La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor.
El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo.
Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios.
Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron.
—¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema.
Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada.
—Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara.
Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz.
Cuarto de Máquinas 0.
¡Caminar, caminar, caminar! Las siluetas de los cuervos y las mariposas continuaron siguiéndome, revoloteando en el ambiente. ¡Vuelen amarillos! ¡Vuelen azules! ¿Es el hombre soñando a una mariposa, o es la mariposa soñando al hombre? Filosofía barata de años de antigüedad. Los cuervos, los mensajeros de los caballeros de la muerte en la edad media. Más filosofía barata. Si… soy barato y filosófico. Soy un sofista o un fariseo, un Sartre o un Nietzche, sin la misma elegancia o el mismo potencial para convertirse en un filósofo de renombre para el gusto de los muchachitos góticos o los ateos ignorantes. Acabaré convirtiéndome en un Fromm o en un Kant, para gusto de los humanistas o los profesores de ética. ¿Qué será peor? No, no quiero ser nada, tan sólo quiero ser una hoja de cerezo y que me lleve el viento, no quiero ser el sueño de la mariposa, ni el mensajero de la muerte. Yo soy el culpable de mi propia desgracia, ¿o hay alguien más detrás de todo esto? La Muerte o El Eterno.
El Inventor. Soy un dios.
Metí la llave y abrí el Cuarto de Máquinas. Lo primero que vi fue la espalda de Beatriz, avancé y la puerta se cerró con la estela de cuervos y mariposas que me seguían. Caminé hacia ella y con cada paso que daba, ella estaba más distante y más lejos. Mis pies se hicieron pesados y parecía que estaba luchando contra una corriente de aire. Grité su nombre que se perdió en el silencio. Ella no volteaba. Dejé de caminar y empecé a correr. Los engranajes del Cuarto de Máquinas se movían tan lento a comparación de mi pelea contra la corriente, ella todavía no se dignaba a mirarme.
—Beatriz ya está muerta, Simón —dijo el niño, alguna vez lo dijo. Y era cierto… muy cierto. Las piezas del rompecabezas encajaron y yo me detuve, dejé de correr contra el aire, la estela de mariposas y cuervos se detuvo. Me senté en el piso y suspiré. Beatriz ya está muerta, desde hace mucho tiempo. No lloré, ni sonreí, ni prendí cigarrillos. Me senté a mirar su espalda.
En alguna parte, empezó a sonar el Tango del Cambalache, un tango viejo y creo que de los más representativos de aquella Argentina, no lo sé. La puerta del Cuarto de Máquinas se abrió de nuevo y entré yo otra vez. Sentado en el piso, me miré caminar hacia ella con un cigarrillo en los labios y el cabello bien peinado.
—Es hora de la tercera lección —dijo otro-yo.
—Así es, mi querido Simón —respondió Beatriz, ella dejó de darnos la espalda y caminó hacia el otro-yo quien parecía más versado en el arte de bailar que yo. Los miré mirarse, eran mágicos. Los dos se complementaban de una manera natural, aún en los accidentes, aún cuando no sabían que paso continuar, aún cuando la canción no correspondía a ellos dos. Ellos creaban el momento, lo idealizaban y lo realizaban. Convertían el aire en agua, el agua en tierra, la tierra en fuego, el fuego en vacío… hacían de la vida su antojo y no querían hacerla así, tan sencillo como que vivían.
—¿Simón, dónde estás? —pregunté y ellos me ignoraron. Ya no quise interrumpirlos y los miré hasta el final. Los dos eran reales, con la ropa arrugada, las canas y la juventud. La piel sudando y los ojos un poco enrojecidos por el mal dormir, cabellos que escondían una o dos canas, o canas completas que escondían cabellos todavía saludables. Nadie les hubiera prestado atención por lo común, cualquiera hubiera dicho que no idealizaban, ni realizaban. Sencillamente eran otro par más de niños enamorados.
—No me quiero ir —dijo otro-yo.
