Entradas escritas en Agosto, 2003 ↓

Big-Blogger

Ha iniciado.

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ATT: Abrir la puerta

El Árbol se quedó plantado lo que parecieron eternidades frente a la puerta (tan sólo habían pasado unos minutos, pero había heredado el fatalismo del anciano Dor). Se rascó las hojas con las hojas y parpadeó un par de veces, mirando el picaporte. Fue cuando quiso aplicar una de las cosas que había visto que Simón Dor hacía y que misteriosamente funcionaba, o parecía funcionar porque le alegraba y hacía parecer como si todos los problemas estuvieran solucionados.

—Soy la gran puerta —se dijo el pequeño Árbol—. Soy la gran puerta y me abriré. Soy la gran puerta y me abriré.

Sucedió lo inesperado: la puerta se negó rotundamente. El Árbol Tsef Thaed se rascó de nuevo las hojas con las hojas y por primera vez entendió la diferencia entre sentirse estúpido y serlo realmente.

—Bien, ya entendí. No soy la gran puerta, pero si te abrirás. ¿Verdad?

La puerta respondió con una amarga indiferencia.

—¿Por favor?

Groucho Marx hacía reír al público en el departamento vecino. El viento cantaba tranquilo, mientras el día se hacía noche. Los coches hacían ruido y la gente enmudecía frente a los claxonazos. Y el Árbol Tsef Thaed miraba con sus ojos a una puerta muy viva, que nunca se movería porque estaba muerta. Pequeño Árbol versus Gran Puerta, y la Puerta iba ganando por mucho.

El Árbol Tsef Thaed rascó hojas con corteza.

—Muy bien —dijo el Árbol sin perder la compostura, caminó de espaldas hasta que juzgó suficiente la distancia que le daría el impulso necesario—. Si tú eres malvada, yo también. ¿Sabías que mi papá se entrenó en las artes marciales con Simón Dor? Lo llevo en mis ramas y en mis raíces. Señorita Puerta, usted me obligó.

La puerta se quedó estática del miedo.


El señor Ramirez cargaba las bolsas de su esposa y pasó frente a la puerta de Simón Dor. Le miró durante un segundo e hizo una mueca, nunca le agradó su vecino raro y menos cuando había regresado de su viaje. Su esposa y él lo observaban por la mirilla cuando salía del departamento y escuchaban como platicaba con un pequeño árbol en una maceta. Pensaban que estaba loco. Aunque la locura le hacía más agradable. Antes del viaje, el hombre era sencillamente insoportable. Los Ramirez (y la gran mayoría de los vecinos), seguían sin tolerarlo.

Ramirez se acercó a la puerta y se decidió escupirle a la entrada, cuando escuchó un golpe seco que le espantó seguido de una voz aguda que decía: “¡OUCH! ¡OUCH! ¡ME HA LASTIMADO!”. Ramirez se alejó rápidamente y se metió a su departamento de un portazo. Definitivamente, Simón Dor estaba loco.


El Árbol frunció la corteza y se racó las hojas con las hojas. Había resultado muy frustrante que no todo saliera bien al principio y todo se lo debía a que quería echar a correr, cuando apenas estaba aprendiendo a caminar. Así que después de echarse a llorar como haría un niño de su edad (lágrimas que bajaban de los ojos rajados en su corteza y regresaban a sus raíces), decidió plantarse y pensar las cosas.

Aplicando un poquito de sentido común, caminó por su macetita, la volteó y la empujó hasta la puerta. Se subió y giró el picaporte apenas alcanzándolo con sus ramas, la puerta se abrió y el Árbol se rió. ¡Qué tonto había sido! Desde entonces se prometió no buscar salidas fáciles para resolver los problema fáciles. Por lógica, decidió que no buscaría salidas difíciles para resolver los problemas difíciles. Eso pensaba mientras salía a las luces amarillentas del pasillo de los departamentos y caminó.

¿Dónde habría de iniciar su búsqueda? No tenía ni la menor idea, pero estaba libre al fin para poder caminar como su padre había hecho. Y querría recorrer todo, hasta llegar a cumplir la difícil misión que le habían dejado. Se sentía tan contento, que saludó a la señora Ramirez que entraba a su departamento y ella, sorprendida, correspondió el saludo del Árbol.

No había quien le detuviera, pensó el Árbol muy contento, y en pequeños saltos caminó el pasillo y bajó con cuidado las escaleras hasta llegar a la entrada del edificio y mirar la calle, donde la gente apresurada por mirar el reloj, no le prestó atención. Respiró aire nuevo y alzó las ramas como un caballero valiente. El pobrecito no sabía de los muchos doppelgangers, que ya sabían de su misión y habían sido enviados a detenerle.

