Entradas escritas en Septiembre, 2003 ↓
Septiembre 15, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Levanta-muertos camina y recoge en su carreta a los fantasmas necios. Se despierta bien temprano, a las cuatro de la mañana y sale de su chozita en Puerto Octay para llevar su carreta, hasta diez o quince veces al día, para que los fantasmas se suban y los lleve de regreso a la entrada del reino de los Muertos. Los fantasmas necios se quedan un ratito y esperan ahí de noche, para regresar al siguiente día. Y entonces Levanta-muertos despierta, pasea con su carreta pintada con símbolos rúnicos y su machete pega contra su costado, ya morado y acostumbrado. Se va de un lado a otro, recogiendo a fantasmas necios.
Se detenía a mirar el atardecer cuando quería descansar un rato y recordaba como su hija se perdió en el mar. El atardecer en Puerto Octay siempre es bello, y con los ojos buscaba en el mar interminable vestigios de su hija, en el azul que se la vivía regalando brillos y colores diversos, a los ojos grises del Levanta-Muertos.
Y cuando caía la noche, contaba a los fantasmas en su carreta, cada semana había dos o tres fantasmas nuevos. Cada semana, un fantasma dejaba de necear y se iba a descansar o a veces, eran demasiado necios para irse y tardaban meses. Cada semana, miraba el fantasma de su hija, callado e indiferente de su padre, en la esquina extrema de la carreta. En los inicios, había intentado comunicarse con ella y nunca recibía respuesta. Intentó que otros fantasmas lo hicieran, pero estos fantasmas no daban ningún mensaje.
De por si, a Levanta-muertos le era difícil que un fantasma se comunicara con él. En muy contadas ocasiones, podía escucharlos. La primera vez que les escuchó, fue en una discusión de dos fantasmas más necios que de costumbre, y esa noche esperó que fuera la última en que escuchara algo así. No era divertido cargar una carreta llena de reproches.
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Septiembre 15, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Cuando Simón Dor regresó a Jaramillo, descubrió que seguía siendo el mismo pueblo que se hacía llamar ciudad. No se molestó en echar un vistazo, ni en sentir nostalgia y menos soñar con el futuro. No quería ilusionarse y alimentar con ello a la ciudad. La gente lo miró como el fuereño. No sabían, que su pluma había sido uno de sus salvadores en un lejano pasado.
En ese pasado, su nombre era Matías Elizondo.
Y la gente lo miró caminar, el aire parecía no tocarle y se abría paso como hacen los soldados cuando camina la reina de Inglaterra. El polvo se quitaba de su camino, sintiéndose amenazado de su presencia y el mismo sol, no quería iluminarle el rostro otorgándole un semblante gris y opaco. Simón Dor había regresado a casa, sonrió y extendió los brazos. La gente se metió a sus casas, su sola presencia auguraba desgracias. Las viejas rezaron el rosario y las jovencitas miraron con morbo al viejo prohibido.
La primera en sentirlo, fue la presidenta Alicia von Lurendberg, quien se asomó en el preciso instante en el balcón del Palacio Gubernamental para mirar en el horizonte quién era el hombre que tenía la sombra pegada al cuerpo. Un amor lejano le hizo llorar y un odio remoto le hizo apretar los dientes. El segundo fue el Padre Burgos, quien abrió una botella de tequila y brindó por el pasado. El tercero fue Jonás, el dueño del Café de “La Tía Yemita”, se rompieron las cuerdas de su guitarra y frunció el seño, por lo general se rompía una cuerda cuando un gato pasaba por el café… se sonrió, su amigo había regresado.
Y los otros que conocían a Matías, los otros no estaban seguros, pero pronto habrían de estarlo.
Matías Elizondo recuperó su nombre antiguo, caminó hacia el Café de “La Tía Yemita”, no había gente en el local ya que solo abrían de noche. Un hombre viejo, moreno, de complexión delgada y brazos fuertes por el trabajo en el campo, de unos ochenta y dos años, pero que parecía de cincuenta, dejó la guitarra de las cuerdas rotas. Alzó la mirada y creyó mirar una aparición.
