Entradas escritas en Agosto, 2003 ↓
Agosto 18, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
—¡Tito tito capotito! ¡Vuela al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño ruidosamente. Jalaba su pequeño carro para cargar cosas, donde había cuatro llaves oxidadas y veinticinco latas viejas. Se llevó la mano que sostenía la bolsa de cemento, a su rostro y aspiró profundamente. El rostro se le hizo gris, igual que sus harapos sucios. Sonrió mucho, sin ninguna chispa de alegría en sus ojos. Lentamente, fue caminando en la calle oscura y húmeda, gritando la misma adivinanza para el temor de algunos gatos callejeros y para gusto de sus compañeros de la calle, que en cierta forma le protegían y le querían, y cuando se portaba mal lo castigaban y lo regañaban.
La calle era su padre y su madre.
—¡Es un elefante! —exclamó el niño al que llamaban Tito, y éste se rió con sus ojos rojos. Y luego echó a llorar. Movió sus manos para hacer sombras en las paredes llenas de espectaculares viejos, ayudado con la luces de las farolas, y logró hacer con sus deditos un elefante—¡Mira papá! ¡Mira mamá! ¡Es un elefante, si es un elefante!
—¡Ya cállate Tito! —gritó uno de los muchachos que trataba de dormir. Tito hizo caso, no quería que le pegaran. Abusaban de él porque estaba chiquito. Se llevó su bolsa de cemento a la cara otra vez y aspiró, con las lágrimas agolpándose en su rostro. Iba a quedarse tirado en el concreto, como siempre hacía y mirar el cielo, hasta que la patada de algún señor policía le despertara…
Pero el cielo le bendijo y por la comisura de un ojo, miró algo muy extraño que ni aún el cemento había logrado. Observó un Árbol que estaba caminando en el lado opuesto de la calle. Tito se levantó y abrió su boca, en sus ojos brilló una pequeña chispa. ¿Sería una señal? ¿Sería la respuesta a la adivinanza? Miró a sus compañeros dormidos y la calle húmeda, y después observó al pequeño Árbol alejarse. ¿Qué debía hacer?
—Tal vez no sea un elefante… —se dijo Tito y se acarició los cachetes regordetes, limpiando un poco de la mugre. Los ojos aún le brillaban y podía sentir como el brillo se apagaba, con cada paso que daba el Árbol que camina y se alejaba de él.
¡Echó a correr! ¡Tal vez era su última oportunidad! El carrito hizo un ruido espantoso que hizo ladrar a los perros y el movimiento obligó a que se le cayeran todas sus pertenencias. Adiós a sus veinticinco latas y sus cuatro llaves.
—¡Espérame! ¡No te vayas! —exclamó Tito, extendió la mano que aún sostenía la bolsa. ¡Persigue la estrella, Tito! ¡Persíguela ya! Puede ser tu última oportunidad… de llegar al cielo y pegar un grito tan grande…
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Agosto 18, 2003 — Escuela.
Escrito por Agustin Fest.
Ahora entiendo porque me negaba a ver mis horarios y los perdí en un papelito.
Nada más los miro y se me está retorciendo el intestino. Sencillamente divino. Pensar como le voy a hacer con el trabajo, me está sacando VENAS que no sabía que tenía en la cabeza.

Situaciones hipotéticas:
Josefa on the phone, terminando mi primera clase el jueves: “Teté… ¿te puedes venir a editar? Yo sé que justo ahorita terminó tu clase, a ver si puedes venir en chinga, editar y luego te regresas a la escuela, ¿si?”
Miércoles, después de un martes jodido donde me pasé leyendo tres libros y haciendo cuatro trabajos, me levanto tarde. Carrillo on the phone: “Teté… hoy no vas a la escuela, son la 1 de la tarde y todavía no has llegado a la oficina. ¿qué pedo?”.
Orale… si presiono demasiado la vena que descubrí en mi cabeza, sale un chorrito de sangre.
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Agosto 16, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
Nos han hablado de hadas, de duendes y de brujas. La televisión, los dibujos animados, los bellos cuadros de los artistas nos han otorgado imágenes explicativas de como son y las historias populares, adaptadas a nuestro tiempo, nos han descubierto quienes son estos seres mágicos que se esconden a la vista del hombre. A un hada la imaginamos pequeña y con alas, a un duende le ponemos gorrito y grandes orejas, a las brujas un sombrero negro y harapos.
