Poder Gris. Capítulo 11: “Recuperando el Nombre”

Las cosas no marchaban bien en el ejército de gnomos que salió del triángulo a través del portal. Uno de sus lideres, Sart el inmortal, tenía a Cilia bajo constante supervisión, por su dura confrontación con el demonio Kainth y lo cerca que estuvo de su magia negra. Los gnomos apreciaban a su lider natural, el ingeniero Yall, pero éste era distraido por su naturaleza gnómica, igual que todos los de su raza. No tenían consciencia de lo peligroso que resultaba meterse en territorio oscuro. Pronto se dieron cuenta que en aquel lugar siempre era de noche y el sol a nadie reconfortaba, porque siempre estaba cubierto con una espesa neblina que no les dejaba ver unos a otros, tenían que llevar antorchas prendidas constantemente. Sart usaba pocas veces su magia, ya que no deseaba malgastar energía y alertar a los oscuros de su presencia ahí, aunque pensaba que probablemente ya habían sido descubiertos, no quería tentar a la suerte y necesitaba de su magia para curar a la hechicera Cilia. Avanzaron lentamente por el continente de Hurton, dirigiéndose al bosque oscuro de Fajiro, donde unirían fuerzas con el ejército de Wulfgar. Pero no habían fijado fecha de llegada y a los gnomos en realidad no les importaba, era una raza de sangre ligera que ocupaba su tiempo en sus inventos y aún en incómodas caravanas no olvidaron sus proyectos, sus planos y sus instrumentos de trabajo. Inclusive el ingeniero Yall, que aunque tenía una de las responsabilidades como lider blanco en la guerra gris, no se preocupaba en lo más mínimo de esta, dejando la meditación para cualquier invento que se le viniera a la mente. Los días pasaron entre neblina y marchas lentas para Sart. El inmortal se contagió de la despreocupación y pudo dar más tiempo a la hechicera para curarle. Ignoró uno de los llamados de Imanthal a través del duende de los sueños, porque necesitaba concentrarse en lo que estaban haciendo, si es que estaban haciendo algo del todo. Se limitó a mandar un mensaje a Imanthal en uno de esos días, enterándose de poco e informando con la misma brevedad que ya estaba en camino a su destino. El blanco inmortal también tenía cosas de que ocuparse, y se sonrió al verse similar a los gnomos cuando pensaba en sus escritos acerca de los dioses grises. Se la pasaba pensando día y noche en ellos. Después de todo, tampoco podía dejar su investigación en magia y eso le ayudaba a distraerse de la tensión que le significaba cargar con el ejército de gnomos. Una de las cosas que se admiraba, era la fortaleza de la hechicera para no haber caído presa del demonio tan fácilmente. Podía sentir el poder diferente emanar de ella. Eso le dio un nuevo motivo para investivar y sentir curiosidad. Le dio gusto que su hijo hubiera tenido contacto con Cilia y que fuera él quien la hubiera entrenado. Más que orgullo paternal, le daba cierta satisfacción saber que su semilla se había extendido como para lograr nuevos descubrimientos y así se lo atribuía de forma indirecta. Entonces decidió perfeccionar el trabajo de su hijo y entrenar personalmente a la hechicera cuando despertara. Después de lo que habrán sido unas semanas largas, la diferencia se marcó cuando Cilia despertó. Inclusive los gnomos se sintieron diferente. Sart concluyó en que la decisión de los dioses no había sido a la ligera y que la poderosa hechicera emanaba una energía diferente que los animaba a todos. Los inventores se volvieron más creativos y los más pequeños inventos se hacían hermosos cuando ella daba su opinión al respecto. Yall se ruborizaba cuando la observaba caminar, puesto que los gnomos eran una raza tímida por naturaleza, además cualquiera podía ofrecerle la vida de una forma sencilla. Cilia se prestaba para ello. El inmortal Sart meditó esto durante largas noches y se alegró de saber que habían encontrado una razón por la cual pelear. La decisión de hacer de Cilia su alumna se vio acertada, porque ella estaba dispuesta a aprender. Ya entrando al bosque de Fajiro, Sart daba sus clases enérgico y vio que no daban resultado al mirar los ojos ausentes de la hechicera, aunque su cuerpo estuviera ahí, sabía que su corazón se encontraba en otro lugar, buscando desesperadamente al guerrero que se hacía llamar Argoth ark Gorath. —Escuche Cilia —dijo Sart y dejó su copa de vino en la mesa—. No puedo perder mucho el tiempo con usted, tenemos una guerra que preparar y una masa de gente a nuestras espaldas. Las lecciones deben ser rápidas y claras. Por eso ruego que preste atención y ponga su mente en el ahora. Cilia suspiró y se sentó en un banco dentro de la casa que Sart había proporcionado con magia. Acarició el ratoncito de madera colgando en su cuello y miró por la ventana, observó diversos campamentos y fogatas con gnomos platicando y discutiendo planos. Yall, el lider de los gnomos, estaba con ellos animándolos con su abundante sonrisa. —Por más que me apasione la magia blanca y talentosas alumnas como usted. No puedo, sencillamente no puedo, si tiene la mente en el guerrero aquel. Estoy orgulloso de mi hijo, le entrenó muy bien para ser una muchachita tan obstinada. —Creo que a él le agradaría saber eso. —Si, tal vez —dijo Sart sin tomarle importancia—. Un día de estos. La hechizera sonrió disculpándose y miró a Sart a los ojos. —Discúlpame, no puedo dejar de pensar en donde está. ¿No hay forma de que me comunique con él? —Desperdiciaríamos magia si lo hicieramos —dijo Sart indiferente, al ver la decepción en la cara de Cilia, suspiró y añadió—: Aunque podría preguntarle a Imanthal. El guerrero está con ellos hasta donde sé.