Beatriz abrazó a otro-Simón Dor, de la manera que solo puede abrazar un fantasma (a través de los recuerdos). Porque un fantasma ya no ama, eso lo deja en el pasado. Un fantasma ya no acaricia, su piel enterrada lo confirma. Un fantasma ya no besa, a menos que lo haga con el aire del pasado. Un fantasma ya no habla, porque ha muerto y dio todas las frases que pudo dar en su momento. Un fantasma ya no escucha, porque un fantasma ya no crece. No importa cuanto queramos que no sea así.
Yo miré y sentí lástima por los dos. Uno que no descansa, el otro que no deja descansar. Les miré: sonreí y lloré en mis adentros. Alcé mis manos y dejé que la estela de cuervos y mariposas los envolviera en un torbellino, un torbellino que ellos no miraron pero yo sí. Así me convertí en el Inventor y grabé en mi memoria este recuerdo que no existe. Un recuerdo que me ha de dejar, ya que sea un fantasma, pero se grabará en la memoria de algún otro… y así, este otro ha de viajar eventualmente en un barco llamado Mojalnir, en el maldito mar de Yunén… durante cuarenta días, con cuarenta noches.
O tal vez se dedique a vivir y diga que mi diario es una mierda.
Beatriz y el otro-Simón Dor se quedaron quietos, como una fotografía en sepias. Él se despidió sin decir palabras y ella le miró retirarse. Se cerró la puerta.
El fantasma de Beatriz se me acercó, me sonrió dulcemente y me entregó la mitad de una llave.
—Pronto caminarás al Cuarto de los Espejos. La otra mitad está en el Laberinto… elije bien los caminos que recorrerás, Simón Dor.
Asentí y como mi otro-yo, caminé sin palabras a la puerta y ésta se cerró para después desaparecer.
—Aquí estoy —dije.
Cinco días, con sus cinco noches.
Al salir, me encontré que el Cuarto de los Trofeos había desaparecido. Ya no había gritos, ¿Yasmín se habría aburrido? No lo sé, caminé siguiendo un rastro de sangre que se marcaba hasta mi habitación y después se doblaba en uno de los espacios laterales del barco. La vieja había caminado lentamente, porque la sangre seca era demasiada. ¿Había arrastrado el cuerpo del súcubo? ¿o era ella la que estaba sangrando? Me encogí de hombros, decidí averiguarlo por mi mismo y caminé a la popa, donde ella estaba meciéndose tranquila, con la vista dirigida al pasado.
Su rostro estaba limpio, ayer se encontraba ensangrentado. Decidí ya no preguntarle más, al ver que se estaba limpiando los dientes con un palillo. Pude intuír a medias lo que había sucedido.
—Se han ido todos, solo quedo yo.
—Y el delfín.
—El delfín no me importa.
—¿Has terminado de contar, vieja?
—Claro que sí, ten… esto es un recuerdo —dijo Yasmín, se agachó para recojer el Libro de Mama Esirasaft el cual estaba tirado a un lado de la mecedora—. Ábrelo.
Lo hice. Alguien había roto el libro para guardar la pistola de McGonnagal y dos semillas, una de las cuales estaba severamente dañada. Las tomé con cuidado y las metí en mi bolsillo. La pistola de McGonnagal me la ceñí en el cinturón.
—Es hora de matar al monstruo que has creado —dijo Yasmín y sonrió—. Y también de resolver tu eterna duda en el Laberinto. Pronto estaré detrás de tí, Simón, adelántate.
Me adelanté como ella me lo pidió y al abrir la puerta del Laberinto, me encontré un par de ojos rojos y una sonrisa que hacía mucho me estaba esperando.
Bobby Mindar 0.
El hombre-perro agarró a Simón Dor del cuello y lo aventó al interior del Laberinto, cerró la puerta y ladró-riendo. El anciano sintió el peso de la vejez cuando el impulso lo arrastró en el piso y alzó las manos cuando Mindar le saltó encima, con el hocico a unos cuantos centímetros de su cara, le sonrió con todos sus dientes y le tiró baba encima.
—Hola, Señor Dor —dijo Bobby Mindar—. ¿En qué te puedo ayudar antes de que me beba tu sangre?