Historia del Árbol de los Mil Caminos

Erase una vez, en una contaminada ciudad donde mucha gente caminaba mirando el reloj, que vivía un Árbol pequeño dentro de una pequeña maceta. Era tan pequeño como un bonsai, con sus pequeñas raíces apenas tocando el fondo de la maceta. Éste Árbol tenía dos pequñas cicatrices cruzadas en el ojo derecho, un recuerdo que le heredó su padre y un perro que le salvó al esconder su semilla para que no se perdiera en un mar antiguo.

El Árbol respondía al nombre de Árbol Tsef Thaed. Se lo dio un hombre que viajó durante cuarenta días y cuarenta noches, a través de tormentas, desafiando súcubos, jugando ajedrez contra Dios y contra Satán. Ese viejo, de nombre Simón Dor, le dijo que era su nombre porque era el mismo que había tenido su padre. Fue cuando le preguntó al hombre a qué se había dedicado su padre y éste solo atinó a responder—: Caminar, Árbol, caminar para buscar su nombre.

Eso había significado mucho para el pequeño Árbol Tsef Thaed, le hizo imaginar que su padre fue un gran árbol y haber encontrado su nombre, su más grande bendición. Al mismo tiempo, le preocupaba sobremanera. ¿Qué razón de existir tenía éste pequeño Árbol, si su nombre ya había sido encontrado? No podría caminar en bosques mágicos, ni en inclementes desiertos, ni en las nubes hechas de algodón, ni profanar templos míticos o reales y tampoco podría andar en túneles subterráneos. Su nombre ya estaba escrito en la corteza y no había nada que moviera al Árbol a caminar.

Hasta que un día, mientras acompañaba a Simón Dor cuando escribía, escuchó decir del Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal. Simón Dor leía el Génesis en voz baja y sin querer, el Árbol escuchó y así inició este pequeño, su gran historia. Siguey leyendo →

DuVeth

Me meto al metro, me siento, recargo mi cabeza en mi brazo, cierro los ojos. Mi mano se mueve, sola se cierra y se abre… algo pasa. ¿Una mano sobre otra mano? Recuerdo de hace unos minutos

El sábado conocí a DuVeth. Los que me acompañaron el viernes en una sesión de MSN, sabrán que estuve editando desde las diez u once de la noche. Esa noche estábanos (como diría Cheques) toda la concurrencia: Josefa, Lina, Romina, Feyo, Juan Carlos, Cheques y yo. Pues estaban entre platicando y trabajando para conseguir más gente para el casting de Cerveza Estrella cuando recibí la llamada de DuVeth y quedamos para ir a desayunar la mañana siguiente. Le advertí que iría en vivo y en directo (porque como veía que estaban las cosas… sería una noche muy larga).

Abro los ojos, miro a la gente, cabeceo un poco. Mano fría, se cierra y se abre, extraña el calor de otra mano. Cierra y abre. Le miro y le digo se esté quieta, mano no hace caso y le dejo ser. Yo también extraño

¿Qué puedo decir de DuVeth que no sepan ya de sus tres demonios? Bueno, el sábado pues… me puse a editar. Terminé la mitad a eso de las cinco de la mañana y me desaparecí al colchón, dormí una hora o media. Ni siquiera me fijé. Me levanté y seguí editando, sólo alcancé a terminar otro bloque para medio verme en el espejo y descubrirme con los ojos rojos, el rostro pálido y apestando a cigarrillo. Mal, mal, mal.

Miro comerciales de Metro. Miro pendiente a la gente. Un drogo por ahí… no hay que prestarle mucho caso y estando solos, solos no hacen nada. Sin embargo me dieron miedo el par de hacía dos metros (cuando estaba ella)… estaban viendo a quien molestaban y luego con mi pinta de niño fresa tratando de cuidarla. Afortunadamente nos miraron un par de veces, y mejor se fueron a molestar a los extranjeros con esa agresividad silenciosa. Buena suerte para nosotros. Mala para los extranjeros. Mano sobre otra mano, mi mano sobre mi mano. No se compara, pero me ayudará a recordar.

Tomé un taxi de esos señores agradables que se levantan de buenas el domingo y empezó a hacer plática y bromas. Cuando le dije que al hotel, el señor me dijo: “Vamos joven, apenas me conoce y ya me quiere llevar al hotel”. Ja-Ja, risa, risa. No andaba de mucho humor, pero mi hipocresía le siguió la corriente lo más que pudo, y al final, llegué a tolerarlo y después se convirtió en algo normal. Tolerancia. De eso se trata el juego Agustín. El tiempo se hizo agua y media hora pasó rápidamente, miré el reloj, habíamos quedado que a las ocho y eran las ocho y tres… mal, mal, mal. Si salí con media hora de antelación para estar puntual.

