Erase una vez, que se era que allá en el antiguo mar de Yunén, o Yenén en algunos textos, decían los marineros que un hombre luchó durante cuarenta días y cuarenta noches, con los demonios del pasado, del presente y del futuro, que arrastraba inexorablemente a donde fuera en su barco Mojalnir.
Los marineros lo observaron con respeto, siempre al margen y sin deseos de intervenir, ellos sabían mejor que nadie, que con el mar se lucha sólo. Observaron gozosos, como espectadores en una lucha grecorromana, como luchó contra piratas, súcubos y la constante lluvia. Con temor miraron como una Anciana Ciega, a la cual llamaban La Tía Yemita, se subió al barco invitada por el anciano con boina.
Por un momento lo confundieron con Caronte. Hasta que descubrieron que Caronte también le seguía con una sonrisa, remando en su vieja barca y llevaba consigo tres cuervos, los tres cuervos más negros que la Muerte hubiera jamás criado. —Estoy esperando —susurró Caronte—. Estoy esperando a que el cabrón se muera. Y los marineros, secretamente, querían que el viejo ganara. Aunque lo miraban perdiendo.
Entonces el anciano gritó por el Eros y nació un delfín.
El delfín lo siguió fielmente, ofreciéndose en sacrificio, durante muchos días y muchas noches. Hasta que el delfín lo salvó de si mismo (y en realidad, se salvaron mutuamente, pero el anciano sería demasiado necio para aceptarlo hasta el día de su muerte).
Fue entonces, que el viejo hizo otro viaje, llevando al delfín consigo en corazón, mente y cuerpo. Una ciudad de puentes y agua. El anciano se sintió como en casa.
Una mujer, caminando entre sueños.
Como en casa se sintió…
Le ofreció sus manos y su rostro.
El sol, allá arriba, le recordó el sol del Inventor. Le hizo sudar todo el cuerpo, el aire se le metió hasta por los poros, le retorció el cuerpo desde las entrañas y le cambió la mente de una manera violenta, revolviéndole el cerebro hasta hacerlo agua.
Le ofreció su respiración y se hundió en el pozo profundo del iris.
Se dio cuenta, con una sonrisa, que el delfín saltó de su cuerpo. La mitad que correspondía al Eros. “Un hombre muy extremista”, le dijeron y era verdad.
Hambre.
Comprendió, muy adentro (donde las pasiones del hombre residen y también, sus más anhelados deseos), que los papeles habían cambiado. Debería resistir el thanatos para perseguir el eros y encontrarlo, y perderlo de nuevo… y encontrarlo… y perderlo otra vez… y encontrarlo.
Siempre ha sabido a donde quiere caminar.
Porque el delfín ha saltado… y juguetonamente, aún habiendo mil sacrificios, habría de caminar hasta encontrarlo.
Colorín, Colorado… este cuento no ha terminado.







2 comentarios ↓
esta del navo tu cuento o lo que sea. me cagas.
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No te preocupes, ta chida la historia.
Mi arma mayor es la plegaria muda:Gandhi
Tengo un problema similar en mi blog
Saludos y ya estas en mi blog como enlace, aun que tu no me enlaces!
Saludos ! Gracias por todo
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