La Amante de Estrellas
Era la segunda vez que se toparía con ella. ¿Como sería el encuentro? ¿Sabría, o por lo menos intuiría acaso que ella era la responsable de su condición? ¿Sabía acaso siquiera que estaba condenada a terminar sus días siendo presa de algún demonio preternatural, que estaba como los demás al asecho de las almas que ella le robaba a la muerte? ¿Sabría acaso que tendría la alternativa de matar a esos mismos demonios, robándoles sus facultades mágicas? ¿Sus habilidades que los hacían demonios?
- Nadie sabe para quien trabaja -. Escupió la última palabra con desgano, odiaba ser el vehículo de alguien, pero prefería mil veces entregar todas esas almas a algún miserable demonio menor, que admitir su derrota, y dejar que la muerte saliera triunfante una vez más.
Sus manos cansadas acariciaron la efigie de Kali que mantenía de vez en cuando a su derecha esperando con ello ocultar el temblor involuntario que se había apoderado de ellas. La hora se aproximaba, lo sabía. Sentía en los viejos huesos que su triunfo final se acercaba inexorable. La muerte perdería finalmente, y con ello, su venganza sería total.
Ya era de noche cuando la señorita Ana Rodríguez entró por la galería Santa Fe y avanzó decididamente hacia el grupo de casitas que se veían a lo lejos. En la esquina verificó la hora en un puesto de cigarros y ajustó su paso. Era cosa de minutos.
Salvo lo minucioso de esa breve operación, no había nada fuera de lo común en esa joven mujer que dejaba Plaza Santa Fe en la esquina de Montevideo y caminaba hacia el paso del tren, que le conduciría a la humilde casita a la que se dirigía. Tenía que apretar el paso un poco, no contaba con el obstáculo que presentaban los durmientes que hacían honor a su designación, y parecían descansar de anteriores ajetreos a un costado del único paso disponible que tenía Ana para llegar a su destino.
La noche en la plaza era violeta, y el frío de otoño transportaba los perfumes de los suburbios hasta su sensible nariz en esa noche avanzada de Noviembre. La señorita Ana miró el cielo y otra vez tuvo una actitud de precisión inusitada, como quien ajusta la mecánica de las esferas celestes. En el firmamento solo había estrellas de primera magnitud. Quizás Alfa Centauro brillaba mas entre el maravilloso follaje de los árboles de la vieja tipa, en la esquina de su choza.
A las 20:45 la señorita Rodríguez entraba en el rellano de las escaleras que conducían al interior de la vieja casa.
?Prefiero las entrevistas importantes de noche, en las últimas horas del crepúsculo. La toma de contacto psíquico es una cita con la angustia y la angustia viene a flor de piel, en los ojos húmedos, o en los olores ácidos del sudor y las largas frases que en realidad no dicen nada. Pero siempre está en la voz. Y es que la angustia, como los animales de presa, se tira a la yugular, pero después de un tupido día de consultas una se pregunta ¿a la yugular de quien??
La paciente nueva llegó en punto. La puerta nunca estaba cerrada, así que entró y noto inmediatamente que la atmósfera era más opresiva de lo que recordaba de su niñez, cuando había venido con su querido padre. Fue en ese momento cuando ocurrió el apagón y la casucha quedó a oscuras. Es absurdo, casi ridículo, un consultorio sin luz, pero después recordó que no se trataba de un consultorio cualquiera, que aquí se practicaba la adivinación y la brujería. ?No es siniestro también? La oscuridad deja las yugulares al desnudo. Maldita electricidad!?
-¿Señorita Rodríguez? -Si, soy yo. -Lo lamento, niña, pero se cortó la luz. Espere un momento a que encienda una vela.
La habitación se iluminó con la tenue luz de un par de velas que inmediatamente aumentaron el aspecto opresivo de la estancia. Una fugaz forma negra sobresaltó a Ana, cuando creyó ver por un momento que una figura imponente se inclinaba sobre la vieja, guadaña en mano, pero se trataba únicamente de un juego de sombras.
