ATT: Abrir la puerta

El Árbol se quedó plantado lo que parecieron eternidades frente a la puerta (tan sólo habían pasado unos minutos, pero había heredado el fatalismo del anciano Dor). Se rascó las hojas con las hojas y parpadeó un par de veces, mirando el picaporte. Fue cuando quiso aplicar una de las cosas que había visto que Simón Dor hacía y que misteriosamente funcionaba, o parecía funcionar porque le alegraba y hacía parecer como si todos los problemas estuvieran solucionados.

—Soy la gran puerta —se dijo el pequeño Árbol—. Soy la gran puerta y me abriré. Soy la gran puerta y me abriré.

Sucedió lo inesperado: la puerta se negó rotundamente. El Árbol Tsef Thaed se rascó de nuevo las hojas con las hojas y por primera vez entendió la diferencia entre sentirse estúpido y serlo realmente.

—Bien, ya entendí. No soy la gran puerta, pero si te abrirás. ¿Verdad?

La puerta respondió con una amarga indiferencia.

—¿Por favor?

Groucho Marx hacía reír al público en el departamento vecino. El viento cantaba tranquilo, mientras el día se hacía noche. Los coches hacían ruido y la gente enmudecía frente a los claxonazos. Y el Árbol Tsef Thaed miraba con sus ojos a una puerta muy viva, que nunca se movería porque estaba muerta. Pequeño Árbol versus Gran Puerta, y la Puerta iba ganando por mucho.

El Árbol Tsef Thaed rascó hojas con corteza.

—Muy bien —dijo el Árbol sin perder la compostura, caminó de espaldas hasta que juzgó suficiente la distancia que le daría el impulso necesario—. Si tú eres malvada, yo también. ¿Sabías que mi papá se entrenó en las artes marciales con Simón Dor? Lo llevo en mis ramas y en mis raíces. Señorita Puerta, usted me obligó.

La puerta se quedó estática del miedo.


El señor Ramirez cargaba las bolsas de su esposa y pasó frente a la puerta de Simón Dor. Le miró durante un segundo e hizo una mueca, nunca le agradó su vecino raro y menos cuando había regresado de su viaje. Su esposa y él lo observaban por la mirilla cuando salía del departamento y escuchaban como platicaba con un pequeño árbol en una maceta. Pensaban que estaba loco. Aunque la locura le hacía más agradable. Antes del viaje, el hombre era sencillamente insoportable. Los Ramirez (y la gran mayoría de los vecinos), seguían sin tolerarlo.

Ramirez se acercó a la puerta y se decidió escupirle a la entrada, cuando escuchó un golpe seco que le espantó seguido de una voz aguda que decía: “¡OUCH! ¡OUCH! ¡ME HA LASTIMADO!”. Ramirez se alejó rápidamente y se metió a su departamento de un portazo. Definitivamente, Simón Dor estaba loco.


El Árbol frunció la corteza y se racó las hojas con las hojas. Había resultado muy frustrante que no todo saliera bien al principio y todo se lo debía a que quería echar a correr, cuando apenas estaba aprendiendo a caminar. Así que después de echarse a llorar como haría un niño de su edad (lágrimas que bajaban de los ojos rajados en su corteza y regresaban a sus raíces), decidió plantarse y pensar las cosas.

Aplicando un poquito de sentido común, caminó por su macetita, la volteó y la empujó hasta la puerta. Se subió y giró el picaporte apenas alcanzándolo con sus ramas, la puerta se abrió y el Árbol se rió. ¡Qué tonto había sido! Desde entonces se prometió no buscar salidas fáciles para resolver los problema fáciles. Por lógica, decidió que no buscaría salidas difíciles para resolver los problemas difíciles. Eso pensaba mientras salía a las luces amarillentas del pasillo de los departamentos y caminó.

¿Dónde habría de iniciar su búsqueda? No tenía ni la menor idea, pero estaba libre al fin para poder caminar como su padre había hecho. Y querría recorrer todo, hasta llegar a cumplir la difícil misión que le habían dejado. Se sentía tan contento, que saludó a la señora Ramirez que entraba a su departamento y ella, sorprendida, correspondió el saludo del Árbol.

No había quien le detuviera, pensó el Árbol muy contento, y en pequeños saltos caminó el pasillo y bajó con cuidado las escaleras hasta llegar a la entrada del edificio y mirar la calle, donde la gente apresurada por mirar el reloj, no le prestó atención. Respiró aire nuevo y alzó las ramas como un caballero valiente. El pobrecito no sabía de los muchos doppelgangers, que ya sabían de su misión y habían sido enviados a detenerle.

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