Erase una vez, en una contaminada ciudad donde mucha gente caminaba mirando el reloj, que vivía un Árbol pequeño dentro de una pequeña maceta. Era tan pequeño como un bonsai, con sus pequeñas raíces apenas tocando el fondo de la maceta. Éste Árbol tenía dos pequñas cicatrices cruzadas en el ojo derecho, un recuerdo que le heredó su padre y un perro que le salvó al esconder su semilla para que no se perdiera en un mar antiguo.
El Árbol respondía al nombre de Árbol Tsef Thaed. Se lo dio un hombre que viajó durante cuarenta días y cuarenta noches, a través de tormentas, desafiando súcubos, jugando ajedrez contra Dios y contra Satán. Ese viejo, de nombre Simón Dor, le dijo que era su nombre porque era el mismo que había tenido su padre. Fue cuando le preguntó al hombre a qué se había dedicado su padre y éste solo atinó a responder—: Caminar, Árbol, caminar para buscar su nombre.
Eso había significado mucho para el pequeño Árbol Tsef Thaed, le hizo imaginar que su padre fue un gran árbol y haber encontrado su nombre, su más grande bendición. Al mismo tiempo, le preocupaba sobremanera. ¿Qué razón de existir tenía éste pequeño Árbol, si su nombre ya había sido encontrado? No podría caminar en bosques mágicos, ni en inclementes desiertos, ni en las nubes hechas de algodón, ni profanar templos míticos o reales y tampoco podría andar en túneles subterráneos. Su nombre ya estaba escrito en la corteza y no había nada que moviera al Árbol a caminar.
Hasta que un día, mientras acompañaba a Simón Dor cuando escribía, escuchó decir del Árbol de la Ciencia del Bien y el Mal. Simón Dor leía el Génesis en voz baja y sin querer, el Árbol escuchó y así inició este pequeño, su gran historia.
Génesis 2:9
Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso
a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida
en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y
del mal.
—¿El árbol de la ciencia del bien y del mal? —preguntó el Árbol Tsef Thaed a Simón Dor en voz alta. El viejo volteó a mirarle de reojo, desde su silla de madera y su vela prendida mientras rayaba en su diario. Se veía pálido y enfermo. El Árbol Tsef Thaed había escuchado decir a Simón Dor que estaba maldito en su sangre por un viejo hechizo que se decía era el del Cuenta-Cuentos. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.
—El Árbol más conocido por estos rumbos —dijo Simón y sonrió a medias—. El problema es la publicidad. Dios le ganó a todos y con ello ganó su Árbol, aunque si somos prácticos… los otros árboles también han tenido impacto, como son de dominio no tan popular, hacen a la gente que los conoce verse interesante —Simón alzó una ceja y se rascó la cién, torció sus labios—. Estoy divagando. Déjame escribir, que ahora debo escribir de los rumbos, de la publicidad, de la practicidad, de Dios y su Árbol, de los impactos, dominios pouplares y la gente que conoce otros árboles e historias de esos otros árboles. Te he dicho que estoy enfermo y sólo escribiendo puedo curarlo.
—¿Quién es Dios? —preguntó el Árbol Tsef Thaed— ¿Y cómo hizo él para crear el Árbol de la ciencia del bien y el mal?
Simón alzó una mano impaciente y se acarició el rostro, con una sonrisa volvió a mirar al Árbol Tsef Thaed, le temblaban los dedos y los párpados. Respiró profundamente y con las manos aun temblándole, pudo separar su mano de la pluma y con trabajos se levantó de la silla para alejarse de su diario.
El efecto fue inmediato, Simón Dor cayó de rodillas y respiró con trabajos. Extendió una mano para acariciar las hojas del Árbol y sonrió.
—Vamos… perdóname esta. Vamos, vamos… —susurró Simón—. Tranquilo, tranquilo. Se lo debo a su padre, ¿me oyes? Le debo tantas cosas.
El Árbol Tsef Thaed parpadeó confundido y esperó.
Simón Dor se levantó jadeando y regresó a la silla, rindiéndose del pequeño lujo, donde pudo tomar la pluma de nuevo y siguió rayando.
—Dios es… un hombre, que se levantó un día y se dio cuenta que podía crear. Su imaginación especial hizo el día y la noche, los bosques y los desiertos, los ríos y las montañas. Con un buen publicista se ganó el respeto de todos. Eso es Dios, básicamente. Tengo que escribir ahora una historia de Dios, del día y la noche, de los bosques y los desiertos, de los ríos y las montañas, y también, ahora, de un publicista. Escúchame Árbol —Simón Dor volteó nuevamente, abría y cerraba los ojos, como un loco que se ha escapado del manicomio—. ¿Qué quieres realmente? Pero no me hagas decirte más cosas, porque tendría que escribir una historia para todo lo que te diga. ¡Espera! ¡Ya lo tengo! Todo se resolverá en sueños, hazme caso Árbol Tsef Thaed, que ahora tengo que escribir una historia de los sueños y de tu padre o de su hijo. Perdóname… yo no pedí esta maldita enfermedad. Tal vez es hora que camines y cuando regreses, podamos vernos una vez más.