Ya estaban las dos frente a frente. La vieja con una sutil sonrisa en su cara, que no ayudaba a suavizar sus facciones flageladas por la edad y el sufrimiento, la joven observando esos ojos muertos, que no obstante parecían escrutarla mas intensamente que si los hubiese tenido aun. Un cuervo graznó al fondo de la habitación, y la vieja se levantó de su silla, caminó al fondo, tomó del fregadero una taza y la llenó de algún brebaje aromático del cual sorbió y después escupió con inusitado tino sobre el cuervo, el cual solo cambió de lugar en la habitación. Pero ahora en silencio.
La vieja se sentó nuevamente en su desvencijada silla, y resumió su actitud anterior, de pasiva expectativa. Ana se preguntó en que momento le preguntaría la vieja el motivo de su visita.
-Si esperas a que te pregunte a que haz venido, entonces nos espera una larga noche. Se quien eres, y que haces aquí. Hace tiempo que te esperaba, incluso pensé que nunca regresarías. Lo único que no se, es que pretendes con el despliegue de tus talentos con esta pobre vieja. -Señora, necesito hablar con usted. -Bien, te escucho.
Ana miró a la Tía Yemita un largo momento, no segura de si le creería o no. Decidió actuar, quedaba poco tiempo.
-Señora, creo que tengo el poder de crear supernovas. -Lo sé, aunque era algo que no previne,,, por qué lo haces? -No lo sé. Siempre he amado las estrellas, de alguna manera siento como si fueran mías. Las observo desde pequeña, y siento que brillan con especial fulgor cuando las veo individualmente, hace más de 4 años una se negó a hacerlo como las demás, y la castigué, pero si no me cree, esperemos un par de minutos mas,,,
Ciertamente esta mujer amaba las estrellas. Cómo si no, sería uno capaz de castigar, aun con sus armas más arteras, aquello que no se puede dejar de adorar, y en el proceso, fincar los mecanismos que generarían una nueva vida estelar?
-Y el resultado? -La noche será día con la nova. Dos veces la cantidad de luz del medio día, o más. -Esperamos en silencio? O prefieres conversar? ? preguntó la Tía Yemita.
La Señorita Ana Rodríguez la miró sin decir nada, sin expresar nada, como esperando.
Los minutos que quedaban fueron dedicados en silencio a la evocación de portentos, al delirio y sus alucinaciones, a la metafísica, a la estrategia de Josué, que detuvo al sol, al hurto de Prometeo, al alcance de los poderes humanos, a la luz violeta del crepúsculo tardío que perdura en una ciudad apagada.
Trillones de fotones cambiantes avanzaban por la cresta de una marea que encendía un sector del universo. La mancha blanca, al dilatarse iluminaba su carrera de máxima velocidad. El corazón de ese foco insólito era la estrella Alfa Centauro, el hollejo achicharrado del sol que en horas quemó su billonaria energía. Eso fue hace poco más de cuatro años. Nadie en el cosmos, aún vivo, sabe la noticia. El correo de luz está por llegar a la posta más cercana: la estrella Sol y su sistema de planetas.
La supernova se manifestó a las 20:50 horas.
En cosa de segundos, la noche fue día. El frente de luz se hizo insoportable para el ojo acostumbrado a que la noche sea noche. Cuando el sol cae, la luz que el hombre enciende es pequeña como una vela o un incendio, respeta el ciclo de la noche, pero ahora no, eran las 20:50.
La vieja y la joven se miraron. En realidad, casi solo se sentían. La vieja con sus cuencas vacías y la joven con sus ojos cegados momentáneamente por la increíble luz que penetraba por la ventada y que solamente le permitía ver la silueta de Yemita, que por un momento pareció que tenía alas, pero que después descubrió que solo eran las cortinas de la ventana a su espalda. Finalmente Ana sopló la llama de la vela a su espalda. La sonrisa nova había desaparecido de su semblante.
La vieja pareció vacilar por un instante, pero después se levantó nuevamente y dejó el pocillo en el fregadero, después tomó de un mueble un viejo revolver el cual amartilló y apuntó cuidadosamente hacia la dirección de Ana, que impasible le miraba.