El Árbol caminó rápidamente entre los bosques. Cuando encontró un lugar indicado, plantó sus raíces y expulsó el cuerpo. Los cuervos no tardaron en llegar para posarse en sus ramas, las cuales abrió generosamente sin ánimo de pelear contra ellos. El sol ensombreció su imitación de un rostro y atacó sin piedad a las aves oscuras que graznaron molestas. El guerrero gruñó al sentir la humedad en el pasto y se arrodilló con dificultades. Al entreabrir sus ojos continuaban siendo del gris mortuorio. Lentamente sacudió su cabeza y observó sus alrededores. —¿Dónde estoy? —preguntó el guerrero, el Árbol movió sus pesadas ramas para golpear el rostro de Argoth. El guerrero respondió automáticamente poniéndose a la defensiva. Se aventó contra el Árbol y éste se sorprendió por la fuerza de un humano que parecía insignificante contra su gran corteza. El Árbol volvió a aventar sus ramas contra Argoth el cual trataba de defenderse con los brazos y seguía presionando. —Despierta ya Argarath —ordenó el Árbol—. No permitas que te siga controlando. —¡Nadie me controla! —exclamó el guerrero. El Árbol entonces separó sus ramas y después las juntó en contra de Argarath, manteniéndolo inmóvil. Argoth se resistió y no consiguió liberarse hasta que finalmente se agotó la energía que le proporcionaba su ira y se quedó quieto. Los ojos grises desaparecieron y el Árbol suspiró aliviado. —Por Jáh —susurró Argoth—, ¿qué me está sucediendo? —El Poder Gris, muchacho —respondió Árbol—. El Poder Gris te está reclamando. Juntos descubriremos su significado.

Tres grifos sobrevolaron la Isla Triángulo, en cada uno de ellos iban Erick, Jayli e Imanthal. El vampiro observó el paisaje desolado en el que se había transformado la isla triángulo, desde arriba podía ver el inmenso portal mágico y un angel negro tranquilamente volando a su alrededor. Quería verle más de cerca, había algo en el ángel que le hacía dudar. Desde lejos, el ángel también había volteado a mirarles largo rato y había parado su constante ir y venir a la isla para vigilarles. —¿Quién es? —preguntó Jayli, dándose cuenta de su observador. Los grifos rugieron en respuesta. —Es un líder oscuro. No atacará porque no ha empezado la guerra —dijo Imanthal, la bola de pelos que iba en su hombro volteó y le sonrió a Jayli, le brillaron los inmensos dientes y el enano no pudo disimular una pequeña risa. Imanthal cerró los ojos y recibió un mensaje de Sart el inmortal, después de dar órdenes mentales a los grifos, se quedó dormido voluntariamente, para poder platicar con él. —¿Quién es? —repitió Erick, se adelantó al paso del grifo de Imanthal y le molestó encontrarlo dormido, estaba tentado en volar hasta el angel y mirarlo de cerca. Le interesaba mucho saber quién era, trató de preguntarle a Imanthal una vez más y no recibió respuesta alguna, ni cuando lo dejaron atrás, como un punto negro en la distancia.