¿Pero qué viene a la mente al escuchar al doppleganger?
Los dopplegangers son seres mágicos que son un duplicado de nosotros, en espíritu y cuerpo. Traviesos por naturaleza y preparados para hacer maldades y estragos, a la gente incauta. Todo ser humano lleva consigo a su doppleganger y cuando uno duerme o está demasiado distraido como para saber quien está hablando, aconseja y ordena al ser humano. Nunca se debe mirar a un doppleganger a los ojos, o se augura mala suerte. Es más… hasta podría llegar a ser que el que ocupe el cuerpo, sea el doppleganger y la esencia original del ser humano se pierda.
Los dopplegangers, al ser creaturas mágicas y al estar pervertido el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, tenían órdenes de actuar contra el pequeño Árbol a quien le había sido encargada la difícil misión de curar la magia.
Y el doppleganger del borracho de Francois, miró al Árbol Tsef Thaed platicar con los otros árboles del parque, antes de decidirse a ir por Francois y decirle unas cuantas palabras al oido.
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Agosto 16, 2003 — 1-2-3, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
No suelo pedir mucho.
No, la verdad es que no.
¿Me deben unas cuantas, no crees?
Sobre todo las que te debes a ti mismo.
He callado a mis demonios inseguros.
Te conozco, los harás crecer. Pero no te preocupes… esta vez, estoy dispuesto a defenderte
Si una mano, con sus delicados dedos, me enseña el camino y después toma la realidad como si fuera una tela y la rasga. Si dos manos, se dedican a juntar los pedazos de tela real y pegan una sobre otra como un collage inmenso, que engaña a la percepción de los sentidos. Si una voz, entra como una suave melodia inconsciente que te vibra el yo-interno, después el corazón y hace rugir a tu estómago de hambre como un niño que ríe. Si la proximidad de la persona, combina el karma con el karma y transforma la mirada en rojos y azules. ¿Qué quiere decir?
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Agosto 15, 2003 — Arbol.
Escrito por Agustin Fest.
El Árbol Tsef Thaed bajó del edificio de departamentos a la calle principal y se acordó de Simón: Debía ser cauto con la gente. Así que con cuidado de que nadie le viera, se plantó lo mejor que pudo en la parte lateral de la entrada y esperó a que el ritmo de la gente que miraba el reloj disminuyera. Cerró sus ojos e hizo su mejor interpretación de adorno ocasional.
Los árboles nacen con la virtud de la paciencia. Pueden mirar horizontes durante años enteros. Les gusta más cuando duermen en invierno, les da tiempo para envolverse así mismos, robarse la frescura de sus hojas y de su aliento, y pensar. Pensar en sus alrededores y luego soñar, a la par que se deshojan lentamente. Los hombres les miran marchitarse, sin sospechar todo lo que les ocurre en ese proceso y sólo saben admirarse cuando los ven reverdecer. No saben de la introspección de la belleza que tienen los árboles para dar cuenta de su hermosura y así nacer de nuevo en primavera.
Cuando abrió sus ojos, el ruido disminuyó. Ya no había gente, ni coches circulando. Cruzando la avenida se encontraría con el parque a donde Simón lo solía llevar antes de enfermarse de Cuenta-Cuentos. Incorporó sus raíces y echó a andar hacia el parque, moviéndose rápidamente. Sonrió e hizo ruídos con la boca, aprovechando la magia de los ecos.
Saltó a la banqueta y sonrió al oler a sus amigos árboles que le esperaban de noche. Corrió hacia uno de ellos, que le llamaban “SYA”, porque lo tenía grabado en la corteza, encerrado en un corazón. Era un árbol de veinte años de edad, un poco flacucho y con la corteza algo lastimada. Pero aún así, un árbol muy sabio en cuestiones callejeras. El más listo, porque era uno de los que estaba más cerca de la calle y era uno de los encargados de la diplomacia con los arbustos.
—¡SYA! —dijo el Árbol Tsef Thaed en el idioma de las hojas, que es el que suelen hablar los árboles.