-Eres un peligro para ti, y para los demás. Pero especialmente para mi, niña. He prometido robar todas las almas posibles a la muerte, y si tu poder descontrolado en algún momento de ira desencadena una supernova en nuestro Sol, entonces la muerte saldrá ganando con todas las almas que moran la tierra. No puedo permitir que vivas. Prefiero perderte ante la muerte que dejar que esta salga triunfante al final. -Lo que dice es una necedad. No puedo morir, sabe? Guarde mejor ese revolver. -Niña tonta! No sabes que fui yo quien revelo el secreto de tu inmortalidad a tu padre? A ese viejo cascaron mancillado por las horas de trabajo infructuoso? Acaso no haz pensado que así como supe el secreto de tu inmortalidad, no se también la forma de acabar con tu existencia? -Entonces se trata de una carrera, la suya en jalar el gatillo, y la mía en desear su propia muerte? Una muerte instantánea? -Si pudieras matarme, ya lo habrías hecho. Que pasa niña? Acaso no puedes?
Yemita rió con ganas, la sombra que se cernía ominosa detrás suyo pareció retirarse a un rincón, y con eso, su poder sobre Ana se hacía mas fuerte, al emerger la figura solitaria de la vieja destacándose con una claridad de miedo contra el telón de fondo de un cuarto que dejó de existir en ese momento, únicamente estaba ella, y la boca de ese maldito revolver. Ana vio a Yemita nuevamente reír. Se sintió menospreciada, ultrajada. Oh!., si tan solo la vieja supiera de lo que era capaz? Si tan solo, ella misma fuera conciente de lo que podía hacer,,,
-No la matare, eso es caer en su juego. Y si la muerte de una estrella no la convence que soy capaz de terminar también con su vida, entonces su propia muerte no la convencerá de nada tampoco, pues no estará aquí para ser testigo de mi poder sobre la materia. -Bah!, he escuchado ese mismo argumento de boca de gente más capaz, que no ha podido en mi contra tampoco, muy a su pesar. Pregunte donde están ellos ahora!, en las fauces de algún demonio, o sirviendo de abono en alguna parcela,,, tu papa entre ellos.
Ana sintió que la vista se le encendía. Notó que ahí donde miraba los objetos se llenaban de sangre, y de repente decidió que sabía de lo que era capaz.
La vieja emitió un chillido, y su cabeza se desplomó sin mas ceremonia sobre la mesa. Una oleada delirante de salvajismo atávico lleno sus pulmones y sintió que un gran peso se quitaba de encima. Notó que la cara de la vieja, ahora un cadáver, tenía sin embargo una sonrisa inusitada, como si hubiese encontrado el descanso final. Detrás suyo, escuchó en graznido de un cuervo, que se revolvía furioso contra el cristal de la ventana, y un alarido mas sentido que escuchado se expandió por toda la habitación. Un grito de rabia y frustración. Al instante, ana supo que había perdido, y que con ella, algo más grande también había perdido finalmente. La vieja se llevó el triunfo final a donde sea que haya ido.
La supernova se manifestó a las 20:50 horas.
En cosa de segundos, la noche fue día. El frente de luz se hizo insoportable para el ojo acostumbrado a que la noche sea noche. Cuando el sol cae, la luz que el hombre enciende es pequeña como una vela o un incendio, respeta el ciclo de la noche, pero ahora no, eran las 20:50.
Esa era una noche de luz total que blanqueaba el cielo. Todo era blanco. Las manos de la vieja, la mesita sobre la que descansaba sus manos, la llama de las velas, la sonrisa de la señorita Rodríguez.
Duró un momento esa sonrisa. En ese corto tiempo Ana supo que la Tía Yemita sabía más de lo que quería aceptar. Ella sola, Ana, había quemado la historia de una tajada de cielo y aun así, la vieja no parecía sorprendida.
Mujer y adivina se miraron. En realidad, casi no se veían, eclipsados por el fantasmal fenómeno de luz. Finalmente, Ana sopló la llama de la vela. La sonrisa Nova había desaparecido, apenas un millón de kilómetros de luz atrás.
-Por que lo hiciste? -No sé.
La vieja tuvo la imperiosa necesidad de ubicarse en medio de esa catástrofe de luz.
-Y como supiste que lo habías hecho?
