Cuarto de Máquinas IV.

Este post es parte de una serie, llamada “Segunda parte del diario de Simón Dor: El viaje”. Anotación 41 de 48


La tercera y última mariposa, fue utilizada a los tres días en los que el Árbol Tsef podría morir y a los doce días de que Simón terminara su viaje. Ludiah Sartdac no fue estúpida, la utilizó en el momento preciso, en el número doce que al invertirlo se convierte en el veintiuno. La magia no fue necesaria para confundir a Simón, tan solo tuvo que fomentar su espíritu supersticioso. Guardaría la magia de la mariposa para otra persona más: El espíritu de Beatriz.

Simón se encontraba en la proa, ideando la manera de matar la mariposa negra que ensombrecía al Árbol Tsef. El viejo le sugirió al Árbol que podría subirse a sus ramas e intentar matarla con el hacha, también propuso que podría amarrar el hacha en una cuerda y aventarla como un gancho, , ambos estuvieron de acuerdo en cada uno de los planes, sin embargo la mariposa parecía escucharles y goteaba de sus alas lluvia que les hacía olvidar cada plan que intentaban aplicar. Así de fuerte era la magia del niño.

Ludiah lo tenía todo planeado.

Cuando la mariposa dejaba de llover, entonces Simón y el Árbol recordaban los planes. Sabían que era casi inútil matar a la mariposa negra gracias a su lluvia.

—No podemos sino esperar a que encuentres lo que falta de tu nombre, Árbol Tsef y que eso mejore las cosas—dijo Simón. El Árbol Tsef sonrió dolido y el viejo intentó comprender esa sonrisa.

—¿Hay manera de retrasar lo inevitable? —preguntó el Árbol enigmáticamente. Simón alzó una ceja—. ¡Pues claro que la hay! Traigame una botella de tequila anciano, déjeme disfrutarlo una vez más.

—¿Te estás rindiendo hijo de puta?

—No, Simón. No entiendes. No entiendes nada. Trae la botella de tequila y déjame sólo.

El Árbol Tsef sonrió. El viejo le observó profundamente un instante, con sus ojos grises y vencidos, ¿por qué demonios sonreía así? Hizo una mueca y obedeció. A él tampoco le gustaría que le negaran el tequila en sus últimos días.


Fue en esos momentos, donde Ludiah Sartdac aprovechó y caminó al Cuarto de Máquinas, donde el ruido que hacía la pregunta era tan insistente que le quemaba los oídos. Le penetraba el cerebro y le dolía el corazón, apretaba la cabeza del niño con más fuerza ya que lo llevaba arrastrando. El niño pareció recuperar durante un instante la cordura, Ludiah se dio cuenta de ello y apresuró el paso, que cada segundo se le hacía eterno por la fortaleza que constantemente le retrasaba y lastimaba.

Llegó a la puerta y con dificultad puso la mariposa negra en ella. El silencio se extendió en el barco como una ola tan poderosa, que el Árbol Tsef la sintió dentro de su ebriedad y a Simón se le apagó el septimo cigarrillo del día.

—¿Cuántos días faltan? —preguntó Simón, ya lo sabía, solo quería confirmar.

—Doce días, con sus doce noches.

—Se ha callado Beatriz. ¿Será por el súcubo? Espérame aquí Árbol.

—No me iré a ningún lugar.


Simón buscó la llave dentro de su pantalón. Caminando y después, corriendo… llegó al Cuarto de Máquinas. Metió la llave rápidamente y giró el picaporte. Ni siquiera lo pensó y al hacerlo tan aprisa, no notó que una mariposa negra voló adentro y tampoco que con ella, Ludiah ganó acceso al Cuarto de Máquinas.


Y Ludiah Sartdac les observó en la oscuridad. Como Simón se acercó a ella y le miró con ojos melancólicos y enamorados. A ella le cambiaban los colores de su aura azul constantemente, de claro a oscuro, dependiendo de la proximidad de Simón. Les escuchó platicar y observó con atención cada uno de los gestos de ella y como respondían a los de él. Simón estaba preocupado por el súcubo, y preguntaba constantemente a Beatriz por ella, pero Beatriz negaba saber más del simple hecho de que sabía que estaba presente.

Entonces Ludiah se aburrió con todas la narración de Simón acerca de lo que había estado pasando los últimos diez días, bostezó cuando dijo lo del niño y casi durmió cuando contó lo del Árbol. Se sonrió al escuchar que la adivina ciega dormía y se negaba a despertar, de eso, ella tenía completa información pero no estaba dispuesta a dársela. Abrazó al niño, que ya parecía un muñeco de trapo, y lo hizo dar vueltas en la oscuridad, donde con ojos perdidos y vacíos, sólo podía mirar como pronto Ludiah cumpliría con la última parte de su plan.


