Diario de Simón Dor. Día 79.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 46 de 48


Querido Diario:

Ocho días, con sus ocho noches.

Ya me morí.


La pregunta golpeó violentamente el barco, estremeciéndolo completo, como si estuviese en plena tormenta. La anciana ciega abrió los ojos y pudo ver, furiosa, alzó las manos y como una fiera gritó a la luna. Se tiró de rodillas y un aura azul hizo la ilusión del fuego en el iris de sus ojos.

—¡Madre Lilith! ¡Madre Lilith mi puta madre! —gritó Yasmín enfurecida, con las manos atrapó el aura que su cuerpo destilaba y la empujó en sus ojos, tratando de sellarla de nuevo—. ¡Ahora verás, Ludiah! ¡Tú puta madre está enojada!


La pregunta inundó los pasillos, abriendo y cerrando todos los cuartos en un santiamén. El niño escuchó la pregunta y se retiró las uñas del corazón, luchando para quedar libre del súcubo, cuando logró hacerlo… los ojos de Simón se le hicieron agua, la ilusión de Ludiah Sartdac se estaba perdiendo entre parpadeos y vientos.

Simón sintió la debilidad, casi había perdido el alma en la imagen falsa de Beatriz y ahora que escuchaba al verdadero fantasma, comprendía que todo era su culpa. Con lo que restaba de su salud mental y física, apartó al niño de Ludiah y lo puso detrás de él. El niño seguía confundido y mareado.

Ludiah se arrodilló, con su vestido negro, entre los vestigios de la imagen que había adquirido. Miró a Simón Dor de reojo y le sonrió tiernamente.

—Te estaba dando lo que querías… te estaba dando lo que querías. Aunque nunca me llamaste Ludiah, seguiste usando ese maldito nombre y no me importó. Te estaba amando Simón Dor, no hubieras sufrido con tu alma en mi posesión. Podemos olvidar esto, regresa a mí, ahora. Decide ya, Simón. Yo te doy carne que tocar, huesos que tronar, sangre que beber.

Simón Dor buscó sus pantalones sin quitar la mirada del súcubo que parecía herido. Se puso sus pantalones y luego buscó en ellos los cigarrillos y los cerillos, estaba tan nervioso que solo pudo prender uno hasta el séptimo intento. Fue cuando recordó, ¡el Árbol Tsef! ¡Thaed! El Árbol Tsef Thaed había conseguido su nombre y de alguna manera, había logrado salvarlos a todos.

—Ven a mis brazos, Simón… no me niegues ahora—dijo el súcubo, arrodillada alzó sus manos suplicante.

El anciano fumó y miró todavía con la quijada temblándole al súcubo, había llegado tan cerca.

—No. Vete de aquí.

—¡Te amo!

—Usaste su imagen.

—Te amo…

—¿Hasta dónde llegaste?

El súcubo sonrió.

—Hice lo que tenía que hacer.

No quería salir y dejar al súcubo solo. Podría seguir haciendo de las suyas y el niño seguía lastimado por ella. Volteó y miró que dormía, lo alzó en sus brazos y se lo llevó al hombro.

—¡Ludiah! —gritó una voz vieja y carrasposa. Después se azotó la puerta del Cuarto de Trofeos y entró Yasmín furiosa, su gran cuerpo temblaba de ira y los ojos completamente azules y abiertos. Las arrugas bien podían ser navajas y sus uñas, bien podían ser dientes que estaban a punto de desgarrar carne—. Déjame sóla Simón, no quieres ver esto.

El viejo dudó un segundo. A Yasmín no le importó y caminó hacia Ludiah quien alzó las manos.

—Me debes más que un jalón de orejas jovencita —dijo Yasmín—. Te sacaré los ovarios por la garganta y después te los meteré en el culo. ¡Vete de aquí, Simón, qué de veras no quieres ver esto!.

Simón obedeció. Nunca la había visto tan enojada.

Y al escuchar los gritos cuando se cerró el Cuarto de Trofeos, prefirió no preguntar después.


Simón Dor caminó a su habitación, quitó el hacha de su cama y después acomodó al niño mago ahí. Lo arropó y lo dejó dormir. El súcubo había jugado sucio. Después salió y miró en sombras al Árbol Tsef Thaed, quien se encontraba plantado y con las ramas bien alzadas. Estaba completamente marchito. Simón se llevó una mano a la mejilla y caminó arrastrando los pies, queriendo retrasar lo inevitable.

—No es cierto, no es cierto, no es cierto, no es cierto.

Entendía ahora el silencio del delfín, que no había notado hasta que miró al Árbol Tsef Thaed y a medida que se fue acercando a él, penetraba la piedra por sus ojos. ¿Qué había tenido qué dar para salvarlos? ¡Una vida de siglos, desperdiciada tan sólo por salvarle a él!

Se acercó y abrazó al Árbol Tsef Thaed petrificado, le lloró, sin importar que se le raspara el pecho desnudo. Fue cuando los ojos de Árbol Tsef Thaed lucharon por abrirse y trató de hablar, pero no salió más que un leve susurro, que fue suficiente para tranquilizar a Simón y hacerlo que se levantara, para acercar su oido a la boca de piedra.

