[Heber Dor - Diario] Entre la realidad y la ficción

Día 7.
El diario de Simón Dor.
Escrito por Heber Dor.

Querido Diario:

He llegado a Jaramillo y todo lo que he escrito, adquiere un retorcido sentido. Me guió una adivina ciega, morena y gorda, sonriente y tranquila, que se hace llamar Igriega. Si, hemos llegamos juntos. Yo pensé lo mismo que tú, mi querido Diario, yo pensé que era la tía Yemita o Yasmín, como bien describe mi padre en su diario. Y tal vez sea ella, pero se ha comportado totalmente diferente a lo que esperaba. Es una vieja dulce, que carga con placer sus pesados kilos y en un delantal azul, como de sirvienta, carga sus hierbas y sus libros que no pueden ser leídos, tan solo sentidos. Cuando camina, a veces un cuervo le alcanza y se para en su hombro un rato, ella le sonríe y le da semillas que se esconden en su viejo delantal. Una vieja ordinaria y al mismo tiempo, arrastra los años y les ignora como si no existiesen.

Eso me tranquilizó en un principio. Eso me hizo pensar que todo lo que ha escrito mi padre, tan sólo ha sido una imaginación fértil. Que el hombre estaba loco y nadie le comprendía, que le gustaba deformar la realidad a través de sus letras. Eso pensaba yo.

Hasta que llegué a Jaramillo y todo es tal, como mi padre lo ha descrito y sobre todo, como me lo imaginaba yo. ¿Cómo llegué, has de preguntar mi querido Diario? Todavía no lo sé, le pregunté a Igriega como se llegaba a Jaramillo y ella rió dulcemente—: Jaramillo te elige a ti, tú no a él. Jaramillo te llama y te hará caminar, cuando dobles una esquina en una calle de Paris, seguramente llegarás. Cuando estés en un desierto, a punto de morir pero dispuesto a caminar a la siguiente duna, encontrarás que estás en el desierto de Jaramillo. Cuando hagas el amor en el bosque y huelas la humedad que desprenden los árboles, sabrás que siempre has estado en Jaramillo. Y en la ciudad, sobre todo en la ciudad, cuando sientas que el ruido de los coches ha roto tus oídos, cuando la gente camina mirando el reloj y están demasiado ocupados para notar a un árbol que camina, sabrás que estás en Jaramillo. Porque Jaramillo está en todas partes y ninguna, esperándote con los brazos abiertos, para que vivas tu maldición o tu bendición. ¿Vas para allá? Yo también tengo que ir, debo visitar a un viejo amigo, tenemos cuentas pendientes.

Así decidimos hacernos compañía la vieja y yo. Caminé como un sonámbulo, como en un trance. Mi ciudad dejó de tener sentido, se deformó a mi vista. Todo parecía gris y muerto. No dejé de mirar a la vieja que caminaba lentamente, sin descanso, doblando calles y subiendo escaleras, entrando a mercados para comprar cosas y también para venderlas. Le seguí como un niño que depende de ella y ella me trató igual.

—Le debo tanto a tu padre —me miraba, me acariciaba la mejilla y abría sus ojos blancos de ciega. Después se dedicaba a caminar y yo a ir tras ella. Tal vez fueron muchas noches y muchos días, tal vez fueron unos minutos. Cuando me di cuenta del tiempo que corría, me descubrí en una carretera desolada y alzé mi vista a un letrero. La anciana sonrió.

“Bienvenidos a Jaramillo”

Un letrero verde, metálico, oxidado por las lluvias. Me acordé de aquel libro que leí alguna vez: “Camino Desolación” de Ian Banks, ¿si era de Banks? No lo recuerdo del todo. De todas maneras, me encantaba ese libro… lo leí dos veces, y lo hice cuando era muy pequeño. Trataba de unos hombres que quisieron colonizar un planeta, todo era muy raro en ese libro. Me sentía parte de ellos, de su “Camino Desolación” (así llamaron su colonia). Tal vez lo vuelva a releer, si lo encuentro.

