hacen las paletas tan dulces como antes. Y también, eso le enseñará a los niños chiquitos a no llorar por el pasado, ya que pude negarles mirar el presente y les hará tener miedo de vivir su futuro


Doña Servina sonrió al niño y le dio un beso en la mejilla. Los dejó dormir esa noche y hasta les preparó un desayuno en la mañana.

Pidió sus nombres como siempre, era muy difícil matar la costumbre.


En quince años más, llegaron otros dos grupos de visitantes que obligaron a Servina a abrir sus puertas. Llegaron juntos, un hombre muy joven con una niña de dos años en sus brazos y un hombre humilde, de tal vez cuarenta años, caminando con un niño negro que tocaba cargaba una maleta negra.

—Me llamo Ernesto Rodríguez —dijo el joven contento—. Y vine a Jaramillo porque creí que necesitarían profesores.

Doña Servina le sonrió compasivamente al hombre, se tomó ese café en silencio y le dejó charlar de todos los planes que tenía en el futuro. Luego platicó que después de la muerte de su esposa, su hija y él tenían la esperanza de vivir una nueva vida en la Ciudad de Jaramillo. Doña Servina no tuvo el corazón para decirle a Ernesto lo que podía esperar, todavía tenía los bríos de la juventud y decidió que a ella ya no le correspondía matar historias.

—Luche mucho —fue el único consejo que le pudo dar Servina—. Y no se rinda. De veras no se rinda, el trabajo y un lugar donde vivir, no importan tanto como la fé de uno.

Ernesto le agradeció a Doña Servina de todo corazón y le dio su respectiva servilleta.

En cuanto a los otros dos, esperaron a que Ernesto Rodriguez se fuera con su hija. Mientras, el niño negro acariciaba un estuche negro que guardaba un saxofón y miraba a todas partes.

—Mi nombre es Jonás Romero y éste es Billy, mi hijo ciego —dijo el hombre de treinta años, humilde, moreno—. Vinimos a buscar fortuna aquí, doña. Ya ve que la cosa esta cada vez más negra allá fuera.

—Ustedes no tienen ni idea, ¿cierto?

—¿De qué, mi doña?

—Aquí no hay fortuna, solo desgracias.

—¡Pus siempre vivimos en la desgracia mi niño y yo! Por eso nos vamos de pueblo en pueblo, buscando las monedas que la caridad nos ofrezca, ¿cierto mi Billy?

—Yup —respondió el niño negro.

—Es bueno que toquen música, a este lugar le falta un poco de color. Hace mucho pasó un circo muy bello por aquí, pero ya no supe que fue de ellos.

—Pus a la mejor le huyeron a la gente aburrida. ¿Gusta qué le toquemos algo?

—No, no gracias. Hoy no. Guarden su canción para alguien que lo merezca. Y anden, vayan a la ciudad, que podría caerles la noche y se afea la cosa. El ejército ultimamente está más agresivo con los extraños.

—¿Ejército? ¿A poco el ejército está chambeador aquí en La Ciudad de México?

Doña Servina se echó una carcajada, le gustó la ingenuidad de aquel hombre.

—¿No leyó usted el letrero?

—Nope! He doesn’t know how to read —respondió Billy.

—¿Eh?

—Nada mi doña, no se preocupe. Tengo un hijo bilingual. Entonces con su permiso, entre más pronto lleguemos a México, mejor. ¡Se me cuida! ¡Vámonos mi Billy! Que la chamba es dura y el tiempo es poco. Taim is moni, como dicen los gringos.

Billy anotó ambos nombres en una servilleta y se despidió con una sonrisa de aquella mujer. Doña Servina les miró caminar contentos en el camino hacia la ciudad. Se dejó a llevar a su casa por el viento y volvió a encerrarse, le agradaron el músico y el humilde. Y les prometió en silencio, que serían los últimos en verla… aquel hombre humilde con su niño negro que hablaba inglés y tocaba el saxofón.

Cerró su cajita de servilletas y la amarró con un listón. Salió y miró los tres establecimientos que eran unidos por un sólo letrero que decía: “¡Bienvenidos a Jaramillo!”. Le sonrió al letrero. Era hora de irse, sólo esperaba que La Muerte estuviera ahí esperándola como prometió.


Y ahí estaba, recargado del otro lado del letrero. Vestía diferente que como la primera vez que le conoció, ahora llevaba unos jeans y una chamarra negra que le tapaba el rostro. Un cuervo posaba en su hombro y graznó cuando vio a Doña Servina caminar hacia ellos.

—¿Ya es hora viejita?

—Ya. Pero como no puedes entrar a Jaramillo, decidí irme yo solita. ¿Me acompañas?

—Está bien.

—Pero no me hagas la broma esa horrible, de que cuando pase el letrero, me tenga que quedar otra vez. Ya estoy cansada y trabajé mucho.

—¿Segura que no te quieres quedar? Todavía te falta vivir lo más hermoso.

—No, ni lo quiera Dios. Esto se va a poner color de hormiga. ¿Entonces? ¿Si me voy a poder ir o no?

—Pues a ver, inténtalo. No te prometo nada.

Doña Servina dio pasos chiquitos para intentar atravesar el letrero, mantuvo los ojos abiertos y fijos en el cuervo de la muerte.

—¿Ese como se llama? —preguntó mientras caminaba.

—Se llama Gerardo.

—¿No me dirás que es el mismo?

—Si te dijera todo lo que hiciste Servina, creo que no te sorprendería saber que sigue siendo el mismo cuervo, tanto como todas las historias que nacieron alrededor de ti.

—Oh, tengo mi cajita de servilletas. ¿La cargas?

Doña Servina, ni cuenta se dio que ya había atravesado la entrada marcada por el letrero, sus piernas ya estaban muy cansadas pero de todas maneras pero le daban para seguir caminando mucho rato.

—Si, dámela. ¿Cuántos nombres recogiste?

—Muchísimos, ¿quieres qué te cuente como conocí a cada uno de ellos?

La Muerte sonrió, con una mano cargó la cajita de servilletas y tomó la mano de Doña Servina. Caminaron juntos, dejando lejos Jaramillo. A pasos ligeros, mientras Doña Servina contaba las historias de cada una de sus servilletas. Contenta y sonriente, con La Muerte tomándole de la mano.


Quinto del Cuenta-Cuentos de los Muertos. Heber Dor.

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