La señorita Rodríguez le miró y sus pupilas eran dos puntos. Luego gritó:
-No, eso no! -Pero, por que no? No te das cuenta que tenemos que aclarar esto? ? le dijo como sacudiéndola. -Pero no se da cuenta usted, señora, que si pienso como lo hice, es muy probable que algo, otra estrella estalle?
Había un tono de triunfo en su voz? Yemita no tuvo nada mas que miedo, un miedo que es racial. No miedo a morir, sino a que un simple acto de voluntad de esa niña terminara por ofrecerle a la muerte en bandeja de plata las almas de todos los mortales que había sobre ese ahora frágil planeta. Eso no podía permitirlo!
Tenía que comprar tiempo para pensar. Odiaba hacer lo que tenía que hacer, pero prefería perder esta alma y entregársela finalmente a la muerte, a renunciar al sistemático robo del resto de almas que estarían ahora a merced de la muerte, en caso de que Ana decidiera practicar con una estrella mas cercana aún.
Aquella increíble sonrisa, y detrás de la niña, el espectro de la guadaña acariciaba el delgado hilo de plata que ahora estaba mas cerca de caer en sus manos para siempre. Realmente odiaba tener que hacer esto.
Tomo el viejo revolver, con balas ungidas especialmente contra los inmortales, e hizo la pregunta vital, pero inútil:
-Y corre peligro el sol?
La señorita Rodríguez rompió en un llanto torturado de fósforo de cera que se quema. Luego levantó la cara y tras la red luminosa de lágrimas estaban las dos pupilas puntiformes, y la mueca, casi sonrisa
-Lo estoy controlando ? dijo -. Hago todo lo que puedo.
La Tía Yemita disparó rápido y con cuidado. La bala penetró dejando un pequeño agujero color cromo en la frente de la señorita Rodríguez. Estalló en su cerebro. Ahora era cuestión solo de esperar ocho minutos junto al cadáver. El tiempo que tomará en llegar el correo de luz del sol con su posible mensaje apocalíptico. Incrédula, esperó. Odiaría aun más el entregar esa alma, y las de el resto de la humanidad además. La muerte, en un rincón soltó una carcajada triunfal.
La supernova se manifestó a las 20:50 horas.
En cosa de segundos, la noche fue día. El frente de luz se hizo insoportable para el ojo acostumbrado a que la noche sea noche. Cuando el sol cae, la luz que el hombre enciende es pequeña como una vela o un incendio, respeta el ciclo de la noche, pero ahora no, eran las 20:50.
Las manos de la paciente Nova, estaban levantadas en un gesto melodramático, absurdo por si ya que la vieja no podía verlas, pero fue un gesto mas de reafirmación que de demostración. Sin embargo lo otro, tenía arreglo.
Yemita se llevó las manos, incrédula, a la cara, protegiéndose de la miríada de fotones que penetraban en sus nuevos ojos. La muerte en un rincón se replegó sobre si, y el cuervo omnipresente graznó, y quedó mudo; la niña mujer Nova en el centro, y el reencuentro con la magia verdadera, como tomar la alucinación de la mano, delirar juntos en un rito negro que hería a la vista y quemaba el libro fastidioso de la lógica. Una mujer que quema estrellas y que crea el día en la noche! Y que se puede decir? Juguemos billar, yo tomo los soles lisos. Sublime!
Yemita tenía que hablar, y lo sabía. Tenía que preguntar por que ese despliegue de habilidades primordiales, pero esa no sería la pregunta adecuada. Que clase de preguntas se pueden hacer en casos como este, que no carezcan de más sentido? Yemita pensó que en realidad no tenía más preguntas. Sin embargo, había que decirle algo a esa mujer que la miraba con una sonrisa que no se podía ubicar en este lado de la tierra. Una sonrisa incorruptible diría Josué. Como hizo Josué para detener al sol?
?Yo no soy Josué? le contestó y al momento supo que podía leer sus pensamientos. Así comprendió lo que sabía. Sabía que no era posible matarla y Yemita se alegró de no haberlo intentado, pues por primera vez, ella era el libro abierto, y Ana, un sello mas pesado que el dalmático imposible de leer. Sin embargo, Yemita no sintió miedo ?No hay necesidad de temerme? fue la respuesta de Ana. Yemita se sintió protegida por ella, y volvió a encender las velas. Le preguntó entonces que deseaba y Ana le contestó con una sonrisa incorruptible:
-No adorarás a otro Dios mas que a mi.