Se quedaron en silencio un largo rato, el sol los convirtió en piedra, en una escultura prófana.
—Sabía que eras tú —alcanzó a decir el hombre—. Matías, creíamos que habías muerto, creíamos que ya no regresarías.
Matías sonrió.
—Tengo mucho que contarte, y mis hijos también… cuando vengan —dijo Matías—. Porque son necios y han de venir, a pesar de que les he dicho que no. ¿Todavía tienes tequila? Sírvenos un caballito por los viejos tiempos.
Jonás se rió.
—Aqui solo se sirve café, mi querido amigo.
—Entonces, que sea un café blanco y después mucho café negro. Que todos mis cuentos empiezan con “Erase una vez que se era”, ya que platican de tiempos remotos y son historias interminables… un sueño del que he despertado, para sumergirme en otro.
Jonás le miró admirado, no podía creerlo. No podía creer que Matías había regresado. Luego le preguntaría el por qué, tan sólo quería beberse un café con su amigo y platicar de los viejos tiempos.
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Septiembre 15, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Día 2.
El diario de Simón Dor.
Escrito por Heber Dor.
Querido Diario:
He asimilado la enfermedad del Cuenta-Cuentos. El primer cuento ya está escrito y me dará tiempo para recuperarme, hasta que tenga que escribir el siguiente. La enfermedad me hace tener visiones, no me ayuda a separar la realidad de la ficción (justo como decía mi padre que haría). Se vuelve más intensa hasta que puedo tomar la pluma. Ya estoy planeando el segundo cuento, no quiero que me tome por sorpresa. Debemos encontrar una cura, papá… la encontraremos juntos.
He escrito de Jaramillo y ni siquiera sé si existe la ciudad. Me basé usando las descripciones que hizo mi padre en su diario y también… también, sentí que he vivido ahí en algún momento. Mi padre escribió que Jaramillo vive de ilusiones: La ilusión del tiempo (en Jaramillo, no hay tiempo… pero si hay sol de día y lunas de noche, obliga a la gente que vive ahí a imaginar que envejece), la ilusión del espacio (La gran ciudad y a sus alrededores, hay terrenos con cada ecosistema posible: Una selva, un desierto polar, una extensión infinita de arena, un puerto Octay, un bosque húmedo y oscuro), la ilusión de la vida (aunque nadie realmente vive), la ilusión de la muerte (aunque nadie realmente muere). El pueblo se sostiene de ilusiones y dice mi padre, que el que deja Jaramillo, lo hace para dos cosas: Vivir y morir.
Interesante. ¿Existirá un lugar así o es uno de los ingenios trastornados de mi padre? Pude ver Jaramillo mientras lo escribía, no sé que pensar.
Por lo pronto, he de dejar el departamento de mi padre: ya tengo el diario en mi mano y no creo necesitar nada más de este lugar. Cuando llegué, la puerta estaba abierta, había tierra en la alfombra del departamento y también en los pasillos. Los vecinos, una pareja de esposos que se apellidan Ramirez, se me quedaron mirando. Me preguntaron mi nombre y cuando les dije el Dor, se les descompuso más el rostro, ya no hicieron más preguntas y se metieron a su departamento, pude sentir sus miradas escrutándome por las espaldas. Creo que recuerdan a mi papá con cariño.
Si, llevo el diario en mis manos y no sé por donde empezar la búsqueda de Jaramillo. Tal vez los cuentos que escriba me den una pista. Ya que mi padre, no dejó dicho como llegar.
Se me olvidó decirte: Jaramillo no existe en ningún mapa.