Llegué, pagué, me bajé. Entré al hotel y la reconocí.

Dedos en los dedos, entrelazados los dedos como ramas pequeñas con ramas grandes en un mismo árbol. Dedos cálidos. De sol y luna. Girando uno en torno al otro, cumpliendo uno y mil círculos. Eterno retorno en las paredes digitales. Dedo contra dedo. Dedo girando en torno al otro dedo. Eclipse.

Desayunamos, pedimos un café. Platicamos. Claro, yo tuve que tener cuidado extra porque me conozco después de una desvelada… suelo decir pura estupidez entremezclada con estupidez y luego mi mente desvaría más de lo normal, y empiezo cambiando unas palabras por otras, para luego olvidar lo que decía y empujar la oración que iba a decir hacía veinte minutos. Creo que lo disimulo bastante bien.

Por cierto… DuVeth tiene unos ojos muy lindos. Son como café-miel. (Le estoy haciendo promoción, ajem).

Mi mano sobre mi mano, faltan un par de estaciones para llegar… pero recordando se hacen como eternas. ¿Eternas? ¿Recuerdos eternos? Le enseñé el mimo que me hace reír hasta que me salen las lágrimas, desafortunadamente llegamos muy tarde, entonces no nos hizo reír tanto. Esperá… mi mano sobre mi mano. Recuerdo también un primer abrazo. Un olor que me inundó. Me han absorbido sus ojos. Me veo gris. Dedos en dedos. Ojos en ojos. Brazos en brazos.

Y bajaron sus guaruras. Tuve que despedirme, porque tenía que regresar a la oficina a editar. Nos despedimos DuVeth y yo. Una mujer muy congruente con lo que nos escribe día a día. Me lamenté de que no pudiera quedarme más tiempo, pero por eso nos vimos al día siguiente y le acompañé a comprar libros y fuimos a Coyoacán (donde le compré un hot-cake, ajem). En fin, nos rindió el día, hasta que le acompañé a la central para despedirle.

Faltó algo. ¿Labios en labios? Mi mano sobre mi mano. Ya llegué. Aquí me bajo. Gracias señor conductor.

Estrago No. 1

No alcanza para pagar la luz.
Bien…
Habrá que vender el coche.

Me dijeron que estoy bien guapo…

…y me la creí.

Andaba esperando mi camión, pensando en algún post para “La Chaqueta” y tenerlo de reserva, porque ya ven que posteamos cada siglo de por sí, alguna jalada mental que se nos ocurra. Fue cuando mi mente giró en torno al feminismo y un post titulado: “Por qué los hombres lo adoramos”. Mi mente trabajó rápido, juntando todo el material que mi propia experiencia me pudiera dar.

  • Nos gustan las feministas porque pagan lo suyo… es más. ¡Vuélvanse todas feministas! Así nada de invitar que el antro, que el cine, que la cena. ¡Tengamos todos gastos iguales! No, no… y no se vale apelar a que el caballero debe pagar las cosas que no se qué. No. Si buscamos igualdades, tengámoslas.

  • Adoramos a las feministas porque si viven con un hombre, ellas cocinan lo suyo, lavan lo suyo, hacen lo suyo y no se la pasan preguntando, ¿dónde andabas? ¿qué estabas haciendo? Es más, una buena feminista trabaja. Y así, aporta algo para el hogar, entre otras chucherias. También, de esa forma, los hombres estarían obligados a ser independientes de las mamás-maridas. ¡Crecimiento en ambos aspectos!

No está por demás decir, que estaba pensando pura pendejada. ¿Verdad?

Seguía pensando cosita tras cosita para echarle tierra a la primera bondad y maldad que creo Dios (la mujer), cuando un coche se detuvo y escuché—:¡Oye chiquito!

Miré hacia el coche, jovencitas de diecinueve años, probablemente nada más echando desmadre. La que me habló iba en el asiento del copiloto, una chava bonita, de cabello rizado y largo, ojos y labios grandes, voz gruesa.

—¿Si?

—Hola, oye, me recordaste a un novio mío. Quería decirte que estás bien guapo.

Sonrisa pendeja.

—Je, gracias.

—De veras, estás muy guapo.