—Soy muy pequeño…
Simón Dor no respondió y continuó rayando en su diario sin control.
El Árbol Tsef Thaed cerró los ojos y soñó.
Y en sueños, conoció a su padre. Un gran Árbol marchito que parecía la estatua para entrar a un bosque mágico. Su corteza, estaba hecha piedra y dos mariposas negras, de gran tamaño y monstruosas alas, revoloteaban a su alrededor. El Árbol movía sus ramas para tratar de ahuyentarlas, pero como estaban hechas piedra, quedaba en débiles intentos que parecían dolorosos por los gestos del Árbol en su rostro de corteza. El pequeño Árbol Tsef Thaed trató de acercársele, pero como sus pequeñas raíces estaban entrelazadas en una pequeña maceta… no pudo hacerlo.
—¡Padre! —gritó el pequeño Árbol.
—Se ha pervertido la magia… —dijo el Árbol grande—. Ayúdame a recuperarla, ¡tienes qué encontrar la fruta que cure al Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal!
—¿Dónde? ¿Dónde debo ir?
—¡A todas partes y a ninguna!
—¿A quién debo preguntar?
—¡A todos y a ninguno!
—¿El Árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿Padre?
—¡Recuerda que no es el único! ¡Echa a andar hijo, qué no nos queda mucho tiempo! Viajando en la realidad del hombre y buscando también entre sus mitos, haz de encontrarlo.
Y el pequeño Árbol despertó y le tembló la boca. No había tenido tiempo de preguntarle tantas cosas.
Despertó sólo, en el pequeño departamento donde Simón Dor vivía en la gran ciudad. Descubrió en su maceta una carta de Simón que decía:
“Querido Árbol Tsef Thaed:
Me doy cuenta gustoso que haz encontrado una excusa para caminar, y una muy importante, debo decir. Yo no puedo ayudarte en tu viaje, porque yo vivo de magia y el fantasma de tu padre tiene razón, está tan pervertida que en cualquier momento podría traicionarte. No te preocupes por mí, estoy seguro que hemos de encontrarnos de nuevo.
Si quieres buscarme, estaré en Jaramillo. Ahí tendré tiempo para buscarme una cura… porque sabes, en la Ciudad de Jaramillo nadie muere y tendré tiempo para escribir todas las historias que debo terminar. He dejado mi diario, llegará a su tiempo otro que habrá de escribir en él. Sólo te aviso por si llega el día de hoy, pero no lo creo. Es un hijo bastardo que tuve… no te preocupes, si llega tan sólo dile donde está el diario y él habrá de tomarlo.
Te mando un saludo, mi buen Árbol y espero tengas éxito en tu viaje. No importa si triunfas o fracasas (aunque el fracaso, bien significa que nos quedaremos sin magia en el mundo, pero bah… a la gente le importa tan poco, que no creo que la extrañen), lo importante es disfrutar del panorama, sea bueno o malo. ¿Me entiendes? No creo. Ahora quítese esa ridícula maceta en la que lo metí.
Simón Dor.
P.D. No olvides tus baños de agua”.
El pequeño Árbol Tsef Thaed parpadeó al leer la carta y se quedó en silencio unos instantes. Dobló sus ramas, impulsó sus raíces y cayó al piso. Con dificultad, logró salirse de la pequeña maceta esparciendo tierra en toda la alfombra. Poco a poco, se acostumbró a que sus raíces le permitieran moverse y su primer gran logro, fue pararse.
Habiéndose puesto en pie, se emocionó y practicó correr, aun con pequeños tropiezos y caídas. Gritó de alegría y saltó de emoción. ¡El Árbol Tsef Thaed ya tenía motivos para caminar! Con gallardía, caminó hacia la puerta, con una sonrisa tan grande que corría riesgo de que su corteza se partiera a la mitad. Caminó hacia donde el picaporte se sostenía desafiante y miró hacia arriba. Estiró sus ramas y definitivamente no alcanzaba.
Lentamente se le desdibujó la sonrisa a aquel pequeño Árbol que perplejo miraba con sus pequeños ojos, la gran puerta cerrada.








9 comentarios ↓
:sonrisota: Bien! una nueva historia, me gusta la idea veremos que tiene planeado para el Arbol
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Me ha dado ternura.. mucha ternura el final.
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Yupiiiiiiiii.. una buenisíma razón para seguir conectándome a la net.. !!! Suerte Arbolito lindo..
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¡Run Arbolito run! Bienvenido a la literatura festiana. Un Saludo
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Simon y Arbol siguen dando de que hablar, bonita historia la neta me latio un buen, quiero leer mas acerca del hijo bastardo…(toy intrigada)
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Hace un rato que no lo leía tranquilamente, por falta de tiempo obviamente! Pero ahora que me di un espacio y leí esto, recordé porque sigo visitando su página, desde aquella vez que por casualidad caí en ella.
Siga así! Besos y abrazos!!!:lengua:
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que mal historia bu
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Excelente como siempre TT, es un gustazo leer lo que escribes, de hecho creo que solo leo esto y de sexo.
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