Dumas y Domingo eran amigos, solían salir juntos todos los días a jugar y hacer hoyos en la tierra con varitas de madera. A veces iban a un mercado cercano, compraban unas frituras y un par de refrescos en bolsa en y los bebían mientras se columpiaban suavemente en los columpios. Observaban a las personas y hacían los comentarios pertinentes.
Reían, reían juntos. Las personas que les conocían sabían que eran uña y carne, que era imposible que el uno anduviera sin el otro. Una amistad estrecha que se unía más gracias a la inocencia de la niñez.
Hubo una ocasión en la que Dumas andaba sólo de casualidad, jugando por ahí, un niño más grande le retó. Ambos se dieron de golpes, obviamente Dumas salió lastimado, antes que nada era un niño intelectual y torpe que no sabía meter el puño en el lugar indicado.
Afortunadamente Domingo si sabía, aunque menos intelectual que su amigo tenía un gran corazón, cuando llegó y miró a Dumas tirado en el piso quejándose por la falta de aire, escupió a un lado y no le importó romper uno de sus dientes por dos del enemigo y más importante, por el honor de su amigo.
Nadie volvió a desafiar a Dumas de nuevo.
Crecieron juntos, la proximidad de sus hogares les permitió más sentirse hermanos que amigos, sabían del uno al otro, amores infantiles, enemistades, problemas caseros, decepciones. No necesitaban palabras para comunicarse en muchas ocasiones, una mirada bastaba para indicar al lugar donde tenían que ir o el paso a seguir. Había una conexión especial entre Dumas y Domingo. Pasaron juntos la dolorosa pubertad y parte de su adolescencia. Dumas se volvió un tipo inteligente y apuesto, no dejaba de impresionar a las chicas y gustaba de leer un buen libro antes que involucrarse en una pelea callejera (al menos que Domingo estuviera ahí), su opinión solía ser guía de muchas situaciones, un líder natural.
Domingo era un estudiante mediocre, pero ameno, de buen corazón y lograba fácilmente ganarse a las personas, al contrario de Dumas solía ser abierto en cuanto a la aventura y al intercambio de opiniones sobre todo si esta originaba una buena pelea callejera y después un par de cervezas. Era la única persona que podía convencer a Dumas.
Ambos estaban en demanda por las niñas, les costaba trabajo no enamorar a la misma y decidían compartirla, nunca se pelearon por ninguna de estas y si hubo alguna vez en que llegaron en sentir más que interés, un verdadero enamoramiento, pusieron su amistad antes que un amor de primavera.
Después llegó la universidad y tomaron caminos opuestos. La familia de Domingo se mudó al extremo de la ciudad separando a la uña y carne.
La separación afectó a ambos como era de esperarse. Dumas se volvió agreste, distante, no disfrutaba de la compañía de su familia por que no funcionaban como tal. Fue como si Dumas hubiera perdido un hermano.
Domingo mientras tanto cuidó su habilidad de fomentar una relación agradable con los demás esperando algún día encontrar una amistad tan poderosa como había sido la de Dumas.
En cierta forma seguían conectados, pero era una conexión deficiente y que se estaba perdiendo por los años. Hubieron mudanzas, más cambios de teléfono, finalmente sólo quedaba el sentimiento de que el otro existía y se encontraba ?bien?
Diez años después, ya adultos Dumas y Domingo, uno de ellos asesinó y violó a una muchacha. El otro lo supo de inmediato por la conexión que aún seguía viva. La adrenalina se activó en la sangre de ambos.
Domingo tenía la certeza de que había sido Dumas el asesino.
Dumas no podía creer que Domingo fuera capaz de asesinar.
El asesinato y la violación de otras 4 mujeres ocasionó que la policía iniciara sus investigaciones, se sospechaba de un asesino en serie por que todas tenían detalles que las ligaban una a otra.
La policía no encontraba nada concreto y mujeres seguían muriendo.
Dumas y Domingo empezaron a buscarse el uno al otro, en una ruta de muerte.
Si resbalara… si pudiera resbalar de una manera infinita y caer en las estrellas. ¿Qué he hecho por Dios?, recuerdo los días con mi hermano, eran días distintos. Desearía… desearía que el me detuviera. Estamos buscándonos el uno al otro, lo siento por la amistad que nos une. ¿Pero qué es lo que sigue? ¿Qué debe ser después de encontrarnos el uno al otro? ¿Deberé cobrarme de su sangre cómo lo he hecho con las distintas mujeres qué he encontrado? ¿O deberé pedirle perdón? Dios mío, si pudiera resbalar de una manera infinita y caer en las estrellas… Perdóname.
