Entradas escritas en Octubre, 2003 ↓
Octubre 31, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando se disfrazó de indigente para escapar a la Muerte, Espártaco se divirtió mucho. Aunque tuvo que pretender estar triste todo el tiempo y tuvo que alzar la mano para que le tiraran una moneda o dos. Era necesario no alzar la sospecha y así los jinetes cadavéricos —que le perseguían constantemente— no se daban cuenta quien era él.
Espártaco, en ese tiempo, llevaba contados dos mil seiscientos treinta y tres años. Y eso, un cáculo aproximado, ya que había unos cuantos miles de años atrás. Su pasado ya se había borrado en su memoria, ya que había tardado en encontrar la combinación de hierbas que le permitieran la conservación de las neuronas.
Y se hizo viejo, antes de encontrar la combinación de hierbas que le permitiera la conservación de su cuerpo.
Hay una combinación de hierbas que le permite rejuvenecer de vez en cuando, pero no abusa de ella… le gusta su cuerpo viejo.
Espártaco tiene hierbas para todo. O bueno, casi todo…
…porque no sabía como había adquirido su nombre, cuando decidió escapar de la muerte y por qué… no había hierba que ayudara a viajar al pasado para recuperar esas respuestas. Sólo sabía que escapaba de la Muerte.
Por el ocio, Espártaco se dedicaba a cazar demonios, pero no se lo digan a nadie. Buscaba en especial, a la más hermosa de todos ellos. A la madre que los parió. A Lilith. Habían peleado hacía muchos años atrás y cuando digo muchos, son tantos que es imposible contarlos… y en esa pelea, Lilith decidió esconderse. Desde entonces, solo puede sentirla durante breves lapsos de tiempo y nunca está cerca para alcanzarla.
Espártaco era muy paciente y se divertía escapando de la Muerte. Al fin y al cabo, no tenía prisa por encontrarla. Ni a Lilith, ni a su eterno perseguidor.
Es obvio que durante todo ese tiempo, Espártaco ha adquirido conocimiento que sólo poseen los cuervos de la Muerte, los Magos, los Inmortales, los Ángeles y los Demonios. Lo más importante, es que sólo lo conserva en su cabeza. Sabe lo que podría suceder, y lo sabe muy bien, si alguien más tuviera ese conocimiento. Por eso le buscan constantemente, no sólo la Muerte y sus jinetes cadavéricos, no, le buscan todos.
Al menos, todos los que saben de él.
Cuando era indigente, nadie sabía de él. Era muy sencillo y muy divertido pedir dinero. Pedir comida. Aprender a tragar fuego. Contar chistes en el transporte público. Tocar la guitarra. Declamar poesía.
Su juego favorito, siempre fue arrastrar una caja de cartón. La arrastraba a todas partes con una sonrisa de dientes amarillos y ojos cansados. Una sonrisa sincera, recordarían los niños que alguna vez le conocieron, aún los que se hicieron adultos.
Recordaban, como se metía él a esa caja de cartón o como la sostenía entre sus brazos (ya que la caja, cambiaba de tamaño acorde él la quisiera) y jugaba a soñar. Jugaba a que era nadie y que era todos. Un juego muy sencillo.
—¡Sairón Dukard es mi nombre! —gritaba Espártaco ante algún espectador curioso, de menos de siete años de edad—. ¡Y soy un pirata de los siete mares!
Se ponía la caja en la cabeza y hacía los gestos de un hábil espadanchín. Brincando de adelante para atrás. Así los niños sabían que ese hombre jamás había envejecido y se animaban a jugar con él. Los niños de donde fuera: un parque de algún mercado olvidado, un jardín de un condominio, niños de la calle en el centro. Si, los niños jamás olvidaron a Espártaco aún cuando él les olvidó con facilidad.
Pero la caja, como todo alrededor de Guadalupe Espártaco… se rompió un día.
Se aburrió de ser indigente y así se fué caminando, con una sonrisa sincera y ojos cansados. Mañana podría ser un barrendero.
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Octubre 30, 2003 — Garabatos.