—El guerrero se ha perdido, ya no está con ellos —exclamó Sart. Cilia dejó caer un libro que estaba leyendo y miró estupefacta al mago inmortal. Se paró de la silla y caminó a la mesa dónde golpeó con el puño. —¿¡Qué le ha pasado a Argoth!? —¡Es imposible! —exclamó Sart ignorando la demanda de la hechizera, miró al suelo meditabundo un instante, con los ojos sorprendidos. Se levantó de su silla, emitió una gran sonrisa y puso la mano en el hombro de la hechicera. —Se lo ha llevado el Árbol de los Mil Nombres. ¿Sabes lo que eso significa? —¿No? —¡Qué el Árbol de los Mil Nombres existe! Cilia hizo una mueca y observó que Sart la había olvidado en su frustración, caminó intranquila a la ventana, se abrazó así misma y conjuró un hechizo para buscar a su otro igual.

El hechizo lo buscó por mar y tierra. Un ángel negro sintió la energía pasarle y sus ojos enrojecieron. Un vampiro inmortal enarcó las cejas, presentía que conocía esa energía. El mago blanco inmortal alzó su mano tratando detenerla, pero no había quien detuviera el rayo. El hijo de un dios sopló al viento, empujando el hechizo a la dirección que debía ir. Un árbol de mil nombres capturó el hechizo en el aire y esperó el momento de dejarlo ir.

En algún bosque, el guerrero se encontraba sentado con las rodillas entrecruzadas y los brazos relajados encima de sus rodillas. Se dedicó a escuchar los sonidos en el bosque y sentir la brisa pasarle entre los cabellos. Olía a pasto húmedo y le ayudó a relajarse. En ese estado de meditación, hurgó en su interior para buscarse y no encontrarse. Se imaginó en un tunel oscuro hecho de piedra, donde una luz débil iluminaba unas gárgolas hechas de piedra y algunos ratones se conservaban a las orillas. Había entradas que llevaban a más túneles y así paseaba en ese enorme laberinto, buscándose así mismo. Cuando dobló en uno de los pasadizos, encontró a su padre Sart. Abrió la boca para decirle algo pero ninguna palabra salió de su garganta, intentó relajarse porque el esfuerzo le estaba costando su concentración y el pasillo empezaba a distorsionarse, cuando recuperó la calma volvió a mirar a Sart. Su padre puso un dedo en los labios en un gesto de silencio y el guerrero asintió confuso. Se unieron en la búsqueda por el ser y caminaron en los pasillos oscuros. Sintieron que alguien les seguía y voltearon numerosas veces para ver quien era, pero no podían distinguirle. Argoth sintió una tranquilidad y amor indescriptible por la figura sin forma que les estaba siguiendo, pero no podía comunicarse con ella y tenía que seguir buscándose. Aligeraron el paso para que esta figura les alcanzara y se dedicaron con más paciencia a recorrer los pasillos, que aunque a simple vista no eran distinto el uno con otro, Argarath sabía que había una pequeña diferencia que les distinguía. Encontraron un portón cerrado por fuertes puertas de hierro, Sart y la figura se mantuvieron atrás a un paso. Argarath no podía distinguir si por miedo o por respeto. El corazón le dio un brinco, porque era eso lo que estaba buscando desde un principio, caminó decidido a la puerta y esta se abrió sola. Se encontró en un cuarto circular, donde una esfera de luz grisacea flotaba encima de un altar. Cuando intentó caminar hacia ella, un caballero de armadura gris se le puso enfrente y se quedó firme. Argarath intentó rodearlo, pero este caballero se movía tan ligera y rápidamente, que el guerrero no tenía oportunidad de pasarlo. Argarath se desesperó y empujó al guerrero, pero no lo movió ni un centímetro. El pasillo se hizo difuso. Se alzó con los ojos grises y gritó furioso en medio del bosque, donde el Árbol de los Mil Nombres le vigilaba intensamente. El guerrero se percató que había regresado de su viaje interno y los ojos grises se le apagaron. —Habla con tu mujer —sugirió el Árbol de los mil nombres—. Así tendrás una presión menos sobre tus hombros. —¿Cómo puedo hablar con ella? —Escúchala, lleva rato hablándote —el Árbol cerró sus ojos y pareció dormitar, se abrieron sus ramas esplendorosamente y una luz dorada salió de ellas. Argarath percibió el olor de su amada y se dejó envolver por la luz que le hablaba en una voz conocida. Entonces reconoció a la figura que le había acompañado en el laberinto y besó sus labios no corpóreos.