Simón Dor empujó con sus piernas al hombre-perro, pero no logró aventarlo lo suficiente. El perro ladró-riendo de nuevo. Simón Dor se levantó rápidamente y sacó la pistola de su cinturón. Mindar fue más rápido, con movimientos cortos y precisos acercó su garra y le hizo una herida a Simón Dor en una de sus cejas. El viejo se ahorró a gritar y buscó rápidamente con la mirada al monstruo, que se escondía entre los muros de niebla del laberinto y se perdía fácilmente en la oscuridad.
El perro regresó y Simón Dor estuvo listo para recibirlo, se defendió de una de las garras y tiró una patada a la cabeza del perro, quien la evitó fácilmente. Con un impulso alzó el otro pie que se hundió en el pecho del perro y alcanzó a empujarlo pero no herirlo. Mindar le sonrió a Simón Dor, le ladró y le aventó los dientes, quien apenas pudo evitarlos agachándose. Alzó la pistola para dispararle el perro. Sin embargo, Mindar se movió rápidamente y Simón se contuvo de apretar el gatillo, porque sabía que la pistola solo tenía una bala.
—Verdugo una vez, no lo será dos veces. Se han cambiado los papeles, Simón —dijo el perro y con la palma de la mano, le golpeó el rostro que lo estrelló contra uno de los muros. Simón estaba aturdido y eso le salvó de que el perro le hundiera las garras en los ojos, cuando movió el rostro por el mareo hacia la derecha.
—Ya mátame de una vez, cabrón, si eso es lo que quieres —dijo Simón en voz baja. El perro le volvió a acercar el rostro, con una mano alzó a Simón del cuello y con la otra le acarició la herida recien hecha, después usó una de sus uñas para hundirla poco a poco. Simón gritó.
—Lentamente, Simón. Como tú no tuviste la decencia de hacerlo conmigo —dijo el perro. Se rió-ladrando y después, soltó a Simón. Se alejó corriendo con las cuatro extremidades.
—¡Brincando la zanja! —gritó Mindar y luego se rió, risa que estaba cada vez más lejana y luego, más cercana. El hombre-perro se movía con una velocidad monstruosa en los pasillos.
Simón Dor hizo un esfuerzo por levantarse y empezó a temblar, cada ladrido le hacía saltar y cada brisa en el aire que sentía, le hacía desconfiar. Con cautela, caminó en los pasillos de los muros de niebla, miró entonces las imágenes de los cuadros colgados en los muros: eran dibujos de historias que en algún momento fueron escritas, dibujos grabados en la niebla. Trató de no distraerse con ellas, pero hubo una en particular que le llamó la atención.
Era el Árbol Tsef Thaed, en secuencia de cuadros: la plática que tuvieron él y Simón, cuando Simón se perdió en la falsa imagen de Beatriz y el resto, el resto que Simón no sabía.
Como el Árbol Tsef Thaed se había comido la mariposa negra y así, tomó una decisión. Le miró caminar lentamente en los pasillos, para dirigirse al laberinto y guiarse en él a través de las semillas, como le consiguió la llave y como peleó con el perro (entendió entonces las cicatrices en la corteza del Árbol). Escuchó otro ladrido-risa y Simón se estremeció de coraje por la interrupción, caminó para ver en otras imágenes al Árbol Tsef Thaed comiéndose la segunda mariposa oscura y después, perder su mente, para salvarle a él y también así, dar fin a su historia.
El perro corrió detrás del viejo y lo tiró con una de sus patas. Simón esta vez reaccionó, levantándose rápidamente y alcanzó a detener con sus manos el hocico del perro que estaba dispuesto a morderle de un solo tajo todo el rostro. Simón golpeó con sus pies el vientre del hombre-perro que apenas hizo una mueca de dolor y tomó impulso para empujar con las garras al anciano, y alejarse corriendo para continuar jugando.
Con renovados bríos buscó al perro, en vez de huirle y esperar no encontrárselo. Él había de alguna manera inventado al monstruo, ahora él debía darle fin. Fue cuando dobló en una esquina que le encontró esperándole agachado y gruñendo. Saltó con una rapidez extraordinaria, Simón controló el temblor de sus manos, alzó la pistola y apuntó con fé, jaló del gatillo y se escuchó un balazo seco.