Yo lo sé, lo sé todo… se que Dumas lo ha hecho. El… el es el culpable, ¿Cómo puedo confrontar a mi hermano y detenerlo de tal atrocidad?, cobrándose de mujeres inocentes, por el santo cielo, ¿Qué le sucedió? Siento nuestra proximidad, está asustado, confundido, desea matarme y al mismo tiempo, desea que lo perdone. No está seguro ya. Que el cielo me de las fuerzas para obligarlo a entrar en razón. Por la amistad que nos unió alguna vez.
—Me da gusto mirarte una vez más Dumas —sonrió Domingo mientras prendió un cigarro, dejó su chamarra a un lado y se sentó a un lado de su amigo.
—A mi también hermano —sonrió ampliamente Dumas—. ¿Qué fue lo que nos trajo aquí??
—Lamentablemente, no una causa noble como en los viejos tiempos.
Callaron y la tristeza cubrió la escena, hablaron de esos viejos tiempos, de las muchachas que conquistaron, de las que se enamoraron pero callaron, de las peleas con los niños de las otras calles y de las bandas de otra cuadra. De las cervezas que tomaron juntos y los exámenes que se pasaron.
Rieron y rieron, la gente si los hubiera visto en ese momento, habría creído que eran uña y carne. Dumas se acomodó los lentes una última vez y guardó un silencio serio, Domingo hizo lo mismo.
—¿Por qué las mataste?
—En realidad no lo sé… —suspiró Dumas— busco mil razones en mi mente, y no encuentro ni siquiera la mitad de una, es hora de irme Dumas, de resbalarme con las estrellas, he grabado una confesión y tengo en mano el cuchillo que he estado usando, quiero que lo entregues.
—No… no sería capaz.
—Debes hacerlo, no importa mi honra, hazme este último favor como mi hermano, ¿Lo prometes?
—Si… lo prometo.
Dumas sonrió y se dio un tiro.
La Muerte caminó lentamente hacia Dumas, no tenía prisa en recoger su alma.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó.
—Si no pude contestar a mi hermano, ¿Cómo esperas qué te conteste a ti?, —preguntó Dumas, observó a la Muerte durante largo tiempo y se dio cuenta que esperaba algo más que un hombre en jeans y chamarra negra.
—Tú no mataste a las mujeres.
Dumas hizo una mueca.
—Eso no es cierto, lo recuerdo perfectamente, ¡Yo profané a cada una de ellas para después matarlas!, recuerdo el rostro de cada una, sus gemidos y sus gritos, la sangre corriendo entre mis dedos. Si, en un principio creí que Domingo era el asesino, pero me di cuenta que el también lo pensaba de mi. Yo tenía el cuchillo, yo tenía la ropa ensangrentada.
—Haz hecho un noble sacrificio y no te has dado cuenta, me sorprende.
Dumas hizo una mueca muy parecida a la anterior y gruñó.
—Fue Domingo el que las mató, al separarse, Domingo se volvió más agradable y tú te perdiste, cierto. Hubo algo más allá de mi comprensión, sin embargo, que los hizo totalmente opuestos durante un tiempo y los llevó a los extremos. Domingo un asesino y Dumas un mártir.
—¿Qué quieres decir?
—Que has matado al asesino que Domingo creó en su alma, hubo un momento en el tiempo, en el que ambos estaban seguros de que tú eras el asesino. Pero no siempre fue así. Tú llegaste a darte cuenta que había sido Domingo y él también lo supo, continuaron confundiéndose el uno al otro, hasta llegar a esto.
—No puede ser.
—Tu sacrificio fue en vano, sin embargo, Domingo seguirá matando mujeres, con la excusa de que lo hace en tu memoria, por honor a ti.
Dumas miró con horror como Domingo tomó el cuchillo, sacó uno de su chamarra y los comparó. Tiró el de Dumas a un lado, y con el arma hizo de la película añicos.
Dumas quiso gritarle que se detuviera, que algo estaba terriblemente mal.
Domingo tomó la pistola y se la guardó, jaló el cuerpo hacia su coche y lo metió en la cajuela mientras se perdió en la carretera.
—Es inútil Dumas, es hora de irnos.
—Espera, ¿qué pasará con Domingo?
—Lo que tenga que pasar, si tu amistad lo salva, tal vez puedan mirarse una vez más en el lugar al que te voy a llevar, no será una reunión larga y acabará mal?, la Muerte caminó y Dumas le siguió torpemente.
—¿Por qué?
—No te puedo dar la respuesta —dijo la Muerte, tomó el alma de Dumas y desapareció.







Un comentario hasta el momento ↓
Esa fué una situación extraña. Incluso al lector llegas a confundirlo hasta que tu llegas a la conclusión y el lector concluye que tú tienes la razón (por qué no) sin embargo, mantienes la duda…. Buen cuento.
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