—¡Tito tito capotito! ¡Vuela al cielo y pega un grito! ¿Qué es? —preguntó el niño ruidosamente. Jalaba su pequeño carro para cargar cosas, donde había cuatro llaves oxidadas y veinticinco latas viejas. Se llevó la mano que sostenía la bolsa de cemento, a su rostro y aspiró profundamente. El rostro se le hizo gris, igual que sus harapos sucios. Sonrió mucho, sin ninguna chispa de alegría en sus ojos. Lentamente, fue caminando en la calle oscura y húmeda, gritando la misma adivinanza para el temor de algunos gatos callejeros y para gusto de sus compañeros de la calle, que en cierta forma le protegían y le querían, y cuando se portaba mal lo castigaban y lo regañaban.
La calle era su padre y su madre.
—¡Es un elefante! —exclamó el niño al que llamaban Tito, y éste se rió con sus ojos rojos. Y luego echó a llorar. Movió sus manos para hacer sombras en las paredes llenas de espectaculares viejos, ayudado con la luces de las farolas, y logró hacer con sus deditos un elefante—¡Mira papá! ¡Mira mamá! ¡Es un elefante, si es un elefante!
—¡Ya cállate Tito! —gritó uno de los muchachos que trataba de dormir. Tito hizo caso, no quería que le pegaran. Abusaban de él porque estaba chiquito. Se llevó su bolsa de cemento a la cara otra vez y aspiró, con las lágrimas agolpándose en su rostro. Iba a quedarse tirado en el concreto, como siempre hacía y mirar el cielo, hasta que la patada de algún señor policía le despertara…
Pero el cielo le bendijo y por la comisura de un ojo, miró algo muy extraño que ni aún el cemento había logrado. Observó un Árbol que estaba caminando en el lado opuesto de la calle. Tito se levantó y abrió su boca, en sus ojos brilló una pequeña chispa. ¿Sería una señal? ¿Sería la respuesta a la adivinanza? Miró a sus compañeros dormidos y la calle húmeda, y después observó al pequeño Árbol alejarse. ¿Qué debía hacer?
—Tal vez no sea un elefante… —se dijo Tito y se acarició los cachetes regordetes, limpiando un poco de la mugre. Los ojos aún le brillaban y podía sentir como el brillo se apagaba, con cada paso que daba el Árbol que camina y se alejaba de él.
¡Echó a correr! ¡Tal vez era su última oportunidad! El carrito hizo un ruido espantoso que hizo ladrar a los perros y el movimiento obligó a que se le cayeran todas sus pertenencias. Adiós a sus veinticinco latas y sus cuatro llaves.
—¡Espérame! ¡No te vayas! —exclamó Tito, extendió la mano que aún sostenía la bolsa. ¡Persigue la estrella, Tito! ¡Persíguela ya! Puede ser tu última oportunidad… de llegar al cielo y pegar un grito tan grande…
Un comentario hasta el momento ↓
Esa es una de las mejores adivinanzas… yo también la repetía a cada instante.. y aún lo hago de vez en cuando.
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