El perro se rió, después de todo, el viejo había acertado justo en el corazón del animal. Bobby Mindar murió.
Simón Dor tiró la pistola de McGonnagal, ya no era necesaria.
A las cuatro noches y cuatro días de terminar el viaje, Simón Dor seguía perdido en el Laberinto. Gritó el nombre de Yasmín, esperando que ella estuviera adentro con él, pero ella no respondía. Parecía ser que no cumpliría la promesa de seguirlo, como habían acordado. Utilizó las siluetas de los cuervos y las mariposas, como una extensión de su ser para encontrar algún camino de salida y misteriosamente, los muros de niebla respondían, cerrándose y moviéndose continuamente.
—No hagas trampa —se dijo Simón y sonrió, sacó un cigarrillo, se recargó en una de las paredes de niebla y se sentó a pensarlo con calma. La herida en su ceja continuaba sangrando, rompió una de las mangas de su camisa y se la amarró en la frente.
De niño, me fascinaban los laberintos. Cuando miraba los que venían en los libritos para niños, lograba auto-hipnotizarme a mi mismo, no para encontrar la salida, si no para extenderlos. Hacer un eterno andar para buscar una salida que tal vez no exista. Lo que más me intrigaba, era: “¿cómo generaban los laberintos?”, “¿Había alguna fórmula matemática para hacer laberintos aleatorios?”, “¿era cuestión de arquitectura humana?”, “¿inspiración divina?”, “¿o tan sólo era el pasatiempo de algún diseñador gráfico aburrido que se decidió un día a hacer uno para mí, en esa página que me hacía pensar cómo se generaba un laberinto?”
Rayaba los laberintos, para crearles muros y abrir salidas ficticias. Meditaba como podría hacerlo más difícil, más exasperante. Largas horas, destruyendo el trabajo del creador original para hacer el mío propio. Lo hacía mío. Me conformaba con ello y luego podía descansar.
Entonces de muy niño, escuché de una teoría matemática de un tal Gastón Julia, donde se podían crear a través de cálculos matemáticos los ahora llamados fráctales: traté de hacer los cálculos en mi mente y me pude imaginar un laberinto que cambiaba de propiedades constantemente. Un laberinto que se creaba así mismo, de manera infinita. Que no importara cuanto te alejaras o cuanto te acercaras, las proporciones seguían siendo las mismas, pero aún así te arrastraba a diferentes lugares, diferentes salidas y diferentes cuartos. El laberinto en el laberinto. El espejo en el espejo. El libro en el libro. El universo en el universo. Me dolió la cabeza ese día y me puse a llorar, algo tan sencillo como orden y caos juntos, generaba laberintos automáticamente. Laberintos eternos en los que podría trabajar día y noche si tan sólo me dieran tiempo. Se perdió mi mente en ello y no pude más que escribir las diferentes variantes que se me ocurrieran de un mismo evento. Tratar de romper el espacio-tiempo con letras y símbolos.
Entonces me enamoré y los laberintos se convirtieron en una mamada.
Simón Dor se levantó y caminó con las manos en los bolsillos, con un nuevo cigarrillo prendido. Caminó en pasillos interminables, dobló una esquina tras otra, con la paciencia del mundo. Fumó y admiró poco los cuadros en los muros de niebla, a otra persona le interesarían, pero a él ya no.
Suspiró y sonrió, en uno de los pasillos largos vio la luz de otro cigarrillo y el humo de otra persona que lo fumaba, allá en la distancia. A medida que se fue acercando, vio que se recargaba contra el muro con una pierna alzada, la capucha de su chaqueta puesta y mirando hacia el techo sin forma, el cigarro sobresalía de la sombra de su rostro. El viejo se sintió ansioso, pero mantuvo la postura y caminó con tranquilidad hasta que estuvo ante él. El Señor de Todas las Respuestas.
Mejor conocido como La Muerte.
¿Ya decidiste, Simón Dor?
La verdad es que no.