—Es…c…ú…cha… Lo…e.nx.. Mis…oool…vos…, ya…..es..toy….olv…iana…da..lo…e….len…guaji…

Simón entendió.

—Una palabra. No intentes formar oraciones.

—Mojol. Mariposa. Iopothep. Árbol. Tsef. Thaed.

—Así, Árbol… así.

—Bien. Llave. Indiaraman. Ijoldio. Árbol. Tsaf. Thied. Adentro.

Simón se limpió lágrimas con el puño, y escuchó miles de palabras. Palabras que el Árbol Tsef Thaed decía lentamente y pensaba para poder decirlas completas, ya que la mariposa estaba consumiendo por completo lo que restaba de su interior.

—Beatraz. Llive. Adentro. Hacha. Morir.

—No entiendo Árbol Tsef Thaed, descansa. Buscaremos la manera de curarte, el niño está salvado, ¡él podrá hacerlo!

—Imposible. Escucha. Kilertes. Llaveo. Llave. Andierentero. Adentro. Llave. Beatraz. Adentro. Hachalad. Hachead. Ábol. Hacha. Thead. Morir. Xef. Sálvame.

—¿Qué?

—Hacha. Morir. Sálvame. Non. Tiempo.

—No puedo.

—Ya. Noneno. Dolar. Dolor… No. Dolor. Sacar. Llave. Morir. Hacha. Sálvame. Sintiempo.

Simón comprendió, y se enojó, porque era lo menos que podía hacer. Caminó a su habitación y rayó rápidamente en el diario el día setentainueve. Después, recogió el hacha… el niño entreabrió los ojos y dijo algo que el viejo ignoró. Miró al Árbol Tsef Thaed a unos pasos, se puso el hacha al hombro y después la alzó, mientras corría hacia el Árbol y asestó el primero golpe.


Durante el día que se transformó en noche, Simón utilizó el hacha partiendo al Árbol Tsef Thaed a la mitad, donde quedaban las cicatrizes que le había propinado el rottweiler. La otra ya estaba hecha pedazos y se disolvía lentamente.

—No te irás solo —dijo Simón Dor—. No vale, así no vale.

La otra mitad la mantuvo con el hacha, dejando una sola rama alzada. El brillo del ojo que todavía se negaba a extinguirse en el Árbol Tsef Thaed seguía al anciano y sus movimientos. Simón acarició al Árbol Tsef Thaed.

—Así no vale.

Se fue a su habitación, donde el niño seguía hablando en delirios. Eventualmente sanaría, luego se fue a los pasillos, donde los gritos del súcubo todavía eran constantes. La pregunta de Beatriz no importaba ya, no después de todo lo que había pasado. Siguió buscando de habitación en habitación, hasta que encontró una soga. Regresó a la proa, hizo nudos en la soga y después la colgó en la rama.

—Nadie mas va a pagar —dijo Simón, se fumó un último cigarrillo mientras amarraba bien la cuerda y medía bien que tan ancha debía ser para que cupiera en el cuello, tan sólo tendría que subir a esa rama y dejarse caer, la altura era adecuada y la piedra no se rompería con su peso.

El Árbol Tsef Thaed siguió con el brillo de la mirada, como Simón Dor se acabó el cigarrillo, se subió y después se dejó caer.

CRACK.


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El viaje, había terminado pero Simón Dor lo revivió mientras la cuerda caía y caía y caía… cada momento, cada día y cada noche, se habían grabado en su piel como las letras del Árbol en su corteza.


El Árbol Tsef Thaed miró la caída de Simón. En un último intento, balanceó su gran cuerpo hecho piedra para caer y salvarlo. Funcionó, al empujarse hacia atrás y caer. Su ojo todavía brillaba.

—¡Tú elegiste! —exclamó Simón Dor—. ¡Déjame elegir a mí!

—No. Sigue. Caminando.

La luz del ojo del Árbol Tsef Thaed, se extinguió por completo. Simón se sentó a llorar y sus quejidos se escucharon durante la noche número ocho. Recogió el hacha y continuó quebrando pedazo por pedazo, que se disolvía tan pronto se separaba. Con cada pedazo que cortaba, se hacían letras en forma de humo que flotaban al cielo… Simón no se dio cuenta, pero esas letras humeadas, abrían más espacios en el cielo gris y la luz del sol, pronto no mostraría un cuarto de rostro, sino el rostro completo.

I’m ascending.

Al terminar, Simón descubrió una llave que reconoció de inmediato, una llave que brilló con los rayos del sol y el cielo azul. (La otra mitad de Yunen, la que quedaba en el pasado donde la vieja residía, seguía siendo un cielo gris, donde solo breves pedazos de la luna podían mirarse). La tomó, se la llevó a la frente.

—Gracias —fue todo lo que dijo Simón, y se sonrió.

3 comentarios ↓

#1 Mariposa el 07.24.03 a las 12:55 am

:chido: Se vive y siente cada palabra…

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#2 DuVeth el 07.24.03 a las 8:39 am

Te quedan siete dias con siete noches. ¿Qué mas haras con ellas?

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#3 Mariposa el 07.25.03 a las 12:04 pm

Se acaba en mes… termina la travesia en barco?…. mis vacaciones..!!! :enojado: I`ll miss you .. :chillon:

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