Escrito por Agustin Fest.
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Octubre 29, 2003 — Critica a mi mismo, Del deber ser, Howl.
Escrito por Agustin Fest.
Han sucedido muchas cosas este año, muchas cosas que yo no esperaba. Muchas cosas que destruyeron mi proyecto de muerte. Porque estaba seguro que estaba caminando para allá, al fin y al cabo.
Es por ello que aprendí a tomarme las cosas tan a la ligera, porque aprendí de la mala manera que en cualquier momento podía morirme. Y de igual manera, en cualquier momento pueden morirse las personas que están a mi alrededor.
Decidí darle la bienvenida a eso. Y así, ello se convirtió en mi única verdad irresoluta: Muerte, muerte, muerte.
Mañana o pasado. Tú o quien quieres. Da igual.
Creí que estaba disfrutando, de esa manera, lo que sucedía a mi alrededor. Que así podría descubrir, sin restricciones, todo aquello que me propusiera y así decir que he vivido. Empecé a jugar y gané. Que bien me mentía. Soy el que mejor se miente así mismo. Y lo peor de todo es que lo sabía, lo tenía a conciencia y me reía de ello. Una sonrisa torcida y ¡salud! ¡Disfrútemos esta copa!
En mi proyecto de muerte, formé distintos futuros.
Una muerte sencilla que me diera la capacidad de dar una última sonrisa y decir: “Ja… ya estuvo, finalmente ya estuvo…”. Una muerte egoísta en una playa, bebiendo una última cerveza y una mujer de anteojos oscuros mirando al mar. Todavía no entiendo porque esa concepción tan romántica. ¿Un morbo, por saber quién me extrañaría? ¿Un final justo para una lucha encarnecida contra eso que llamamos vida y de la cuál todos nos quejamos? ¿O simplemente, porque creí que tuve una vida desgraciada y esta era finalmente la recompensa? No lo sé, quien me conozca tomará la respuesta que más le agrade. Quien no me conozca y escuche de mi, también se atreverá a decir algo o tal vez se quede callado en una señal de aceptación o rechazo silencioso. Es cierto eso de que la vida es un martirio, creo en ello fervientemente. Lo acepté y todavía me quejo, porque me siento ser humano.
Si, de vez en cuando me quejo. Últimamente más. Ya no sé si son las fechas o el egocentrismo o el grito de doscientas veintiun fragmentaciones que me empujan a hacerlo. Antes no me quejaba tanto, como había dicho, daba la bienvenida a todo aquello que me impulsara a una muerte de carne o espíritu. A suaves dósis, para disfrutarlo todo con los ojos abiertos. ¿Si no, de qué vale? ¿No es mejor tambalearse en el camino oscuro? ¡Claro que si! ¡Si lo vas a hacer, hazlo bien! Como he dicho, acepté totalmente lo que viniera y lo hice con una sonrisa, aún habiendo una debil queja, lo hice sonriendo porque era justo y necesario. Porque así, después de todo, me sentía vivo y enfrentaba al tiempo y a la muerte.
Porque así me sentiría preparado, el día que nos vieramos a los ojos, para hacerle un millar de preguntas que han asaltado en mi mente desde que nos conocimos.
Las ventajas de morir viejo es que habría más preguntas o tal vez, obviar las necesidades de estas. Para mi era agradable pensar en la muerte vieja, de vez en cuando, porque querría decir que habría prolongado la lucha durante más tiempo. No ganado, porque es imposible, pero al menos sí… el suficiente tiempo para haber descubierto las respuestas por mi mismo.
Sin embargo, habrá sido lo mismo.
Me habría rascado las bolas mientras apenas sostenía un trabajo. Un viejo solitario, que fuma demasiado y se emborracha de vez en cuando, aceptando por fin la responsabilidad de matarse un poco más rápido cada día. Una casa, llena de libros tirados por todas partes. Una o dos amantes, si bien me fuera, quienes por compasión a mi piel arrugada y mi barba mal afeitada, decidieran darme un poco de amor. Aspirando, todos los días, a ser un escritor. Caminando de trabajo en trabajo mediocre y aún así, borracho en una cantina, promulgaría con voz estentórea toda mi lucha. Digno de patetismo, digno de soledad y digno de caminar bajo la sombra oscura, todos los días.