¿Por qué no has decidido Simón? Es sencillo, muerte o inmortalidad.
No sé como ser inmortal, la vieja no me ha dicho.
Estuve a punto de llevarte.
Y no lo hiciste.
¿Sabes por qué, Simón?
La verdad es que no.
Porque no fuiste tú el que decidió. El Árbol Tsef Thaed tuvo que hacerlo por tí. ¿Comprendes lo que te digo?
No.
Que si fuera cuestión de la anciana ciega el decidir, tú acatarías lo que ella te diga. Pero me cae bien la cieguita, es tan ingenua en ocasiones. ¿Sabes por qué no te ha dicho, Simón?
¿Por qué?
Porque te quiere.
Que te puedo decir, me he convertido en una linda persona.
No creo que te cataloguen de lindo, si has matado a un perro.
No se puede ser perfecto.
¿Entonces, qué va a ser Simón Dor? No esperaremos a la Anciana Ciega, ella ya no vendrá. Ha encontrado otro camino en el Laberinto, va a cerrar su ciclo e iniciar otro. Haré su trabajo, si eso te complace.
Creo que no necesito saber.
Vamos. ¿Qué te hace decir eso, Simón? ¡Estás muriendo por la inmortalidad y serás eterno en la muerte!
¿Te gusta maltratar a las personas, antes de llevártelas?
¿Es eso un sí?
La verdad es que no sé.
Con la Muerte no se juega.
Y tampoco la Muerte pregunta. Si tú eres el Señor de Todas las Respuestas. ¿Para qué preguntas si ya lo sabes de antemano?
Solo quería asegurarme.
He cambiado. No puedo elegir la muerte, si no he vivido y no puedo ser inmortal, si no sé como voy a morir.
¿Entonces qué te queda?
Vivir.
Muy bonito, muy, muy, bonito.
¿Decepcionado?
Ten, tu otra mitad de la llave de los espejos. Diviértete viviendo, Simón Dor.
A los tres días y tres noches, logré salir del Laberinto y miré como otro-yo se metió a él. Le seguí con la mirada, ¿eran reflejos? ¿imágenes? ¿efectos de la magia? ¿o pérdida de la razón? Recordé entonces el Cuarto de Fest, caminé hacia allá y al voltear hacia atrás, descubrí que el Cuarto del Laberinto había desaparecido su respectiva puerta. En el Cuarto de Fest me asomé y ya no había monolito. El cuarto estaba oscuro y olía a viejo, como si hubiera sido abandonado hacía tiempo.
Otro-yo salió se metió al Cuarto de Fest y empezó a llorar, y luego otro más, empezó a gritar y luego otro más, empezó a reír. Ninguno de ellos tenía la herida de la ceja como yo. ¿Quiénes son? ¿Imágenes de algo que no sucedió? ¿Qué sucederá?
—¿Alguien me escucha? —preguntó Simón-llorón—. ¡Tienes qué detenerlo! ¡Va a destruir el barco! ¡Ahora qué he empezado a vivir!
—¿Me escuchas? —preguntó Simón-risitas—. ¡Por fin he de morir! ¡Por fin después de tanto tiempo! ¡Destruye el barco ya!
—¿Estás ahí, hijo de puta? —preguntó Simón-gritón—. ¡Lo logré! ¡Logré mi inmortalidad cabrón, y jamás podrás abandonarme! ¡No importa si destruyes el barco!
Cada uno de los Simón Dor ignoraba al otro y los tres poseían mitades incompletas de la llave al Cuarto de los Espejos y las blandían al aire como espadas, cada uno a su manera o su respectivo humor, no comprendía lo que estaban diciendo hasta que sintió como el barco se tambaleaba, la madera empezó a desgajarse y los clavos empezaron a saltar. Era cierto, el barco se estaba destruyendo.
Simón Dor observó como se cerró el Cuarto de Fest con los otros aún gritando a su manera y luego la puerta desapareció. Sólo quedaba el Cuarto de los Espejos, Simón Dor entre el temblor del barco y la madera desgajándose para obstruir salidas o amenazar con caerse en su cabeza, se apresuró a unir las dos mitades de su llave cuando una de las vigas le cayó encima y lo traspasó, como si fuera aire. Simón alzó una ceja, ¿qué tipo de ilusión era esa?.