La hechicera y el guerrero, entraron en un estado de inconsciencia, similar al mundo de los sueños donde Gyxtix transportaba con su voluntad a quien quisiera. Argarath y Cilia, se encontraron en el bosque del recuerdo de la primera noche, con la misma luna y el mismo bosque húmedo. Se tomaron las manos y se besaron, no pudiendo aún creer que se tuvieran el uno al otro después de tanto tiempo. —Te extrañaba —dijo él y le apartó el cabello del rostro. Ella le sonrió condescendiente. —Y yo a ti, mucho. —¿Sart está contigo? —Si, en espíritu —respondió Argarath. Cilia se llevó una mano al rostro y contuvo las lágrimas, se abrazaron y guardaron silencio. Se sorprendían del detalle del recuerdo. Los mismos grillos de aquel entonces cantaban y el viento nocturno silbó deliciosamente en los árboles. Maldita noche hermosa, se dijo Argoth, maldita noche hermosa que no volverá. —Estoy con el padre de Sart en tierras oscuras Argoth. Llegaremos un poco antes de que inicie la guerra. —Lo sé. —Él mencionó algo de un Árbol de los Mil Nombres. ¿Tú sabes qué significa? Argoth suspiró y forzó una sonrisa.

—¡Es el Árbol de los Mil Nombres, Imanthal! —exclamó Sart—. ¡Los dioses grises existen! ¿Te das cuenta? No han sido en vano mis estudios, mis años de inmortalidad están dando fruto. ¡Qué mala ocasión para que se de una guerra! —Mi querido Sart, yo se que esto te emociona sobremanera —contestó la figura incorporea del gnomo—. Yo vi al de los mil nombres con mis propios ojos. Pero esa no es mi preocupación, la pregunta aquí es ¿por qué se ha llevado a Argarath? ¿Qué parte tienen los dioses grises en ésta guerra? —¡Habrá que investigarlo! —Sart, no es momento para eso. —Conocimiento mi querido amigo —sonrió Sart en su forma inconclusa—. Recuperar el pasado y recuperar el nombre. ¿No es así? Ésta guerra ha dejado de ser de dos bandos. Un tercero está moviendo las piezas y todavía no sabemos a favor de quien. En este momento, la hechicera está platicando con su enamorado, cuando terminen, hablaré con ella y veré si puedo agregar información valiosa a mis estudios. Por supuesto, mi buen amigo, en dado caso de tener información útil he de compartírtela inmediatamente. —Ya no estoy seguro de que está sucediendo Sart, si quieres mi opinión. De cualquier manera, los grifos siguen volando y no tardaremos en reunirnos en las tierras oscuras. Ya tendremos oportunidad de platicar esto, si es que la guerra no nos alcanza antes. —Así sea —sonrió Sart. Los magos despertaron y cada uno se hizo las preguntas, que en la guerra serían respondidas.

