Entradas escritas en Septiembre, 2003 ↓

Gajes del Oficio

Estaba en la oficina, medio checando unos casets, medio checando el MSN. Feyo estaba en la otra computadora, viendo imágenes.

Cuando de repente, se me salió un suspiro (si, mientras platicaba con ella) y dije— Te quiero.
Naturalmente, Feyo me volteó y me miró raro.

Me sonreí y aprovechando la homofobia de los hermanos Hernández…

—Te quiero Feyo…
—Este, si, está bien gordo…
—Pero si te quiero mucho Feyo.

Alfredo me miró con los ojos muy abiertos.

—Gordo… me estás asustando.

Me eché a reír con la seriedad y el temblor en la voz de Feyo.


Feyo llegó a pedirme unas listas.
—Te doy tus listas, solo si me dices que me quieres Feyo.

Feyo parpadeó un par de veces.
—Te quiero mucho gordo.

Villahermosa

A mi madre, le dije que iría a algo de literatura. A mi tío, le dije que iría a conocer, por mera curiosidad. A mi jefe, le dije que iría a ponerme borracho.

En realidad, no fue ninguna de las tres. Lo hice por una sola razón:

Una imagen dice más que mil palabras.

Aproveché para saber que era un peje-lagarto… porque francamente, no lo sabía. Ella me lo ha enseñado.

Y también, he visto la estatua del capitán y la anciana. No me sé la historia y Ella tampoco, pero promete ser interesante… lo curioso de estas estatuas, es que Ella en otra foto ha logrado que parezcan reales. Como si estuvieran caminando con la gente, abandonando el mirador…

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El delfín

Erase una vez, que se era que allá en el antiguo mar de Yunén, o Yenén en algunos textos, decían los marineros que un hombre luchó durante cuarenta días y cuarenta noches, con los demonios del pasado, del presente y del futuro, que arrastraba inexorablemente a donde fuera en su barco Mojalnir.

Los marineros lo observaron con respeto, siempre al margen y sin deseos de intervenir, ellos sabían mejor que nadie, que con el mar se lucha sólo. Observaron gozosos, como espectadores en una lucha grecorromana, como luchó contra piratas, súcubos y la constante lluvia. Con temor miraron como una Anciana Ciega, a la cual llamaban La Tía Yemita, se subió al barco invitada por el anciano con boina.

Por un momento lo confundieron con Caronte. Hasta que descubrieron que Caronte también le seguía con una sonrisa, remando en su vieja barca y llevaba consigo tres cuervos, los tres cuervos más negros que la Muerte hubiera jamás criado. —Estoy esperando —susurró Caronte—. Estoy esperando a que el cabrón se muera. Y los marineros, secretamente, querían que el viejo ganara. Aunque lo miraban perdiendo.

Entonces el anciano gritó por el Eros y nació un delfín.

El delfín lo siguió fielmente, ofreciéndose en sacrificio, durante muchos días y muchas noches. Hasta que el delfín lo salvó de si mismo (y en realidad, se salvaron mutuamente, pero el anciano sería demasiado necio para aceptarlo hasta el día de su muerte).


Fue entonces, que el viejo hizo otro viaje, llevando al delfín consigo en corazón, mente y cuerpo. Una ciudad de puentes y agua. El anciano se sintió como en casa.

Una mujer, caminando entre sueños.

Como en casa se sintió…

Le ofreció sus manos y su rostro.

El sol, allá arriba, le recordó el sol del Inventor. Le hizo sudar todo el cuerpo, el aire se le metió hasta por los poros, le retorció el cuerpo desde las entrañas y le cambió la mente de una manera violenta, revolviéndole el cerebro hasta hacerlo agua.

Le ofreció su respiración y se hundió en el pozo profundo del iris.

Se dio cuenta, con una sonrisa, que el delfín saltó de su cuerpo. La mitad que correspondía al Eros. “Un hombre muy extremista”, le dijeron y era verdad.

Hambre.

Comprendió, muy adentro (donde las pasiones del hombre residen y también, sus más anhelados deseos), que los papeles habían cambiado. Debería resistir el thanatos para perseguir el eros y encontrarlo, y perderlo de nuevo… y encontrarlo… y perderlo otra vez… y encontrarlo.

Siempre ha sabido a donde quiere caminar.

Porque el delfín ha saltado… y juguetonamente, aún habiendo mil sacrificios, habría de caminar hasta encontrarlo.

Colorín, Colorado… este cuento no ha terminado.