Entró al Cuarto de los Espejos ya más tranquilo y se encontraba en algo parecido a una biblioteca, un pasillo que llevaba a una sala circular donde descansaba el espejo más grande de todos.
Al decir biblioteca de espejos, me refiero a que había libros acomodados en distintos libreros especiales, donde enfrente de cada libro, había un espejo. Cuando Simón sacó uno de los libros, el reflejo en el espejo se mantuvo intacto, como si nadie lo hubiera tomado. Simón alzó una ceja, sacó un cigarrillo y lo prendió. Miró el libro y se dio cuenta que éste decía: “Diario de Simón Dor”, abrió y empezó a leer lo que había escrito en determinado momento y cayó en cuenta, que era distinto al original (o al que él había escrito) en ciertos comentarios y en ciertos momentos.
Sacó otro de los diarios y otro más, también se dio cuenta de que el reflejo en el espejo era un acceso a otro mundo, que le permitía sacar otro diario con las palabras al revés y así se dedicó a leerlo, encontrando triunfalmente más variaciones. Diarios de Simón Dor, en donde el viaje no había sucedido, o donde se habían quedado en el día uno. Simón Dor disfrutó leyendo uno y otro, carcajeaba, se enojaba, se reía, se estremecía y lloraba con las diferentes variantes que podía haber en su vida o en su muerte.
Todas las variantes posibles, se dio cuenta que en otros universos, el Árbol Tsef Thaed había decidido matar a Simón Dor. En otros más, el viaje no pasó más allá del primer súcubo. En otros tantos, la anciana había dicho a Simón como ser inmortal y como resultado, el barco se destruía sólo. Había uno donde seguía viviendo en una Luna hecha de Queso.
Mientras fue leyendo uno y otro diario, cayó en cuenta que en los espejos existían sus otros-yo que salían del Cuarto de los Espejos o entraban y se perdían en la biblioteca. Variaciones infinitas que hacían lo mismo o cosas totalmente opuestas a él. De hecho, uno de sus reflejos quemó la biblioteca: miró atento como el Simón Dor de aquel reflejo, tiró uno de los cigarrillos a propósito en los libros y se hicieron las llamas. Simón y Simón se miraron, el que reflejaba su rostro en las llamas sonrió hasta que fue devorado por ellas.
Ese espejo oscureció su reflejo y después se encendió de nuevo. Había ya otro Simón Dor ocupando su lugar.
Continuó en ese pasillo sin avanzar a la sala circular, leyendo diario tras diario. Buscaba uno que tuviera el viaje completo y no lo encontraba. Todos tenían miedo a la sala circular del Cuarto de los Espejos, todos los diarios terminaban inconclusos, no había ninguno que terminara. Ninguno de sus reflejos había llegado a la sala circular y ninguno planeaba hacerlo. No entendía Simón como ésto era posible, si los diarios representaban cada uno, una rama de un universo paralelo y debía haber por lo menos uno donde el viaje estuviera completo.
Simón Dor miró a la sala circular y comprendió el miedo. Había un gran espejo reflejando oscuridad ahí. ¿Era él, realmente, el que tendría que hacer la excepción? ¿Y si le dejaba el trabajo a alguno de sus reflejos? Había logrado tanto, tal vez se le podría perdonar esa pequeña excepción. Viajar en el barco tranquilamente, hasta morir… después de todo lo aprendido, ya no necesitaba más que vivir, disfrutando noche y día de la brisa limpia de Yunén, su prisión transformada.
Simón Dor acabó de leer sus diarios a los dos días y dos noches de terminar el viaje.
Y a los dos días y dos noches, caminó a la sala circular acariciándose la herida de la ceja. No sabía si sonreír o tener miedo, no sabía si encender un cigarrillo más o gritar de la emoción.
El barco de Simón, empezó a caer y ésta vez, no era el barco de los reflejos de los espejos. Sin embargo, no importaba. Los espejos de la biblioteca empezaron a romperse y los diarios a caerse, uno sobre otro.
