¿Alguien lo está leyendo? ¿Alguien lo leyó? ¿Lo quieren seguir leyendo?
10 comentarios (10 personas distintas) y lo seguiré escribiendo.
Septiembre 5, 2003 — Critica a mi mismo.
Escrito por Agustin Fest.
¿Alguien lo está leyendo? ¿Alguien lo leyó? ¿Lo quieren seguir leyendo?
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Septiembre 5, 2003 — Un tal Simon Dor.
Escrito por Agustin Fest.
Caminé hacia él, estaba sentado en una sillita plegable y fumando un cigarrillo sin filtro. Estaba sonriendo tranquilo, con la gorra puesta hacia atrás y disfrutando del aire fresco. El ambiente era caluroso y húmedo, recuerdo que estaba sudando… aunque prefería pensar que era el aire arrastrando gotas del lago que Simón Dor estaba mirando. Caminé hasta llegar con él, me puse las manos en los bolsillos e hice los hombros hacia atrás, enderezando mi espalda.
El viejo volteó brevemente a mirarme, me guiñó un ojo, hizo un gesto con su cigarrillo y regresó a su mirar del lago.
Nos quedamos en silencio.
—Llegamos a un punto en que estamos en paz el uno con el otro —dije y él asintió.
Y ya no hablamos en un rato más. Busqué en el lago lo que Simón miraba, ¿era el reflejo de las nubes? ¿la profundidad del azul? ¿los brillos ocasionales que daba el sol? ¿el campo que se extendía al otro lado? Escruté con mi mirada las facciones arrugadas del viejo de piel tostada y gorra de marinero, traté de adivinar en su mirada rota como un rompecabezas lo que estaba buscando.
—¿Has decidido ya no escribir? —pregunté.
El viejo Simón suspiró cansado y fumó su cigarro.
—Estoy vivo, Tsef Thaed. Este es un lugar muy hermoso, me dijeron que era “La Laguna del Negro”.
—Lo he visto antes —asentí sonriendo, me acaricié el rostro.
—Te toca escribir a ti, Tsef Thaed. Yo soy malo para los cuentos de arbolitos que caminan y se la pasan siendo tiernos. Y dejaré el Cuenta-Cuentos en tus manos, yo estoy vivo y relajado aquí por el momento… necesito descansar.
Sonreí.
Simón Dor se rió un poco.
—Es la primera vez que siento que puedo dejar algo en tus manos. ¿Ya podrás terminar ese Poder Gris?
—Cuando acabe todas las historias.
—No lo aplaces —dijo Simón Dor y luego sonrió—. Al menos, no mucho. Yo estaré aquí, cuidando a mi delfín. Además, me debes mi cuenta-cuentos, ¿cómo harás para escribirlo?
—Una palabra después de otra.
—Bien. Me interesará saber quienes son mis hijos… dios-Fest.
Me reí.
—Has leído demasiado Onetti.
Simón sonrió, prendió un nuevo cigarrillo y se perdió nuevamente.
Y lo dejé solo.
Septiembre 5, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
El Árbol resistió las ganas de llamar a Tito, ya que la gente de mediodía estaba paseando por la calle. A pequeños impulsos cuando no le miraban, pudo llegar a la fachada lateral de las escaleras de una casa que le permitiría engañar a los transeuntes y hacerles creer (a primera vista), que era un adorno más. Sin embargo, capoTiTo (Se corrigió así mismo, Árbol Tsef Thaed, ya que recordaba su nombre) sabía que si alguien se paraba a mirarlo, notaría la extravagante maceta compuesta por un carrito de plomo que pronto se oxidaría por el agua que le había puesto Tito.
Se quedó callado y paciente, miró a la gente caminar de un lado a otro. Los árboles, nacían con la paciencia por naturaleza, la necesitaban mucho en invierno. El Árbol Tsef Thaed, lentamente, fue descubriendo esa virtud que era innata en su naturaleza y la disfrutó enormemente. En tan solo unas horas, apreció también que la paciencia le permitía observar con más detalle lo que sucedía a su alrededor.