—Hey, mi pequeño Traductor —dijo SYA, así le llamaban al pequeño Árbol que podía hablar el idioma de los hombres y de los árboles por igual—. Guarda silencio, que está Francois, el borracho.
—¿Francois?
—Shhh te digo, ven a mi lado, plántate aquí.
El Árbol Tsef Thaed saltó con cuidado los arbustos, moviendo las hojas de unos pocos que se quejaron. Uno se despertó y despertó a los demás.
—Mira… si es el pequeño traidor —dijo arbusto uno.
—¿Lo dejó salir su papá a la calle? —preguntó arbusto dos.
—Árbol domado por hombres, jamás será bienvenido —asintió arbusto tres.
—¡Cállense! —exclamó SYA y llamó al Árbol Tsef Thaed para que se plantara a su lado—. Están celosos de que el puede caminar cuando quiera. E imagínense cuando sea del tamaño de un roble o de un olmo. ¡Entonces se arrepentirán de sus palabras, pequeños ingratos!
—¡Francois! ¡Francois! —gritó uno de los arbustos y luego, el grito se extendió a todos los arbustos del parque.
SYA maldijo en voz baja y le susurró al Árbol Tsef Thaed que guardara silencio y se quedara plantado.
En unos minutos, un borracho que durante el sopor de su intoxicación se dejó dirigir por los arbustos, llegó a donde estaban SYA y los arbustos. Un hombre gordo, de piel blanca manchada de suciedad, barbas y cabello multicolor, ojos rojos por el mal dormir y vestía algo que antes era ropa.
—¡Bautízalo! ¡Bautízalo! ¡Bautízalo!
Exclamaron los arbustos llenos de envidia. Los árboles que estaban cercanos miraron con lástima y resignación, sabían lo que estaba por venir.
El gordo borracho de Francois abrió la boca para eruptar y tambaleándose, se bajó el cierre del pantalón, se acercó al pequeño Árbol Tsef Thaed (quien le miró con ojos confusos, porque no sabía que implicaba ser “bautizado”). Y después sucedió lo inevitable, gota tras gota. El Árbol Tsef Thaed por supuesto se sintió humillado y escandalizado, pero se quedó quieto como le había sugerido SYA. La risa de los arbustos se extendió por todo el parque y un par de enamorados hasta hubiera creído que era una canción que la naturaleza les regalaba.
Por supuesto que el Árbol Tsef Thaed no se iba a quedar quieto mucho tiempo, había heredado un poco el espíritu de pelea del viejo Simón Dor y el juicio de su padre. No pudo contenerse y con una de las ramas, atrapó al borracho de Francois entre las piernas y apretó. Se escuchó el grito del borracho y el silencio de sorpresa se extendió entre los arbustos. Los árboles miraron admirados la valentía del pequeño.
—Mire señor Francois —dijo el Árbol Tsef Thaed y apretó con más fuerza para que el borracho aullara—. No me agradó lo que acaba de hacer y estoy seguro que a mis compañeros árboles, ni a mis compañeros arbustos tampoco. No quiero volver a escuchar de usted, ni en este, ni en otros parques más.
—Bwagh, aiiur… —exclamó el borracho.
—No sé que idioma habla usted, pero por los ojos que le miro, me parece que nos comprendemos. Ahora váyase corriendo de aquí, que no lo quiero volver a ver en mi vida. Y tampoco quiero enterarme que usted sigue “bautizando” arbolitos.
El Árbol Tsef Thaed soltó a Francois de entre sus piernas y le miró correr despavorido. Sin embargo, el doppelganger de Francois miró todo esto desde un lugar seguro y cuando juzgó haber observado lo suficiente… supo que debía hacer. Eso todavía no nos corresponde saberlo.
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Agosto 15, 2003 — 1-2-3.
Escrito por Agustin Fest.
Quiero escribirte esta noche.
Y no sé como empezar. Pensaba hacerlo de otra forma, pero también sé, que si lo hago de otra forma, tardarías en leerlo y prefiero que sea lo primero que mires en la mañana. ¿Y qué tiene que lo miren todos?, ya has entrenado la mirada del hombre posesivo en mis ojos. Que ellos sepan, que no hago más que querer escribirte esta noche (y todas las noches). Tú lo leerás y entenderás primero. Aunque te encuentre en otros caminos, espero con ansias que éste lo recorras a primera hora, cuando escuches mi voz en las noches o cuando trate de llamarte me-ta-fí-si-ca-men-te (como diría Horacio).