No había marcha atrás.
Había encontrado el omniverso de Fest y Fest había encontrado el omniverso de Simón. Reflejo-contrarreflejo, se miraron en el espejo. Uno escribía y el otro actuaba. Porque así estaba en el contrato. Se siguieron con la vista y se echaron a reír, ambos tenían la mano en la herida de la ceja. El barco se estaba destruyendo y Simón seguía riendo, porque el escritor estaba escribiendo su risa. Fest no podía más que escribir lo que sucedía en el barco, porque era un espectador, no un creador. Y reír como Simón Dor, ya que era el fiel reflejo. El joven y el viejo, enfrentándose finalmente y no era tan malo como habían creído.
—¡Después de todo no me salió tan bruto, señor Fest! ¡No olvidaré de escribir esto en mi Diario!
Simón se acercó al espejo y Fest, como su reflejo, también lo hizo. Dirigió la vista en el diario y leyéndolo al revés, descubrió que todo eso ya estaba escrito… el barco se hacía pedazos, pero a Simón no le importaba, miraba su reflejo desesperadamente. Debía conservar lo más que pudiera para tenerlo en el diario. Hasta que el barco no pudo aguantar más y finalmente se hundió, se despedazó así mismo y el viejo cayó con él. Simón Dor se perdió profundamente en las aguas limpias de Yunén, hundiéndose, disfrutando por fin la tibiedad del agua en el día y su frialdad en la noche, el trapo que cubría la herida en su ceja se desamarró y flotó a la superficie, mientra Simón se hundía y se hundía y se hundía, sin importarle más que respirar la vida que había negado en el agua. Le envolvió y le limpió por dentro, se sonrió con los ojos cerrados y no le importó perderse en el azul.
En el día uno, con su noche… entre sueños, miró un delfin que le cogía de la camisa y lo sacaba a la superficie. Simón Dor había bebido suficiente agua. Trató de decir algo al delfín, sin embargo el sueño le venció.
Al despertar, Simón Dor se encontraba en su casa, recargado en su escritorio donde su diario yacía cerrado. Decidió no abrirlo, tenía que pensar mucho antes de escribir de nuevo. No le interesaba ya releer lo que estaba escrito.
Buscó en los bolsillos de su pantalón y encontró la semilla y media del Árbol Tsef Thaed. Las miró durante largo rato y con cuidado las puso en el portalápices, donde no habrían de perdérsele. Después se levantó y caminó al baño, se miró al espejo y la herida en la ceja seguía ahí. Sacó de su botiquín un algodón y alcohol, aplicó un poco y después lo puso en la herida.
Eventualmente se curará, pensó Simón.
Salió a la calle y miró a la gente paseándose o haciendo sus tareas. Era una ciudad donde el cielo estaba algo contaminado y alguno que otro pájaro todavía se atrevía a cantar. Todo parecía tan lejano ahora.
—No es necesario renegar… —se dijo Simón—. Esta gente jamás lo comprendería.
Y así los miró, sin ningún pensamiento, hasta caer la noche del día uno y después, el día cero.
Epílogo.
Simón Dor se dedicó a plantar la semilla del Árbol Tsef Thaed, sin embargo, no creció. Le dedicó semanas enteras, se informó de como podría hacerlo. Pero gente que vio la semilla le dijo que no era fértil y que no crecería. Simón suspiró y guardó la semilla en el portalápices de su escritorio, la conservaría como un recuerdo.
Después, en un día de aburrimiento, intentó con la media semilla, la semilla herida. Le había gustado tener algo en qué dedicar el tiempo, le gustaba ocupar el agua, mover la tierra, buscar los cuidados. Aunque no creciera, tenía algo en qué trabajar.
Sorprendentemente, esa semilla si creció. Un pequeño Árbol con ojos y boca, no tardó en nacer. Simón se preocupó, evidentemente, no podría tener un árbol de esa índole en la gran ciudad. ¿Cómo explicaría de dónde lo sacó? ¿cómo lo protegería de los perros orinantes y danzantes de los humanos inconscientes que los sacaban al parque como si fuera su sistema de drenaje personalizado?