Entonces, el Árbol de los Mil Nombres, le platicó a Argoth ark Gorath quienes eran los dioses grises y el origen del Poder Gris. —Cuando Pensante era un bebé y apenas consciente de su poder creador, nos hizo a nosotros repletos de sabiduría y sentimientos: El Dios Corazón, El Dios Espacio y El Dios Tiempo. Nosotros nos encargamos de cuidarle y alimentarle, enseñarle lo que él mismo había creado… un mundo encerrado donde sólo existíamos los cuatro. —¿Tú qué Dios eres, Árbol? —preguntó Argarath, quien estaba con las piernas en forma de indio y comiendo los restos de un venado que había cazado. —Yo era el Dios del Tiempo y Pensante me hizo capaz de conservar la memoria de los seres. Soy el forjador del pasado y creador del futuro. Un guerrero del presente que enseñaba a Pensante a vivir los momentos, que harían la existencia de su tiempo. En mis raíces, llevo todos los eventos de todos los seres y en mis hojas que ya son marchitas, solía llevar su futuro, su desenlace. Frutos que ya no poseo que contaban el final de su aventura en la vida. Para complementarme, creo al Dios Espacio. —¿El Dios Espacio? —Si, era el más creativo de todos nosotros, el que le platicaba a Pensante historias maravillosas que le llevaron a crear Lagrim y Hurton. Un dios estrafalario y de una imaginación extensa. Con suma habilidad lograba crear vínculos en sus historias que le permitían generar más historias. Él se encargaba de crear los lugares en donde existiría El Tiempo, es por eso que en su mente conserva los vínculos de los seres, sean éstos amigos o enemigos, amantes o famililares. Hacía que las relaciones sean estrechas entre uno y otro, sea elfo o troll. Pensante le castigó encerrándolo en el castillo de Gansby, obligándole a servir y quitándole la capacidad de soñar. Argarath asintió. —El Dios Corazón, procuraba los sentimientos. La sabiduría del sentir. Se ocupaba de que Pensante jamás se arrepintiera de los sentimientos que le embargaban y no se avergonzara de expresarse. Tenía ojos que miraban más allá del alma y con ellos podía saber de antemano lo que habría de suceder. Cuando Pensante tenía un problema, solía recurrir al Dios Corazón. —¿Y qué sucedió? ¿Dónde están ahora esos otros dioses, aparte de tí? ¿Por qué no creo un Dios para complementar al Corazón? —Pensante se volvió soberbio —dijo El Árbol—. Decidió crear éste mundo que ves ahora y cuidó los detalles día y noche. Después se cansó de él e hizo a las criaturas oscuras, cuidó las guerras día y noche. Después se cansó y decidió destruirlo. Los Dioses Grises quisimos impedirlo y entonces, al castigarnos a nosotros se castigó así mismo. Él es ahora el Dios Razón, el Dios de la Muerte. El Poder Gris, donde blanco y negro se complementan. No estoy seguro de que sucedió el día en que Pensante quiso destruirlo todo, solo recuerdo que me quitó mi nombre y deberé andar la eternidad de los tiempos buscándolo. —¿Yo qué tengo que ver en esto? —preguntó Argarath. —Pero si ya lo sabes, tú tienes el poder creador. Pensante te quiere a ti para destruirlo todo. Ya no quiere la responsabilidad de éste mundo sobre sus hombros. —¿Cómo puedo evitarlo? —Eso no lo sé muchacho, primero te ayudaré a recuperarte a ti mismo. Debes regresar a aquel lugar y liberarte de Pensante. Ya luego, tal vez tendrás las respuestas que tanto anhelas. Argarath y el Árbol miraron a ningún lugar en silencio, estaba anocheciendo en el bosque, pronto sería hora de dormir. El guerrero pensó en cuanto extrañaba a Cilia. Ella le había contado que el Dragón Blanco ya les estaba siguiendo y que no tardarían más de tres días en llegar a Grisel, donde estaban las fuerzas de la luz reuniéndose para luchar en territorio oscuro. A Argarath no le gustaba saber que no podría luchar a su lado, pero se sentía seguro porque Jayli y Erick también estarían en Grisel. Ellos cuidarían de ella. La Guerra Gris no tardaría en iniciar y se sentía responsable de ésta. ¿Sería cierto qué Pensante quería su poder creador para destruirlo todo? Tenía