Simón, me hubiera encantado.
Esos dos futuros, básicamente, con distintas ramificaciones que llevan a lo mismo. El auto-engaño. El esperar a que fuera suficiente y decir: “Bue, ¿ya estuvo? ¿No necesitas más, querida vida? Okas dokas, ¡Vámonos! Me voy a chupar unas chelas con la muerte, ahí nos vemos al rato”.
Si. Un miedo a vivir, viviendo. Valga la redundancia. Se necesita mucha práctica. Dejar que todo suceda alrededor y no mirar, ni sentir. Solo dar una probadita y sonreír. Una probadita dulzona y amarga de todo. Pichicatearle al sentimiento.
¿Es posible? Debe serlo. De no ser así, no comprendo cómo he llegado hasta aquí.
Pero se ha roto mi proyecto de Muerte.
Y ahora tengo tanta Vida en las manos, que temo que se me escape. Tengo tanta Vida en las manos, que ya no se siente tan bonito quejarse. ¿Por qué? ¿Si antes era tan fácil quejarse y sonreír después de ello? ¿Por qué era tan fácil, pichicatear a la Vida y ahora que la tengo, poseer un real miedo de perderla?
Ahora no me gusta quejarme. He perdido una armadura que me hacía luchar facilmente.
Me doy cuenta que he perdido la indiferencia que tanto me gustaba.
Y no conozco ninguna otra arma, más que tener paciencia…
Serenidad y paciencia, mi querido Solín.
No sé que más decirte. Espero estés bien, Solín.
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Octubre 26, 2003 — Intento ser Escritor, Poesia, otros blogs.
Escrito por Agustin Fest.
Allá, en todo el mundo bloggero,
Hay alguien que es más culero,
Ni Mil-Mascaras, ni Borjamari.
Ni aquella monjita, Doña Mary.
Hablo de la eterna huesuda,
Aquella Muerte fría y sesuda.
Nos mira a todos impacientes
Tronándose a gusto los dientes.
Con quién empezar, no decidía.
Hay tantos y muchos más cada día.
—¡Hartos! ¡Hartos jóvenes imberbes!
¡Y todos ante mi grandeza, inermes!
—Se eligen nombres algo difíciles
Creen que mis rimas serán dóciles
Algo me inventaré para agarrarlos
No se escaparán, habré de jalarlos.
Mal rimando, se la pasó la Muerte
Y no fue cosa de mucha suerte.
Habilidad literaria, alguno diría.
O de ocio en ocio se vive el día.
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Tags: blogósfera, calaveritas, día-de-muertos, diversión, homenaje, Muerte, Poesia
Octubre 26, 2003 — Howl, Intento ser Escritor, divier-tt, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
En un espejo, se mira el reflejo.
En un reflejo, se mira el conejo.
En un conejo, se mira el pendejo.
En un pendejo, se mira el sejo.
En un sejo, hay muchas hojas.
En muchas hojas, hay zonas.
En las zonas, hay también zorras.
Y las zorras, lamen las gonadas.
En las gonadas, hay semillas,
que explotan hasta quince millas,
manchan la madera de las sillas,
cuidado, si abres la boca, las pillas.
Las pillas, son muy traviesas,
y un poco más si te atraviesas.
Será mejor que hagas pesas,
guerra con las hojas buenas.
Buenas las noches y las tardes,
con el sol, estás que te ardes,
y no son estos escritos, alardes.
Si ladras, mejor también muerdes.
Muerdes un pan, sabe muy rico.
con mermelada, sonríes como mico.
También si te compras tres Sico.
O si persigues sin parar, a Nico
Nico es un perro que corre y derrapa
¡Míralo! ¡Míralo! ¡Cómo se escapa!
El riñón, del mal susto se le tapa,
no hay lugar seguro en el mapa.