Beatriz: ¿Estas listo para tu lección de tango?
Simón: ¿Es necesario?
Beatriz: Yo te prometí que te las daría… ven acá, no te quieras escapar
Simón hizo una reverencia: Cómo usted proponga…

Quiero verte una vez más
¡estoy tan triste!
y no puedo recordar
por que te fuiste…

Quiero verte una vez más
y en mi agonía
un alivio sentiré.
Y olvidado en mi rincón
¡más tranquilo moriré!

Tarde que me invita a conversar
con los recuerdos…
Noche… esperar y de llorar
en este encierro.
Tanto en mi amargura te busqué
sin encontrarte
¿Cuando…cuando, vida? ¡Moriré
para olvidarte!

Quiero verte una vez más
y aunque me digas
que ya todo terminó,
es inutil remover
las cenizas del ayer…

Quiero verte una vez más
amada mía…
y extasiarme en el mirar
de tus pupilas.

Quiero verte una vez más
¡estoy tan triste!
y no puedo recordar
por que te fuiste…

Quiero verte una vez más
y en mi agonía
un alivio sentiré.
Y olvidado en mi rincón
¡más tranquilo moriré!

Noche que consigues envolver
mis pensamientos…
Quejas que buscando nuestro ayer,
¡las lleva el viento!
Sangre que ha vertido el corazón
al evocarte…
Fiebre… fiebre que me abrasa la razón
¡sin olvidarte!

Quiero verte una vez más
¡estoy tan triste!
y no puedo recordar
por que te fuiste…

Quiero verte una vez más
y en mi agonía
un alivio sentiré.
Y olvidado en mi rincón
¡más tranquilo moriré!

Ludiah Sartdac les miró bailar y fue cuando sintió envidia y también, amor. Se acarició el rostro y luego el cuerpo, por encima del vestido. Fue repentino y deseó poder escuchar de nuevo la plática entre Beatriz y Simón, y ya no bostezarse más.

Se le enterró en el corazón la imagen de los dos bailando, como ella había hecho al enterrarle las uñas al niño. Abrió los labios levemente y los ojos los entrecerró, sintiéndose parte del show secreto que presentaban Simón y Beatriz, y por un momento, ella deseó ser abrazada por él y que la mirada gris, reflejara su rostro. Necesitaba poseerlo entero, ya no era cuestión de su alma, también debía tener su aceptación y su cariño.

Apretó al niño entre brazos y tragó cada paso que daban, las sonrisas torpes del anciano al no saber bailar y como ella le miraba con gracia. Dejó de mirar y pacientemente, esperó a que cayera la madrugada. No necesitaba robarse a Beatriz, no de la manera que tenía planeada, ya que así, sólo perdería a Simón para siempre.

Hizo un ligero cambio de planes.


—Esto… es la despedida —dijo Simón—. Pero habremos de vernos cuando termine el viaje. ¿No crees? Ya que regrese a mi vida común y corriente, podré recurrir a tu imagen, una y otra vez. Ya que regrese del viaje y esté sentado en una silla mecedora, mirando caer el sol, he de recordarte y llorarte, mi amada Beatriz.

Beatriz le observó en silencio, con el rostro serio y pasó su mano por la mejilla. Simón se dio la vuelta y salió del Cuarto de Máquinas.

—He de terminar el viaje, porque quiero verte una vez más. Y en mi agonía, un alivio sentiré. En tu imagen que se ha grabado en este corazón de piedra. Adiós Beatriz, pronto nos veremos.

Beatriz abrió la boca para detener a Simón y extendió su mano, escuchó el sonido de la oscuridad. Volteó y miró a Ludiah Sartdac, con el niño todavía entre sus brazos. Ludiah le sonrió a Beatriz y con movimientos rápidos, corrió atravesándola como se corre cuando se atravieza una pared de agua.

El fantasma volteó asombrada y miró que Ludiah Sartdac había adquirido su imagen, sólo que en forma sólida, la piel existía y el corazón latía. Miró más allá y vio que Simón ya estaba caminando en el pasillo, no había mirado nada de lo ocurrido y la puerta estaba a punto de cerrarse. Ludiah puso una mano en sus labios y le dijo: “Shhhh, que te he perdonado”. El súcubo se rió en silencio.

Beatriz gritó a Simón pero fue demasiado tarde, porque Ludiah salió rápidamente por la puerta y puso la mariposa negra que evitaría que Beatriz preguntara: “¿Donde estás, Simón?”.

Un comentario hasta el momento ↓

#1 FAnta el 08.03.03 a las 5:02 pm

Tengo un nudo en la garganta… tengo miedo de seguir leyendo.

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