Le he leído y le he puesto nombre

Despierto temprano y lo busco, lo vigilo y lo leo cuidadosamente. Son las letras que escribiría un hombre en su estado, si, un hombre que extraña demasiado. Me recuerda a mi en el pasado, cuando cerraba los ojos y no importaba que las imágenes fueran difusas, porque los recuerdos se hacían presente. Dolían, ¡oh como dolían! Cuándo me quería sentir vivo, no hacía más que cerrar los ojos y recordar el pasado.

Hasta que le leí, en el periódico, en el internet, en el correo de las facturas de esta mañana, en los carteles que ponen en la escuela, en “El soñado” de Juan José Arreola, en todas partes está y le agrada presentarse. Ya no cierro los ojos, tan solo tengo que tomar un libro y leer para encontrarlo y así, encontrarme con el pasado. Hace de las palabras su antojo, me presenta el texto del extrañamiento y sé que es él. En el alma, se que es él, no importa que no deje su autoría en piezas maestras, en cuentos infantiles o en letreros de mala ortografía. Es él.

Y ahora me siento a leerle, hasta cierto punto divertido, hasta cierto punto cruel… porque sé que él es el yo del pasado. Le susurro que debió aprender, que debió hacer muchas cosas, que ya es demasiado tarde y ojalá lo cargue con honor y orgullo. Lo hago tal como hicieron conmigo cuando me leían, cuando yo era el que no tenía nombre y escribía en todas partes mi propio extrañamiento.

Aunque fui un poquito piadoso. Le he puesto un nombre, para que no se sienta solo.

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