Cuando las letras salen, pongo las pistas que encontrarás y nadie más podría adivinar. Primero se convirtió en un juego secreto que compartían dos personas y luego, ¿en qué se ha convertido?
Eso me pregunto sonriendo todas las noches.
Te he leído, una y otra vez, en el regalo que me hiciste. Yendo de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Repasando cuidadosamente los días, hurgando entre recuerdos, adivinando situaciones y rostros. Comprendiendo muchas cosas, aceptando otras, negándome un par aún sabiendo que tienes toda la razón.
Tengo que confesarte algo… soñé con aquella mujer la otra noche, aquella mujer que me golpeó violentamente con la conciencia de que todavía puedo enamorarme. Le miré y ella trataba de explicarse, realmente trataba de explicarse el por qué no podía aceptarme. Tuve que mirarle con lástima y susurrarle en sueños: “Ya para qué… ya para qué”.
¿Para qué si existes tú? Un sentimiento elegante, vibrante, creciendo como una semilla. No como el otro, que fue un soliloquio, un acto repentino, un impulso.
Usted. Tú, la mujer que camina como en un ensueño, como una luz que brilla con energía propia, energía pura. No necesitas curar nada, solo necesitas existir. No necesitas sanar, solo sonreír y extender tu mano a la mía, que es necia y a veces se siente como un animal herido.
La mano que te acarició durante una hora completa y extraña. Mano necia, indecisa, que primero no sabe como responder, que a veces niega, extraña a muchos ratos y luego te pide a gritos que regreses.
¿Me permites? ¿Me tendrás fé? ¿Me permitirás existir, cerca de tí, escribiendo en presente?
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Tags: amar, Amor, carta, confesión, Cortázar, declaración, duveth, fe, homenaje, querer, sol-maría
Agosto 13, 2003 — Enigma, Intento ser Escritor, Vida diaria, favoritos.
Escrito por Agustin Fest.
Antes de dormir, acostumbraba prender una veladora aromática que era un sano rito al que se había acostumbrado sin querer. Primero fue porque paseando encontró una tienda que las vendía y le gustó el aroma de una azul oscuro en forma de luna. Se la llevó y la prendió todas las noches, hasta que la luna se derritió y el aroma se fué. No hubo problema, se acostumbró a comprar una vela cada que fuera necesario. Asimiló con gusto el rito y lo practicó cada noche.
Prender con fuego a la luna y cuando esta menguara, comprar una luna nueva.
Se sonrió, le gustaba acostumbrarse y le encantaba asimilar.
El segundo rito, fue cuando se cortó por error con un papel uno de sus dedos, un miércoles por la noche. El impulso fue llevárselo a los labios y chuparlo. Le dolía mucho. Sus ojos, jugándole una travesura, lo arrastraron al papel blanco que sangraba carmesí y fascinado, observó como la pequeña gota de sangre se extendía hasta que no pudo más. La herida del papel estaba cicatrizando, le pareció y se sonrió. El tiempo no había cicatrizado, porque seguía observando la mancha roja del papel. Hasta que se decidió tirarla a la basura.
El siguiente miércoles, volvió a cortarse y miró al papel sangrar. Ya lo había asimilado. Incluso interpretó el mismo rostro de dolor, cumpliendo el rito al pie de la letra.
Paulatinamente, otros sanos ritos fueron asimilándole y él fue asimilándolos. Hasta llegar al punto que los que le conocían, pensaban que su vida no era una rutina, sino algo espontaneo. Ya que había ritos que debían ser cumplidos en tiempo, o en espacio o después de una serie de situaciones. Con maestría se había entrenado para cumplir todos los ritos al pie de la letra y darles un orden prioritario. Era difícil cuando tres o cuatro rituales se le juntaban.
Entonces, conoció a la mujer que a la fecha, todavía no puede describir.
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Tags: bienvenidos-a-jaramillo, cuento, cuerpos, enfermedad, favoritos, Luna, noche, obsesión, oración, perfección, religión, rituales, siniestro