Ella me sonrió y subió la ventana de su lado. Siguió platicando con sus amigas durante el alto y cuando el coche echó a andar me sopló un beso, y el coche desapareció a unos cuantos kilómetros por hora.

Oh si, me dijeron que estoy bien guapo… y me la creí. No resta decir que se me olvidó todo mi tratado acerca del feminismo.


Hoy, durante el trabajo, pensé en Fiammetta.

Me sentía muy mal, he estado bajo muchas presiones estos días, no sólo por mi trabajo. También el despido de mi madre y pensar que el dinero no alcanza, me tiene con los nervios de punta. Eso y que no he tenido ni un sólo día de descanso, en el que me pueda acostar y cerrar los ojos sin preocuparme. Pronto iniciará la escuela y mis horarios son en la tarde, todo eso me tiene mal.

Fiammetta hoy se convirtió en un delicioso escape. Cerré los ojos y pronuncié su nombre en mi mente, durante varios minutos. Imaginé muchas cosas y recordé otras más. Sentí que así podía llegar a tocarla, extenderle mi mano y si mi mente es un poquito misericorde, abrazarle y no dejarla ir. Si… hacía mucho que no me sentía así. Lo había olvidado.

Cuando abrí los ojos, me sentí un poquito mejor.

¡Qué todo termine ya!

En el sueño le dieron las instrucciones específicas de como acabarlo todo. Sólo bastaba una sencilla fórmula, unas cuantas palabras y un poco de determinación. Eso le había dicho el demonio, ¿o era un ángel de alas negras? Trató de recordarle el rostro, y tan sólo podía dar con la mancha borrosa de un hombre (o tal vez era mujer), de voz seductora que le cantó las palabras y las instrucciones.

No fue el único sueño, fueron varios. Desde que nació los había tenido, sin embargo no les había encontrado sentido porque no lo había. No le veía sentido destruir el mundo, tampoco le miraba necesidad. Aún cuando el niño se convirtió en adulto y cambió las caricaturas por las noticias deprimentes. Después lo dejó su pareja de toda la vida y tuvo problemas en el trabajo. Aún así no había sentido, no había necesidad.

Surgió cuando se miró al espejo y no se reconoció. Trató de darse una explicación, ¿quién era el hombre que había ocupado el contrarreflejo y cuándo se había vuelto él, el reflejo? ¿o era viceversa? ¿o no era ninguno de los dos y se había convertido en el espectador de sí mismo? Tocaba el espejo (o tal vez no lo tocaba él, sino el otro) y su gemelo hacía lo mismo (tal vez era él y no su gemelo). Cuando él sonreía, el otro también. La expresión sombría se imitaba a la perfección y también la alegre. ¡Pero no era él! ¡No era él el que estaba en el espejo y tampoco era el que se miraba en él!

En sueños persiguió al ente borroso de sus sueños y le hizo caso. Tenía muchas fórmulas: con una recupero su estabilidad económica, con otra recuperó a su pareja y la tercera, la utilizó una para recuperar la paz en el mundo (la cual funcionó unos pocos días). Ninguna de las tres le ayudó a recuperarse, el tipo en el espejo y el tipo que se miraba al espejo, seguían siendo distintos a él y se sentía como un espectador desesperado y enmudecido por el control remoto.

Intentó lo indecible, tomó el espejo y lo dejó caer en el cuarto del baño. Éste se fragmentó. Desahuciado observó que el tipo del espejo y el que miraba el espejo se multiplicaron de manera infinita. Y estos salieron a las calles a romper más espejos y donde quiera que pudiera haber un reflejo y un contrarreflejo.

Esa noche, durmió mal y cuando logró hacerlo, le visitó el ente amorfo. En el sueño le dieron los pasos consecutivos que habría de seguir para terminar con todo. Era una fórmula muy sencilla, que constaba de dos versos y un poco de sentimiento en la voz. Eso le había dicho el ángel, ¿o era un demonio de alas dracónicas? Trató de recordarle el rostro, y tan sólo podía dar con la mancha borrosa de una mujer (o tal vez era hombre), de voz profunda y calmada que le susurró las palabras y las instrucciones.

No fue el único sueño, fueron varios. Cuando se gestaba en el vientre tuvo los primeros, sin embargo no les había encontrado uso práctico porque no lo había. No le veía caso destruir el mundo, tampoco le miraba lógica. Aún cuando el niño se convirtió en adulto y cambió las matinés de domingo por los periódicos matutinos. Después le abandonó su media naranja y tuvo problemas en la fábrica. Aún así no había caso, no había lógica.

Hasta que se miró al espejo y no se reconoció.