El rostro de la vieja Igriega ensombreció.

—Aquí nos despedimos, hijo de Dor, ¿Heber te llamas, no?. Te recomiendo que busques un trabajo. Te dará la oportunidad de sobrevivir el ocio de los días… eso si planeas hacer de Jaramillo tu casa. Como asumo que harás. Otra cosa: No dejes Jaramillo, a menos que decidas que ya es hora de morir. Jaramillo solo se puede dejar dos veces en la vida: cuando quieres vivir, o cuando quieres morir. Y tú ya viviste demasiado. Si quieres buscarme, estaré en Puerto Octay —la vieja sonrió—. Aunque te aseguro que será difícil encontrarme. No me gusta ser encontrada. Y si necesito de ti, he de llamarte.

La vieja se ciñó su jorongo e hizo una reverencia. Yo se la respondí y la miré caminar, perdiéndose en el gran camino desolado de Jaramillo. El aire levantó la tierra y las nubes escondieron el sol, cuando ella traspasó la entrada. Yo me quedé un momento esperando —hasta que la anciana se perdió en el camino— miré el horizonte donde unas cuantas viviendas humildes, estaban acomodadas una tras de otra. No fue hasta después de un rato que me pregunté como la anciana sabía mi nombre, si no nos presentamos formalmente. Fue ella la que llegó a mi, diciéndome que se llamaba Igriega y a mi, a mi nunca me preguntó el nombre. Extraño.

Mi querido Diario, lo que sigue… es increible.

Un coche se acercó y se detuvo en la entrada de Jaramillo. Se bajó un hombre gordo, vistiendo un pantalón barato y una corbata desaliñada, una camisa mal planchada, en sus hombros llevaba su saco y en la barba, le quedaban mijagas de un pan recién comido, tenía un sombrero gris, de fieltro. Me acaricié el rostro. No podía ser él.

—¿Qué haces aquí, muchacho? —preguntó el hombre.

—Voy para allá —y señalé un punto definido que atravesaba la entrada impuesta por el letrero.

—¿Al pueblo Segundo de Jaramillo, o a la Ciudad de Jaramillo?

—No lo sé, solo vine buscando a mi padre.

El hombre sonrió burlonamente, tal como lo había imaginado.

—Yo vine a Jaramillo buscando a un asesino, pero esa es otra historia. ¿Cómo te llamas?

—Heber Dor.

—No he escuchado de ningún Dor, por aquí. Creo que te equivocas muchacho, aunque Jaramillo no es muy grande, puedes pasar a preguntar, seguramente alguien habrá escuchado de algún Dor. Las noticias viajan rápido tratándose de recién llegados. Mi nombre es Carlos Cariotti, detective.

Se me secaron los labios, me puse palido.

—Parece que hubieras visto un fantasma —dijo Cariotti desconfiado—. O tal vez seas un criminal muchacho.

Suspiré y forcé una sonrisa.

—No señor, tan sólo es que… me recuerda a un viejo amigo que se llamaba como usted.

El detective me miró entrecerrando los ojos y abriendo los labios un poco, como un perro apunto de lanzarse. Después sonrió.

—Bien, si quieres pasar… adelante. ¿Quieres qué te de un aventón al Pueblo o a la Ciudad? ¿O quieres caminar y disfrutar el paisaje? —preguntó Cariotti sarcástico.

—A Puerto Octay —apresuré a decir.

—Hasta allá no voy, pero te puedo acercar al puente. Habrá otro valiente que lo quiera hacer o tal vez tengas que caminar. Así que súbete y bienvenido a Jaramillo.

Bienvenido a Jaramillo.

Un comentario hasta el momento ↓

#1 Casy el 09.22.03 a las 9:26 pm

Una pregunta que es exactamente lo que ocurre en Jaramillo ?y por otro lado, Como es que Cariotti esta en jaramillo?

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