La gente que mira el reloj, en realidad no mide el tiempo, solo está aburrida de vivir y que no suceda nada.
Los enamorados, no sólo se toman la mano, también cambian sus ojos.
Aunque hay otros tantos, que se toman la mano y siguen mirando el reloj. Sus ojos no sienten hambre.
El Árbol Tsef Thaed suspiró, no sabía porque asociaba el hambre con los enamorados tan facilmente, hizo una anotación mental de investigar más al respecto.
Contó ocho perros, dos callejeros y seis con dueño, que le miraron con un deseo intenso de marcar su territorio, sin embargo el Árbol se encargó de espantarlos. Miró fascinado los coches, había un sin fin de ellos de manera estática en la calle y otros tantos, que sólo se movían unos cuantos centímetros y con gritos, chillaban que deseaban seguir moviéndose. El Árbol Tsef Thaed miró después, tres cuervos, los más negros que jamás hubiese visto.
Pensó en El Señor de Todas las Respuestas. Simón le había hablado de él. ¿Serían esos sus cuervos? Levemente (para que la gente no se diera cuenta), se rascó hojas con hojas y se dijo para sus adentros—: Todos los cuervos son de la muerte.
Fue observando más, cuando los escuchó por primera vez.
—El Árbol que Camina puede esperar —escuchó el Árbol y miró hacia un obrero, de quien creyó que pertenecía la voz—. Aquí no se encuentra, vamos a tomar una cerveza… una y nos vamos, ahora sí.
El Árbol miró con atención al obrero, un hombre moreno apenas llegando a sus treinta, llevaba un overol y la camisa remangada, sus facciones eran duras y tenía varias cicatrices en el rostro.
—Una cerveza, y ya… el dinero es para usarse, no lo necesitas en tu mujer. ¡No lo ha pedido!
El Árbol miró con más atención, ya que el hombre no movía los labios para hablar. Movió levemente el tronco y enfocó toda su paciencia en observar a aquel obrero.
Y descubrió al primero.
En algo similar a una sombra, una copia perfecta del obrero lo seguía. Un duplicado exacto que se las arreglaba para entrar y salir de la realidad, como en un salto, y perseguir constantemente al hombre donde este no pudiera verlo y hablarle al oído con una voz duplicada a la perfección. La copia era curiosa, porque a veces salía de las mismas entrañas del hombre y se le enredaba en el cuerpo hasta que su cabeza coincidía con él, como una gran boa que le asfixia, o a veces surgía de sus hombros, como un gran siamés que no era visto por los demás, o tal vez surgía de las espaldas, como un bebé que es cargado por su madre con un rebozo o como la mochila de un estudiante de medicina.
Así era el doppelganger del obrero y fue cuando se le abrió la vista al Árbol y con mucho esfuerzo mantuvo la boca cerrada. Miró los doppelgangers de toda la gente y escuchó infinidad de cosas que sugerían a los demás al oído. Le atacaron todas las cosas que decían al mismo tiempo, descubrió espantado que uno de ellos, había incendiando el Parque de los Árboles Olvidados y tuvo que contenerse el coraje de llorarle a SYA y a sus amigos árboles, porque los doppelgangers siempre estaban atentos, mirando a todas partes.
Muchos doppelgangers miraban curiosamente al árbol en el carrito, pero no lo consideraban más que una excentrecidad. Habían grupos enteros de doppelgangers que hablaban entre sí del Árbol que Camina y sugerían ya rutas para perseguirle y buscarle.
Todos estaban unidos.
Y todos estaban buscándole a él.
