[Matías Elizondo - Realidad] Regreso al origen

Cuando Simón Dor regresó a Jaramillo, descubrió que seguía siendo el mismo pueblo que se hacía llamar ciudad. No se molestó en echar un vistazo, ni en sentir nostalgia y menos soñar con el futuro. No quería ilusionarse y alimentar con ello a la ciudad. La gente lo miró como el fuereño. No sabían, que su pluma había sido uno de sus salvadores en un lejano pasado.

En ese pasado, su nombre era Matías Elizondo.

Y la gente lo miró caminar, el aire parecía no tocarle y se abría paso como hacen los soldados cuando camina la reina de Inglaterra. El polvo se quitaba de su camino, sintiéndose amenazado de su presencia y el mismo sol, no quería iluminarle el rostro otorgándole un semblante gris y opaco. Simón Dor había regresado a casa, sonrió y extendió los brazos. La gente se metió a sus casas, su sola presencia auguraba desgracias. Las viejas rezaron el rosario y las jovencitas miraron con morbo al viejo prohibido.

La primera en sentirlo, fue la presidenta Alicia von Lurendberg, quien se asomó en el preciso instante en el balcón del Palacio Gubernamental para mirar en el horizonte quién era el hombre que tenía la sombra pegada al cuerpo. Un amor lejano le hizo llorar y un odio remoto le hizo apretar los dientes. El segundo fue el Padre Burgos, quien abrió una botella de tequila y brindó por el pasado. El tercero fue Jonás, el dueño del Café de “La Tía Yemita”, se rompieron las cuerdas de su guitarra y frunció el seño, por lo general se rompía una cuerda cuando un gato pasaba por el café… se sonrió, su amigo había regresado.

Y los otros que conocían a Matías, los otros no estaban seguros, pero pronto habrían de estarlo.

Matías Elizondo recuperó su nombre antiguo, caminó hacia el Café de “La Tía Yemita”, no había gente en el local ya que solo abrían de noche. Un hombre viejo, moreno, de complexión delgada y brazos fuertes por el trabajo en el campo, de unos ochenta y dos años, pero que parecía de cincuenta, dejó la guitarra de las cuerdas rotas. Alzó la mirada y creyó mirar una aparición.

Se quedaron en silencio un largo rato, el sol los convirtió en piedra, en una escultura prófana.

—Sabía que eras tú —alcanzó a decir el hombre—. Matías, creíamos que habías muerto, creíamos que ya no regresarías.

Matías sonrió.

—Tengo mucho que contarte, y mis hijos también… cuando vengan —dijo Matías—. Porque son necios y han de venir, a pesar de que les he dicho que no. ¿Todavía tienes tequila? Sírvenos un caballito por los viejos tiempos.

Jonás se rió.

—Aqui solo se sirve café, mi querido amigo.

—Entonces, que sea un café blanco y después mucho café negro. Que todos mis cuentos empiezan con “Erase una vez que se era”, ya que platican de tiempos remotos y son historias interminables… un sueño del que he despertado, para sumergirme en otro.

Jonás le miró admirado, no podía creerlo. No podía creer que Matías había regresado. Luego le preguntaría el por qué, tan sólo quería beberse un café con su amigo y platicar de los viejos tiempos.

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