Las primeras palabras del Árbol que nació, fueron—: ¿Quién eres tú?
Simón se emocionó, le podría decir que era su papá. Luego se echó a reír, de veras que era más cursi cada día.
—Te llamas Árbol Tsef Thaed. Y yo fui amigo de tu padre.
En la corteza del pequeño Árbol se grabó ese nombre y no volvería a perderlo jamás.
—¿Y qué hacía mi padre?
—Caminar, Árbol. Caminar.
—¿Por qué caminaba?
—Para encontrar su nombre, chiquillo.
—Pero si yo ya tengo nombre no podré caminar para buscarlo, como solía hacer mi papá.
—Tú papá hizo algo más importante, hijo. Ganó un lugar donde vivir, después de caminar tanto. Su nombre cobró sentido.
—Oh…
—Ya lo entenderás cuando crezcas, mientras tanto… puedes quedarte conmigo en lo que creces y le buscas el sentido al tuyo.
Simón Dor acarició las hojas de aquél pequeño Árbol y ambos sonrieron.
Antes de salir, el viejo le decía al Árbol—:. Cuando salgamos a la calle, no hables con ellos y quédate muy quieto. La gente es rara, no podrían entendernos.
—Si, Simón.
—Muy bien, ¿vamos al parque?
—Si, pero cuando lleguemos, no hables conmigo Simón. Los otros árboles son raros y no podrían entendernos.
Simón Dor alzó una ceja. Vaya que los pequeños crecían muy rápido en estos días.
Al llegar al parque, Simón puso su macetita en una banca. El Árbol se dedicó a hablar con sus hermanos, mientras Simón miraba la gente pasar. Sacó un cigarrillo y lo encendió. Después miró al Árbol y arrepentido, lo tiró y lo pisó. Estaba joven y no quería contaminarle el aire. Simón suspiró y miró el cielo, aburrido.
Cuantos desengaños, por una cabeza,
yo juré mil veces no vuelvo a insistir
pero si un mirar me hiere al pasar,
su boca de fuego, otra vez, quiero besar.
Pasó una jovencita de veinte años, morena, de cabello largo y labios agradables, ojos grandes y cuerpo esbelto, llevaba una falda de mezclilla y blusa café. Simón se le quedó mirando y la jovencita le sonrió. Simón correspondió educado la sonrisa. La jovencita se alejaba lentamente y el viejo se negó así mismo.
Basta de carreras, se acabo la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algun pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, que le voy a hacer.
—¿Qué dices, Árbol? —preguntó Simón—. ¿Jugamos?
El Árbol Tsef Thaed volteó a mirar a Simón y parpadeó.
—Nada más la miraremos y dejaremos que se vaya.
El Árbol Tsef Thaed negó con el troco, moviendo sus ramas un poco.
—Vos sabés hermano, no hay que jugar… oh vamos, vamos pues. Nunca sabemos, ¿cierto? —Simón se acarició la pequeña cicatriz en su ceja, se sonrió y miró a la jovencita irse.
Recogió la maceta del Árbol y corrió para alcanzarla.
5 comentarios ↓
Me has hecho sonreir. Y me ha gustado especialmente la parte del laberinto…
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Se pone de pie.. Plap, Plap, plap… sonrie…reverencia con la mirada.
Vi al mismísimo Agustin salir corriendo detras! :smiley:
Besos..
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me a encantado espero que me pase eso a mi espero que la majia sea buena como me paso a mi la majia no es como un juguete sino abeces como un problema que te pasa con algunas o con todas las personas.abeces te asustas y algunas beces les pasan cosas raras a tu familia o a tus amigos pero en ocasiones te pueden pasar cosas malas o buenas a ti pero si te pasan cosas malas no ullas dile a los espiritus o a manon(dios de la majia)que te de los poderes para bencer.con cariño victoria:D
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no pude haber imaginado mejor final que este… me preocupaba el final, de verdad que si, la verdad esperaba lo peor…
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O..O!!!
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