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Septiembre 11, 2003 — Cuenta-Cuentos, Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Benson fue un hombre malo, cargaba con el asesinato de toda una familia y cuando escapó de la cárcel antes que lo ejecutaran ya era demasiado tarde para preguntarse como su vida había llegado ahí. Se sonrió y se acarició el rostro lleno de cicatrices, manchándolo de sangre: Había sido tarde toda su vida. Ya ni siquiera recordaba por qué había matado al padre, a la madre y a la hija. Benson fue un hombre malo y ya no quería recordarlo. No quería preguntarse como su vida había llegado hasta ahí.
Corrió por el bosque maltrecho y húmedo que estaba a unos cuantos kilómetros de la cárcel, pronto se darían cuenta de que había escapado. Si no es que se habían dado cuenta ya. El detective Cariotti estaba al pendiente de él todo el tiempo. Un detective gordo, con barba mal afeitada y bigote de cerdo, una voz chillona y decían que cuando mordía a su presa, no la dejaba ir. Cariotti lo había mordido a él, por ser un hombre malo, pero eso ya no importaba. Si seguía corriendo estaría lo suficientemente lejos y no habría posibilidad de que lo detuvieran… estaba acostumbrado a correr en los bosques, desde niño los conocía ya que su padre fue un leñador y más tarde, el también lo había sido. Le fascinó el bosque de niño, aprendió a conocer los sonidos e identificó a los árboles por nombres. Fue donde hizo el amor por primera vez y también donde tuvo sus primeros besos.
Apretó los dientes dolido… fue un hombre malo y no le gustaba recordarlo. No le gustaba ser malo. La familia no había sido la primera en sufrir cuando todo se volvía rojo y le entraba el impulso. El primero fue el velador del cementerio donde antes estaba la pintora enterrada, de él si podía recordar los motivos… había pasado tanto tiempo buscando el cementerio y cuando le dijo que el cuerpo había sido cambiado de lugar, le había dolido tanto que todo se volvió rojo y violeta. Cuando despertó el velador estaba muerto y él había sido malo.
No le gustaba recordarlo y las manos de Benson gotearon sangre que dejó un rastro en las hojas caídas del bosque.
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Septiembre 11, 2003 — Garabatos, Hojas.
Escrito por Agustin Fest.

A veces, tenemos el impulso de rayar el primer espacio en blanco que tengamos. Ya sea para escribir, para dibujar o simplemente, rayar.
Y a mi madre le han dejado este recadito, me llamó la atención por el acento en la é.
Llamamé….. yamamé… ya-mamé…..
Que hermoso es el lenguaje.
Actualización 2 PM: (En tono de vieja chismosa y aristócrata) ¿Y qué tal le fue AJEM mamando, señorita Limantour?
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Septiembre 11, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
Heber Dor al terminar de escribir el día uno del Diario, sintió un terrible dolor de cabeza que le hizo levantar el rostro y apretar los dientes. Se llevó las manos al pecho y como garras, se aferró a él. En su mente pudo vislumbrar tres puertas y ángeles, demonios, dinosaurios y sátiros, conviviendo en una ruidosa fiesta donde el gran pastel adornado era su cerebro. Les gritó que dejaran de hacerlo, les urgió que lo dejaran ya y no les importó, seguían comiéndose su cerebro.
Fue que un hombre apareció entre sombras, ¿o no era un hombre? Si, si lo era… Cuando las sombras se disiparon, pudo distinguir que era un hombre viejo, sin ninguna arruga en su rostro, canoso de cabello negro, con ojeras en su rostro listo. Sostenía una pluma en su mano y portaba una sonrisa que abría y cerraba realidades.
Heber le ordenó, con el rostro hecho una masa de dolor, que por favor se detuviera todo.
El hombre se rió y no dijo ninguna palabra, se acercó a Heber y cariñosamente le puso la pluma en la palma de su mano y con la suya, cerró su puño: “Bienvenido, Cuenta-Cuentos de los Muertos”. Los dinosaurios, los sátiros, ángeles y demonios alzaron sus copas y gritaron ¡SALUD! y gritaron mil veces el nombre de Heber Dor y se rieron de él.
El hombre se desapareció y Heber Dor se sintió más solo que nunca.
