El niño se cuidó así mismo, como en un trance. No necesitaba de ningún instinto de supervivencia, porque el niño de todas maneras hacía lo suyo. Servina no le puso nombre, ni después de cinco o seis años. Lo miraba y sencillamente, le olvidaba. Artesano habló en serio cuando le dijo que necesitaba uno de su sangre, ya que de Servina no tenía nada. Solamente fue el vientre.
No fue necesario decirle que no saliera a jugar, porque éste no lo hacía y el niño también era callado. Él solo se servía su comida y hacía sus necesidades, sin que nadie le dijera nada. Servina regresó en algún momento a su casa y la gente del pueblo le miró extrañada, preguntándose dónde había estado o qué había impulsado a que saliera de su locura. Raras veces miraban al niño, y al verlo, creían que era uno de esos niños indigentes. Aparecía tan esporádicamente, que solían creer que cada vez era un niño diferente o un niño nuevo.
Servina, los primeros años, intentó llevar al niño a su casa. Pero este se negaba con los ojos. Luchó unas diez veces contra esa mirada, pero jamás dio resultado. El niño lograba quedarse en la misma habitación que había nacido. Servina, tan sólo por compasión, limpiaba el cuarto que el niño había decidido como su hogar en el refugio.
El niño cumplió siete años y Servina gozaba de sus cuarentas. Las canas habían empezado a surgir en su cabello y unas cuantas arrugas también, se las miró indiferente. No le importaba envejecer, solo pensaba en trabajar y en su hogar. De nuevo se hizo cargo de conseguir lo básico para echar a andar de una manera más regular a “¡Bienvenidos a Jaramillo!” y logró, de nueva forma, conseguirlo. Se sentía fresca y contenta, a pesar de la desgracia de la Ciudad.
Llegó en esas fechas, un hombre con un parche en el ojo y una pata de palo. Llevaba consigo una pistola ceñida en el pantalón. Servina salió a presentarse y recibirle. Dijo que le invitaría una noche en el refugio si le daba la pistola y el hombre de la pata de palo consintió. A pesar de la dureza de su rostro cuadrado y sus facciones rudas, se veía un buen hombre.
—¿Qué lo trae a Jaramillo? —preguntó Servina educada, tomó la pistola y la puso en donde preparaba el café. El hombre tomó asiento en una de las mesas.
—Si tiene por ahí unos huevitos a la ranchera…
—¡Claro que sí! —dijo Servina animada, dejó que el agua hirviera mientras buscaba los huevos, el aceite y los sartenes—. Pero me supongo que no vino a Jaramillo por unos huevos a la ranchera.
El hombre rió de buena gana con el comentario.
—Me llamo Arnulfo —dijo—. Y vengo buscando a Satanás.
—Nadie lo ha visto en este pueblo, creo que éL mismo le huye.
—No lo crea Doña Servina, no lo crea. Pronto vendrá y se hará el infierno en Jaramillo. Es menester que alguien le detenga.
A Servina le gustó el Doña en su nombre y decidió apropiárselo. Cocinó los huevos tranquilamente y apagó el agua para el café. El hombre de la pata de palo esperó pacientemente, mirando a la ventana. Doña Servina llevó el plato, los cubiertos y el café negro del señor. Se decidió acompañarlo con un café.
—Y cuénteme, ¿qué querría éL en este pueblo?
—No lo sé, pero ya estoy acostumbrado a perseguirlo. Vendrá, sé que lo hará y ésta será la definitiva.
—¿Le ganará usted? —preguntó Servina, creía que el hombre estaba loco, pero le agradaba. Era el tipo de locos con los que podía platicar agusto.
—No lo sé. Pero al menos me divertiré, sea esta mi última batalla contra éL.
—Valiente usted.
Arnulfo sonrió con el comentario y siguió comiendo despreocupadamente. Se quedaron en silencio. Doña Servina decidió romperlo con una pregunta.
—¿Entonces sabe que de Jaramillo no se puede salir?
—Si, lo sé.
—Valiente o idiota, usted decide.
Arnulfo se rió, terminó su comida y se terminó su café sin ninguna prisa. Doña Servina le observó y esperó el momento indicado para extenderle una servilleta y una pluma. Le pidió su nombre y Arnulfo consintió.