que regresar a sus adentros, el Árbol poseía información, pero no la poseía completa… había algo que no cuadraba. ¿Qué sucedió el día en qué Pensante decidió destruir el mundo? Argarath cerró sus ojos e inició su viaje introspectivo. Regresó al mismo laberinto de muros oscuros y viejos, donde los ratones, las antorchas y la humedad parecían reales. Argarath hizo un esfuerzo mental y borró el camino de confusión que Pensante había creado para que no se encontrara así mismo. Los pasillos se difuminaron y no quedó más que un desierto. El espíritu de Sart apareció entonces a un lado de Argoth y le tocó el hombro. Argoth se volvió para mirarle y le sonrió, le dijo que no con los dedos y el espíritu de Sart desapareció. Ésta vez tendría que caminarlo sólo. En el centro de aquel desierto, se encontraba el círculo de caballeros grises que protegían la esfera grisacea en el altar. Argarath se acercó a ellos y trató de empujarlos, pero le fue inútil. Los observó durante un tiempo y se decidió a hablar con ellos. —¿Quiénes son ustedes? —La Muerte. —Dime, ¿qué fue lo que sucedió el día que decidiste destruirlo todo? —Yo nunca decidí destruirlo. Pero tú lo harás. Argarath no creía lo que escuchaba y extrañamente, tenía sentido. Entonces la Conciencia que se había creado en su interior, habló por él. —Porque nadie debe controlarme. —¿Estás seguro que tú estás diciendo eso? Argarath estaba confundido y no entendía lo que sucedía, la Conciencia de nueva cuenta habló por él. —Yo era mejor que tú, yo hubiera podido crear mejor. —Pero yo tenía el poder y siempre confíe en ti. —Quiero destruirlo, yo quiero ser el Creador de un nuevo mundo, donde no serán tus caprichos, sino los míos —respondió la Conciencia.
—Escúchame Argarath, dame el Poder Creador. ¿Recuerdas cuándo hablábamos tú y yo, cuándo apenas llegaste a éste mundo? Todavía estamos a tiempo para cumplirlo todo. Ríndeme el Poder Creador, Argarath. No lo escuches a él. —Argarath ya no quiere construir, sino destruir —respondió la Conciencia—. Quiere destruirlo todo para que nadie sea capaz de controlarle nuevamente. Ni tú, ni el anciano mago. —¡Qué estupidez! ¡El anciano mago ni siquiera tiene que ver! —respondió uno de los Caballeros Grises y se movió de su lugar, acercó su pesado cuerpo metálico hacia Argarath—. ¡Escúchate Argarath! Ni cuenta te das que somos dos peleando por tu alma ahora. ¿Quieres saber qué sucedió? Uno de mis Dioses me traicionó. Ya no me importa tu poder creador, pero no he de liberarlo porque podrías destruir todo. Ya no quiero volver a crear, es mucho sufrimiento, es mucho pesar. Ya no quiero cargar el peso de nadie. —No nos deja otra opción Argarath —respondió la Conciencia y Argarath le escuchó—. Tenemos que matar al Caballero Gris, matar a la muerte. Sólo así podremos destruir a los que nos controlan y después, destruirlo todo. Tenemos que liberarlo Argarath… con la sangre del amigo y la muerte del amor. Así llegaremos a él, Argarath. Argarath sabía que la Conciencia tenía razón.

El Árbol observó con atención a Argoth cuando un aura gris oscuro le cubrió el cuerpo. El Árbol comprendió, después de todo, tendría que matarlo. Se levantó y movió sus ramas hacia él. —Hiciste bien Árbol —dijo una voz. El Árbol volteó hacia la voz, observó sus ojos antes de que sintiera la espada de Argarath atravesarle la corteza y partirlo a la mitad, los cuervos graznaron ruidosamente y volaron haciendo la noche más negra de lo acostumbrado. —Ahora lo hará porque él quiere hacerlo —dijo la voz, antes de que el Árbol cayera herido en el pasto. Luchó por no quedar inconsciente y sintió que su corteza partida había recuperado otras dos letras de su nombre. Podía recordar el día en que creía que Pensante quería destruirlo todo. —Si, fui yo. Fui yo el traidor. —dijo El Ciego. Argarath se paró a su lado y él Árbol alcanzó a mirar los ojos del guerrero, ojos que se perdieron, igual que los del Ciego, en un gris profundo.

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