Y fue que Heber Dor despertó de su visión, se puso las manos en el rostro y echó a llorar, hizo un espacio entre sus dedos para mirar al diario de Simón Dor, cuyas páginas eran desafiantes. Con lentitud e inseguridad, sacó una mano de su rostro y la extendió a la pluma… los parpados se le abrieron tanto, que sentía que en cualquier momento le podían saltar los ojos.
Con la mano temblando… escribió Heber Dor: “Cuento número uno, del Cuenta-Cuentos”.
Y después, se sintió bien.
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Septiembre 10, 2003 — Cuenta-Cuentos.
Escrito por Agustin Fest.
No estoy seguro si así va… pero lo intentaré, por ti, padre.
Día 1.
El Diario de Simón Dor.
Escrito por Heber Dor (diecinueve años).
Querido Diario:
No sé que escribir padre… creo que debo escribir desde mi inicio. Me he leído tu diario y ahora entiendo un poco más de ti y también de mí. Entiendo mis actitudes, entiendo mis fracasos y mis pocos triunfos. Aún quedan tantas cosas que decirnos, discúlpame pero tengo que buscarte padre. En los días noventa y noventa y uno, explicaste que debía terminar tus historias para ayudarte pero no explicaste como sabría el final. La maldición que llevas tú, la llevo yo ahora y necesito saber cuando estemos curados.
Tal vez no sabes si haya cura, y estoy dispuesto papá, a encontrarla. Iré a buscarte y la encontraremos juntos, ¿me escuchas? ¡Ojalá me escucharas padre!
Sé que no te conozco, sé que me abandonaste de muy niño, y creeme que eso ya no me importa. No me queda otra cosa ya, mi madre murió recientemente. ¿La recuerdas? Me dijo que la noche que te conoció, la hiciste sentir como si no hubiese otra mujer en el universo, como si tus ojos no pertenecieran más que a ella.
Mi madre platicaba mucho de tus ojos y se quedó con ellos para esculpirlos en mis genes. Platicaba de tu maña con el cigarrillo y de como te quedabas horas enteras, mirando un punto fijo en la distancia… Ojitos grandes, ojitos tristes, decía mi madre y luego su rostro se parecía convertir en el tuyo y se recriminaba: Por eso me dejó tu padre, por cursi. Ella te quería tanto.
Te odié mucho tiempo, no puedo negarlo. Te odié con todas mis fuerzas por abandonarnos y conforme escuchaba a mi madre hablar de ti, te odiaba más. Pero crecí, ¿ya ves? En vez de odiarte me dediqué a escucharla y fue así como lo supe. Supe que yo era tú. Que no sólo se robó tus ojos para esculpirlos en mis genes, también se robó las actitudes, los gestos, las palabras… tantas cosas, que me miraba al espejo y me preguntaba: ¿Quienes somos papá?.
Mi madre murió ya hace un año y todavía platicaba de ti en su lecho de muerte. Te odié también en ese momento. Soy humano, después de todo y otra de las razones para las que quiero encontrarte, es para asegurarme si te he perdonado del todo. Si ha valido la pena tu llamado.
Escuché cuando me llamabas en sueños, cuando exigías mi sangre y mi presencia. Abandoné lo poco que tuve para venir contigo, No importa, era una casa pobre con una renta exagerada y un trabajo mediocre con gente mala. No te encontré a ti, sino a este Diario que explica a grandes rasgos quienes somos. Tú y yo. Padre e hijo.
¿Dónde debería empezar Padre? no has enumerado las historias que dejaste inconclusas y no me siento capaz de encontrarlas. Hablas de muchas que hiciste de niño que ni siquiera están mencionadas en el diario y que también deben ser escritas. ¿Cómo empezar? Debo ir a verte, a buscarte en ese Jaramillo que dices, en el camino empezaré algunas que sugeriste y terminaré otras… pronto nos veremos.
Si de por sí, ya nos vemos cuando me miro en el espejo.
Heber Dor.
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