La supernova se manifestó a las 20:50 horas.
(Es una habitación inusual. Un tanto oscura, plagada de recuerdos y de magia, una mesa en el centro, un par de velas encendidas sobre botellas de refresco. La vieja y la mujer se enfrentan mesa de por medio en una entrevista psíquica. La ventana abierta y las cortinas flotando que prestaban a la vieja un aspecto de ángel y demonio a la vez. El cuervo en el alfeizar de la ventana. La luz es cegadora, duplica la habitual del sol.)
Yemita sintió que la muerte abandonaba el cuarto, dejando el desenlace de lo que sucediera solamente en sus manos. Después de todo, no podría manipular a la niña para destruir el sol, pues la muerte necesita de un flujo constante de almas, un flujo perpetuo y constante.
Adivina. Debes haber encontrado un demonio especialmente habilidoso, para poder haber hecho esto, Paciente. Si, lo fue. Adivina. Necesito pensar niña. (Cierra los ojos) y sentir lo que es correcto. Paciente. Llámeme por mi nombre, Ana Rodríguez. Adivina. Como gustes. A mi me importa un reverendo cacahuate si te llamas Ana o Pancha. Ana. Bien. De cualquier manera, así me conocen todos. Adivina. Tengo antes unas preguntas que hacerte, mas enfocadas para ti que para mi. Ana. Pregunte. Adivina. Cual es la razón de haber decidido manifestar tu poder ante mi, y no ante los hombres? Ana. Es parte del pacto con el demonio, antes de matarlo. La anciana que puede ser victimaria. Entonces, ese demonio te mandó conmigo, porque sabía que temerosa de tu poder, sería la única que podría matarte, vengándolo en el proceso? La Hacedora de Novas. Con ese revolver especialmente ungido, que tiene en su cajón? Adivina. Si. La Hacedora de Novas. Si, puede haber sido ese su motivo, pero no me imagino como podría hacerlo antes que yo la detenga a usted. La anciana que puede ser víctima. Puedes matarme instantáneamente? Ana. Si. Pero no lo haré. No mato por diversión. Existen métodos alternativos. Adivina. Otro comentario. Tu me puedes leer el pensamiento. Ana. Creo que si. Yemita. Y dime, Ana. La Nova de nuestro sol te destruiría? La mujer que tiene el poder. Actualmente, sí Yemita, ante la disyuntiva del desenlace del destino de Ana. Dime Ana, vas a ser Dios?
La señorita Ana Rodríguez nuevamente se demoró en contestar. Con un además mecánico apagó las velas.
Paciente. No sé, No sé como contestar a esa pregunta. Yemita. Escúchame Ana. Esta es la pregunta más importante, y la última que te haré. Tienes miedo? La mujer que contiene el llanto. Yo no lo llamo miedo. Lo llamo desesperación. Lo llamo espera, incógnita, culpa, soledad. Maté a un ser querido! Mate a mi estrella!!!! Adivina. Si, lo sé. Necesitas ayuda, Ana, y haré todo lo posible para ayudarnos.








4 comentarios ↓
yotengo el placer de saludarle a su amable persona q
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tanto me aPASIONO PARA CONOCERLO EN CUALQUIR PATRET DEL MUNDO SOLO TE DESEO QUE TE QUIERO…..? ASI TEN LA PASIÓN DE DECIR LA VERDAD. ATTE. URUS.
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esta muy buena la pag.
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N cualkier parte de la tierra existe alguien al que le apasione el mundo que algun dia gobernara el universo, hasta entonces, debo decirte que ayudas con tu historias a propagar la sabiduria y la realidad que se encuentra mas cerca de lo que pensamos. Si algun dia te apetece me encantaria entablar una conversacion contigo, ya que veo que eres alguien que puede atravesar la puerta de la realidad alo inexplicable. Me gustaria que conectaras conmigo.
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