Por el susto y el asombro de haberlos visto, no se dio cuenta que su carrito ya se estaba moviendo otra vez. Era Tito, que había llegado con una nueva bolsa de cemento y aspiraba tranquilamente, su perdición a la realidad y la magia. El Árbol notó alegre y a la vez, triste… que el doppelganger de Tito colgaba muerto de su corazón.
Septiembre 4, 2003 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Dedicado a Mauricio Bonilla Caballero.
Aziel, un nombre profundo y de significado, el ángel de muchos, el ángel que era rápido y eficaz en su trabajo. No sabía cómo había llegado a ser un ser de alas y aureola, ya que gozaba de un carácter muy fuerte. Era decidido y carismático, eso lo entendía, pero también se molestaba muy rápido y actuaba de manera tajante. Una vez que tomaba una decisión no había marcha atrás. La decisión podía ser no correcta para el afectado, pero siempre era la correcta para el mismo Aziel. Los que buscaban acercársele debían pasar por un riguroso examen en su alma, no cualquiera podía acercarse a ese ángel, los que lograban entrar en su gracia debían pelear duro para no alejarse de él.
Era duro, Aziel era duro con las personas a quienes quería, pero lo hacía por su bien. Gozaba de la franqueza y la honestidad directas, no conocía la palabra sutileza ya que nunca la había aplicado en su vida. Aún así, no dejaba de ser un ángel. Buscaba hacer el bien, un bien que tal vez era apenas perceptible pero lograba su propósito.
Septiembre 4, 2003 — Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
La Amante de Estrellas
Era la segunda vez que se toparía con ella. ¿Como sería el encuentro? ¿Sabría, o por lo menos intuiría acaso que ella era la responsable de su condición? ¿Sabía acaso siquiera que estaba condenada a terminar sus días siendo presa de algún demonio preternatural, que estaba como los demás al asecho de las almas que ella le robaba a la muerte? ¿Sabría acaso que tendría la alternativa de matar a esos mismos demonios, robándoles sus facultades mágicas? ¿Sus habilidades que los hacían demonios?
Septiembre 4, 2003 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
El Nacimiento del niño llamado Carlos Padilla.
—¿Es este el sujeto? —preguntó un ángel de diminuto tamaño.
—Este es el sujeto —contestó un demonio de diminuto tamaño.
Ambas figuras míticas se vieron la una a la otra con la responsabilidad del destino en su mirada, su diferencia ya estaba marcada como la luz y la oscuridad.
El niño recién nacido miraba a ambas figuras como discutían con curiosidad inevitable, balbuceaba despreocupado del destino que le aguardaba. A veces intentaba tomar a una de las figuras… pero su mano las traspasaba como el aire, el niño no se sentía confundido aún por estas pequeñeces, pero le desesperaba el no poder tomar a las figuras como lo hacía con lo demás a su alrededor.
—¿Por qué nos ha tocado hacer sufrir a este pequeño? —preguntó el ángel con compasión en su voz.
—¡Qué débil! ¡Es su destino, el es nuestro triunfo definitivo! Ja, lo verás Anyat…
—No Nikath, el niño será nuestro
El demonio Nikath emitió humaredas de azufre por sus narices y gruñó molesto. Caminó con sus patas de chivo hacia el ángel, sondeando el terreno que proporcionaban los pliegues de la manta del niño, frente a frente contra Anyat escupió hacia un lado y se esfumó.
—Perdóname… —el ángel voló con sus diminutas alas hacia la mejilla del niño y lo besó.
—Abwaaa Gagu, Gugaaa —respondió el niño. El ángel le sonrió a cambio y desapareció también.
Septiembre 4, 2003 — Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Estaba allí en aquella casa sombría y oscura hasta que sintió su presencia. Podría olerse cada poro como si tuviera vida propia. Podría sentirse cada fibra de sus ropas. Podría tocarse cada centímetro de su piel. Esa capacidad de percepción era mejor que el sexo definitivamente. Era el poder de sentir la vida donde no existía y cuando ni siquiera poseías tus ojos para poder ver la creación.