Servina miró la servilleta y sonrió al leer el nombre completo del hombre.
—Lo sé —dijo Arnulfo—. Pero no haga ningún comentario al respecto, por favor.
—No se preocupe, al fin que aquí no se bebe.
Arnulfo alzó una ceja y le miró usar la servilleta para limpiar la mancha de café que había dejado su jarrito. Se despidieron con un abrazo, si, éste loco le caía particularmente bien y hacía mucho que nadie le abrazaba y le hablaba con tanta familiaridad. Las visitas por lo general terminaban mal cuando anunciaba la desgracia que significaba el futuro en Jaramillo.
Antes de que Arnulfo saliera, escucharon al niño rubio asomarse de su habitación. La mirada de Arnulfo y el niño se cruzaron, y hubo un intercambio de miradas que Servina no comprendió.
—Es inevitable —susurró Arnulfo y se encogió de hombros—. No podrá decidir por si mismo cuando llegue el momento.
Doña Servina miró al niño también, tratando de buscar lo que encontró Arnulfo.
—Ya no importa —dijo Arnulfo y sonrió—. Tal vez el niño es el más honesto de todos nosotros, al no tener ninguna aspiración.
Arnulfo salió y Doña Servina miró como se perdió hacia la ciudad. Y como había prometido su servilleta, no lo volvió a ver.
En el cumpleaños número diez del niño, sucedieron dos cosas. La caída del hijo de Burgos del poder por un hombre llamado Goethe von Lurendberg y la última visita de Artesano.
Servina tuvo el deshonor de recibir a ambos hombres.
Goethe von Lurendberg, llegó subido en el toldo de un camión de su ejército personal. Cientos de hombres y decenas de camiones marchaban con él a sus espaldas. El camión donde el iba montado, era conducido por el General y en el asiento del copiloto, iba su hija mirando. Caminando a un lado del camión con una correa que llegaba hasta la mano de Lurendberg, iba una mujer que Doña Servina de cabello, ojos, abrigo y vestido grises. ¿Podía ser posible? No, esa mujer era diferente. Era ya una mujer de ojos vencidos y no llevaba el Libro de Hojas Blancas en sus brazos.
A medida que Von Lurendberg se acercaba, Servina notó que no podía descubrir su rostro, ¿eran cejas espesas o delgadas? ¿su nariz era ancha o larga? ¿sus labios gruesos o delgado? ¿era su rostro blanco como su piel o moreno?. Vestía un traje blanco, con mocasines y tenía ambas manos en las bolsas de sus pantalones. La espalda estaba ligeramente curveada hacia atrás y tenía un puro en sus labios. Su cabello rubio estaba peinado totalmente hacia atrás.
La marcha se detuvo ante “¡Bienvenidos a Jaramillo!” con una orden de Lurendberg, que tan sólo fue un ligero movimiento de manos. Se bajó de un salto agraciado del toldo, amarró la correa de la Dama Gris al camión y caminó hacia Doña Servina que lo miraba de lejos. Ella miró de un lado a otro y notó que algunos vecinos se asomaban discretamente para saber qué sucedía.
—¡Mi querida Doña Servina! —dijo von Lurendberg—. No sabe cuánto he escuchado de usted, ya ansiaba llegar para que me invitara un café.
—¿Es obligatorio? —preguntó ella, era la primera vez que quería negarle a alguien la bienvenida.
—Lo es, el querido Señor Burgos así lo hubiera querido y hablo del finado Señor Burgos, no de aquel mozalbete de su hijo.
Doña Servina miró desconfiada al Hombre sin Rostro.
—¿Cómo sabe usted del Señor Burgos?
—Oh, mi querida Doña Servina, fuimos amigos. Digamos que tuvimos negocios en el pasado. ¿Me invitará a pasar?
Von Lurendberg se acercó lo suficiente para que Doña Servina pudiera oler su puro, aspiró profundamente y sintió que le faltaba un poco al aire. Supo, por alguna extraña razón, que Von Lurendberg podría en cualquier momento cortarle el oxígeno con tan sólo otra chupada a su puro.
De pronto, se le hizo que su trabajo era el más maldito sobre la tierra.
