ATT: Incursión al Parque de los Árboles Olvidados

El Árbol Tsef Thaed bajó del edificio de departamentos a la calle principal y se acordó de Simón: Debía ser cauto con la gente. Así que con cuidado de que nadie le viera, se plantó lo mejor que pudo en la parte lateral de la entrada y esperó a que el ritmo de la gente que miraba el reloj disminuyera. Cerró sus ojos e hizo su mejor interpretación de adorno ocasional.

Los árboles nacen con la virtud de la paciencia. Pueden mirar horizontes durante años enteros. Les gusta más cuando duermen en invierno, les da tiempo para envolverse así mismos, robarse la frescura de sus hojas y de su aliento, y pensar. Pensar en sus alrededores y luego soñar, a la par que se deshojan lentamente. Los hombres les miran marchitarse, sin sospechar todo lo que les ocurre en ese proceso y sólo saben admirarse cuando los ven reverdecer. No saben de la introspección de la belleza que tienen los árboles para dar cuenta de su hermosura y así nacer de nuevo en primavera.

Cuando abrió sus ojos, el ruido disminuyó. Ya no había gente, ni coches circulando. Cruzando la avenida se encontraría con el parque a donde Simón lo solía llevar antes de enfermarse de Cuenta-Cuentos. Incorporó sus raíces y echó a andar hacia el parque, moviéndose rápidamente. Sonrió e hizo ruídos con la boca, aprovechando la magia de los ecos.

Saltó a la banqueta y sonrió al oler a sus amigos árboles que le esperaban de noche. Corrió hacia uno de ellos, que le llamaban “SYA”, porque lo tenía grabado en la corteza, encerrado en un corazón. Era un árbol de veinte años de edad, un poco flacucho y con la corteza algo lastimada. Pero aún así, un árbol muy sabio en cuestiones callejeras. El más listo, porque era uno de los que estaba más cerca de la calle y era uno de los encargados de la diplomacia con los arbustos.

—¡SYA! —dijo el Árbol Tsef Thaed en el idioma de las hojas, que es el que suelen hablar los árboles.

—Hey, mi pequeño Traductor —dijo SYA, así le llamaban al pequeño Árbol que podía hablar el idioma de los hombres y de los árboles por igual—. Guarda silencio, que está Francois, el borracho.

—¿Francois?

—Shhh te digo, ven a mi lado, plántate aquí.

El Árbol Tsef Thaed saltó con cuidado los arbustos, moviendo las hojas de unos pocos que se quejaron. Uno se despertó y despertó a los demás.

—Mira… si es el pequeño traidor —dijo arbusto uno.

—¿Lo dejó salir su papá a la calle? —preguntó arbusto dos.

—Árbol domado por hombres, jamás será bienvenido —asintió arbusto tres.

—¡Cállense! —exclamó SYA y llamó al Árbol Tsef Thaed para que se plantara a su lado—. Están celosos de que el puede caminar cuando quiera. E imagínense cuando sea del tamaño de un roble o de un olmo. ¡Entonces se arrepentirán de sus palabras, pequeños ingratos!

—¡Francois! ¡Francois! —gritó uno de los arbustos y luego, el grito se extendió a todos los arbustos del parque.

SYA maldijo en voz baja y le susurró al Árbol Tsef Thaed que guardara silencio y se quedara plantado. En unos minutos, un borracho que durante el sopor de su intoxicación se dejó dirigir por los arbustos, llegó a donde estaban SYA y los arbustos. Un hombre gordo, de piel blanca manchada de suciedad, barbas y cabello multicolor, ojos rojos por el mal dormir y vestía algo que antes era ropa.

—¡Bautízalo! ¡Bautízalo! ¡Bautízalo!

Exclamaron los arbustos llenos de envidia. Los árboles que estaban cercanos miraron con lástima y resignación, sabían lo que estaba por venir.

El gordo borracho de Francois abrió la boca para eruptar y tambaleándose, se bajó el cierre del pantalón, se acercó al pequeño Árbol Tsef Thaed (quien le miró con ojos confusos, porque no sabía que implicaba ser “bautizado”). Y después sucedió lo inevitable, gota tras gota. El Árbol Tsef Thaed por supuesto se sintió humillado y escandalizado, pero se quedó quieto como le había sugerido SYA. La risa de los arbustos se extendió por todo el parque y un par de enamorados hasta hubiera creído que era una canción que la naturaleza les regalaba.


Por supuesto que el Árbol Tsef Thaed no se iba a quedar quieto mucho tiempo, había heredado un poco el espíritu de pelea del viejo Simón Dor y el juicio de su padre. No pudo contenerse y con una de las ramas, atrapó al borracho de Francois entre las piernas y apretó. Se escuchó el grito del borracho y el silencio de sorpresa se extendió entre los arbustos. Los árboles miraron admirados la valentía del pequeño.

—Mire señor Francois —dijo el Árbol Tsef Thaed y apretó con más fuerza para que el borracho aullara—. No me agradó lo que acaba de hacer y estoy seguro que a mis compañeros árboles, ni a mis compañeros arbustos tampoco. No quiero volver a escuchar de usted, ni en este, ni en otros parques más.

—Bwagh, aiiur… —exclamó el borracho.

—No sé que idioma habla usted, pero por los ojos que le miro, me parece que nos comprendemos. Ahora váyase corriendo de aquí, que no lo quiero volver a ver en mi vida. Y tampoco quiero enterarme que usted sigue “bautizando” arbolitos.

El Árbol Tsef Thaed soltó a Francois de entre sus piernas y le miró correr despavorido. Sin embargo, el doppelganger de Francois miró todo esto desde un lugar seguro y cuando juzgó haber observado lo suficiente… supo que debía hacer. Eso todavía no nos corresponde saberlo.

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