El viejo mapa divide nuestra Tierra,
El nuevo mapa, la divide también.
Bonito mapa, ¿no somos todos iguales?
Júntanos mapa, sin distinciones.
ya… ya…
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Octubre 26, 2003 — Del deber ser, Dialogo, Fractal Chaos, Howl, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
La fragmentación de la identidad, es muy importante, ya que gracias a esta el individuo puede conocerse así mismo desde distintas perspectivas. Sin embargo, el problema es que olvidará quién es, quien fué y no pensará en el quien será. Será el mismo individuo, con mil nombres, mirándose desde uno para comprender a otro y será otro envidiando las capacidades de un tercero y aquel tercero, contemplará la belleza de un cuarto y tratará de pintar la belleza del cuarto en el quinto, quien se niega rotundamente.
Este es el individuo más confuso, pero me agrada.
Cada nombre reclamará su propio espacio y entre más fuerte sea, podrá adueñarse mejor de la conciencia del individuo. Hasta que sea el único y los otros novescientos noventainueve restantes ya no importen.
La única solución del invididuo, para protegerse así mismo… es que estando en plena consciencia de quién es, decida olvidar totalmente lo básico —Quien fué—. De esa manera, los mil nombres o las mil perspectivas que ha creado, se volverán difusas. Se harán ciegas y no se verán, porque estarán desesperadas por conocer quienes son en sí. Las mantendrás ocupadas.
Siempre hay un pero… ¿no es así?
Sin embargo, quedan consciencias o nombres, que en el fondo conservan su fortaleza (sus recuerdos, los más profundos, los que marcaron una diferencia en cada uno de los nombres) y el individuo, sin querer, se verá inundado por ellas. Los nombres se reducirán a quinientos —los que sobrevivieron la ceguera—, y obligarán al individuo a caminar. La fragmentación, que fue el primer error desde siempre, seguirá estando presente.
No entiendo, ¿qué me quieres decir?
Para unir las quinientas perspectivas restantes, el individuo debe observarlas muy bien. Las tiene que perseguir en silencio y cuando note similitudes entre una y otra, nada más necesitará unirlas. Es así, como quinientas, se transforman en doscientas y doscientas en cien. Para ello, el individuo debe tener plena consciencia de sí mismo, ya que si alguna de sus identidades se adueña de él, bien puede estar engañándose así mismo y en vez de unir, sigue separando.
Ajá…
Aunque existe un evento de caos, que es el concepto que los humanos cuyo nombre es “el tiempo”. El tiempo es, un factor externo que obliga al individuo en sí, a cambiar constantemente. Las inquietudes, las metas y los vacíos, se vuelven distintos y manchan la pureza de la consciencia. Tan importante como “El tiempo”, existe “el espacio”. El espacio también definirá la fragmentación del invidiuo y su consecuente unión. No es lo mismo tratar de unir las fragmentaciones restantes en una playa que en una penitenciaría.
Me duele la cabeza…
El método de la fragmentación…
ya cállate, ya cállate por favor.
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Octubre 24, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando le conocí, ya lo traía puesto. Lo cargaba a todas partes y no dudaría que inclusive a la hora de la ducha lo usaba. El anillo de plata, siempre estaba brillante y muy limpio. Lejos de ser como su dueño, un hombre bastante práctico y muy rígido, este era un anillo caótico cuya figura era irreconocible. Cada que le acompañaba, había alguien que le pedía la mano y le quitaba suavemente el anillo del dedo. Él consentía y dejaba que la otra persona lo admirara minuciosamente. La pregunta era la misma: ¿Qué es?
A aquel hombre le brillaban los ojos e inventaba las historias del universo. Todas, girando en torno a aquel anillo. A veces le preguntaba de dónde procedía en realidad y con ese brillo demencial —sin ninguna influencia y/o pretención Tolkiana— en los ojos, me respondía tranquilamente con una historia diferente. Era inevitable que me envolviera y me volví fanático de preguntárselo cada vez que veía oportunidad.
Y tal vez, en una de esas tantas historias, se esconde la verdad sobre el anillo.
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