—Pasa Von Lurendberg, solamente me alcanza para un café y no hay espacio para sus hombres.
—No se preocupe mi querida Servina —dijo Lurendberg—. Un café será suficiente y debo admitir que es un capricho abusando de su bondad. Quiero conocer la ciudad que pronto será mía.
Doña Servina abrió la puerta de un empujón, hizo el café de mala gana y ni siquiera le invitó a Lurendberg a sentarse. A éL no le importó, se sentó de todas maneras en la mesa más cercana a donde Servina preparaba el café y fumó su puro tranquilamente. El humo, rápidamente se extendió para cubrir todo el local e hizo el ambiente pesado y difícil de respirar.
—¿La ciudad que pronto será suya?
—Si, mi querida Doña Servina. Si supiera la riqueza que guarda esta Ciudad en su interior, tan sólo hay que buscarla. Está escondida. Mi ilusión es bastante grande como para encontrarle.
—Tenga cuidado —dijo Servina—, esa misma ilusión podría matarle. Aquí la ciudad se alimenta de ello y tuerce las cosas al final.
Lurendberg rió.
—Pasará mucho tiempo antes de que yo muera y usted, a usted le queda el suficiente para ser testigo de todo lo que sucederá —Lurendberg de repente pareció serio—. Y eso será porque yo le perdone la vida, ya que mi querido Señor Burgos me ha pedido eso como un favor.
Doña Servina hizo una mueca.
—Usted no conoce a Burgos, el jamás pudo haber hecho un negocio con una persona como usted.
—Todos hacen negocios conmigo, tarde o temprano. En una broma, en un juego malintencionado, en el sacrilegio, o en una sencilla grosería. Ahí estoy para escucharles y ver si su capricho es lo suficientemente… redituable. Y el capricho del Señor Burgos, ofrecía demasiado para dejar pasar la oportunidad.
—¿Quién es usted realmente? —preguntó Doña Servina, azotando los trastos. La presencia de el Hombre sin Rostro la ponía muy nerviosa, no le dejaba concentrarse. Olvidaron el café, supo que Lurendberg estaba ahí por otras razones.
—Quiero saber, mi querida Doña Servina —dijo Lurendberg y se acercó a ella. Doña Servina sintió que el humo empezaba a metérsele por los poros y amenazaba con retorcerle desde el interior del cuerpo si no respondía con la verdad—. ¿No sabe usted el posible paradero de un Libro con Hojas en Blanco?
—No —apenas dijo Servina. Sintió como si le apretaran los órganos y se le dificultó respirar. Aún así, no se contuvo—. Y si no se larga, lo echaré a patadas cabrón. ¡Está usted manchando todo lo que construyó el Señor Burgos con su sola presencia! Vaya y piérdase en la Maldita Ciudad si quiere, pero no vuelva a poner un pie aquí o le juro…
—No jure en vano.
—Le juro que lo mataré.
—¿Lo desea lo suficiente?
—Y que Dios me perdone, pero si.
—Que bonito —dijo Lurendberg indiferente, tomó una servilleta y él mismo anotó su nombre, sin que ella se lo pidiera. Se la dio a Doña Servina en la mano.
—Lea.
Doña Servina obedeció.
—¿Y bien? ¿Usted cree que Dios le perdone si me mata? O más bien… ¿podrá usted perdonarse a si misma?
—Esto es una broma —susurró Servina.
—No lo es, pero ya me dijo lo que necesitaba saber, mi querida Doña Servina y el tiempo se me acaba, no quiero discutir. No nos volveremos a ver, pero sabrá usted de mi. Ya lo verá.
Y Doña Servina lo miró irse con el humo de su puro, como aquella vez, hacía mucho tiempo. Miro al Hombre sin Rostro arrastrar a su ejército consigo hacia la ciudad. Se sentó en una mesa y recargó su rostro en los brazos. Recordó a Arnulfo y supo entonces, que le habló con la verdad. Era la única explicación posible.
El niño miraba sin ninguna emoción en el rostro, llorar a Doña Servina en la tarde de su cumpleaños número diez.
Páginas: 1 2








Sin comentarios ↓
Todavía no hay ningún comentario. Anima las cosas un poco y comenta usando el formulario que esta abajo:
Deja un comentario